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El aire renovador de la Reforma Universitaria

Written by Debate Plural

Graziella Pogolotti (Cubadebate, 23-5-21)

 

En el intento por historiar la década fundadora de los 60 del pasado siglo, muchos se detienen en las polémicas culturales que animaron la etapa y que condujeron a la formulación de las bases conceptuales para el establecimiento de una política en ese terreno.

Al hacerlo, descuidan el paso decisivo de una revolución educacional que tuvo en la Campaña de Alfabetización su componente de más amplia repercusión, pero que se tradujo también en la concreción de una Reforma Universitaria, sueño largamente acariciado, de claro acento latinoamericano, desde que el movimiento transformador se propagara a partir de su estallido en la ciudad de Córdoba y llegara a la Isla a través de la acción de Julio Antonio Mella.

Centrado en la enseñanza, el propósito tenía alcance social, por lo que se tradujo en la creación de universidades populares, pronto disueltas —dado su carácter subversivo— por las dictaduras dominantes en la América Latina de entonces.

En la Cuba revolucionaria, para marchar hacia adelante, se hacía imprescindible romper las estructuras anquilosadas, concebidas para transmitir de manera mecánica lo ya sabido. Este proceso iba acompañado, en el mejor de los casos, de un conjunto de habilidades prácticas.

La Reforma implantaba una dinámica de otra naturaleza. Abandonaba el verticalismo tradicional y convertía al departamento docente en la célula básica destinada al diseño de planes y programas, conductora de procesos de permanente superación y eje articulador del vínculo entre enseñanza e investigación, atendiendo un proceso de mutua retroalimentación.

En el recién estrenado edificio Juan Miguel Dihigo, la también recién nacida escuela de Letras y Arte contaba con profesores de reconocido prestigio, algunos respaldados por una larga carrera en la docencia y otros todavía muy jóvenes, portadores de una perspectiva renovada.

Muchos tenían una presencia destacada en los ámbitos de la educación y la cultura, por lo cual los debates de la época involucraban a maestros y estudiantes. Para los especialistas en lenguas extranjeras, nuestro entorno caribeño, todavía inexplorado, ofrecía amplias posibilidades de aprendizaje e investigación. Se descubrían voces literarias con acento propio, a la vez que se revelaba el complejo entramado del dominio neocolonial.

Las antiguas sedes metropolitanas conservaban el monopolio de la educación superior y las editoriales. La comunicación entre las islas transitaba por un intrincado camino triangular. Nacidos en Guadalupe o Martinica, los escritores viajaban a Francia para terminar su preparación intelectual, obligados también a encontrar allí el necesario auspicio editorial.

En los años de entreguerras, etapa de irrupción de las vanguardias artísticas, Europa se había convertido en lugar de encuentro para los artistas latinoamericanos y caribeños. Allí se cruzaron Carpentier y Guillén con Jacques Roumain y Aimé Césaire. Con ese intercambio maduraba el análisis de la naturaleza  profunda de nuestras realidades y de los rasgos identitarios compartidos, a pesar de nuestras diferencias de lengua y origen.

El ámbito de la academia había dejado de ser un coto cerrado. Sin abandonar el estudio de los arcontes de Grecia, apremiaba indagar, más allá de la información acopiada en los libros, en la dimensión verdadera de lo que somos. Para hacerlo, había que tomar la medida, en la práctica concreta, del legado del subdesarrollo.

Con la implementación de trabajos de extensión cultural, Fidel impulsó esta vertiente de la investigación. Estudiantes y profesores marcharon a zonas recónditas del país. Era un viaje hacia lo desconocido. Todos carecíamos de las herramientas idóneas para afrontar el desafío. Hubo que apelar al instrumental aderezado por la sociología, emplear la observación participante y rescatar historias de vida mediante la aplicación de entrevistas. Detectamos problemas, pero la experiencia sirvió, ante todo, como vía de enriquecimiento propio.

La investigación se constituyó en fuente renovadora de conocimientos. Asumir el desafío con plena responsabilidad se tradujo en crecimiento intelectual humano de estudiantes y profesores.

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