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El antifascismo y el miedo al poder de la izquierda (3)

Written by Debate Plural

Maximillian Alvarez (CTX, 1-10-18)

 

La coalición oculta

Ya sea por accidente o a propósito, al utilizar esa lógica apresurada se está metiendo en el mismo saco a diversos grupos y problemas, y algunas cosas importantes se están quedando en el tintero.

Como demuestra la conversación previa, en la actualidad, la táctica de negación de plataforma se asocia casi exclusivamente con los foros de las universidades y se considera un exceso que utilizan (en el mejor de los casos) estudiantes de izquierda equivocados que lo aplican con demasiada facilidad. Lo que quizá es más problemático con el enfoque que los estudiantes dan a la negación de plataforma hoy en día es su frecuente, y casi inherente, dependencia de una estructura de poder administrativo paternalista (una dependencia que es consecuencia de un modelo de educación superior cada vez más corporativizado que trata a los estudiantes como clientes y a los administradores como divisiones de recursos humanos de los que se espera que arbitren todas las demandas políticas).

Los intentos estudiantiles por denegar una plataforma en el campus a los oradores peligrosos pasan por pedir a la dirección que les retire la invitación o que elabore nuevas políticas que regulen cosas como “el discurso de odio” (o lo que es lo mismo, equipar a las maquinarias directivas reaccionarias con mayores poderes censores). Sinceramente, esta postura infantil y dependiente de la jerarquía que se adopta en las universidades hacia la negación de una plataforma es un blanco fácil para las críticas de DeBoer, Nagle y otros (hasta yo la he criticado, aunque por motivos diferentes).

Pero por eso también es importante destacar la postura marcadamente antifascista hacia lo que ahora llamamos negación de plataforma, que tiene una larga historia que se remonta un siglo atrás y que de ningún modo se limita a los campus universitarios. DeBoer no les dice a los antifascistas algo que no sepan cuando hace alusión a los mayores y más notorios esfuerzos de las autoridades institucionales y gubernamentales por negar una plataforma a los oradores y activistas de izquierda relacionados con grupos externos de protesta que están estigmatizados, como por ejemplo el movimiento BDS. Como señala Mark Bray: “Los antifascistas no están de acuerdo con implementar prohibiciones estatales contra las políticas ‘extremistas’ porque cuentan con políticas revolucionarias y antiestatales y porque esas prohibiciones se usan más a menudo contra la izquierda que contra la derecha”. En su lugar, los antifascistas prefieren el poder colectivo, autónomo y de base para desestabilizar, denunciar, bloquear y aplastar las reuniones fascistas. De ahí el mayor éxito y empoderamiento de los activistas independientes que se organizaron contra la aparición de Richard Spencer en la Universidad Estatal de Michigan en marzo, o de las unidades antifascistas que denunciaron públicamente a los nacionalistas blancos, o los miles que se presentaron para rodear pacíficamente la reunión de extrema derecha que tuvo lugar en Boston a principios de 2017.

De hecho, uno de los desarrollos más significativos que se ha producido últimamente en los campus universitarios es el rechazo a las políticas descendentes de reparto y un acercamiento hacia el modelo antifascista ascendente, autosuficiente y basado en la coalición. Además, al no depender de la dirección, el cambio ha generado nuevos vínculos entre los activistas universitarios y las comunidades que les rodean, ha conseguido inspirar nuevas luchas que van más allá del mundo cerrado y privilegiado de las habituales preocupaciones universitarias y, al mismo tiempo, ha servido para oponerse a los esquemas de poder opresores y neoliberales de las universidades mismas.

Este emocionante desarrollo podría tener importantes consecuencias para las políticas universitarias y para la izquierda en general, pero difícilmente te enterarías si solo escuchas a muchos de los críticos internos de la izquierda, incluidos DeBoer y Nagle, porque las políticas antifascistas se pintan, más o menos, como una rama infantil de las políticas universitarias típicas, y las personalidades políticas universitarias como poco más que un contraste molesto y caricaturizado de las políticas reales (y realistas).

La verdad más asequible

Como paréntesis corto pero necesario, solo quiero repetir algo que he escrito y comentado en numerosas ocasiones: el discurso importa. Los discursos empaquetados sobre el movimiento estudiantil poseen mucho más poder de permanencia cultural y proporcionan un mayor arsenal que la compleja realidad del movimiento estudiantil sobre el terreno.

Todo lo que estamos haciendo para movilizar un frente de resistencia antifascista amplio, diverso y sostenible tanto dentro como fuera de la universidad ya está siendo obstaculizado por la omnipresencia del discurso de derechas sobre el movimiento estudiantil. Y de hecho, ese es el motivo de que la derecha haya dedicado tanta energía durante décadas a elaborar y publicar caricaturas políticamente correctas sobre el activismo universitario. El discurso que se emplea es la manida historia de “la corrección política sin límite”, a las órdenes de una clase insurgente de “guerreros de la justicia social” que imponen su voluntad, vigilan el discurso y las acciones de los demás y rechazan que participen opiniones que ellos consideran “ofensivas”.

Seamos claros: hay muchos aspectos del movimiento estudiantil que son, francamente, molestos, estúpidos, agotadores, contraproducentes y totalmente de cara a la galería. Si alguien quiere defender que se elimine el movimiento estudiantil podría utilizar como ejemplo una multitud de casos que aparentemente prueban que se ha transformado de forma irreparable en un disfraz exagerado y pseudopolítico que rezuma privilegio, egoísmo arrogante e intolerancia rutinaria. Sería una alarmante falta de sinceridad pretender que esos problemas no existen. Por eso es tan vital desarrollar nuevas formas de resolverlos o adaptarse a ellos (se podría empezar por destacar los movimientos estudiantiles que desafían ese modelo en lugar de obsesionarnos con los movimientos que lo utilizan).

Pero la gente de izquierdas no ayuda absolutamente a nadie cuando regurgita de forma perezosa y ciega el relato políticamente correcto de la derecha, que da por hecho de forma falsa y destructiva que esos problemas existen únicamente en los movimientos estudiantiles. (Como si los egos sobredimensionados, las discusiones sobre representación y privilegio, las prioridades enfrentadas y el “postureo moral” no se dieran en ninguna otra rama de participación ideológica u organización popular).

¿Para qué sirve ese discurso exagerado de excepcionalismo universitario, además de para justificar más todavía la creencia de la derecha en que las facultades y las universidades son el verdadero problema? ¿Para qué sirve la mitología políticamente correcta, además de para debilitar la necesaria resistencia que debemos ofrecer frente a los reaccionarios y las virulentas campañas que lanzan contra la libertad académica con el objetivo de someter a los profesores y estudiantes de izquierdas? ¿Qué uso tiene reprender a esos superficiales maniquíes vivientes que se exceden en su función de guerreros de la justicia social como si ellos solos fueran los ignorantes instigadores de la ofensiva y vengativa campaña de la derecha en contra de la educación superior y del activismo estudiantil, cuyas raíces se remontan a la década de 1960?

¿Cree alguien realmente que los legisladores republicanos van a detener de forma repentina la falta de inversión pública y la privatización de las facultades y universidades que se inició hace décadas si los estudiantes frenan de repente sus protestas contra los oradores polémicos? Hace al menos 40 años que utilizan a los movimientos estudiantiles como chivo expiatorio y lo seguirán haciendo mientras les funcione (si algún día necesitan otro chivo expiatorio, lo encontrarán). Porque no se trata de encontrar un equilibrio, sino de acaparar poder, de remodelar la educación superior a imagen y semejanza de la clase dominante conservadora, con el objetivo perenne de establecer una oligarquía capitalista, racista, sexista, anti-intelectual y destructora del planeta. Aceptar sus términos en la guerra por la educación superior sin cuestionarlos y restringir nuestras políticas para darlos plena cabida es una verdadera estupidez.

Y aun así, la triste realidad es que en el actual ecosistema mediático de izquierdas sigue estando increíblemente de moda “arrastrar” a las universidades como una forma fácil de legitimar el propio pensamiento dogmático de izquierdas. Si quieres mejorar tu perfil como político “realista” con los pies en la tierra, siempre puedes sumar puntos acusando a los movimientos estudiantiles de obsesionarse con la vigilancia lingüística, las “políticas identitarias” y el postureo moral en estado de alerta, mientras ignoras las numerosas injusticias institucionales del propio sistema educativo superior y el tipo de problemas políticos y socioeconómicos concretos que importan a la gente normal.

Obviemos que este caudal de clichés acusadores ahoga los incontables esfuerzos políticos de la universidad y su entorno por abordar estos mismos asuntos haciendo precisamente lo que una política de izquierdas más amplia debería estar haciendo: encontrar puntos de encuentro, construir coaliciones diversas y desarrollar estrategias que ejerzan influencia sobre el poder. Obviemos que, a pesar de lo que sugiere la gente que no ha hecho sus deberes, la Red Antifascista Universitaria es simplemente una de muchas organizaciones que vinculan de forma expresa un modelo antifascista de hacer política con una crítica sistemática de las injusticias económicas, políticas, raciales, etc. del neoliberalizado sistema de educación superior y el lugar que ocupa en la destructiva política económica neoliberal en su conjunto.

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