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Europa después del Brexit

Written by Debate Plural

Paul Demarty (Sin Permiso, 19-12-20)

 

La atención, en estas últimas etapas de las negociaciones del Brexit, se ha centrado en lo que todo esto implica para Gran Bretaña: la longitud de la cola de camiones en Kent, los trámites de las fronteras aduaneras de una a otra de las islas británicas, el impacto en la prosperidad nacional, en los suministros médicos, en todo lo imaginable.

Para el establishment de mas o menos 2015, ahora resignado en su desesperación al Brexit, esto se suma a una colosal herida autoinfligida, que vio a los trabajadores del viejo cinturón industrial votar de hecho a favor de una mayor desindustrialización, a los ancianos por la escasez de suministros médicos y personal, a los financieros thatcheristas para poner fin al pasaporte, etc. Para nosotros, comunistas, que nos negamos a idealizar la vieja «normalidad», todo ello parece un fracaso sin precedentes del régimen político, y una píldora venenosa para todos los que hemos intentado construir un nuevo orden a la luz de él. Será así, pueda Boris Johnson o no mantener su vacua gestión al borde del abismo el tiempo suficiente para alcanzar un acuerdo con la UE.

Sin embargo, queda la cuestión del otro lado de la mesa de negociaciones. Si la imagen de Gran Bretaña post-Brexit no es halagadora, ¿qué pasa con la Europa pos-Brexit? ¿Está la Unión Europea mejor sin nosotros o se ha sentado un precedente letal para una mayor desintegración?

Ambas opiniones están sobre la mesa y son creibles hasta cierto punto. La evidencia de que la UE sale más fuerte del Brexit se presenta en dos formas. En primer lugar, ha logrado mantener un frente unido en todos los momentos cruciales del proceso. El núcleo franco-alemán apoyó sin fisuras a Irlanda, con el resultado de que los sucesivos primeros ministros conservadores británicos se han visto obligados a aceptar en principio una frontera que separa Irlanda del Norte de Gran Bretaña. Irlanda seguirá sufriendo, al igual que otros estados de la UE que tienen mucho comercio con Gran Bretaña. Pero, así como Lenin apostó por la revolución europea para salvar al naciente estado soviético, los ideólogos partidarios del Brexit apostaron a que el Brexit pincharía el globo de la UE, desatando las contradicciones entre los estados restantes. Eso ciertamente no ha sucedido.

El segundo indicio es la cuestión del papel histórico de Gran Bretaña en la UE como saboteador de sus mayores ambiciones. Los estados más importantes operan con una estrategia compartida (aunque con variantes e intereses en competencia). Esa estrategia consiste en crear lentamente fuera de la UE una «gran potencia». Sólo el gaullista más trastornado podría argumentar que Francia, por ejemplo, puede volver a desempeñar ese papel sola (aunque quizás Emmanuel Macron se permita soñar con ello a veces…); y la derrota de Alemania en dos guerras mundiales consecutivas debería disuadir incluso a aquellos que pueden ver más allá de la gran culpa nacional de los años de Hitler. El principal compromiso de Gran Bretaña, sin embargo, es su alianza con los Estados Unidos, por lo que el papel del Reino Unido ha sido retrasar todo avance en la dirección de la consolidación europea. Con la desaparición del Reino Unido, en teoría debería ser posible un mayor progreso.

Sin embargo, la mala noticia, en primer lugar, es que, aunque la UE no ha estallado como un globo, no obstante, se ha sentado un precedente. Un país ha abandonado la unión, sin duda a un coste mayor para sí mismo que para la UE, pero se ha gastado un enorme capital diplomático para intentar llegar a un acuerdo con una entidad política cuyo gobierno careció, durante la mayor parte del período de negociación, de un mandato para llegar a un acuerdo plausible. Unas cuantas «victorias» más de este tipo tenderán a exacerbar las contradicciones entre las potencias de la UE. Y esas contradicciones son reales: entre las potencias del norte y del oeste y sus subordinados «problemáticos» del sur y del este, que resienten cada vez más su estatus de segunda clase en relación con el núcleo franco-alemán.

¿Fin de un sueño?

En realidad, el Brexit es simplemente una de las muchas crisis que han puesto a prueba la UE en este siglo y, en particular, en los últimos diez años. La década del 2000 comenzó con la creación del euro y el intento fallido de acordar una constitución de la UE, que se hundió en referendos en los mismos países cuyas élites pensaban que era una gran idea. No se puede negar que la eurocracia reformuló esa constitución como un tratado incomprensible; pero incluso fue rechazado por los irlandeses, que, en una demostración del famoso respeto de la UE por la soberanía popular, fueron obligados a celebrar otro referéndum y se les pidió que dieran la respuesta correcta esta vez.

Eso fue en 2008-09, y no es difícil ver por qué los irlandeses resultaron ser tan problemáticos. De entrada, sufrieron algunas de las peores consecuencias de la crisis financiera: las votaciones sobre el Tratado de Lisboa tuvieron lugar tras la nacionalización del Anglo-Irish Bank (y tras el colapso de su rival, Allied Irish), con el resultado de que el estado irlandés quedó arruinado. Poco después, el contagio se extendió. Lo más desastroso fue el colapso de la economía griega, cargada de deudas, particularmente con el capital financiero alemán. La crisis griega duraría hasta 2015, cuando las autoridades europeas humillaron al gobierno de Alexis Tsipras (como catástrofe social persiste hasta hoy); es casi seguro que fue más grave porque las autoridades de la UE conspiraron para proteger a las empresas financieras alemanas de un incumplimiento de sus inversiones griegas, un incumplimiento que era inevitable y que, de hecho, acabó teniendo lugar.

Los hechos desnudos de esta lamentable saga son ya bastante conocidos. Lo mencionamos porque, como Adam Tooze argumenta en su historia de la crisis, Crashed, la historia contrasta la acción decisiva del gobierno de EEUU y la Reserva Federal con el obstruccionismo desesperado de las principales potencias europeas, especialmente de Alemania y las instituciones de la UE atadas de pie y manos. Tooze recoge la afirmación de Nicolas Sarkozy, el repugnante expresidente francés, de que la actitud de Angela Merkel ante la crisis fue “¡chacun sa merde! ”(‘¡Cada uno su propia mierda!’) – aunque su gente afirma que Merkel usó una cita más elegante de Goethe en el mismo sentido. 1

En lo que respecta a Perry Anderson, en un ensayo reciente sobre los historiadores de la UE, algo similar sucede con el Brexit. Se opone a la afirmación de Luuk van Middelaar de que arrinconar a Gran Bretaña a optar entre la humillación y la ruina económica es una buena estrategia, al sugerir que no tenía por qué haber sucedido:

“Si el gran avance de la Unión fue [revocar] una regla tras otra en pos de la estabilidad financiera … ¿no habría tenido más sentido concederle a Cameron los limites a la migración que estaba pidiendo para ganar su referéndum, en lugar de arriesgar la deserción de Gran Bretaña invocando principios inamovibles que se cambian continuamente? Si, cuando la necesidad lo requiere, las cláusulas precisas y detalladas del Tratado de Maastricht sobre disciplina presupuestaria y su prohibición de la compra de deuda pública por parte del banco central pueden ser descartadas en un abrir y cerrar de ojos, ¿por qué no las disposiciones mucho más vagas del Tratado de Roma sobre la libre circulación de trabajadores?” 2

Por supuesto, no era políticamente posible llegar a un compromiso en este tema. Existen razones contingentes para ello – el hecho de que se gastó tanto capital político limitando el contagio financiero, por ejemplo – y problemas de estructura política (los tratados no pueden ignorarse sin más, como lo fue Maastricht a principios de la década de 2010, excepto con el consentimiento de los signatarios), por lo que cualquier ‘límite’ estaría sujeto a veto).

Pero también existen problemas de dinámica política en la población en general. Aunque los sentimientos de liberales y de la izquierda pro-UE se basaba en gran medida en la simpatía con los migrantes y la libre circulación de personas dentro de la UE, la verdad es que la libre circulación al estilo UE genera inmanentemente un sentimiento anti-migrante. Las decisiones en los casos de Viking y Laval que ilegalizaron la acción sindical para «nivelar» los salarios de los trabajadores migrantes con los estándares locales vigentes. Las leyes sobre ayudas estatales y disciplina presupuestaria que obstaculizan los intentos de los estados miembros de mitigar los efectos de la financiarización. El resultado es un estancamiento de los ingresos reales en los años de bonanza y un colapso en los malos tiempos, combinado con una situación en la que la mano de obra migrante debe socavar el trabajo nativo. Incluso si tuviéramos un movimiento obrero socialista fuerte y militante en todo el continente, habría un repunte en las actitudes xenófobas. No tenemos tal cosa, por supuesto, por lo que el resultado es un carnaval de la reacción.

Finalmente, existen preocupaciones geoestratégicas. El hecho es que no es casualidad que la Fed y el ejecutivo estadounidense pudieran actuar de manera tan decisiva en 2007-08; la suya es la moneda de reserva global. Los estadounidenses podían correr el riesgo debido a sus extraordinarias ventajas en el sistema financiero; el euro podría haber sido aniquilado por un cerco económico decidido, y estuvo a punto de colapsar de todos modos (la salida potencial de Grecia fue considerada un ‘drachmageddon’ por algún experto de lengua afilada), pero habría sido necesario un verdadero cataclismo para hacer lo mismo con el dólar .

Esa fuerza está íntimamente relacionada con factores estratégicos militares. Los grandes «éxitos» de la UE en los últimos diez años son todos, analizados de cerca, una cuestión de gestión de crisis, de como reaccionar con éxito a eventos fuera de su control. Su debilidad estratégica se demostró groseramente por la denuncia del acuerdo nuclear de Irán de Donald Trump: por mucho que Macron, Merkel y cia protestaran sobre la forma y el hecho de que no era solo un asunto bilateral entre los EEUU e Irán, el hecho es que un acuerdo con las potencias europeas al que se opone  Estados Unidos no tiene valor para la República Islámica de Irán, ya que Europa es totalmente incapaz de desafiar las sanciones estadounidenses.

Los defensores de una UE post-Brexit verán reducirse el número de estados miembros por primera vez desde los días de la Comunidad del Carbón y del Acero que lo inició todo en 1951, pero concluirán que las cosas podrían haber sido peor. Sin embargo, el cuadro subyacente es preocupante. La burguesía europea logró crear un bloque comercial unido; consiguió dotarle de instituciones políticas, que funcionan bastante bien en su particular opacidad. Pero fracasaron a la hora de dar el salto para convertirse en una verdadera potencia mundial, careciendo en la práctica de casi tropas militares, sin esferas de influencia más allá de las que poseen los estados miembros, y sin una cultura política unificada que no sea la caótica de los ciclos electorales de esos mismos estados miembros.

Las fuerzas centrípetas -la ambición de recuperar el liderazgo global perdido a los estadounidenses en el siglo XX; la profundización de los vínculos económicos entre los estados – son superados por las centrífugas: la divergencia de intereses entre los estados miembros, la falsa «solidaridad» durante la crisis financiera y el surgimiento de una reacción antiliberal de Budapest a Burnley.

La verdadera unidad europea es todavía posible, pero la capacidad de la burguesía para promoverla parece agotada.

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