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Más sobre el concepto del héroe

Written by Debate Plural

Juan Daniel Balcácer (Listín, 4-1-21)

 

Personaje extraordinario. En el mundo clásico, el héroe o personaje extraordinario era más importante que los artistas, los poetas, los políticos y se le comparaba, en virtud de las proezas acometidas, con alguna que otra divinidad del Olimpo. La fama del héroe, en mitología, trascendía el mundo terrenal y aun después de muerto se creía que continuaba combatiendo en forma de fantasma. Algunos estudiosos afirman que los héroes homéricos sirvieron de modelo para construir los paradigmas arquetípicos del héroe en la modernidad. El historiador Sidney Hook sostiene que “todos los sentidos del término héroe, según lo usan los adeptos de la interpretación heroica de la historia, presuponen que el héroe, cualquiera que sea, se destaca de una manera cualitativamente única frente al resto de los hombres en la esfera de su actividad y, además, que el registro de las realizaciones en cualquier campo es la historia de los actos y de los pensamientos de los héroes”.

El héroe colonial. En el devenir histórico nacional, la selección del héroe no siempre ha respondido a los criterios que anteceden. ¿Quién habrá olvidado el asombro que suscitaba entre adolescentes cuando al estudiar los textos históricos de primaria y secundaria durante los decenios de los 50 y 60, constataban que los europeos, a raíz del llamado descubrimiento, eran presentados como los héroes de una proeza de magnitudes continentales, mientras que los aborígenes representaban a los bárbaros, simplemente porque defendían su territorio, sus pertenencias y hasta sus propias vidas? Se recordará también que cuando un “puñado de españoles [trabó combate] contra doscientos mil indios armados con arcos y flechas”, la Virgen de las Mercedes se apareció trepada en un árbol de níspero solo para favorecer a los intrusos españoles y no a los indios que defendían su territorio.

Lo más inverosímil, sin embargo, resultó que en medio del combate, la Virgen devolvía a los indios las flechas que estos disparaban contra sus agresores. (Frank Moya Pons: 1986: 256). ¿Quiénes eran los agresores y quiénes los agredidos? Los textos históricos tradicionales representaban a los españoles como héroes y a los indígenas como villanos. Otro ejemplo es el del cacique Caonabo, quien vivía apaciblemente en la isla y cuando entendió que su paz era perturbada por elementos exógenos a su cultura intentó oponerse a semejante intrusión. Todavía rememoro con no poca nostalgia cómo se exaltaba la “habilidad” del capitán Alonso de Ojeda cuando mediante un ardid logró engañar al temible cacique de Jaragua y, simulando un obsequio, sencillamente lo engrilló y apresó. Evidentemente que el “héroe” de ese abuso de poder fue Ojeda, y no el desdichado cacique Caonabo, quien poco después moriría en un naufragio, engrillado y encadenado, mientras era conducido a España.

Un cacique “alzado”. El caso del cacique españolizado Guarocuya, mejor conocido como Enriquillo, es todavía más ilustrativo. Consecuencia de los excesos cometidos por un encomendero apellidado Valenzuela, se dice que cierto día, Enriquillo, disgustado porque su amo había pretendido cortejar a su esposa, decidió alzarse, es decir, huir hacia el altiplano del Bahoruco y fijar allí residencia. En rigor, no se trató de una rebelión armada ni nada parecido. Fue simplemente una decisión de aislamiento frente a un orden social en el marco del cual Enriquillo no vislumbraba ningún acto de justicia en su favor. Naturalmente, el gobierno local interpretó tal actitud como un acto de desacato a la autoridad colonial y durante más de diez años varios contingentes armados realizaron infructuosos esfuerzos para someterlo a la obediencia.

Transcurridos casi tres lustros, desde que Enriquillo se trasladó a residir en el Bahoruco, fue necesario recurrir al padre Bartolomé de Las Casas, quien había sido su preceptor, para que intercediera y lo convenciera a fin de que depusiera su actitud rebelde frente a las autoridades españolas. Consecuencia de la gestión diplomática del padre Las Casas, Enriquillo pactó con –no derrotó a– las autoridades españolas, aceptó trasladarse a Boyá y fijar allí residencia junto con un grupo de sus seguidores, comprometiéndose a obedecer fielmente las leyes hispanas y a perseguir a cualquier indio o negro que se rebelase contra el sistema colonial implantado en la isla. La historiografía tradicional, al reconstruir la conducta de Enriquillo mientras estuvo alzado en el Bahoruco, lo ha elevado a la categoría de héroe e incluso le ha dispensado el título de Primer Libertador de América, sin que todavía hoy sepamos a cuáles comunidades liberó. El caso, sin dudas, pertenece a la esfera de la mitología indígena; y a la construcción de ese mito contribuyó notablemente la novela de Manuel de Js. Galván, titulada Enriquillo, escrita y publicada pocos años después de la Guerra Restauradora, durante el período de esplendor del movimiento literario conocido como indigenismo.

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