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El pabellón de la muerte en Los Ángeles

Written by Debate Plural

Renán Vega Cantor (Rebelion, 11-1-21)

 

La dramática situación de Los Ángeles, indica la magnitud de la crisis moral que carcome a los Estados Unidos.

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Las noticias que llegan de los Estados Unidos sobre el impacto del coronavirus cada vez parecen más de ficción distópica, para quienes han creído a pie juntillas en la falacia del sueño americano. Debido al colapso sanitario generado por la acelerada expansión de la Covid-19 después de las fiestas navideñas, La Agencia de Servicios Médicos de Emergencia del Condado de Los Ángeles emitió una directiva que establece que no se deben utilizar ambulancias con pacientes que no tengan probabilidades de sobrevivir y se les debe dejar morir. Para completar la “humanitaria decisión” se determinó no suministrar oxígeno a los moribundos por Covid-19, administrándolo solo a pacientes que tienen niveles de saturación de oxígeno por debajo del 90%. Una decisión terrible si se tiene en cuenta que esta enfermedad se manifiesta en la dificultar para respirar. Quienes adoptaron esa determinación argumentan que solo se debe atender a aquellos que tienen reales posibilidades de sobrevivir y superar el virus. Esta decisión, inhumana desde donde se le mire, es un claro reflejo de la lógica darwinista de la pesadilla americana: sálvese quien pueda y por sus propios medios. Dicho en retórica neoliberal puede sintetizarse en la fórmula: ¡cuanto tienes, cuanto vives!

Esta medida, algo así como una eutanasia forzosa y no consentida ni por el que agoniza ni por sus familiares, se aplica a los pacientes del montón, a los pobres y desvalidos, que ni siquiera son una cifra estadística digna de atención. Esa medida no se aplicaría, por supuesto, a los grandes millonarios ni a los miembros de las clases dominantes. ¿Será que si Bill Gates, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, están en esa condición de muerte terminal, no los van a trasladar a un centro médico ni les van a aplicar oxígeno, ni intentaran hacer lo imposible por mantenerlos vivos hasta último momento?

Es una clara disposición de clase, que demuestra el trasfondo del sueño americano. Es como estar en el pabellón de la muerte, y no para hacer referencia a los condenados a la pena capital, que por estos días están siendo ejecutados a placer en el país donde impera la libertad de matar y de morir.

Para que no se diga que los funcionarios de alto nivel en los Estados Unidos mienten o que sus anuncios no se hacen realidad, la solicitud que el año anterior hizo el vicegobernador de Texas para que los ancianos con coronavirus aceptaran morir para salvar la economía, ahora se está extendiendo a todas las edades, puesto que ahora en Los Ángeles se va a dejar morir a aquellos enfermos terminales que tengan más de 18 años. ¡Para que no se diga que en el capitalismo la muerte no se democratiza!

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La comentada disposición de negar la hospitalización a los enfermos que no tienen remedio en Los Ángeles no tiene, ni mucho menos, carácter humanitario, algo difícil de encontrar en los Estados Unidos, donde reina el Dios Dólar. Es un resultado directo del desbordamiento del sistema hospitalario, mercantil y privatizado, que se ha declarado en máximos históricos de ocupación, sobre todo en el área de cuidados intensivos. En lugar de construir nuevos hospitales o ampliar los existentes con la incorporación de nuevas Unidades de Cuidados Intensivos (UCI), que son las que se necesitan para atender la crisis del coronavirus, se opta por la típica solución neoliberal: reducir la demanda, sin mejorar la oferta.

Las salas de emergencia están tan abarrotadas que los pacientes deben esperar dentro de las ambulancias hasta unos ochos horas antes de poder acceder a una cama. Esto tiene un efecto domino contraproducente, puesto que las ambulancias quedan bloqueadas con los pacientes para atender a otros enfermos de emergencia. Para desocupar las ambulancias se ha acudido a crear “espacios de recepción de ambulancias”, un eufemismo para bautizar a los toldos y carpas donde se apiña a enfermos de coronavirus. El otro mecanismo que utilizan los hospitales es dar de alta lo más rápido posible a los internados, para dejarle la cama libre a nuevos enfermos, con los riesgos que conlleva este típico sistema del Tercer Mundo de la llamada “cama caliente”. Aun así, con estos métodos de choque no se soluciona la masiva afluencia de enfermos, puesto que de 700 pacientes que ingresaban en los días de navidad, 500 salían curados o muertos y 200 permanecían en las UCIS, con lo que el déficit de cuidados intensivos aumenta. Esto es tan evidente que médicos y enfermeras se quejan de las duras condiciones que afrontan, donde hay hospitales cuyas UCI funcionan a 150% de su capacidad normal.

El total de hospitalizados por coronavirus alcanzó a fines de la última semana de diciembre 8000 pacientes, de los cuales 1600 ocupaban UCIS. Y la situación inmediata se vaticina mucho peor en este mes de enero, como resultado de los nuevos contagios de las fiestas de fin de año y porque entre los nuevos enfermos y muertos se cuentan personas que no tienen comorbilidades, cuando a comienzos de la pandemia un 92% de quienes murieron tenían complicaciones de salud preexistentes (obesidad, alta presión, diabetes, problemas cardiovasculares…). En los Ángeles cada ocho minutos muere un enfermo de Covid-19, como indicador macabro del nivel de la pandemia en esta parte de los Estados Unidos, la tierra de los grandes ricachones y de las celebridades del cine, el deporte y la informática. La mortandad alcanza tales niveles, que ha sobresaturado la morgue de los hospitales y por eso en sus patios traseros siempre se encuentran varios camiones refrigerados que están repletos de cadáveres.

Esta dramática situación de Los Ángeles, indica la magnitud de la crisis moral, entre muchas, que carcome a los Estados Unidos. Lo llamativo radica en que esta macabra información no suscita comentarios críticos, como si fuera algo anecdótico. Si en alguno de los países que, según la lógica imperialista, forman parte del “eje del mal”, se dijera públicamente que se va a dejar morir a la gente y no se le va a atender en los hospitales, eso suscitaría condenas de primera plana en falsimedia, pero como eso se hace en el eje neurálgico del capitalismo mundial queda como una nota a pie de página, que rápidamente se olvida.

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