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Internet y el reloj del juicio final

Written by Debate Plural

Daniel Bernabé (Russia Today, 8-10-21)

 

El reloj del juicio final fue establecido por la Asociación de científicos atómicos de la Universidad de Chicago en 1947, como una metáfora visual para advertir a la opinión pública del peligro que corría la humanidad ante la escalada de armas nucleares emprendida por Estados Unidos y la URSS. Sus manecillas están situadas cerca de medianoche y desde su inicio se corrigen anualmente, avanzando o retrocediendo en función de las amenazas detectadas por un grupo de expertos, a las que además del conflicto nuclear se han ido añadiendo otros peligros como el cambio climático. Puede que resulte exagerado, pero la caída de Facebook el pasado lunes me recordó este particular reloj.

Internet y la amenaza nuclear están íntimamente relacionados ya que su antecesor directo es la red de ARPA, que la agencia de investigación del departamento de Defensa estadounidense puso en marcha en 1969 para evitar el colapso de las comunicaciones en caso de ataque. A diferencia de un sistema de comunicación centralizado, muy vulnerable si se destruía su centro operativo, en la red ARPA cualquier usuario podía comunicarse con otro desde cualquier punto de conexión. Para mediados de los setenta la red saltó de la defensa a las universidades y de ahí, en 1983, a la integración de cualquier red y sistema operativo mediante el protocolo de transmisión de datos TCP/IP. Había nacido el sistema descentralizado de redes de comunicación digitales que conocemos como Internet.

En 1990 se crea en el CERN, la Organización Europea para la Investigación Nuclear, el World Wide Web, el sistema de páginas y servidores. En 1993 se permite el uso comercial de la red. En una década se alcanzaron los 100 millones de usuarios. Actualmente algo más de la mitad de la población mundial mundial, 4100 millones de personas, se conecta regularmente a Internet. La red es esencial para las comunicaciones y la distribución de información y conocimiento, pero también para la economía, especialmente la financiera, y el comercio a nivel logístico y publicitario. Con la aparición en esta última década de los «dispositivos inteligentes», además de los ordenadores, casi cualquier dispositivo, desde teléfonos o electrodomésticos hasta automóviles, están conectados a Internet.

El recuerdo del reloj del juicio final no sólo vino dado por la relación de Internet con lo nuclear sino, obviamente, por la abrumadora y total presencia de la red en nuestra sociedad. Se diría que Internet ha pasado en estas tres últimas décadas de ser una herramienta que dinamizaba procesos a convertirse en la arquitectura esencial sobre la que se construye nuestra economía, nuestra administración, conocimiento, entretenimiento e incluso nuestras relaciones sociales. Que Facebook y sus empresas asociadas, Instagram y WhatsApp se cayeran por más de seis horas tuvo diferentes efectos el pasado lunes, pero nos dejaba una incógnita en el aire: ¿puede romperse Internet por completo? De ser así, ¿qué sucedería?

En los últimos años Facebook está en el ojo del huracán por diferentes acusaciones que van desde la alteración de procesos electorales hasta los efectos perniciosos que su propuesta tiene en el desarrollo de la psique de los adolescentes. No es extraño que se especulara con un ataque externo como el motivo de su caída el pasado lunes, que al final se atribuyó a un fallo técnico, algo que, si lo pensamos detenidamente, resulta aún menos tranquilizador. Esencialmente el fallo se debió a una actualización de sus enrutadores, es decir, el sistema que indica a los datos hacia dónde ir. Facebook y sus empresas desaparecieron de Internet porque el resto de servidores no sabían dónde encontrarlos. A mayor simpleza del error mayor debilidad muestra el sistema que lo sufre.

La cuestión es que en los últimos meses Internet no ha dejado de sufrir este tipo de apagones, insistimos, al margen de la guerra cibernética o de los ataques de delincuentes informáticos. En julio fue la caída de Akamai la que hizo dejar de funcionar a Twitter, Amazon y una gran cantidad de medios de comunicación, entre otros. En junio un error en Fastly dejó inservible a millones de usuarios, servicios web y aparatos conectados a la red. En diciembre del pasado año fue Google la que sufrió la caída. Todas estas empresas proporcionaban alojamiento de datos o la conexión de esos servidores, llamados eufemísticamente la nube, en realidad máquinas bien terrestres, esenciales para manejar la cantidad ingente de datos que requiere hoy en día el tráfico en la red, imposibles de almacenar en ordenadores convencionales.

Contradiciendo el propio espíritu de la red, pero siguiendo las dinámicas de concentración de capital, la mayoría de servicios esenciales para el funcionamiento de Internet, repetimos, de nuestra sociedad, están centralizados en unas pocas empresas como Amazon Web Services, Cloudflare, Akamai, Google, Fastly y Microsoft. Dejando a un lado las consideraciones éticas y políticas sobre quién controla nuestro mundo, habría que preguntarse si técnicamente no es un riesgo inasumible el que la caída de una sola de estas empresas afecte al sistema bancario o a la administración pública. Internet es hoy más que nunca un sistema donde un sólo eslabón puede romper la cadena entera. Y esto puede tener unos efectos devastadores que van bastante más allá de que usted no pueda subir las fotos de sus últimas vacaciones a Instagram.

La red muestra señales de agotamiento simplemente porque no está diseñada para las tareas que le encomendamos hoy, tan sólo tres décadas después de su puesta en funcionamiento. Es como si pretendiéramos que un Airbus A380 aterrizara en los campos de Kitty Hawk o esperáramos que los trenes de alta velocidad pudieran desplazarse por las vías de Stockton de 1825. El crecimiento exponencial de los datos que se requieren para el funcionamiento de nuestra sociedad plantea dudas acerca de cuánto van a durar los protocolos actuales, así como de la propia infraestructura física y su consumo energético. El aumento del teletrabajo tras la pandemia sólo va a acentuar esta dinámica.

No es por tanto extraño que países como China o Rusia estén desarrollando sus propias redes para poder suplir en el caso de una eventual caída los procesos que nuestras sociedades requieren. Si en los últimos artículos en esta misma publicación hemos hablado de la crisis de los chips y la ruptura de la cadena de suministros con respecto al caso británico y sobre la soberanía tecnológica y los cuellos de botella en la producción en el caso chino, como ilustración de los problemas a los que se enfrentan en el siglo XXI nuestras sociedades, la amenaza de un apagón de la red se muestra como otra de las debilidades más preocupantes.

Puede que la colapsología tenga un fuerte componente ideológico al exagerar los peligros a los que nos enfrentamos, especialmente cuando lo que trata es de vender su mensaje dando a las amenazas un carácter irreversible, señalando un «día del juicio final» ecológico, económico o tecnológico. De hecho, en algunos casos esta colapsología tiene una vertiente reaccionaria que, de forma premeditada o inconsciente, niega el propio concepto de desarrollo humano como base para la igualdad: las consecuencias de la decepción política no de crecer de manera sostenible, sino del propio decrecimiento, no se contemplan. Quizá, todo esto, no sea más que una especie de malthusianismo actualizado a nuestros tiempos.

Lo cierto es que al menos deberíamos estar vigilantes tras estas cuatro caídas en unos meses de parte de la red. Si se siguen sucediendo a lo largo de este año, los síntomas indicarían algo más que un fallo puntual, es decir, una tendencia concreta. Internet no se va a apagar de un momento a otro, pero sí puede empezar a sufrir caídas cada vez más constantes, de manera análoga al resto de dinámicas comerciales e industriales. Y ahí, en adaptarnos a este nuevo contexto de falta de recursos, en desarrollar las herramientas para los nuevos tiempos, es donde está la clave para evitar un daño catastrófico.

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