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La reforma laboral en España: ¿quién engaña a quién?

Written by Debate Plural

Luis Gonzalo Segura (Russia Today, 11-1-22)

 

El pasado 28 de diciembre, en España Día de los Santos Inocentes –y también día de las inocentadas–, se aprobó por Real Decreto ley el acuerdo alcanzado por el Gobierno de coalición con los sindicatos y empresarios unos días antes, el 23 de diciembre. Los responsables de anunciar la buena nueva fueron, por Unidas Podemos, la ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz, y por el PSOE, la ministra de Política Territorial y portavoz del Gobierno, Isabel Rodríguez, y el ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, José Luis Escrivá. Un dos a uno del PSOE a Unidas Podemos que establece gravámenes y capacidades.

Las claves de la nueva reforma laboral, que no deroga la anterior del Partido Popular, se basan, tal y como el propio Gobierno explica, en: 1) convertir el contrato ordinario en indefinido; 2) la transformación de los contratos por obra en indefinidos y la equiparación de los contratos fijo-discontinuos con el resto en cuanto a protección social; 3) la reformulación de los contratos formativos; 4) mayor protección para el personal contratado por las Administraciones públicas; y 5) la finalización de las disfuncionalidades del mercado laboral español debido a las tasas de desempleo creadas por el desajuste entre la formación de los trabajadores y los puestos de trabajo ofertados.

En definitiva, unas mejoras sustanciales para los trabajadores con respecto a las dos últimas reformas laborales –del PSOE en 2010 y del PP en 2012–, que no solamente ha obtenido el apoyo de los sindicatos, sino que, tal y como diversos actores han recalcado, se ha convertido en una reforma laboral histórica por ser la primera que genera beneficios para los trabajadores.

Algunos apoyos difíciles, otros casi extravagantes

Sin embargo, en las últimas semanas, las manifestaciones a favor de la reforma laboral pactada en España entre la coalición de gobierno formada por el PSOE y Unidas Podemos han sido tan inesperadas como alarmantes, por extravagantes. De hecho, la ausencia de toda una campaña golpista en los grandes medios de comunicación respecto a esta, dada la tendencia de la derecha y la ultraderecha española a ello, no deja menos desvelos.

Y es que la reciente reforma laboral ha sido defendida sin ambages por la patronal, la FAES –fundación del entorno del Partido Popular y cercana a la extrema derecha–, los entornos de los expresidentes populares Mariano Rajoy y José María Aznar y gran parte del Partido Popular, como el presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, que afirmó que no hay derogación, sino modificaciones. Incluso Ciudadanos, un partido considerablemente alejado de los trabajadores, se ha mostrado abierto a una negociación. Desvelos que casi parecieran pesadillas.

Tal ha sido la tibieza de la derecha y la ultraderecha españolas ante la reforma laboral social-comunista, como les gusta denominar a la coalición del PSOE y Unidas Podemos, que el rechazo final del Partido Popular parece más una emboscada política que un cerco legislativo. Y pareciera, en cualquier caso, una posición tan personalista de Pablo Casado que habrá que esperar a comprobar si, con el paso del tiempo, le supone algún coste o no dentro de su propio partido –especialmente, ante el empuje de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que por momentos pareciera la verdadera jefa de la oposición–.

¿Quién engaña a quién?

Porque la sensación que deja una reforma laboral con apoyos tan amplios como inimaginables es que, como aseveraba el gran cómico español Gila, alguien ha matado a alguien. Es decir, alguien ha engañado a alguien, pues el nivel de rebaja de las pretensiones de unos y otros, junto a lo alejado de sus posicionamientos iniciales, parece revelar que alguien ha recorrido más camino del que debería. Pero ¿quién?

Una respuesta seguramente imposible de responder dada la ausencia de métricas, máxime cuando, si atendemos a los protagonistas, como suele suceder tras los procesos electorales, pareciera que todos vencieron. Pues, si bien Pablo Casado se preguntaba si debían apoyar una reforma laboral «porque solo derogue el 10 % de la elaborada por el Partido Popular», Yolanda Díaz afirmaba, al igual que los sindicatos, que esta reforma laboral es «la primera que recupera y gana derechos para los trabajadores».

Entre los directamente involucrados, pero completamente antagónicos, los sindicatos consideran que la reforma aumenta su poder de negociación al conseguir que las dos medidas más urgentes de derogar de la reforma laboral hayan sido incluidas en el acuerdo –el fin de la ultraactividad de los convenios colectivos y la primacía del convenio colectivo sobre la empresa–. Y en el otro lado de la trinchera, los empresarios discurren como positivo el acuerdo por haber logrado que se mantenga intacto el artículo 41 del Estatuto de los Trabajadores, el cual permite a las empresas modificar sustancialmente las condiciones laborales.

Un ejemplo claro de hasta qué punto ha sido salomónico el acuerdo lo encontramos en la subcontratación, despiezada para contentar a unos y otros: los trabajadores subcontratados mantendrán en esencia el sueldo del sector, pero no así el resto de las condiciones laborales, como horas extras, horarios o jornadas. Es decir, las subcontratas tendrán muchas dificultades, al menos sobre el papel, para precarizar económicamente, pero continuarán manteniendo las que ya poseen para hacerlo laboralmente.

Pero ¿Quién gana?

Depende de la escala a la que observemos el asunto. Si ampliamos la perspectiva temporal, es decir, si repasamos las reformas laborales de 2010, del PSOE, y de 2012, del Partido Popular, pareciera que la derecha sale claramente beneficiada con esta reforma laboral. Y de ahí el frenesí conservador.

Por un lado, recordemos que ninguna de las mencionadas reformas –de 2010 y 2012–contaron con el apoyo de los sindicatos, con lo cual podemos considerarlas claramente regresivas. Sin embargo, la segunda de ellas, la del Partido Popular en 2012, sí contó con el sostén de la patronal. O con algo más que sostén: con un entusiasmo desbordante. Ello nos muestra, además, una realidad que no debe quedar ocultada: el PP legisla siempre para los empresarios mientras que el PSOE no hace lo propio para los trabajadores, sino que tiene en cuenta lo mismo a unos que a otros.

Más allá de la mencionada reforma, la filiación del PP y la equidistancia del PSOE son, quizás, el mejor retrato de la España posfranquista. Tanto es así que es la base sobre la que se ha construido un escenario laboral en el que la patronal goleaba dos a uno a los trabajadores hasta este último movimiento de 2021.

Por el contrario, si ampliamos la escala del mapa temporal para quedarnos únicamente con la última reforma, es evidente que la misma supone un claro avance para los trabajadores con respecto a la patronal. Pero ¿un avance suficiente? Esta es, obviamente, una de las claves de la cuestión: ¿se ha recuperado suficiente de lo perdido? Porque, claro, si un vecino se anexiona una parcela entera y después recuperas solo una parte, no pareciera motivo para gran satisfacción. De hecho, en el terreno retórico, la victoria de unos y la derrota de los otros no ofrece paliativos, ya que tanto PSOE como Unidas Podemos prometieron derogar la reforma laboral en su totalidad. Y lo hicieron en múltiples y repetidas ocasiones a lo largo de años.

Así pues, no sabemos si Unidas Podemos –porque al PSOE en esta historia es un mediador más cercano al expoliador que al expoliado– han recuperado gran parte del terreno usurpado en el pasado o tan solo han conseguido mover un poco el cercado, pero de lo que existen pocas dudas es de que en caso de victoria electoral de la derecha en el año 2023, no solo terminaran arrebatando todo lo recuperado estos días con los salomónicos consensos, sino que, muy probablemente, arrasen con algo más. Y así, entre que unos acaparan mucho y otros recuperan poco, el cercado de unos pareciera mucho más grande que el de los otros.

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