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Trump, el ‘hombre fuerte’ preferido por los ‘exiliados’ en Miami

Written by Debate Plural

Eva Golinger (Russia Today, 30-11-20)

 

«Puede ser un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta». Estas son las famosas palabras atribuidas al presidente Franklin Roosevelt hablando sobre el dictador nicaragüense, Anastasio Somoza, cuando lo invitó a la Casa Blanca en el año 1939.

A Washington siempre le encanta un ‘dictador’ o un ‘autoritario’ cuando le sirve a sus intereses. El gobierno de Ronald Reagan vendió armas biológicas –gas letal– a Saddam Hussein en Irak y lo mantuvieron como un aliado de Washington hasta que ya no favorecía a los intereses estadounidenses: el posterior gobierno de George H.W. Bush inició una guerra para derrocarlo y ocupar su país. Pinochet, Noriega, Batista, Suharto, la Contra: la lista de dictadores y regímenes autoritarios, fascistas, abusadores y narcoestados apoyados, financiados y armados por Washington es demasiado larga para detallarla aquí. Pero incluye a regímenes y dictadores en decenas de países en casi todos los continentes del mundo, y desde la fundación de los Estados Unidos de América.

Cuando el apoyo de Estados Unidos hacia las tiranías o estados autoritarios ha sido criticado por la opinión pública, Washington se ha defendido, alegando que estas alianzas son un ‘mal necesario’. Son relaciones esenciales en un mundo en donde Estados Unidos tiene que negociar con regímenes que a veces son contrarios a sus valores y conceptos democráticos. Sí, principalmente cuando esos regímenes sirven a los intereses estadounidenses y ayudan a aumentar el poder y la influencia de Washington a nivel mundial.

No obstante, mientras la Casa Blanca ha ‘apoyado por necesidad’ a esos ‘malos actores’, cuando son regímenes desfavorables a los intereses estadounidenses, el Departamento de Estado emite constantes declaraciones criticando sus abusos de poder y violaciones de los derechos humanos. Incluso, hace llamamientos para su derrocamiento o juicio internacional.

Entra Donald Trump, un hombre con conocidas tendencias autoritarias, sin experiencia gubernamental, con una larga historia empresarial llena de fraude y prácticas opacas, que está obsesionado con el poder, con su imagen, el dinero y la apariencia de la fuerza. El perfil perfecto de un ‘aspirante a autoritario’.

Justamente cuando Trump ganó la presidencia de Estados Unidos en 2016, e inició su mandato en 2017, arrancó con una muestra de su deseo de ser un ‘hombre fuerte’, al menos en la pantalla y por las redes sociales. ¿Quién podría olvidar cuando el presidente asistió a su primera cumbre de la OTAN en Bruselas y literalmente empujó al presidente de Montenegro para ponerse por delante en una foto? La cara de Trump en ese momento era de un matón del barrio. El ‘hombre fuerte’ de Washington se hizo conocer a golpes.

Desde entonces, Trump ha actuado como los tiranos o ‘autoritarios’ que Washington critica cada año en sus informes y declaraciones sobre derechos humanos, libertad de expresión y otros principios democráticos. El republicano llama a la prensa crítica «el enemigo del pueblo». Ha usado la Casa Blanca y su estatus para ampliar sus negocios y expandir su ‘marca’ por el mundo. Ha pasado casi un año de su presidencia jugando al golf (292 días en total, desde el 20 enero 2017 hasta el 28 de noviembre 2020), y todo pagado con fondos públicos.

Trump ha usado su inmensa plataforma presidencial y mediática para insultar a personas, periodistas, políticos, empresarios, empresas y a cualquiera que no se arrodilla a sus intereses, sus órdenes y sus deseos. Ha usado el Departamento de Justicia –que debería representar al público, no al presidente de turno– como su fiscal personal, para perseguir a sus adversarios y reprimir a sus críticos. Envió soldados estadounidenses a las calles para reprimir con fuerza a los manifestantes que protestaban contra su gobierno, algo casi sin precedente en la historia contemporánea del país: una acción que causó furia y rebeldía entre los mismos militares y el liderazgo del Pentágono.

Y cuando todo indicaba que iba a perder la reelección, el presidente sacó una página del manual de los dictadores y gritó fraude, llamando a sus seguidores –muchos armados hasta los tuétanos– a salir a las calles para defender sus votos. Como buen autoritario, declaró que los millones de votos a su favor eran los únicos válidos y legales, mientras que los de su rival, Joe Biden, eran ‘ilegales’. Montó una farsa de argumentos que fueron desestimados y desechados por todos los jueces y tribunales de la nación donde fueron presentados. Trump perdió, aunque nunca lo aceptará porque los ‘hombre fuertes’ nunca pierden.

Entre los seguidores leales del republicano, hay cientos de miles de cubanos y venezolanos que huyeron de sus países de origen, supuestamente denunciando que sus gobiernos ‘dictatoriales’ violaban sus derechos y libertades, y optaron por quedarse en Estados Unidos, la tierra de la libertad y la democracia. En las pasadas elecciones presidenciales, Trump aumentó sus votos entre estas comunidades: casi el 55 % de los cubanos-americanos en Florida votaron por él, además del 48 % de ‘otros latinos’, incluyendo a los venezolanos que han llegado en los últimos años y poseen la nacionalidad estadounidense.

El mandatario asumió una línea dura contra Cuba y Venezuela durante su gestión presidencial. Aunque sus intentos de provocar un cambio de régimen en Venezuela contra el presidente Nicolás Maduro fracasaron en múltiples ocasiones, los venezolanos en Miami estaban agradecidos por el apoyo a su causa. Y lo mismo sucede con muchos cubanos que fueron seducidos por el discurso antisocialista de Trump, aun cuando no estaba basado en la realidad.

Durante su campaña para la reelección, el republicano acusó a Biden y los demócratas de ser socialistas y de querer implementar un sistema socialista «castro-comunista» en Estados Unidos, lo cual está muy lejos de la realidad. Pero, si hay algo que Trump hace bien, es manipular a los medios y la opinión pública a su favor: la propaganda antisocialista de Trump funcionó, y se manifestó en las urnas.

Lo irónico del apoyo cubano-venezolano a Trump, y su discurso ‘antisocialista’, es que este encarna todo lo que esas comunidades denuncian y detestan en sus países de origen.

Si no fuera suficiente con su discurso hostil hacia los medios, sus críticos y adversarios, y cualquiera que no se somete a sus deseos, Trump es también un hipócrita. Cuando el mandatario enfermó de covid-19, recibió el mejor tratamiento que existe, todo pagado con fondos públicos. Y lo mismo sucedió con otros miembros de su equipo que se contagiaron con el virus. Recibieron tratamientos que no están disponibles o son alcanzables para el público general. El socialismo está bien para él y sus amigos, pero no para los demás.

Durante su mandato, el deficit estadounidense ha superado un billón de dólares, con miles de millones de fondos públicos invertidos en negocios y productores pequeños, medianos y grandes para compensar las pérdidas adquiridas como consecuencia de la guerra comercial de Trump contra China. El presidente también aprobó miles de millones de dólares en subsidios para los agricultores, porque sus medidas contra el país asiático redujeron dramáticamente los ingresos de los productores estadounidenses. Eso no es capitalismo, es socialismo de Estado.

El republicano también pretendía presentarse ante el país como el ‘hombre fuerte’, con desfiles militares por las calles de Washington y muestras de un poderío militar que no es suyo. Algo que las comunidades cubanas y venezolanas en Miami han denunciado en sus países natales. Sin embargo, el Pentágono no estaba a disposición de los caprichos de Trump, y ese sueño nunca fue hecho realidad. Pero los ‘miameros’ no dijeron ni pío sobre el tema, ni lo denunciaron como un ‘tirano’ o un dictador.

Algunos analistas han acusado a Biden y su campaña de no hacer lo suficiente para ganar el voto latino en Florida, que no denunciaron al socialismo con suficiente fuerza para convencer a esas comunidades. Pero ese argumento ignora la atracción que Trump tiene para los ‘exiliados’ en Florida.

Muchos de ellos (no todos) dejaron sus países porque no podían seguir operando sus negocios con opacidad, o porque no tenían ya la misma influencia sobre el gobierno o el Estado. Perdieron los privilegios que tenían antes, cuando había gobiernos de derecha, incluso dictatoriales, como el caso de Batista en Cuba, o los corruptos de turno en Venezuela, que favorecían a los ricos y los empresarios con sus políticas desiguales y corruptas.

Es por eso que votaron por Trump. No les importan sus tendencias autoritarias o sus locas teorías de la conspiración, que están totalmente fuera de la realidad. Más bien, les gusta, porque está de su lado. Es su ‘hombre fuerte’. Es su ‘matón del barrio’. Comparte sus intereses, o por lo menos así lo creen, porque para Trump lo más importante es el dinero, el privilegio y el poder. Valores compartidos por la derecha y los ricos en casi todos los países del mundo.

A ellos les encanta Trump, porque podría ser un aspirante a dictador, pero es su aspirante a dictador.

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