Cultura Nacionales

Vida y obra del primer filósofo dominicano Andrés López de Medrano

Written by Juan de la Cruz

Andrés López de Medrano nació en 1780 en la ciudad de Santiago de los Caballeros, obtuvo el título de doctor en Medicina, fue periodista, poeta, político, profesor de Medicina y de Filosofía, Vicerrector y Rector de la Universidad de Santo Domingo entre los años 1820 y 1822, luego de la reapertura de esa Casa de Altos Estudios en el año 1815 por parte del gobierno colonial de Don Carlos Urrutia, mejor conocido en la historia dominicana como Don Carlos “Conuco”, por la importancia que éste le otorgó a la agricultura de pequeña y mediana propiedad en su gestión gubernamental, para enfrentar la crisis alimentaria de la colonia española de la parte oriental de Santo Domingo.

Vivió en su suelo natal hasta 1805, momento en que los enfrentamientos entre las tropas del ocupante francés general Louis Ferrand y el presidente haitiano Jean Jacques Dessalines se recrudecen por el control de la parte oriental de la Isla de Santo Domingo. A los 25 años de edad emigra junto a su familia a Venezuela, país donde obtiene el título de Bachiller en Filosofía y Letras el 20 de mayo de 1806 en la Real y Pontificia Universidad de Santiago de León de Caracas, para luego asumir entre el 18 de septiembre y el 20 de junio de 1808 el cargo de profesor sustituto de la cátedra de Filosofía en lugar de su titular Dr. Alejandro de Echavarría, quien para entonces estaba muy enfermo. También se le nombró Examinador de Distribución de Premios a los Estudiantes y Artes para Replicar en Varios Actos Literarios de la Capilla del Real Colegio, según certificación expedida el 19 de enero de 1809.

López de Medrano regresa al país a principios del año 1810, luego del triunfo de la Guerra de la Reconquista encabezada por Juan Sánchez Ramírez, para un año después (1811) contraer nupcias en la Catedral de Santo Domingo con la dama Francisca Flores Hirujo. Desde finales de 1810 37 ocupa las cátedras de Latinidad y Retórica en el Colegio Seminario de Santo Domingo. Asimismo, ocupa la cátedra de profesor en Medicina en la Universidad de Santo Domingo y el 2 de septiembre de 1813 opta por la cátedra de Filosofía y la gana en un concurso por oposición. Esa cátedra fue creada por el arzobispo Don Pedro Valera y Jiménez, siendo instalada en el Palacio Arzobispal de Santo Domingo. En 1820 es elegido Vicerrector de la Universidad de Santo Domingo y luego ocupa de forma interina la Rectoría de ese Centro de Altos Estudios a partir de mayo de 1821 hasta los primeros meses del año 1822, fecha en que se produce la ocupación haitiana encabezada por el presidente Jean Pierre Boyer. En ese momento la mayor parte de los profesores y estudiantes emigran hacia el exterior, lo que motiva el cierre automático de las puertas de esa academia de estudios superiores.

No obstante, el 1ro de julio de 1822, con motivo de la reinstalación de la Universidad de Santo Domingo y la reapertura de las clases, el doctor López de Medrano (Campillo Pérez, p. 169) pronuncia un discurso laudatorio al gobierno encabezado por Boyer, donde informa que éste había nombrado una comisión integrada por los dominicanos, el vicario doctor José Gabriel Aybar; el Decano del Tribunal Civil, licenciado José Joaquín del Monte; el Juez de Paz de la Común de Santo Domingo, José de la Cruz García, y el Comisario del Gobierno, Tomás Bobadilla y Briones, quienes tienen por encargo elaborar un plan para la reapertura de la institución de educación superior. En esa pieza oratoria, López de Medrano informa que el plan elaborado por la comisión recomendaba la instalación de:

“Una cátedra de Moral que no se enseñaba aquí; cátedras de los dos derechos, de medicina, de filosofía, de latín, y los primeros rudimentos de la lengua: facultad de importancia tan notoria que es superfluo describirla. Después de haberlas equipado suficientemente, como nunca antes ellos lo habían estado, desde su creación primitiva, después de ratificar el suceso del Claustro, S. E. elevó a Rector al ciudadano Doctor Francisco González Carrasco, por invitación del cual yo tengo el honor de discursear en estos momentos. Ella eligió, confirmó e instaló algunos profesores, de los cuales no diré nada, ya que me encuentro entre ellos, y Ella se reposa en la confianza invariable que la solución debe corresponder a sus intenciones manifestadas” (Campillo Pérez, pp. 169-170).

Los académicos más destacados que emigran en el transcurso del año 1822 hacia Venezuela, Puerto Rico, Cuba y México, son el doctor José Núñez de Cáceres, el canónico Manuel Márquez, el doctor Antonio María Pineda y el doctor en Medicina y filósofo Andrés López de Medrano. Del primero y el último dice el historiador dominicano Franklin Franco Pichardo (2007, p. 67):

 “López de Medrano y Núñez de Cáceres fueron los dos académicos mejor formados de su época. Pero el segundo dedicó más tiempo a las labores administrativas del alto cargo que desempeñaba como miembro del aparato burocrático colonial. López de Medrano, en cambio, se compenetró mucho con la labor docente y para esas actividades escribió para sus alumnos un libro de texto: ‘Tratado de Lógica’, que es el primer aporte importante dominicano a esa ciencia”.

En ese mismo orden, Franco Pichardo (2007, p. 67) observa:

“Oportuno es que subrayemos que en esta obra el profesor dominicano aceptó como válidos los principales principios expuestos por el filósofo Condillac (1715-1800), uno de los teóricos del sensualismo filosófico quien con su ‘Tratado de las Sensaciones’ (1754) contribuyó a socavar la ideología clerical, o la escolástica; y, por tanto, a la generalizada creencia de las ideas innatas o de origen divino. Dentro de ese plano, López de Medrano se afilió al pensamiento más avanzado de la época, aunque en su obra hay pasajes donde afloran concepciones que evidencian la presencia, aún débil, de reminiscencias escolásticas, detalle que permite también resaltar muchos aspectos eclécticos en su texto. Pero esto último se comprende mejor si se toma en cuenta que su ‘Tratado de Lógica’ para poder ser aprobado como libro de enseñanza, tuvo que pasar por la censura eclesiástica. Esto se pone en evidencia al recordar que el arzobispo Valera, director del Seminario, fue factor decisivo para que su texto fuese aceptado; a quien precisamente reconoce en su prólogo López de Medrano, como su ‘Mecenas”.

Pensamiento y Ejercicio Político Liberal

López de Medrano ejerce la política activamente en el país, llegando a ocupar los cargos de Síndico Procurador, Regidor del Ayuntamiento de la Ciudad de Santo Domingo, alcalde de Segunda Elección durante el período de la España Boba entre los años 1819-1821 y miembro del Ayuntamiento de la Ciudad de Santo Domingo entre 1821 y 1822, luego de la proclamación del Estado Independiente de Haití Español.

Sobre la postura asumida por López de Medrano ante la crisis institucional por la que atravesaba la colonia española de Santo Domingo a principios de la década de 1820, el historiador Roberto Cassá (2008, pp. 53-54) nos dice:

“Fue quien con más decisión adoptó una resuelta postura democrática, en una dimensión que replanteaba el funcionamiento de la política del país. En tal sentido, en el plano doctrinario con López de Medrano comenzó el prolongado discurrir del liberalismo decimonónico dominicano. Y, al mismo tiempo, fue la primera figura que dio pasos prácticos para la defensa de la propuesta liberal, fundando el primer partido político de la historia dominicana, el Partido Liberal, dirigido a terciar en las elecciones de 1820. Esta formación se enfrentó a la corriente partidaria del mantenimiento del absolutismo, encabezado por el canónigo, José Márquez. Por primera vez se compuso en el país un texto destinado a fundamentar una opción política”.

En su “Manifiesto del Ciudadano Andrés López de Medrano al Pueblo Dominicano en Defensa de sus Derechos”, a propósito de las Elecciones Parroquiales del 11 al 18 de junio de 1820, momento en que aún prevalecía la esclavitud en Santo Domingo, éste esboza su concepción liberal ilustrada sobre el ser humano y sobre los derechos que le asisten, entre ellos la libertad de pensamiento, cuando expresa:

“No habiendo nacido el hombre para sí mismo, sino para la sociedad, a quien pertenece por las relaciones que le rodean, es su deber conspirar a su fomento de cualquier modo que le sea útil. Entre los medios de auxiliarla ninguno es más adecuado que el de expresar los pensamientos sin coartaciones depresivas, que han impedido perseguir el vicio sin embozo, proteger la virtud sin menoscabo, acusar con entereza al infractor de las leyes y afianzar la seguridad de todos en la recíproca e individual” (Campillo Pérez, 1999, pp. 147-148).

Sin duda alguna, López de Medrano tenía una concepción muy avanzada sobre el ser humano, al plantear que éste tiene razón de ser en la medida en que, con su actuación, contribuye al progreso y desarrollo de la sociedad por diferentes vías, destacando entre ellas la expresión del pensamiento con entera libertad, la lucha contra el autoritarismo y todo tipo de coacción que conduce a la democracia plena, la persecución de los vicios y la corrupción, la preservación de la virtud que contribuye a la creación de ciudadanos probos y altruistas, el cumplimiento estricto de la ley como máxima que debe regir para todos y entre todos los ciudadanos y el afianzamiento de la seguridad ciudadana de todos, tanto en sus derechos sociales como individuales, sin importar su condición social, su color de piel, su credo religioso y político y su vínculo o distanciamiento con los diferentes resortes de poder fáctico.

López de Medrano levanta su voz de protesta contra los sectores esclavistas que por varios siglos habían mantenido en la más terrible degradación humana a los sectores más humildes del país, sometiéndolos a la esclavitud más vil y a la ignorancia más envileciente, al tiempo que proscribían de forma permanente la libertad de imprenta para impedir que los sectores con ciertas luces intelectuales contribuyeran a la difusión de las ideas ilustradas que pudieran insuflar en el pueblo dominicano el espíritu de lucha que le permitiera alcanzar los ideales de democracia y libertad plenas. Veamos:

“El egoísmo de los Magnates, que habían erigido su engrandecimiento sobre la ruina de sus semejantes, en nada más se esmeró que en condenar perpetuamente la libertad de imprenta, enervando el espíritu de los doctos, esterilizando el germen de la Ilustración y sofocando la luz que de tiempo en tiempo aparecía ocultamente en la capacidad. Era preciso para mantener en su vigor este predominio acrecentar la ignorancia en vez de destruirla, incrementar los errores en vez de labrar el desengaño y obstruir con actividad la difusión de ideas que conducen a la verdadera gloria” (Campillo Pérez, 1999, p. 148).

De igual manera, describe el grado de degradación social y moral en que se encontraba el pueblo dominicano, producto de las imposiciones, arbitrariedades y las persecuciones inquisitorias a que el mismo fue sometido por parte de los sectores burocráticos coloniales pro-hispánicos, llegando incluso al extremo de la pérdida de la dignidad humana. Citamos:

“Acostumbrado el pueblo por esta causa a obedecer por rutina, a moverse por los resortes de la voluntariedad, como si fuera un autómata, y a temer con sobrado fundamento los horrores de la bárbara Inquisición, el azote de la tiranía y los caprichos de un ministerio corrompido, no sólo perdió su primitiva grandeza, olvidó su dignidad y se convirtió en juguete de sus opresores, sino que caminó con pasos acelerados a su degradación, como el que es llevado al sacrilegio por las sendas de la religión, o el que traga la muerte en la copa que brinda la salud; de manera que es inconciliable se hablase en las Españas de instrucción, de enseñanzas, de educación, de buen gobierno, igualmente que se ponían enormes trabas, reiterando severas prohibiciones de leer y escribir lo que conviene, único producto de adquirir los adelantos; único rocío que hace pulular la erudición. ¡Qué grado de brillantez no nos distinguiera con asombro de las naciones más cultas, si hubiéramos soltado como ahora tan precisos diques! Véase esta verdad por los progresos en ocho años, a pesar de haberse interrumpido su carrera” (Campillo Pérez, 1999, pp. 148-149).

Ese es el panorama que nos presenta López de Medrano previo a la aprobación de la Constitución de Cádiz en 1812 en medio de la lucha librada contra la dominación francesa de José Bonaparte en la Península Ibérica, período a partir del cual se lograron ciertos progresos en la colonia española de Santo Domingo, pero donde aún se mantenía incólume la degradante esclavitud patriarcal de la población descendiente de negros provenientes del África Occidental. Es por esa razón que este pensador ilustrado destaca con mucho júbilo los avances alcanzados por España y sus colonias a partir de la inclusión en la Constitución de Cádiz del artículo 371 y resalta el rol jugado por los honorables Diputados que la aprobaron. Veamos sus palabras:

Estas y otras razones constantes en los diarios de nuestras memorables Cortes impulsaron al Supremo Congreso a decretarla en el artículo 371 de la Constitución que hemos jurado con júbilo inimitable. Esos varones ilustres, superiores a los célebres de Plutarco, que firmaron este sagrado código, dictado más por el cielo que formado por los hombres: esos Padres de la patria, intérpretes de la voluntad general, acérrimos defensores de la libertad: esos beneméritos Diputados, dignos Representantes de una Nación magnánima, heroica y aguerrida, no menos que Redentores su existencia contra las falanges del formidable Bonaparte, previeron profundamente que no se llegaría al complemento de sus importantes designios si no se abatía el despotismo; que este monstruo no descendería de su elevado puesto, si no se derribaban las columnas que le sostenían, que son las preocupaciones; que no se conseguiría este hermoso triunfo si no se sembraban sin exclusión las saludables doctrinas que le anteceden, y que jamás se exterminaría el idiotismo, que como un contagio se ha propagado, inficionando a los mismos literatos, sino se adoptaba con franqueza esta medida” (Campillo Pérez, 1999, p. 149).

Por otro lado, López de Medrano critica a los integrantes del antiguo Cabildo de Santo Domingo, que se consideraban superiores a los nuevos ediles electos por no ser éstos de sangre noble o azul como ellos, pretendiendo descalificarlos con los motes de inferiores y objetando sus calidades para gobernar adecuadamente la ciudad. La voz enérgica de este hombre de grandes luces se alza contra esta injusticia y proclama que todos los hombres, sin importar su oficio o condición social, tienen derecho a representar dignamente a la ciudad de Santo Domingo en el Cabildo. En ese orden expresa:

“Por lo mismo ignoro los motivos de que se irrogue inferioridad a los nuevos capitulares. Sin apoyarme en aquellas comparaciones, que suelen mirarse caprichosamente, ni agraviar a alguien, de lo que dista mi aserción, hallo que en general los del antiguo Cabildo no son de mejores cualidades que los del constitucional, a no ser que el haber comprado esos oficios, según he apuntado, y en ellos la finca de sus atribuciones, instituya una razón de disparidad, que no se encuentra en sustancia. Aun cuando se pudiere oponer en controvertido alegato que eran de los que viven de un tráfico, que utilice a la sociedad, de un taller, de una pulpería, de un almacén, es incontrastable que no los rebajaría este concepto, así como tampoco los elevaría al ser de otro destino. El Zapatero, el Talabartero, el Herrero, el Tonelero, el Carpintero, el Albañil, el Sastre, el Pintor, el Músico, todo laborioso, todo artista puede ser tan excelente Ciudadano, como un Consejero de Estado, y un Diputado de Cortes. Digámoslo de una vez: el talento, las luces, la integridad, modales irreprensibles son las bellas disposiciones, la legítima actitud para ser hombre público, y las mismas que produjeron insignes cónsules en Roma, prudentes legisladores en Atenas, esforzados capitanes en Tebas, Lacedemonia y Cartago, famosos generales en la Francia, sabios economistas en Inglaterra y Genios celebérrimo en todas partes: verdades que veneramos a larga distancia y que entre nosotros cosquillean al amor propio por vanidad, por preocupación o costumbre. Ya es tiempo, pues, de deponer esos crasos errores, que con visible detrimento de nuestros negocios ha patrocinado solo la estupidez y máximas absurdas: de no arrebatarnos más por lo ilusorio de afecciones accidentales, vinculadas a la caducidad, que por lo esencial de los predicamentos morales, que albergan la mejor idoneidad: de comprender que entonces es una Nación más libre, más soberana y más pujante en sus enlaces cuando puede subvenir a sus necesidades con más energías por el acopio de recursos, que traen las profesiones, las artes, y todo género de industria” (Campillo Pérez, 1999, pp. 157-158).

Hay en las ideas de López de Medrano un sabor a pueblo inconfundible, donde enfrenta abiertamente las ideas monárquicas y autocráticas y rechaza el espíritu elitista de la minoría burocrática colonial que se cree la clase predestinada a ejercer el gobierno, ya sea local o nacional. De igual manera, se ponen de manifiesto sus ideas de progreso, las cuales se expresan en el alto puesto que le reserva a la ciencia, al arte y a la industria en el proceso de desarrollo del país con el propósito de construir una Nación libre, soberana y próspera que satisfaga las necesidades más perentorias de sus conciudadanos, haciendo caso omiso a los nocivos engreimientos de algunos que pretenden dividir a la población en ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda, pretendiendo con ello adquirir mayor preponderancia, sin importarle el envilecimiento de las grandes mayorías.

En virtud de sus ideales democráticos, liberales e independentistas, López de Medrano apoyó de forma decidida el proyecto de Independencia que encabezó el licenciado José Núñez de Cáceres. La vinculación activa de este importante intelectual a esa causa noble motivó que se le designara nuevamente como miembro del Ayuntamiento de la Ciudad de Santo Domingo, razón por la cual tuvo que participar de la ceremonia del 9 de febrero de 1822 en que el prócer Núñez de Cáceres entregó simbólicamente la llave de la ciudad al presidente haitiano Jean Pierre Boyer.

Exilio definitivo en Puerto Rico

El 9 de septiembre de 1822, López de Medrano se refugia con su esposa Francisca Flores Hirujo y sus hijos Andrés Manuel, José Jacinto y Francisca Bárbara en la vecina isla de Puerto Rico, estableciéndose en las ciudades de Aguadilla, Mayagüez y Ponce. Al llegar a Puerto Rico es hecho prisionero bajo el alegato de haber conspirado contra el gobierno español en Santo Domingo y, al cabo de un tiempo, residiendo en Aguadilla, el gobernador de Puerto Rico, Miguel de la Torre, en 1826 le encomendó una misión sanitaria en Mayagüez; en 1832 fue electo Síndico Procurador del Ayuntamiento de la Villa de Aguada y en el año 1836 se traslada a Mayagüez, momento en el que se aleja de la política y se dedica fundamentalmente a realizar actividades masónicas.

En el año 1839 López de Medrano se traslada a la ciudad de Ponce, donde, tras la muerte de su primera esposa, contrajo matrimonio por segunda vez. Allí ejerce el periodismo y se reintegra a la labor educativa. En esa ciudad ocupó la posición de director de la Escuela Pública de Ponce entre noviembre de 1847 y mayo de 1852, fecha en que se retira a su hogar. Muere en Ponce el 6 de mayo de 1856.

Lógica Empirio-Sensualista y Racionalista de Andrés López de Medrano

El primer texto de lógica escrito en la isla de Santo Domingo lo escribió el intelectual criollo Andrés López de Medrano. Esa obra lleva por título “Lógica” y tiene como subtítulo “Elementos de Filosofía Moderna Destinados al Uso de la Juventud Dominicana”, el cual fue elaborado por el Dr. Andrés López de Medrano en el año 1813 y publicado en la imprenta de la Capitanía General de Santo Domingo en el año 1814.

Este libro es, sin duda, la primera obra de filosofía escrita y publicada en el país y una de las primeras de América Latina bajo el influjo del movimiento intelectual de la Ilustración. En López de Medrano se podría destacar un conjunto de primicias que lo catapultan como uno de los intelectuales criollos más destacados en las primeras décadas del siglo XIX, entre las que resaltan:

-Es el primer filósofo y primer lógico de República Dominicana, al abordar con un sentido propio y nivel crítico los conceptos, las proposiciones, los razonamientos, las ideas y los sofismas.

-Es quien introduce la modernidad en filosofía y ciencia en nuestro país, con la implementación del método inductivo de Francis Bacon y con la asunción de la lógica empirista de Esteban Bonnot de Condillac, David Hume y John Locke.

-Es quien reconoce en República Dominicana la importancia de relacionar la filosofía con la educación, con el fin de formar ciudadanos con un sentido más humanista y mayor erudición, como forma de contribuir al engrandecimiento de la patria.

-Es quien introduce al país la hermenéutica del texto en un sentido moderno, logrando adelantarse casi dos siglos a los grandes teóricos de la hermenéutica reciente, como Martín Heidegger, Hans-Georg Gadamer, Jürgen Habermas y Gianni Vattimo, entre otros.

-Es quien desarrolla el espíritu de criticidad en República Dominicana, a través de la implementación del denominado arte crítico, para lo cual recurre a una serie de reglas que aplica de forma muy rigurosa y atinada.

-Es el primer gnoseólogo y epistemólogo dominicano, ya que aborda de forma profunda los principales obstáculos del proceso de conocimiento y destaca la importancia capital del uso del método en la investigación científica.

-Es quien introduce al país la duda metódica del filósofo francés René Descartes y el primero que duda metódicamente en el proceso de aprehensión de la verdad científica.

-Es el primero en reconocer la gran utilidad de la dialéctica como método de discusión, en virtud de lo cual hace una recuperación de la mayéutica socrática y de la dialéctica platónica y aristotélica.

-Es quien introduce a República Dominicana la filosofía de la historia a través del desarrollo e implementación de una serie de reglas que les sirven de orientación a los historiadores para realizar una labor idónea para el engrandecimiento de la nación y de la humanidad en sentido general.

-Es el más importante pensador ilustrado de República Dominicana en las dos primeras décadas del siglo XIX, lo cual se expresa en sus ideas novedosas de librepensador, cuando abraza como sus causas principales la libertad de pensamiento, la libertad de imprenta y el respeto a los derechos más fundamentales del ser humano.

-Es el precursor de la democracia como sistema de gobierno en el país, al enfrentar el absolutismo monárquico tradicional prevaleciente, al crear el primer partido político liberal dominicano, al postular que todos los sectores sociales del país tienen derecho a elegir y ser elegidos para las diferentes funciones públicas, sin importar su procedencia social y rechazando todo tipo de prejuicio socio-político, y, al plantearse, como un aspecto central, la defensa de la soberanía nacional y el desarrollo de las profesiones, la industria y las bellas artes como medios expeditos para lograr el progreso sostenido de la Nación Dominicana.

Influencias empiristas, sensualistas y racionalistas

La lógica de López de Medrano toma como punto de partida el empirismo prevaleciente entre los siglos XVII, XVIII y XIX, en ocasiones fundamentado en el empirismo innatista del inglés John Locke; en algunos casos influidos por el empirismo sensualista del francés Esteban Bonnot de Condillac y, en otros, en el empirismo subjetivo o psicologista de los filósofos ingleses David Hume y Georg Berkeley.

Sin embargo, López de Medrano no logró desembarazarse del todo del enfoque tradicionalista de Aristóteles, de la filosofía escolástica del Medioevo forjada por el padre de la Iglesia Católica Santo Tomás de Aquino, de la filosofía racionalista de Descartes, del panteísmo racionalista del hispano-holandés Baruch de Spinoza y de la visión ilustrada moderada del sacerdote benedictino español Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro. En ese sentido, el filósofo dominicano Juan Francisco Sánchez expresa sobre López de Medrano, su pensamiento y su obra, lo siguiente:

“Enseñó Lógica en nuestra ciudad por un buen rato, y muestra de su interés por tan austera disciplina en su Tratado de Lógica, que escribió para sus discípulos. Este tratado, que por su poca extensión y escaso desarrollo de los temas merece mejor el calificativo de ‘elementos’ -como él mismo le llama al principio de la obra-, tiene, no obstante, para nosotros los dominicanos, una gran importancia; en primer lugar es el único tratado sobre la materia escrito por un dominicano en todo nuestro pasado filosófico; en segundo lugar, marca el abandono definitivo de la tradición logicista escolástica en la enseñanza podría decir ‘oficial’ universitaria, tradición que ya venía siendo atacada desde mediados del siglo XVIII. En este ambiente de rebeldía se educaron López de Medrano y Antonio Sánchez Valverde, el típico ‘rebelde’ dominicano que más tarde inicia en Caracas el movimiento anti-aristotélico venezolano según nos cuenta Caracciollo Parra. Sabido es que la enseñanza universitaria de la lógica se guió exclusivamente durante los siglos XVII y XVIII por el tratado del Padre Rubio, cuyo prestigio en Hispanoamérica alcanzó tal grado, que no sólo lo vemos repetidamente aconsejado, sino impuesto por los Superiores de las Órdenes de América, como bien puede verse por la Real Provisión del 29 de octubre del 1605. Como Sánchez Valverde, López de Medrano pertenece al grupo de nuestros ‘modernos’, es decir, de aquellos espíritus inquietos que pugnaban por la renovación de las ideas tradicionales en filosofía, introduciendo elementos empiristas, psicologistas y sensualistas, provenientes de Newton, Locke, Galileo, Condillac, etc. Sin embargo, nuestros ‘modernos’ no los son sin ciertas trabas y reservas. Sobre ellos gravita el peso de la tradición cultural colonial, y a cada paso se evidencia el cuidado que ponen en no chocar violentamente en punto a teoría con cuestiones que pueden rozar con la fe, como por ejemplo el problema de la naturaleza del alma. Esto los hace ser cautos y tibios en las cuestiones decisivas, en cuyo caso se deciden casi siempre por una fórmula ecléctica transaccional que les permita la protesta y hasta la burla, al mismo tiempo que dejan sentado bien claro que son tan fieles tomistas como se puede ser” (Campillo Pérez, 1999, pp. 112- 113).

Está claro que López de Medrano hizo un gran esfuerzo por desembarazarse de la visión aristotélica y escolástica en lógica, cosa que no logra del todo, e intenta fundar su propuesta logística en la entonces avanzada orientación filosófica empirista. No obstante, es el primero que se propone romper con la tradición tomista prevaleciente en el país desde el proceso de conquista y colonización de la Isla de Santo Domingo en el año 1492, muy a pesar de dedicar su texto al padre arzobispo Pedro Valera y Jiménez, quien era en 1814 la máxima autoridad eclesiástica del país y tenía una gran apertura para con las ideas modernas en filosofía. Este, antes de acoger el libro de López de Medrano como manual en las aulas del Seminario Mayor que dirigía, había autorizado la enseñanza de la lógica sensualista de Condillac. Al ampliar este aspecto, el filósofo dominicano Rafael Morla (2001, pp. 82-83) nos dice sobre López de Medrano y su texto de lógica, lo siguiente:

Muestra dominio de la materia, gracias a lo cual salen a relucir sus conocimientos no sólo de la lógica de Aristóteles, sino también de las escuelas epistemológicas principales de la modernidad: el empirismo y el racionalismo. Dos autoridades cita, con frecuencia; son ellas John Locke y Étienne Bonnot de Condillac. Otras figuras a las que hace referencia son Descartes y Leibniz. Ante todo, es notable la influencia de Condillac, en la obra objeto de comentario. Sin embargo, López de Medrano se muestra abierto a las diferentes corrientes del pensamiento moderno. Ello hace que se revele ante el estudioso como un ecléctico, que toma ideas de uno y otro sistema, de las diferentes escuelas y de los más variados pensadores. Es un moderno, pero en él pesa la tradición, forcejea con muchas ideas de contenido escolástico y colonial, pero le anidan sus temores, reivindica la libertad de crítica y de pensamiento, pero no puede sacudirse de todo el viejo paradigma de ideas, objeta el criterio de autoridad, pero coquetea con los representantes del poder real, como un mecanismo de sobrevivencia en medio de las adversidades. López de Medrano no vacila en adoptar abiertamente la doctrina de Condillac al extremo de concluir su obra, haciendo un llamado final, donde proclama a los cuatro vientos la necesidad imperiosa de ir al estudio de las obras del filósofo francés. No obstante, lo anterior no impide según el parecer de Juan Francisco Sánchez, ‘que a veces se cuelen, queriendo o no, ideas de tipo escolástico tradicional que lo pone en contradicción consigo mismo’. Toda la vida social y política de López de Medrano fue la de un ciudadano ejemplar. Su propia filosofía tuvo salida práctica en el contexto de la sociedad de su época. Esto es, no sólo fue un filósofo moderno, también fue un político ilustrado, que abrazó los ideales emancipatorios de su época. Consecuente con sus ideas, en la década del 20, del siglo XIX, aparece junto a José Núñez de Cáceres y Bernardo Correa y Cidrón, como uno de los ideólogos principales del frustrado movimiento independentista del 1821, que pretendía vincular la República Dominicana a la Gran Colombia”.

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Juan de la Cruz

Profesor-Investigador de la Universidad Autónoma de Santo Domingo

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