Cultura Nacionales

Hostos y la cultura dominicana

Written by Juan de la Cruz

Por: Juan de la Cruz

 

En su reflexión sobre las costumbres cotidianas del pueblo dominicano en la postrimería del siglo XIX e inicios del siglo XX, Eugenio María de Hostos destaca que, hasta la llegada de los emigrados cubanos a la costa atlántica de Puerto Plata, no era costumbre que la gente saliera a los paseos públicos, como los parques y otros espacios de aglomeraciones humanas que invitan a la relación social, a ofrecerse a sí mismas y a los forasteros.

Esa nueva costumbre se generalizó posteriormente y contribuyó a que las tardes en las villas y ciudades, las personas ofrecieran el encanto de las tertulias al aire libre, entre los mercaderes, boticarios e industriales con sus clientes y contertulios en las calzadas de sus casas, lo que animaba las calles, a lo que se agregaba la vuelta de los trabajadores a sus hogares.

De igual manera, en las noches, principalmente las de luna llena, las calzadas y los balcones se convertían en las antesalas, donde las familias recibían las visitas, o donde se convertían en visitantes obligados los amigos que pasaban o los conocidos, a quienes siempre se les preguntaba por las novedades de la política o de la crónica cotidiana.

Hostos refiere que, aunque los dominicanos no acostumbraban a hacer siestas en las horas del mediodía –una información que contradice abiertamente lo planteado por algunos intelectuales del llamado pesimismo dominicano del siglo XIX y principios del siglo XX-, pero eran regularmente pasivas, silenciosas y solemnes, contrario a lo que hacen algunas poblaciones mediterráneas de América Latina. Esto significaba que eran horas de recogimiento, donde el tráfico se suspendía o disminuía a su mínima expresión en campos y ciudades, de los cuales Hostos decía: los campos parecían “paraísos abandonados” y las ciudades “desiertos” ([1]).

Hostos indicaba que la única diversión que existía en las ciudades dominicanas de entonces eran las fiestas de iglesias, siendo Santo Domingo el lugar en donde más proliferaban los templos religiosos católicos, seguida de Santiago, donde había dos y en los demás valles y ciudades apenas existía uno, mientras que, en Puerto Plata, Samaná y la Capital de la República Dominicana, también había un templo protestante. En ese sentido:

Los domingos y los días de fiesta, que eran los días de distracciones religiosas, eran esperados como esperanza, desahogo y rompimiento de uniformidad, por los días restantes, tranquilos, iguales, regulares, pero fastidiosos, monótonos e invariables” ([2]).

Eugenio Maria de Hostos

Hostos destaca el rol importante que jugaban las logias masónicas en el ordenamiento natural de la vida social y en el comportamiento adecuado que observaban sus miembros en términos cívicos en el contexto de la sociedad primitiva en que operaban:

“Así, no es posible desconocer la sana influencia que la masonería ha ejercido y ejerce en aquella sociedad abandonada a sus propios instintos de organización y orden. Miembros de esa institución ricos y pobres, desvalidos de siempre o poderosos de un día, altos y bajos, jóvenes y viejos, y compelidos, primero por los compromisos que con la asociación masónica contraen, y después, por sus propios hábitos, hacen de las logias un centro de reunión tanto más frecuente cuanto que, además de las relaciones, prácticas y deberes que a ellas los llaman, muchos son profesores en las escuelas nocturnas y gratuitas que todos los centros masónicos tienen, y casi todos intervienen en su administración, sostenimiento y vigilancia. De este frecuente trato y del carácter que él sostiene, resulta una general apreciación exacta de los deberes de la vida urbana y un acto manifiesto en la conducta social” ([3]).

De igual modo, Hostos destaca que los municipios tuvieron roles importantes en la sociedad dominicana de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX en tanto cuanto contribuyeron a la generalización de las normas de la vida urbana y de los procesos de cooperación social-comunitaria de la población en la gestión de los gobiernos locales, aunque reconoce el influjo positivo y negativo que tuvo el Poder Ejecutivo tanto en la manipulación de las decisiones electorales municipales como en la provisión de servicios a la comunidad:

“Contribuye también a generalizar los procedimientos de la vida urbana la cooperación que todos, indistintamente, son llamados a prestar a la comunidad en el gobierno y los servicios municipales. Aunque municipios dependientes por la fuerza de las circunstancias político-sociales del país, la intervención del Ejecutivo en las elecciones municipales es mucho menos coactiva y efectiva que en las restantes, y aun ella está subordinada a la condición tácita de que los electos del Ejecutivo reúnan cualidades que los hagan aceptos a la localidad. Así, aunque casi siempre salen victoriosas las listas amañadas por el Ejecutivo, que nunca deja de tener oposición viva y ardiente en las elecciones concejiles, siempre indirectamente triunfa en ellas, de algún modo, la opinión general, llevando a las municipalidades, por la mano del Ejecutivo, hombres que la comunidad estima. Y como la comunidad, para estimarlos, no les pide esta o la otra posición social, ésta o aquella renta, éste o aquel mérito discutible, sino la notoriedad de su amor al municipio, el gobierno de la sociedad municipal da cortísimo acceso a individuos de todas las extracciones, que en él adquieren o en él completan su educación civil. Pero el centro de esta cultura por irradiación y asimilación, son las sociedades particulares que ya con un fin, ya con otro, casi siempre con el fin complementario de la enseñanza mutua, existen y subsisten de antiguo con maravilla y parabién de los que, sabiendo lo que son las instituciones complementarias de la república, no atinan a explicarse cómo han podido nacer, crecer, y mantenerse esas asociaciones favorecedoras de la proeza de iniciativa, en un medio social tan débil y un medio político tan violento”([4]).

Al mismo tiempo destaca el rol benéfico que jugaron las instituciones sociales complementarias que conforman la denominada sociedad civil, como la Sociedad Republicana, Sociedad Amantes de la Luz, Liga de la Paz, Sociedad La Unión y otras, las cuales eran auspiciadoras de iniciativas importantes que servían de contrapeso al medio social débil y al medio político tan violento que caracterizaba a la sociedad dominicana caudillista de finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

Por otro lado, el prócer dominico-puertorriqueño refiere que, aunque no era frecuente, algunas veces llegaban al país, procedente de Cuba o de Puerto Rico algunas compañías de comedia, drama o zarzuela, en las ciudades litorales como Santo Domingo, Puerto Plata, Monte Cristi y más a lo interno, como era el caso de Santiago de los Caballeros, lo que permitía que personas de los sectores privilegiados asistieran a este tipo de función. En tanto, que en múltiples ocasiones se improvisaban teatros en algunos almacenes desalquilados o en algunos templos desiertos, convirtiéndolos en templos de las Musas, lo que era aprovechado por el dominicano, como una excusa para reunirse y disfrutar de un sano esparcimiento.

Eugenio Maria de Hostos

Eugenio Maria de Hostos

Ahora bien, dos tipos de diversiones populares, que denomina “por excelencia nacionales”, eran el “Fandango”, del que se derivó el “Perico Ripiao” o “Merengue Típico” y “las galleras”, a las cuales Eugenio María de Hostos criticó muy acremente.

La descripción que Hostos hizo del “Fandango” es la siguiente:

El fandango es un baile en el que se han mezclado del modo más extravagante el antiguo baile español que le da el nombre, y el tamborileo de los negros africanos, que en otras Antillas llaman el baile de bomba. Los instrumentos músicos son también el concierto y maridaje de un instrumento de la civilización, el acordeón, y de un instrumento del salvajismo, la bomba o tambor de un solo parche (atabal). Este instrumento, que representa el principal papel es un barril, cubierto en una de sus bocas por una panza curtida de ternero. El que lo maneja tiende horizontalmente el barril, se sienta a horcajadas sobre él, en dirección al parche, y con ambas manos sobre éste, produciendo un ruido, no sin armonía cuando lo oye a distancia el que de noche camina por los bosques. El acordeón secunda al tambor, y completa el concierto la voz del tamborero, coreada en ciertos pasajes por el unísono de los concurrentes, e interrumpido con frecuencia por gritos, aclamaciones y verdaderos alaridos, que conmueven la soledad de los bosques y los suburbios de las poblaciones, porque es seguro que, en la noche del sábado, se baila fandango en todas partes” ([5]). 

Hostos denota una cierta aversión a los aportes de la raza negra a los ritmos musicales dominicanos, como el fandango, cuando dijo:

Se han mezclado del modo más extravagante el antiguo baile español que le da el nombre, y el tamborileo de los negros africanos”, algo propio del sincretismo musical de la cultura dominicana y caribeña. Para luego catalogar al acordeón como “un instrumento de la civilización” y al tambor o atabal como “un instrumento del salvajismo”. Pero lo que más le disgusta es que sea el tambor quien marque el ritmo en este tipo de baile, mientras que “el acordeón secunda al tambor” ([6]).

La otra diversión que Hostos destaca y critica son las galleras, de las que dice lo siguiente:

La gallera es lo que aquí le llamamos cancha de gallos; pero aquí, y creo que, en toda la América de origen español, es una simple diversión, al paso que, en la República Dominicana, lo mismo que en Puerto Rico y Cuba, es una pasión nacional. Es la pasión del juego con todos sus neurotismos, con todos sus extravíos, con todos sus furores. En la República Dominicana es diversión de los domingos. Una sola vez he asistido a ella, en un campo, cuyos encantos me hizo odioso: tan viva y tan enérgica fue la repulsión que me causó el ver convertido un noble, valeroso y arrogante animalito en bárbaro pretexto de la codicia y la furia de los hombres” ([7]).

En cuanto a las galleras, que detesta por su carácter sanguinario y sádico, en ningún momento Hostos indica su procedencia, las cuales se practicaban en la India desde hace alrededor de 3,500 años, en la china desde hace 2,500 años, en la Antigua Roma y posteriormente fueron traídas al continente americano por los conquistadores españoles, que tienen gran semejanza con la corrida de toros que se celebran desde hace varias centurias en la Península Ibérica. En ambas prácticas se evidencia el más cruel salvajismo, las cuales proceden de Asia y el continente europeo, las denominadas cunas de la civilización humana, no del África, a quien Hostos relaciona con el salvajismo.

Sobre estas dos formas de diversión por excelencia del pueblo dominicano en el siglo XIX y principios del siglo XX, el fandango y las galleras, Hostos afirma:

Así como ese baile singular es una diversión que degenera en vicio, así la gallera es un vicio que degenera en diversión…La pelea de los gallos y los fandangos son las únicas distracciones sociales del trabajador de campos y de ciudades, son dos sostenedores de barbarie. Mientras subsistan las galleras no se deberá considerar como dado el primer paso de aquel pueblo hacia la civilización. A las galleras van sin recatarse, junto con los más humildes y más bajos, los más soberbios y más altos; pero, a los fandangos y ciertos, allí y en Puerto Rico, llamados bailes de empresas, mala empresa y bailes malos, no va `la gente decente`” ([8]).

Hostos

Está claro que Hostos deploraba tanto el fandango como las galleras, a las que considera propias del estadio de la humanidad que el antropólogo norteamericano Lewis Morgan denominó como del “salvajismo”, razón por la cual nuestro gran pedagogo entendía que hasta que no se superaran esas dos formas de diversión popular, la sociedad dominicana no podría dar un paso firme hacia lo que él denominaba “la civilización”. Conforme la República Dominicana se ha ido desarrollando, las galleras han ido cediendo el paso a otras formas de diversión menos sangrientas y más integradoras, como las carreras de caballos, el béisbol, el baloncesto, el futbol, el atletismo, el ciclismo y los juegos propios de la era digital.

LA CULTURA EN LA SOCIEDAD DOMINICANA DE HOY

Ahora bien, lo que antes se llamaba fandango ha ido evolucionando hacia nuevos ritmos musicales, pasando a convertirse en el merengue, el principal ritmo dominicano tanto nacional como internacionalmente, con figuras destacadas como Julio Alberto Hernández, Luis Kalaf,  Papa Molina, Alberto Beltrán, Joseíto Mateo, Rafael Martínez, Pipí Franco, Francis Santana, Vinicio Franco, Ángel Viloria y el Conjunto Típico Cibaeño,  Ñico Lora, Guandulito y su Conjunto, Tatico Henríquez y sus Muchachos, Fefita La Grande, La India Canela y Bartolo Alvarado (El Cieguito de Nagua).

El merengue sufriría una transformación profunda de la mano de Johnny Ventura y los Caballos, Félix Rosario y sus Magos del Ritmo, Wilfrido Vargas y sus Beduinos, Fernandito Villalona y los Hijos del Rey, Sergio Vargas y Orquesta, Alex Bueno y Orquesta, Mily Quezada y sus Vecinos, Juan Luis Guerra y 4:40 , Sergio Hernández y Orquesta, Cuco Valoy y su Tribu, Ramón Orlando y la Orquesta Internacional, Henry García, Pochy Familia y la Coco Band, Kinito Méndez y la Rokabanda, Jossie Esteban y la Patrulla 15, El Conjunto Quisqueya, Héctor Acosta (El Torito) y Los Toros Band, entre otros, quienes han puesto muy en alto la bandera tricolor dominicana. El Merengue fue adoptado el 30 de noviembre del año 2016 como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

Posteriormente, el fandango continuó evolucionando hacia otros ritmos cuando volvió a reintroducirse la guitarra y se adicionó el bongó, junto a otros modernos instrumentos musicales, dando origen a lo que en un tiempo se llamó “música de amargue” o “bachata de amargue”, que se tocaba principalmente en las velloneras de los cabarets de los barrios marginados de las ciudades y en los campos.

Los primeros exponentes de esta música bailable que grabaron discos fueron José Manuel Calderón, Luis Segura (El Añoñaíto), Rafael Encarnación, Rafael Alcántara (Raffo El Soñador), Tommy Figueroa, Edilio Paredes, Mélida Rodríguez (La Sufrida), Leonardo Paniagua, Ramón Torres, Marino Pérez, Robin Cariño, Aridia Ventura y Blas Durán, entre otros, a través del sello Zuni del empresario artístico Radhamés Aracena, dueño de la emisora Radio Guarachita.

Hoy por hoy recibe el nombre de Bachata, es uno de los ritmos musicales que, con nuevas letras y nuevas tonalidades, identifica a la República Dominicana en el mundo, de la mano de artistas como Sonia Silvestre, Luis Díaz, Víctor Víctor, Juan Luis Guerra, Romeo Santos, Prince Royce, Anthony Santos (El Mayimbe), Luis Vargas, Teodoro Reyes, Raulín Rodríguez, Frank Reyes, Joe Veras, Yoskar Sarante, Elvis Martínez (El Camarón), Héctor Acosta (El Torito), Zacarías Ferreira, Luis Miguel del Amargue, El Chaval, Monchy y Alexandra, entre otros. El 11 de diciembre del año 2019 la Bachata fue declarada por la Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia y la Cultura (UNESCO) como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Los dos ritmos derivados del Fandango, el Merengue y la Bachata, ambos denigrados y vilipendiados por los sectores intelectuales, de clase media y clase alta, han alcanzado en la actualidad dimensiones nacional e internacional, al ser reconocidos por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, con una diferencia de apenas tres años: el merengue en el 2016 y la bachata en el 2019.

Otro aspecto no menos importante es el relativo a la conformación étnica del pueblo dominicano, que, de acuerdo a lo postulado por la antropología socio-cultural actual, es esencialmente mulata, como resultado de la unión de españoles y africanos. Sobre este particular Hostos llegó a afirmar que el pueblo dominicano:

Es, como pensaba quien pensaba al contemplarlo, el espectáculo que da la embriología comparada a quien la estudia. Al mismo tiempo se presentaban a la vista las representaciones vivientes de un pueblo sin tipo étnico definido y sin tipo de civilización determinada, que trata de romper, y está rompiendo, el molde de las organizaciones inferiores para amoldarse a modelos superiores. Todas las variedades del cruzamiento entre el etíope y el caucásico, juntas a los representantes más bellos de la familia caucásica y a los más feos de la familia etiópica; todas las ingenuas alegrías de la gente primitiva, que ni en las Antillas, ni en la Hotentosia fué nunca feroz, son, al contrario, dulce, ingenua y halagüeña; todos los matices de la inteligencia, así la que es sutil como la que es capaz de celebrar la sutileza; todas las exterioridades de todas las formas de cultura; la del bárbaro, que empieza a vestir su desnudez a la vista con colorines; la del semibárbaro, que completa su vestidura con su armamento, y que en calles, como en caminos, anda armado de todas armas, con machete, revólver, cuchillo y a veces fusil; la del semicivilizado, que no atina a adecuar el traje a la persona y concluye por parecer mono vestido, antes que vestido para no ser mono; la del civilizado o imitador de los civilizados, que con su persona contrasta casi tanto como en su actitud y en el género reservado de la alegría con la muchedumbre circunstante. Todo, todo es parte, elemento y componente del espectáculo de una evolución embriológica, que tanto atrae al que piensa, como distrae al que imagina, abstrae al que siente y retrae al que se disgusta de todo lo que no es indicio o apariencia de civilización. Mas, para aquellos que se interesan en todo lo que es realmente interesante, difícilmente hay en nuestros países un espectáculo más divertido, e instructivo, que el de esas fiestas parroquiales en que el pobre pueblo de la capital y las ciudades quisqueyanas se olvida de la tristeza a que le tienen sojuzgado sus pésimos gobiernos” ([9]).

Estas ideas revelan una escasa comprensión de la verdadera identidad étnica y cultural del pueblo dominicano, resultante de una mezcla de los elementos culturales más pronunciados de los troncos raciales más importantes que incidieron en la conformación del ser dominicano. Al mismo tiempo se evidencian ciertos prejuicios raciales y biologicistas cuando trata al negro de origen africano de etíope y al blanco con la denominación de caucásico, sin que en los hechos esas denominaciones se correspondan con la verdadera procedencia o génesis de ambas razas.

En el epílogo de este ensayo es necesario manifestar que lo expresado, en modo alguno, pretende desmeritar los grandes aportes hechos por el maestro Eugenio María de Hostos a la comprensión de la sociedad y la cultura dominicana del siglo XIX. Lo que hemos intentado hacer en estas páginas es hacer un examen objetivo de la visión de este gran pensador antillanista y latinoamericano sobre la República Dominicana decimonónica, tanto en sus puntos luminosos como en sus puntos oscuros, partiendo de la máxima del gran pensador dominicano e hispanoamericano Pedro Henríquez Ureña (2009:76), cuando expresaba:

“Que el respeto a las figuras venerables no corte las alas al libre examen: la crítica es, en esencia, homenaje, y el mejor; pues, como decía Hegel, sólo un gran hombre nos condena a la tarea de explicarlo” ([10]).

Con estas observaciones críticas, lo que hemos querido hacer es dar, justamente, una visión de totalidad sobre la concepción que elaboró el gran pensador Eugenio María Hostos con relación a la sociedad y la cultura dominicana del siglo XIX, colectivo humano que le acogió como uno de sus hijos más distinguidos y excelsos.

 

BIBLIOGRAFÍA

Rodríguez Demorizi, Emilio. Hostos en Santo Domingo, Volumen I. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2004.

Henríquez Ureña, Pedro. Cuestiones Filosóficas. Ensayos de Filosofía de Pedro Henríquez Ureña. Santo Domingo: Bibliote

([1]). -Emilio Rodríguez Demorizi. Hostos en Santo Domingo, Volumen I. Santo Domingo, 2004, 254.

([2]). -Ibíd, 253.

([3]). – Ibíd, 258.

([4]).-

([5]). – Emilio Rodríguez Demorizi. Hostos en Santo Domingo, Volumen I. Santo Domingo, 2004, 255-256.

([6]). – Ibíd.

([7]). -Emilio Rodríguez Demorizi. Hostos en Santo Domingo, Volumen I. Santo Domingo, 2004, 256.

([8]). -Emilio Rodríguez Demorizi. Hostos en Santo Domingo, Volumen I. Santo Domingo, 2004, 256.

([9]). -Emilio Rodríguez Demorizi. Hostos en Santo Domingo, Volumen I. Santo Domingo, 2004, 263.

([10]). – Pedro Henríquez Ureña. Cuestiones Filosóficas. Santo Domingo: Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña, 2009, 76.

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Juan de la Cruz

Profesor-Investigador de la Universidad Autónoma de Santo Domingo

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