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Rinocerontes brasileños y el teatro del absurdo político

Written by Debate Plural

Jean Wyllys (openDemocracy, 28-12-20)

 

Las campañas de Boulos y Manuela d’ Ávila señalaron el camino para un desenlace positivo de este teatro del absurdo: solidaridad, unión, diálogo, creatividad y trabajo de base, pero también el coraje de señalar a aquellos entre ellos que ya se han convertido en rinocerontes de Eugène Ionesco.

¡Absurdo! No hay una palabra mejor para describir la situación que el mundo está experimentando más notablemente desde 2016 – el año del referéndum que decidió la retirada del Reino Unido de Europa (un proceso conocido como Brexit) y el año de la elección de Donald Trump como presidente de los EE.UU. – y que parece haber alcanzado su punto álgido este año, con la revelación de que estábamos bajo la amenaza de un nuevo coronavirus que apareció en China al menos desde fin de octubre de 2019.

Aún impactados por el ascenso de los líderes y partidos de extrema derecha a través de la desinformación planificada y dirigida (léase, de la mentira) a través de internet y especialmente de las redes sociales, nos vimos forzados a imponer medidas estrictas de confinamiento para detener la propagación de la enfermedad (la Covid-19) que prácticamente detuvo el planeta. Hospitales abarrotados y personas confinadas en sus casas y aterrorizadas por la noticia de las muertes. Las calles y plazas estuvieron prácticamente desiertas – porque incluso la gente sin hogar inicialmente se protegió bajo marquesinas, puentes y viaductos –, y los que se veían obligados a salir a trabajar en el sector de servicios esenciales llevaban máscaras protectoras.

Todo parecía absurdo; y realmente lo era. O mejor dicho, ¡lo es!

Contrariamente a lo que podría sugerir la derrota de Trump en su esfuerzo por reelegirse como presidente este año y el anuncio de vacunas más o menos eficaces contra la Covid-19, lo absurdo está aún lejos de terminar…

En la mejor de las predicciones, puede ser que la curva que describe la enfermedad gráficamente comience a caer en los próximos tiempos, si no es que se convierte en una constante. Y digo «absurdo» no sólo en el sentido que le atribuye el sentido común – lo que es contrario a la razón – sino sobre todo en el sentido que la palabra adquiere cuando caracteriza un cierto tipo de ficción teatral que surgió en los años 40, y que tiene en Eugène Ionesco, autor de “El rinoceronte” (1959), una de sus mayores expresiones. La escena del mundo contemporáneo es un teatro del absurdo.

Mundo absurdo

El absurdo sigue porque Trump cayó, pero Putin, el presidente de Rusia, no. Tampoco cayeron los otros bufones y tramposos ignorantes pero codiciosos (también llamados «populistas») que se levantaron políticamente y/o triunfaron electoralmente siguiendo los pasos de ambos –Putin y Trump– y con un uso similar de mentiras, teorías de conspiración y noticias falsas en su propaganda política. Todos contaron con la nunca admitida complicidad de los CEOs de las grandes plataformas de comunicación y (des)información, como Facebook, Twitter, Instagram, Amazon, Google, etc., en la obtención de datos de los usuarios con fines de manipulación; y contando, por supuesto, con el viejo y conocido cinismo oportunista de los propietarios neoliberales de los medios de comunicación de masas (canales de radio y televisión) y sus títeres, en lo que el politólogo Wilson Gomes llama «periodismo de referencia».

El absurdo continúa porque, contra todas las buenas expectativas generadas por el horror de la pandemia y el encierro social, la Covid no frenó el neoliberalismo económico que lo produjo, sino todo lo contrario. Hubo un aumento significativo de la concentración de la renta (los muy ricos se han vuelto más ricos aún desde entonces) y, en consecuencia, un aumento del desempleo y la miseria.

Contrariamente a la obstinada esperanza y confianza en la empatía que guían a los políticos, científicos, intelectuales y artistas humanistas, a menudo de izquierda, diferentes gobiernos han aprovechado la pandemia para extender la vigilancia del Estado sobre sus ciudadanos. La justificación es que se está vigilando la propagación del nuevo coronavirus. Pero se aprovecha para reprimir violentamente las protestas sociales a favor de más derechos (como el Black Lives Matter, en los Estados Unidos, y el movimiento en Chile para derrocar el dispositivo neoliberal de la Constitución del dictador Pinochet); e imponer, a toda la población, normas de conducta social basadas en el modelo familiar patriarcal y heternormativo, criminalizando y estigmatizando aún más a quienes, no ajustándose a estas normas, tratan de burlarlas de alguna manera.

El absurdo continúa porque, a pesar de la victoria del movimiento anti-neoliberal en Chile; el derrocamiento del golpe de Estado en Bolivia (con la victoria democrática de Luis Arce, candidato del partido de Evo Morales) y la elección de Alberto Fernández y Christina Kirchner en Argentina, los recursos naturales de América Latina siguen siendo privatizados por empresas extranjeras (principalmente estadounidenses), gracias sobre todo al eje formado por Colombia y Brasil, países gobernados por dos de esos populistas ignorantes pero codiciosos: Iván Duque y, sobre todo, Jair Bolsonaro.

Y nada nos garantiza que Joe Biden y Kamala Harris – elegidos presidente y vicepresidenta de los EE.UU. en una feroz disputa en la que los movimientos de minorías, peyorativamente llamados «identitarios», jugaron un papel fundamental – cambien la política exterior imperialista y neocolonialista en relación con América Latina, aunque esta política esté oficialmente al servicio del rescate de la Amazonía y de la reducción del calentamiento global.

Y el gobierno populista y dictatorial de Nicolás Maduro en Venezuela (la basura barrida bajo la alfombra por las izquierdas latinoamericanas) sigue siendo un factor desconocido en esta geopolítica.

Pero antes de entrar en el absurdo del Brasil posterior a 2016 (y el fraudulento juicio político contra la presidenta Dilma Rousseff), es importante señalar que el gobierno de China – víctima del racismo que la responsabiliza de la pandemia de la Covid-19 – continúa su guerra comercial y demuestra al mundo que el capitalismo neoliberal no necesita la democracia. Y también que los gobiernos de Irán, Arabia Saudita e Israel siguen, al igual que algunas organizaciones palestinas, aprovechándose políticamente del terrorismo y del fanatismo religioso, mientras que miles de inmigrantes negros de países africanos bajo guerras civiles y las graves crisis económicas resultantes se van a países de Europa occidental. Y allí, partidos y dirigentes de la extrema derecha y neonazis de Italia, España, Alemania e incluso Portugal, por ejemplo, los utilizan para obtener beneficios políticos recurriendo a la desinformación selectiva, las noticias falsas y la difamación contra estas víctimas del colonialismo europeo.

Todo esto es aún más absurdo bajo la pandemia de una enfermedad aún misteriosa, para cuyo combate se esperaba que los diferentes actores políticos del mundo pusieran en marcha la cooperación internacional (o, al menos, declararan una tregua en sus voraces juegos).

Brasil absurdo

Pero nada parece más absurdo que Brasil. Para llegar al acto – en el sentido teatral del término – en el que un fascista defensor de la tortura (por lo tanto, algo más que un populista ignorante y codicioso cuya familia tiene relaciones con mafiosos) fue eligido e instauró un gobierno irrefutablemente genocida, pasamos por varias escenas.

Este teatro del absurdo comenzó con un juicio político a la presidenta Dilma Rousseff sin que hubiese cometido cualquier crimen de responsabilidad. Una mayoría de ricos congresistas y/o herederos de poderosas oligarquías políticas, o representantes de mafias paramilitares y neopencostales, demostraron ser corruptos casi en su totalidad, así como casi todos los blancos y heterosexuales lograron interrumpir el segundo mandato de Dilma porque no estaba implementando políticas neoliberales al gusto de los grandes empresarios locales y extranjeros.

Como escenario de estas escenas, un país agitado y polarizado por la desinformación perpetrada por el «periodismo de referencia», especialmente el de las Organizaciones Globo – convertido en ese momento en propaganda política para difamar a Dilma Rousseff y a su partido, el PT (y, por extensión, a todos los izquierdistas, aunque muy poca gente de la izquierda, aparte de mí, entendió y dijo esto; no por casualidad, la violencia política de las noticias falsas y las amenazas de muerte me pesaron más) y así «justificar» la impugnación a los ojos de un contingente tan políticamente ignorante como manipulado por la desinformación programada.

Ya antes de los insultos y las descaradas mentiras de Bolsonaro y miembros de su gobierno en relación a la Covid-19 y los crímenes ambientales en las playas del Nordeste, el Pantanal y el Amazonas – mentiras que tomaron la forma de pronunciamientos oficiales en las transmisiones televisivas y en vivo en las redes sociales, pero sobre todo la forma virulenta de noticias falsas y teorías de conspiración difundidas por el «gabinete del odio», produciendo en la práctica miles de cadáveres –, antes de este horror, el absurdo tomó la forma de organizaciones criminales de extrema derecha especializadas en la difamación en las redes sociales digitales, como el MBL, Vem pra Rua, Na Rua, Revoltados Online, Rio de Nojeira, entre otras, y cuyos líderes contaban con el apoyo material de la Federación de Industrias del Estado de São Paulo (FIESP), congresistas y grandes empresas de medios de comunicación, a pesar de sus innegables discursos mentirosos y violentos. Algunos de ellos fueron incluso contratados como columnistas y comentaristas en periódicos y estaciones de radio de gran alcance.

Antes de que el secretario de Cultura de Bolsonaro mostrara públicamente un video pastiche de propaganda antisemita nazi, que escandalizó a los ricos judíos brasileños que, anteriormente, habían guardado silencio ante el discurso racista del entonces candidato Bolsonaro en relación con los quilombolas, el banco Santander – ¡el Santander! – canceló una exposición de arte ante la presión de estos mentirosos, que acusaron a prestigiosos artistas de «pedofilia», bajo el silencio sonriente de las grandes cadenas de televisión, que no acusaron abiertamente el acoso por parte de esta parte del movimiento anti-PT.

El absurdo continúa

El absurdo continúa porque, en el mundo reconfigurado por internet, los neoliberales de derecha o extrema derecha (en la práctica, siempre se mezclan, porque los primeros instrumentalizan a los segundos para hacer el trabajo sucio, ya que la realeza siempre subcontrata el trabajo sucio de meter la mano en la mierda) se han apropiado de las nuevas tecnologías de la mentira y la propaganda, y ya no tienen escrúpulos para utilizarlas, principalmente cuando se apoyan en el «periodismo de referencia» para encubrirlas.

Manuela d’ Ávila, candidata del PCdoB (Partido Comunista de Brasil) en Porto Alegre; Marília Arraes, candidata del PT en Recife; y Guilherme Boulos, candidato del PSOL (Partido Socialismo y Libertad) en São Paulo, fueron masacrados por noticias falsas perpetradas por sus oponentes a costa de mucho dinero, y cuyo objetivo era mantener a los candidatos más ocupados en desmantelarlos que en presentar sus programas de gobierno en sus perfiles de medios sociales. Todo esto con la complicidad indisimulada del «periodismo de referencia».

La prueba de lo que estoy argumentando es el resultado de las elecciones municipales de este año: ganaron los golpistas (y no me refiero sólo a los congresistas, por supuesto) que utilizaron la extrema derecha para derrocar a Rousseff en 2016 y, dos años después, para ganar las elecciones generales (para ello, en este lapso de tiempo, los golpistas tuvieron que transformar a un juez y fiscal mediocre y corrupto de primera instancia en “héroe de la lucha contra la corrupción” (Sergio Moro) e intubar, como candidato, a un fascista incondicional (Jair bolsonaro) con un hijo claramente vinculado a mafiosos, ya que les faltaba un candidato populista con carisma).

Y lo que corona lo absurdo de este resultado es que contó con el apoyo de la izquierda, porque no teníoan otra alternativa, ya que los golpistas neoliberales la pusieron en el brete de tener que elegir entre el exterminio, en forma de enfermedad Covid o directamente de asesinato de los bolsonaristas, y la sumisión a las políticas neoliberales de los conservadoras (una sumisión temporal, pero no sabemos cuánto tiempo durará).

El absurdo todavía toma la forma del comportamiento egoísta, fratricida y poco inteligente de los izquierdistas puestos en esta posición por los golpistas. Donde debe brotar la solidaridad y la cooperación, los gérmenes de odio y los linchamientos crecen entre sus miembros. El feo rinoceronte que aparece de la nada en las calles de un pequeño pueblo y que, al principio, polariza a su población en un juego de acusaciones mutuas y actos deplorables ya no es un problema, ni el problema cuando se descubre que todos los habitantes del pueblo están infectados y convirtiéndose en rinocerontes. Hago aquí una referencia más clara a la obra de Eugène Ionesco que he citado anteriormente, que no podría ser más ilustrativa de las epidemias que nos amenazan, biológicas y/o políticas.

¿Hay alguna forma de salir de este teatro del absurdo, aunque no sea su acto final? ¡Siempre hay una salida!

En la obra de Ionesco, sólo una persona no se convierte en rinoceronte: un hombre sensible, racional y empático. Para no acusar a Ionesco ni a mí mismo de machismo, recuerdo que en “Ensayo sobre la ceguera”, de José Saramago, la única persona no infectada por la ceguera blanca es una mujer.

Las campañas de Boulos y Manuela d’ Ávila señalaron el camino para un desenlace positivo de este teatro del absurdo en el futuro: solidaridad, unión, diálogo, creatividad y trabajo de base entre los líderes y militantes de los partidos de izquierda y los representantes y activistas de los movimientos de minorías, pero también el coraje de señalar a aquellos entre ellos que ya se han convertido en rinocerontes, y aislarlos antes de que infecten a otros

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