Nacionales Politica

In memoriam de Lipe Collado (35)

Written by Debate Plural

La resistencia de los crucifijos y el rezo del rosario (2)

Lipe Collado (Hoy, 1-2-14)

Al igual que a muchos otros, luego de infernales padecimientos que referimos en el artículo anterior, al seminarista romanense Luis Ramón González Peña, Papilín, lo trasladaron al Penal de la Victoria como parte de la rutina La 40-torturas-La Victoria/ La Victoria-La 40-torturas-La Victoria, debido a la falta de espacio en la cárcel de torturas de La 40.

Los presos políticos estaban pasando por “las horas más terribles del mundo en el año de 1960” –rememoraría Rafael Valera Benítez en la página 54 de su libro Complot Develado-. “Papilín logró en las interminables galerías de solitarias de La Victoria hacer rezar el rosario, tarde por tarde, a centenares de presos que allí nos hacinábamos. En el crepúsculo, aquel coro de voces y aquella voz solista destacaban una nota fantasmal y solemne en medio de la lúgubre acústica del sitio. Propagó como un símbolo de resistencia el crucifijo y nos instó a que nos hiciéramos enviar crucifijos de nuestros familiares. Todo el mundo llegó a tener crucifijos”.

Y vino a suceder que cuando a alguno o a varios de estos presos los retornaban a La 40 para nuevas torturas e interrogatorios los esbirros notaban que “todo el mundo estaba más duro que antes y en el cuerpo desnudo de cada cautivo aparecía invariablemente ahora un crucifijo.”

El coronel torturador Abbes García se preocupó. Los presos políticos resistían como Cristo crucificado y ahora era como torturar a fantasmas endurecidos. Al indagar supo la razón: el Cristo del crucifijo los había bendecido para aligerar los sufrimientos. “De repente el crucifijo y la oración fueron declarados tabúes en la cárcel y, por tanto, impracticables”, recuerda Valera  Benítez.

Designaron una comisión de esbirros que se apersonó a La Victoria “y, celda por celda, nos fueron despojando de todos los crucifijos”, y “en la puerta de cada celda, uno de los esbirros gritaba rojo de ira:

“-¡Desgraciados, no es a Dios a quien hay que pedirle y rezarle, sino a Trujillo! ¡Aquí el único Dios que hay es Trujillo!”.

De inmediato el coronel Abbes García acusó al seminarista Papilín de “conspirar y agitar dentro de la cárcel” y puso en movimiento una trama maquiavélica: mandó a trasladar a su oficina del SIM a Papilín para que firmara una declaración pública que sería radiotelevisada y difundida por todo el mundo. “En esa presentación pública, Papilín debía acusar a Monseñor Félix Juan Pepén, Obispo de la Provincia de La Altagracia, y a los demás miembros del Obispado, de tener preparada una conjura para derrocar al Gobierno”.

La declaración se difundiría momentos después de que el SIM “descubriera” un alijo de armas de fuego en la playa de Macao, en la costa Este del país, y apresara a falsos revolucionarios que “revelarían” que eran agentes de Monseñor Pepén, supuesto destinatario de las armas “enviadas” por exiliados dominicanos, como parte de una conspiración de todos los obispos, dominicanos y extranjeros destacados aquí.

“Todo iba a culminar con la presentación pública de Papilín confirmando en su declaración todo aquel montaje”, paso previo para encarcelar a los obispos nativos y deportar a los obispos extranjeros Monseñor Thomas R. O Reilly y Monseñor Francisco Panal.

Papilín, seminarista mártir, faltándole dos años para consagrarse sacerdote, sabía que en esto se le podía ir la vida. De todas maneras “se negó rotundamente a todo ello y con su negativa hizo fracasar el montaje de Abbes García”. Emprendió así, deliberadamente, “el camino de un sacrificio en circunstancias difíciles de imaginar, pero que yo conocí cabalmente” -dice Valera Benítez en la página 56-. Y entonces lo asesinaron.

A pesar de que la lucha por las libertades democráticas está plagada de historias de padecimientos como la de Papilín y sus compañeros, alguna gente de bajos, medios y altos niveles intelectuales a veces dice o deja dicho que en el país hace falta un Trujillo, lo que constituye un franco irrespeto a los huérfanos y descendientes de los muchos mártires que ofrendaron sus vidas en el pasado.

Y para concluir valga decir que la moral en pus pareciera ser lo que anega las bocas de algunos comentaristas radiales que suelen pregonar las bienaventuranzas de Trujillo y su cohorte.

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