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Tarde piaste paloma

Written by Debate Plural

Rubén Montedónico (teleSur, 14-6-21)

 

Causó sorpresa en algunos la iniciativa del presidente de EE.UU. de proponer un levantamiento global de protecciones de patentes sobre vacunas contra la Covid-19.

La noticia no únicamente impactó sobre las políticas nacionales para reducir los efectos de la pandemia sino a casi toda la vida social, productiva financiera y de negocios, aunque se entiende que esta no es una propuesta exactamente novedosa: la misma había sido planteada por India y Sudáfrica -apoyada por otros 100 países- ante la OMS, pero EE.UU. y la Unión Europea se opusieron a tal solicitud terminantemente.

Persiste entre muchas autoridades periféricas al capitalismo (junto con expresiones de la guerra fría) la inclinación a pensar que con la aplicación de ciertas medidas -pasajeras, circulares, que atenúen los problemas de producción urbana, la circulación y colocación de mercancías y el impacto sobre las cuentas públicas- se saldrá de mejor manera de la crisis, por lo que se evitarán los diálogos con las fuerzas políticas y sociales -sometiéndose, sí, a las exigencias de algunos empresarios y ciertos “beneficiarios”- y hasta permitiéndose negar lo que las comunidades científicas anuncian y denuncian.

Es así que derivado de ese encapsulamiento autoritario se desoyen todas las voces y se las considera valladares desobedientes si discrepan de las de los mandatarios y sus políticas. La disciplina popular -más allá de los suicidas negacionistas de la pandemia- termina resquebrajándose.

Si a las discrepancias internacionales y algunas nacionales, le sumamos que, en un caso, Canadá compró vacunas para aplicar tres veces a toda su población y los laboratorios acrecentaron sus ventas a las naciones ricas, no se les puede achacar a otros pueblos responsabilidades que no tienen.

Entre las paradojas que deja el tiempo de la actual pandemia no me voy a referir a todas ellas -sería cosa de no acabar- ni sólo sobre cómo los más ricos y poderosos se benefician del desastre, sino a algo más -y hay quienes todavía la recuerdan y recurren, desesperados, a ella-: el Covax.

Debe decirse que este mecanismo por el cual se hacen compras unidas por varios compradores, que se suponía un organismo ad hoc de la OMS-ONU, es apenas nada más uno entre muchas instituciones (en general privadas y regidas por sus propias reglas). El Covax funciona como un banco comercial para hacer adquisiciones llamadas “consolidadas” (es decir, juntas) a gran escala a las trasnacionales, lo que a estas les otorga aún mayor seguridad en sus inversiones aunque ya hayan recibido cuantiosa financiación pública para desarrollarlas (Informe de ETC).

El estimado periodista y amigo Roberto Fuentes Vivar me auxilia en esta nota-aclaratoria-denuncia: “Nada más para desnudar un poco la avaricia de la industria farmacéutica, vale la pena comentar algunos datos: hasta antes de la pandemia el valor de mercado de siete farmacéuticas que desarrollaron vacunas (Johnson & Johnson, Pfizer, AstraZeneca, Moderna, Novavax, BionTech y CanSino) era de 686.908 millones de dólares.

Un año después, con datos al mes de abril 21 se ubicó en 838.961 millones de dólares: es decir que con la pandemia aumentaron su valor en 152 mil millones de dólares”.

Johnson & Johnson, la empresa más grande del sector, registraba un valor bursátil de 426.477 millones de dólares, casi un 10 por ciento más respecto de los 384.272 millones de dólares hasta antes del inicio de la crisis sanitaria. Pfizer, la segunda firma más grande tenía un valor de 217.000 millones de dólares antes de la Covid-19, que alcanzó un pico a finales del año pasado de 235.000 millones, el cual bajó a 206.000 millones en enero de 2021, luego que la farmacéutica decidió vender parte de sus acciones para materializar las ganancias.

AstraZeneca, la tercera del mercado, desde antes de la pandemia ha mantenido un valor aproximado de 66.000 millones de dólares; Moderna acumula un alza en su valor bursátil de 60.700 millones de dólares; BionTech 27.600 millones; Novavax 8.600 millones y CanSino 6.900 millones de dólares.

Pero, sobre el punto, Carlos Fernández Vega (de La Jornada, Cd. de México) nos ilustra más cuando apunta que “son familiares los nombres de los fabricantes de las vacunas, pero no se habla tanto de cuáles son sus accionistas, o dicho de otra forma, quiénes son los dueños de ellas.

Como era de suponer, básicamente se trata de dos fondos de inversión: The Vanguard Group y BlackRock, que administran inversiones por 16 billones de dólares. Si fueran un bloque de naciones, serían la tercera potencia mundial. Están metidos en todo tipo de grandes empresas, entre ellas las trasnacionales farmacéuticas”.

BlackRock logra influencia política al llevar “contratados al menos a 84 exfuncionarios del Gobierno de Estados Unidos. Además del exdirector del Banco Central de Suiza, el exministro de Hacienda del Reino Unido, el exvicepresidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, el exportavoz parlamentario del partido alemán CDU, el exjefe de gabinete de Hillary Clinton y el exconsejero de Jacques Chirac. También aparece Goldman Sachs, accionista de varias de las farmacéuticas fabricantes de vacunas, desde AstraZeneca hasta Novavax.”

Asimismo, sumado a la desaprobación de los que llamaremos “consistorios de laboratorios”, al anciano que duerme en la Casa Blanca se le olvidó decir que buena parte de su campaña presidencial fue pagada con fondos de aquellas empresas y que EE.UU. es dueño de la mayoría de las herramientas necesarias para producir productos farmacológicos -que quedan bajo la administración de la Defensa, norma que rige desde tiempos de la guerra en Corea y que fue revivida por Donald Trump- por lo que de aprobarse su iniciativa, lo que se ve como poco posible, demorará en producir la primera serie de biológicos la friolera de unos 14 meses.

O sea, como dice Fuentes Vivar -y yo lo comparto con total amplitud-: por la pandemia los laboratorios farmacéuticos hicieron su agosto en un año y todavía quieren más.

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