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Puede pasar aquí?

Written by Debate Plural

David Brooks (La Jornada, 13-1-22)

 

Estados Unidos siempre ha sido uno de los países más violentos en el mundo. Pero eso sí, siempre se suponía que los golpes de Estado, atentados de terrorismo político que ocurren en otros países –muchas veces con el apoyo o participación de Washington– nunca ocurrirían aquí dentro.

No es extraordinario que periodistas tengan que reportar sobre riesgos de golpes de Estado, guerra civil, amenazas de muerte contra políticos y líderes sociales, de complots de secuestros políticos, sobre atentados terroristas contra ciudadanos e instalaciones gubernamentales. Sí es extraordinario que estemos reportando todo esto no en torno a un país tercermundista o sobre un Estado fallido, sino desde el autoproclamado guardián planetario de la democracia.

Durante la semana pasada, alertas urgentes sobre amenazas potencialmente letales a la democracia estadunidense incluyendo guerras civiles, golpes de Estado, terrorismo político y hasta neofascismo provinieron del propio presidente Biden –quien al marcar el aniversario del asalto al Capitolio se vio obligado a preguntar a sus paisanos: ¿Vamos a ser una nación que acepta la violencia política como lo normal?–, como también de los líderes de ambas cámaras del Congreso, de dos ex presidentes (Carter y Obama), de expertos en sistemas democráticos y sus crisis (incluyendo veteranos de servicios de inteligencia que evaluaban estas condiciones en otros países), de ex generales y de intelectuales reconocidos. Estas voces se sumaron al coro de alarma generado durante los recientes cinco años y que se intensificó durante las pasadas elecciones presidenciales que culminaron con, por primera vez en la historia del país, un presidente rehusando aceptar los resultados e intentando descarrilar el proceso constitucional incluso con un asalto violento del Capitolio de parte de sus seguidores hace un año.

¿Están exagerando? Eso está a debate, y aunque hay expertos que rechazan que el país está ante la posibilidad de algo remotamente parecido a la catastrófica guerra civil del siglo XIX ni tampoco un golpe de Estado exitoso, sí hay amplio consenso de que la violencia política puede intensificarse aún más con, por ejemplo, nuevos atentados terroristas de ultraderechistas estadunidenses (el peor atentado terrorista antes del 11-S fue realizado por estadunidenses en Oklahoma City en 1995, con 168 muertos ). Pero también, recuerdan otros, en varios países que de repente sufrieron un golpe o en donde estalló una guerra civil, muchos aseguraban, estaban convencidos, justo antes que eso no puede ocurrir aquí.

Noam Chomsky afirma que el asalto al Capitolio de hace un año nos muestra que la democracia política limitada que aún existe (en Estados Unidos) pende de un hilo delicado y advirtió que los esfuerzos republicanos de subversión electoral en el país forman parte del golpe suave que está procediendo ahora.

Chomsky explica: mientras las acusaciones de propagandistas derechistas son en gran medida fantasías delirantes, tienen suficiente base en la realidad para incendiar a aquellos que ven su mundo de dominio desaparecer, al referirse a la cada vez más reducida mayoría blanca en Estados Unidos. En entrevista la semana pasada en Truthout, Chomsky continúa: con el orden social desmoronándose bajo el asalto neoliberal, estos temores son fácilmente manipulados por demagogos y oportunistas, mientras que sus patrones en sus oficinas ejecutivas y mansiones gozan la oportunidad de continuar con el robo que han llevado a cabo por 40 años, y donde los desafíos pueden ser reprimidos, por violencia estatal y privada si es necesario. Eso es un mundo que podría no estar lejos. Alertó: cuando Estados Unidos desciende hacia el fascismo, la supervivencia a largo plazo de la sociedad humana se vuelve una perspectiva dudosa.

Estados Unidos siempre ha sido uno de los países más violentos en el mundo. Pero eso sí, siempre se suponía que los golpes de Estado, atentados de terrorismo político, violencia tipo paramilitar y más que ocurren en otros países –muchas veces con el apoyo o participación de Washington– nunca ocurrirían aquí dentro, hasta ahora.

El futuro, y no sólo el de Estados Unidos, ahora depende de las fuerzas democratizadoras progresistas que han transformado y rescatado a este país en el pasado, y hoy, más que nunca, necesitan de la solidaridad de todas sus contrapartes alrededor del mundo.

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