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Las dos guerras de Donald Rumsfeld en 2002 (1)

Written by Debate Plural

Rafael L. Bardaji (Gees.org, 15-4-02)

Puede parecer irónico que quien ha puesto fin a la estrategia de las fuerzas armadas norteamericanas de luchar y ganar dos conflictos regionales simultáneamente, haya estado librando dos guerras al mismo tiempo: Una externa, la más evidente, y con notable éxito, la lucha contra las fuerzas de Al Qaida y el régimen talibán que les dio su incondicional apoyo 

La segunda, anterior a la de Afganistán, pues arranca desde la misma toma de posesión como Secretario de Defensa a comienzos del 2001, la ha luchado y la sigue luchando Donald Rumsfeld en el frente interno y tiene que ver con la necesidad de transformar profundamente las doctrinas, la organización y estructuras, así como las adquisiciones de los sistemas de armas a disposición de los ejércitos. Para Rumsfeld, la tecnología militar en su evolución ha llevado a un punto crítico en el que para explotar plenamente sus potencialidades se hacen necesarias unas nuevas fuerzas armadas. Su objetivo estratégico, por tanto, es llevar a los ejércitos americanos, a través de una transformación, a esas fuerzas del futuro que él imagina.

Los planteamientos de Rumsfeld no son novedosos. De hecho, George W. Bush, cuando todavía era candidato, ya anunció en un célebre discurso en la Citadle,su deseo de acelerar los cambios en el Pentágono y en sus tropas una vez llegara a la Casa Blanca. Y aunque como presidente haya moderado su retórica, la verdad es que se ha reiterado sucesivamente en sus propósitos.

Ahora bien, como el propio Rumsfeld ha podido comprobar, no todos en las fuerzas armadas, particularmente en las altas esferas, están tan convencidos de la conveniencia de sus planteamientos. De hecho, la resistencia mostrada por buena parte de la cúpula militar durante la elaboración de lo que debiera haber sido la expresión estratégica de la filosofía de la nueva Administración, la Quadrennial Defense Review, llevó a un complicado entramado de ejecución de la misma y a una versión final relativamente descafeinada y claramente insatisfactoria para todos: Para quienes aspiraban a planteamientos más radicales en el tono de lo avanzado por Bush en su discurso de la Citadel en septiembre de 1999; y para quienes preferían el mantenimiento inamovible del status quo.

En realidad lo que muchos calificaron de una derrota de Rumsfeld a favor del conservadurismo militar, [se ha demostrado más bien una retirada táctica. Tras el hiato de la guerra antiterrorista, pero apoyándose en las lecciones aprendidas hasta la fecha de la misma, pues desde el 7 de octubre, día en que se iniciaron las operaciones americanas, Afganistán ha ido poniendo de relieve las nuevas formas y características de los conflictos asimétricos de nuevo cuño, así como la adecuación de parte del estamento militar americano para tener éxito en las mismas, Rumsfeld y su equipo ha vuelto a la carga con sus ideales de transformación en un terreno mucho más eficaz que el de los conceptos, en el presupuesto. Así, cuando se analiza la propuesta de gasto para el 2003 y los avances para años consecutivos, se puede encontrar en claro entronque con los planteamientos de cambio más radical y profundo.

El éxito de las fuerzas armadas americanas en Afganistán parece haber significado también la victoria de la visión de Bush y Rumsfeld sobre lo que es la guerra del futuro y lo que deben ser los ejércitos del mañana. Rumsfeld ha ganado en Afganistán, contra todos los agoreros pronósticos iniciales que asimilaban a América con el imperio británico y con la Rusia soviética, y puede muy bien que ya esté ganando su segunda guerra contra la tradición y el inmovilismo militar, también contra todo pronóstico.

¿Por qué la transformación? 

Como dijo Geoge W.Bush en la Citadel, por dos razones imperativas: porque el entorno estratégico estaba cambiando aceleradamente, volviendo más vulnerable el suelo y los ciudadanos de los Estados Unidos de América, lo que exigía nuevos planteamientos como mayor atención a la defensa del territorio y a las defensas estratégicas antimisiles; y, en segundo lugar, porque la llamada “revolución de los asuntos militares”, básicamente el aumento exponencial de la obtención y tratamiento de la información, el aumento en la precisión de los sistemas de armas, y la creciente capacidad para golpear eficazmente a distancia, abría una nueva era de oportunidades para que los Estados Unidos conservaran su preeminencia militar.

 En suma, una ventana de oportunidad se estaba abriendo para las fuerzas norteamericanas que correctamente aprovechada, cerraría la otra ventana, la de vulnerabilidad, que también se estaba abriendo para América. “Nuestros ejércitos están todavía organizados para las amenazas de la Guerra Fría y no para hacer frente a los retos del nuevo siglo –para operaciones de la era industrial y no para las batallas de la edad de la información- No hay relación alguna entre nuestras prioridades presupuestarias y nuestra visión estratégica. Los últimos siete años se han malgastado en inercia y palabrería. Ahora debemos dar forma al futuro con nuevos conceptos, nuevas estrategias y una nueva resolución”.


O dicho de otra forma, los retos y las oportunidades que se abrían a los militares americanos eran y son tan distintos de las décadas precedentes, incluido los años 90, que “meramente mejorar las capacidades actuales no basta para hacer frente a los retos del mañana” .

La estrategia de la transformación 

La transformación debe entender como un proceso de cambio y, sobre todo, innovación a gran escala. Como un fenómeno que va más allá, necesariamente, de la introducción de nuevas tecnologías y que, como el mismo Rumsfeld no se ha cansado de repetir, tiene que ver sobre todo “con nuevas formas de pensar… y nuevas formas de hacer la guerra”.


La transformación es, pues, no un fin sino una estrategia de cambio compuesta de diversos elementos: En primer lugar, la definición y asimilación de una nueva visión de la guerra. Teóricamente, y de acuerdo con lo planteado ante el Congreso, esa concepción debería quedar plasmada en la Quadrennial Defense Review, un documento esencialmente conceptual. De hecho, el nuevo marco estratégico que plantea la QDR estima que las amenazas directas contra suelo americano tenderán a aumentar; que los grupos subestatales representan una amenaza asimétrica real; que la alta tecnología es una ventaja pero también un factor de vulnerabilidad; que será difícil para las tropas americana seguir contando un acceso benigno a los teatros de operaciones; y que la movilidad estratégica, la proyección de poder y la flexibilidad de empleo serán características definitoria de los nuevos conflictos. De ahí que la QDR argumente a favor de un redoblado esfuerzo en la defensa del territorio americano (desde acciones terroristas con armas de destrucción masiva a defensas estratégicas antimisiles balísticos), la protección de la infraestructuras críticas, incluidos los sistemas de comunicación y satélites, y a favor de fuerzas conjuntas permanentes, capaces de intervenir rápidamente en cualquier parte del mundo.

El segundo gran elemento de la transformación reside en la promoción del personal adecuado para los puestos claves de cambio. Rumsfeld sabe perfectamente que las burocracias del Pentágono y las resistencias corporativas de los ejércitos pueden acabar con cualquier idea por buena que sea si no cuadra con sus intereses inmediatos. De ahí que haya abogado desde el principio por cambiar la mentalidad institucional, para abrirla al cambio, y que para eso necesitara una política de nombramientos de oficiales favorables a sus tesis transformacionistas. Paradójicamente, el nombramiento del nuevo jefe de la junta de jefes de estado mayor, el general Myers, de las fuerzas espaciales, es verdad que representaba un apoyo a los cuerpos que se vislumbraban más innovadores, pero este apoyo se hacía a expensas del Gral. Shelton, un oficial de las unidades de operaciones especiales, unidades que en Afganistán han demostrado su valía y papel para los conflictos futuros. En todo caso, una política de nombramientos escandalosamente retrasada por los procedimientos parlamentarios, frustró en buena medida el empeño en este terreno del Secretario de Defensa, quien se vio obligado a convivir en momentos claves con altos cargos que no eran suyos.

El tercer elemento de la transformación –y quizá clave- es el cambio en la política y gestión de las adquisiciones. Bush ya había hablado de la necesidad de una estrategia de “desinversión” en aquellos sistemas anclados en el pasado para obtener fondos para los programas del futuro. Además, como el propio Rumsfeld establecería, era necesaria una nueva forma de entender las adquisiciones, en su definición y en su gestión. Como se atrevió a decir en un gran discurso en el Pentágono, desgraciadamente un día antes de los atentados del 11 de septiembre, “El tema de hoy es un adversario que representa una seria amenaza para la seguridad de los EE.UU. (…) El adversario está cerca de nuestro hogar. Es la burocracia del Pentágono. No la gente, sino los procesos. No los civiles, sino el sistema. No los hombres y mujeres en uniforme, sino la uniformidad de pensamiento y acción (…) Así como debemos transformar las capacidades militares de América, debemos transformar la forma en la que trabaja este Departamento y en lo que se trabaja”.

Por último, la transformación exige una modificación de las inversiones, del presupuesto, de tal forma que se potencien aquellos programas y sistemas destinados a otorgar nuevas capacidades en línea con la revolución de los asuntos militares. Así, Rumsfeld podía decir, en su defensa parlamentaria del presupuesto para el año 2002 –el primero de Bush- que “este presupuesto no sólo comienza a reparar el daño inflingido por un largo periodo de insuficiencia de fondos y excesiva utilización de nuestros militares, sino que también pone los cimientos para los esfuerzos de transformación nuestra Fuerzas Armadas para el Siglo XXI (…) No podemos esperar al año fiscal 2003 para empezar”. Este énfasis se pondrá más claramente de manifiesto, como luego veremos, en el proyecto de presupuesto para el año 2003.

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