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Siria no encabeza la lista de prioridades de Biden

Written by Debate Plural

Elijah J. Magnier (Mision Verdad, 17-2-21)

 

Es poco probable que Siria encabece la lista de prioridades de la administración Biden, por la sencilla razón de que ninguna de las soluciones al conflicto contempladas hasta la fecha se ajusta a los intereses de Estados Unidos. En consecuencia, se espera que las fuerzas estadounidenses que ocupan el noreste de Siria y el cruce de Al-Tanf entre Iraq y Siria, así como todas las demás medidas, permanezcan sin cambios, al menos durante el primer año de la administración Biden.

Es probable que la administración Biden se beneficie de las sanciones estadounidenses impuestas por Donald Trump, sin interponer modificaciones significativas. Es altamente probable que Estados Unidos siga malinterpretando las dinámicas locales, fomentando los enfrentamientos y las divisiones entre las poblaciones del país, y mantenga su creencia errónea de que puede cambiar los regímenes con sanciones duras.

Hay consideraciones importantes que Estados Unidos debe examinar antes de dar cualquier paso para cambiar su actitud y política hacia Siria. Estados Unidos considera como prioritarios los intereses israelíes y la seguridad nacional de Israel en el Levante. Israel concede gran importancia al mantenimiento de las fuerzas estadounidenses en la región, que ocupan el noreste de Siria y los cruces de al-Tanf, para retrasar o tratar de impedir el flujo de logística y comercio entre Beirut, Damasco, Bagdad y Teherán.

A pesar de sus esfuerzos, las fuerzas sirias y los aliados de Irán tomaron el control del cruce norte de Albu Kamal. Este movimiento fue orquestado por el general iraní Qassem Soleimani (asesinado por Estados Unidos en Bagdad en enero de 2020) para gran sorpresa y disgusto de las fuerzas estadounidenses, echando por tierra la satisfacción de Israel respecto al control estadounidense sobre el principal cruce de comunicación entre Iraq y Siria, al-Tanf.

La presencia de las fuerzas estadounidenses en Siria proporciona apoyo moral, de inteligencia y militar a Israel. Los israelíes afirman haber lanzado más de mil incursiones desde el inicio de la guerra en 2011 sobre múltiples localidades sirias. Israel se apoya en las fuerzas estadounidenses cercanas (sin perjuicio de las bases estadounidenses en Israel) para intimidar a Siria y evitar que su líder imponga la disuasión sobre sus repetidas violaciones. La presencia estadounidense puede servir para persuadir al presidente sirio, Bashar al-Assad, esto es, asegurarse de que se lo piense dos veces antes de emprender una represalia o de lanzar contra Israel las decenas de misiles de precisión iraníes que ha recibido.

Hasta ahora, la violación de la soberanía y la seguridad de Siria por parte de Israel ha tenido poco coste. La falta de una respuesta proporcionada por parte de Assad sólo podría generar más ataques israelíes continuos. El presidente sirio decidió no seguir el ejemplo de Hezbolá en el Líbano, cuya estrategia, disuasión y amenazas provocó la retirada del ejército israelí durante seis meses de las fronteras del Líbano por miedo a matar a uno de sus soldados, como prometió el secretario general Sayyed Hassan Nasrallah. Todavía no han recuperado la presencia como tal. Cabe esperar que Israel hará todo lo posible para ejercer su influencia sobre la administración Biden, para impedir que las tropas estadounidenses se retiren de Siria. De hecho, es poco esperable que Estados Unidos abandone el paso fronterizo entre Irak y Siria.

La segunda cuestión es que Joe Biden considera a Rusia como un adversario. El presidente Vladimir Putin ordenó recientemente la ampliación del aeropuerto sirio de Hmeimim, que opera bajo el mando y administración rusa en la provincia occidental de Siria, para albergar bombarderos estratégicos que transporten bombas nucleares. Esto significa que Rusia está construyendo una base que desafía a la base estadounidense-turca de Incirlik, con capacidad de 5 mil soldados y 50 bombas nucleares, como parte de las reservas de la OTAN, para contrarrestar un hipotético ataque ruso en caso de desatarse una guerra nuclear. Rusia considera que Siria se ha convertido en el frente avanzado contra la OTAN, su ventana al Mediterráneo y el Estado anfitrión de la base naval rusa más importante en Oriente Medio.

El ex presidente Trump ordenó la retirada de gran parte de las fuerzas estadounidenses de varias zonas del noreste de Siria, en las gobernaciones de Hasaka, Deir Ez-Zor y Raqqa. Asimismo, dejó un espacio que permitió que la policía militar rusa y el ejército sirio desplegaran fuerzas en un número más significativo en esas mismas provincias, y controlaran múltiples posiciones a lo largo de la frontera con Turquía. Biden ya no puede obtener el control total de estas provincias ante el avance ruso-sirio, y debe dejar el noreste de Siria en manos de Rusia y del ejército sirio.

Es posible que mantener la situación como está sea la mejor opción para la nueva administración. De lo contrario, si el presidente estadounidense ordena que las fuerzas estadounidenses se retiren de todas las zonas ocupadas en Siria, se le acusará de dejar el país en manos de Rusia, el enemigo acérrimo de Estados Unidos, de destruir el equilibrio entre las superpotencias y de socavar los intereses estadounidenses en el Levante.

En cuanto a la cuestión kurda, Biden no puede dejar simplemente a los kurdos a merced de Turquía para que sean considerados y perseguidos como terroristas, debido a la presión israelí, a la influencia de la presión del lobby kurdo en Estados Unidos y al apoyo que recibe la causa kurda en Occidente. Las YPG sirias –financiadas y armadas por Estados Unidos y algunos Estados europeos– son la rama siria del PKK, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, el cual figura en las listas europeas y estadounidenses de organizaciones terroristas  (por supuesto, en la de Turquía también).

Hasta el momento, Estados Unidos está impidiendo que los kurdos negocien con el gobierno de Damasco la entrega de vuelta de las provincias al gobierno. Bajo petición estadounidense, los kurdos entregarían antes la ciudad de Afrin a Turquía antes que al gobierno sirio. Estados Unidos tendría así una compensación para que Turquía pudiera mantener el control de Afrin e Idlib para dividir Siria. Esto apaciguaría a los turcos, cuyos líderes no aprecian la protección estadounidense de los kurdos. Estados Unidos también quería que Rusia siguiera bajo presión en un país que está lejos de estar unido bajo un solo gobierno en Damasco. Permitir que Turquía ocupe Idlib y Afrin, y que los kurdos controlen los principales recursos petroleros y agrícolas del país ha supuesto una importante presión negativa para la reconstrucción y la prosperidad de Siria tras 10 años de guerra.

La administración de Biden se verá sometida a una presión enorme si el presidente decide normalizar la relación con el presidente Assad. Esto haría inútil que las fuerzas estadounidenses permanecieran allí. Además, Biden sería duramente atacado por la mayoría de los belicistas occidentales (y todos aquellos que han invertido grandes esfuerzos en derribar a Assad y cambiar el régimen, fracasando en última instancia) si recupera los contactos positivos con Assad. Por lo tanto, la opción de Biden de abandonar a los kurdos no está sobre la mesa.

En lo que respecta a la presencia iraní, Israel y Estados Unidos no desean que Irán permanezca en Siria, pero no tienen las herramientas para obligar a las fuerzas aliadas de Irán y a los asesores militares iraníes a marcharse. Rusia no ha convencido a Assad de esta opción porque el presidente sirio confía en su relación con Irán. Precisamente, confía en Irán más que en cualquier otro país. Teherán no ha impuesto nada al presidente sirio, quien es plenamente consciente de que el destino de ambos países está unido. Por lo tanto, prefiere mantener sus opciones abiertas. No se espera que Biden cambie su posición en Siria y no puede prever ningún escenario que conduzca a la retirada iraní del Levante, a menos, por supuesto, que Estados Unidos también se retire simultáneamente. Aun así, la influencia iraní en Siria no cambiará, con o sin la presencia de asesores militares iraníes en el país.

En cuanto a Turquía, la relación con Estados Unidos no tiene nada que envidiar. Biden desea que Ankara retire los misiles rusos S-400. No obstante, no puede imponer ningún cambio en la relación turco-rusa, puesto que ésta ha alcanzado un nivel avanzado de cooperación. Hay un aumento significativo del comercio y del intercambio turístico, seguido de la construcción de la línea de gas Turkstream que se extiende desde Anapa, en la costa rusa, hasta Turquía y Bulgaria y Serbia. En Siria, el presidente Recep Erdogan –quien dirige el segundo país más poderoso de la OTAN– quiere que Estados Unidos deje de apoyar a los kurdos sirios. Al presidente turco le gustaría que el presidente Biden sacara a sus soldados de Siria y entregara el noreste del país a Turquía, para acabar con los kurdos y poder anexionar parte de Siria a su país, como intenta hacerlo con Idlid y Afrin. Sin embargo, Biden no puede complacer a Erdogan de esta manera.

Como podemos ver, no hay opciones doradas para la administración del presidente Joe Biden. Se espera que mantenga en gran medida el régimen de sanciones trumpistas, bajo la «Ley (de castigo colectivo) de Protección Civil de César«, aunque estas pesen duramente sobre la población siria. El presidente estadounidense esperará a que la situación cambie de una u otra manera para mejorar la posición de Siria en Estados Unidos. Sin embargo, las elecciones presidenciales sirias se acercan y, naturalmente, Assad no se derrumbará en los próximos meses o años. Es él quien ha permanecido en su puesto –durante 10 años– a pesar de esta devastadora guerra en la que han participado muchos países occidentales y árabes.

Lo que cambiaría drásticamente las reglas de juego sería que Estados Unidos se viera obligado a abandonar Irak y Siria, lo cual podría suceder bajo esta administración.

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