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La Guerra de la Restauración: triunfo del pueblo dominicano en armas (y 5)

Written by Juan de la Cruz

En esta ocasión destaca lo difícil que fue para los españoles dirigir las acciones de guerra contra un enemigo en constante movimiento, como era el caso de los dominicanos, sin que pudiese conocer cabalmente su situación, sus marchas ni sus intenciones. Al mismo tiempo resalta que el soldado dominicano, cuando se veía atacado, desaparecía, se fragmentaba, se disgregaba, se disipaba y, tanto de día como de noche, se deslizaba por los lados y por la retaguardia de las tropas extranjeras, obstaculizando de esa forma sus líneas de comunicación, su logística y el traslado de sus heridos y enfermos, aprovechando los desniveles del terreno y el conocimiento cabal que tenían del entorno para causarles grandes bajas.

La situación de los soldados peninsulares fue mucho peor en la medida en que la revolución restauradora se generalizó a todos los rincones de la República Dominicana, ya que solo podían recibir apoyo logístico por mar, lo que les obligaba a utilizar una parte de sus buques de guerra para el avituallamiento de sus hombres de armas. Todo esto ante un enemigo con pocas necesidades materiales, con grandes habilidades para la guerra irregular y teniendo como aliado al clima tropical, que era al mismo tiempo un arma mortífera para las tropas ibéricas, causando entre ellas altas tasas de mortalidad y morbilidad.

2.2 El incendio

Los restauradores utilizaron el incendio de fuertes que controlaban los españoles, como el fuerte de San Luis en Santiago de los Caballeros y el fuerte de San Felipe en Puerto Plata, que eran dos de los cuatro puntos donde los españoles tenían mayor fortaleza y control, junto con las ciudades de Santo Domingo y Azua. Con la utilización de este método buscaban romper el poder inexpugnable que poseían los españoles en esas ciudades fortificadas, previa orientación y colaboración de la población civil cercana, a fin de evitar tragedias humanas.

Con el incendio se buscaba atemorizar, aislar, desmoralizar y acorralar al enemigo, al tiempo de recuperar terreno y realizar una gran concentración de fuerzas militares para propinarle una contundente derrota.

Observemos lo que dice Juan Bosch (2000: 114) sobre el uso del incendio por parte de los restauradores, en tanto arma espacial para limitar considerablemente el poder de acción de las tropas peninsulares:

En Santiago y en Puerto Plata el poder español iba a recibir golpes muy duros, tan duros que al dárselos la revolución restauradora aseguraría la victoria aunque esta tardara en ser alcanzada. Esos golpes fueron el incendio de Santiago, y con él la toma de la ciudad, hechos que fueron ejecutados el 6 de septiembre, es decir, a las tres semanas de haber cruzado la frontera dominico-haitiana los primeros restauradores, y la sangrienta persecución de las tropas españolas que iban de retirada de Santiago a Puerto Plata. Puerto Plata sería destruida también por el fuego aplicado como medida de guerra, lo que sucedería un mes después del que arrasó a Santiago, y para que se comprenda la importancia que tuvo el incendio de Puerto Plata conviene recordar que ese lugar era la plaza comercial más importante del país a la vez que el mejor puerto de mar. En cuanto a la población, se estima que para 1863 tenía como Santo Domingo y como Santiago, esto es 6 mil personas”.

Sin duda alguna, el uso de esa tea salvadora constituyó un ingenioso método de lucha que les reportó grandes beneficios a los patriotas dominicanos, para poder igualar el poderío armado de las tropas realistas españolas y así confinarlas al estrecho límite territorial de las instalaciones amuralladas de las fortalezas militares. Esto les permitió a los restauradores tener un control amplio del escenario de la guerra y concentrar todo su poder ofensivo en torno a un gran objetivo, planteándose hostigarlo día y noche hasta lograr su rendición honorable.

Es importante destacar que los más importantes líderes restauradores, por razones tácticas o para mantener una buena imagen de la revolución ante los países vecinos o ante el mundo, nunca asumieron públicamente —ni en el momento ni en sus escritos posteriores–que ellos utilizaron ese método de lucha, porque ello podría verse como una acción criminal tanto frente a las tropas españolas como ante la población civil. El uso de ese método pudo revertirse negativamente contra los restauradores si los españoles hubiesen protestado internacionalmente su uso en la guerra de Santo Domingo, al tiempo de destacar el sentido anti humanista y antiecológico de la acción, violentando con ello el más elemental derecho de gentes que debe observarse en toda guerra. No obstante, hoy podemos destacar lo benéfico que fue para la causa nacional el uso del incendio para lograr expulsar de la República Dominicana al ejército peninsular español.

El incendio como método de lucha por parte de los restauradores está consignado de forma indeleble en el Himno Nacional de la República Dominicana, que escribiera el insigne educador y poeta dominicano Emilio Prud’Homme, cuando dice:

Y el incendio que atónito deja

de Castilla al soberbio león

de las playas gloriosas se aleja

donde flota el cruzado pendón.

  1. Triunfo de los restauradores y capitulación de los españoles

El uso adecuado de estas y otras tácticas de guerra fue lo que le permitió al Ejército Libertador del Pueblo Dominicano o ejército restaurador causarle al ejército español 11,000 bajas entre definitivas y accidentales: muertos por armas de fuego o armas blancas y enfermedades, prisioneros, heridos y extraviados, de acuerdo a los datos suministrados por el capitán general y último gobernador español en Santo Domingo, José de la Gándara y Navarro (1975); 18,000 muertes de peninsulares, sin contar aquellos refuerzos provenientes de Cuba, Puerto Rico y de las fuerzas de las reservas del ejército dominicano pro-español, según Gregorio Luperón (1992), o 16,000 bajas, conforme a cifras suministradas por los autores españoles Eduardo González Calleja y Antonio Fontecha Pedraza (2005); la muerte de seis generales caídos en las filas españolas (Juan Contreras en Maluco, Monte Plata; Reyes en Guayubín; Juan Suero en Yabacao, Guerra; Pascual Ferrer en Samaná; José María Pérez en Guanuma y Garrido en la común de Yamasá, Monte Plata) y dos generales heridos (el general Pedro Santana en Yamasá y el brigadier Primo de Rivera en Montecristi), así como pérdidas económicas que Luperón (1992) consigna en 35 millones de pesos, a partir de datos suministrados por el Gobierno español a las Cortes, mientras que González Calleja y Fontecha Pedraza (2005) las estiman en 392 millones de reales.

Con las diferentes acciones desplegadas a lo largo y ancho del territorio nacional, los restauradores lograron conquistar toda la Línea Noroeste, el Cibao Central, el Nordeste, gran parte del Suroeste y todo el Este, con la sola excepción de las comunes de Puerto Plata y Santo Domingo, las cuales fueron ocupadas tras la capitulación de las tropas españolas.

El triunfo de los revolucionarios restauradores sobre las tropas realistas españolas entre los años 1863 y 1865 contribuyó a que la reina Isabel II promulgara la ley de retiro del ejército español de Santo Domingo el 1º. de mayo de 1865, la cual se hizo efectiva con la salida de sus últimos reductos el 11 de julio de 1865. Este hecho puso de manifiesto una vez más que no existe fuerza en el mundo, por más poderosa que sea, que pueda detener a un pueblo cuando está decidido a romper las cadenas de la opresión y a luchar de forma decidida por la libertad, la independencia y la soberanía nacional absoluta de su patria.

El proceso de evacuación en el Sur se inició en Baní, con el envío por el Puerto de la Caldera de todos los enfermos, así como todo el material de las diferentes dependencias del Estado. Inmediatamente después se procedió a embarcar a todas las tropas. Las disposiciones indicaban que si ese proceso no se pudiese realizar en las primeras veinticuatro horas, entonces las tropas que quedaran en tierra se acantonarían en el pueblo continuo de Sabana Buey, hasta el momento de embarcarse.

En Azua se dispuso la reconcentración de las fuerzas que estaban en San José de Ocoa.  Mientras esta acción se realizaba, se procedió a transportar a la playa los efectos del Estado, puesto que ya los enfermos habrían sido conducidos a Cuba en el vapor del mismo nombre. Las tropas debían ser las últimas en abandonar la población, tal como se había dispuesto en Baní.

En la región norte del país se realizó en primer lugar la evacuación de Montecristi y Puerto Plata. Solo en Montecristi se procedió a volar los fuertes de San Francisco y San Pedro, los cuales produjeron una gran trepidación, al explotar casi simultáneamente dos hornillos que contenían cuarenta y tres quintales de pólvora. Posteriormente se produjo la evacuación de las tropas acantonadas en la Bahía de Samaná, que era considerado uno de los lugares más estratégicos por parte de los españoles por la gran cantidad de carbón mineral que poseía y por la ubicación geográfica de la misma.

Se dispuso que las personas y familias dominicanas que salieran de aquellos pueblos protegidas por los españoles, debían ser transportadas a Santo Domingo con toda la comodidad posible para embarcarlas a los lugares de destino, que serían preferentemente Puerto Rico, España, Filipinas  y en menor medida Cuba, por la situación de esclavitud de los  negros que allí estaba vigente, conforme a las disposiciones del Gobierno español y del hasta entonces Capitán General y Gobernador español en Santo Domingo, José de la Gándara.

Tras producirse el embarque de todas las tropas de aquellos puntos donde había presencia española, el 11 de julio de 1865 se produjo la evacuación de la Plaza de Santo Domingo, dirigiéndose la expedición hacia Cuba, el cual era el lugar de destino, excepto el batallón de cazadores de la Unión, que debía desembarcar en Guantánamo para acantonarse en Santa Catalina.

El canje final de los prisioneros que el Gobierno del general José de la Gándara tenía como rehenes en la vecina isla de Puerto Rico y de los que tenían en su poder los patriotas restauradores dominicanos, se produjo en la ciudad de Puerto Plata el 22 de julio de 1865, sin ningún tipo de restricciones y en el marco del más completo orden.

Es importante destacar que la Guerra Restauradora sirvió de modelo a los demás países del Caribe que aún estaban bajo el dominio colonial español, como fueron los casos de Puerto Rico y Cuba, al demostrarles de forma convincente que era posible combatir y vencer al Ejército Realista Español. Es así como el 23 de septiembre de 1868 se produce el Grito de Lares por la independencia de Puerto Rico e inmediatamente después se desencadena el Grito de Yara el 10 de octubre de 1868 por la independencia de Cuba frente al gobierno colonial de la metrópolis España.

El Grito de Lares se sitúa como parte del sentimiento anticolonialista que abrazó al Caribe hispano, interrumpido tan sólo por la Guerra desatada entre Estados Unidos y España por el control de las colonias que poseía esta última, logrando el Coloso del Norte derrotarla y apoderarse de las islas de Puerto Rico y Cuba. El Grito de Yara fue iniciado por Carlos Manuel de Céspedes y dio origen en Cuba a lo que luego se denominó la Guerra de los Diez Años, entre los años de 1868-1878.

La Guerra de los Diez Años trajo consigo la participación decidida en las filas de la revolución de 14 dominicanos que habían militado del lado de los españoles durante la Guerra de la Restauración. Fueron ellos: Modesto Díaz Álvarez, José Ignacio Díaz Álvarez, Luis Marcano Álvarez, Félix Marcano Álvarez, Francisco Marcano Álvarez, Francisco Javier Heredia Solá, Manuel Javier Abreu Romero, Carlos de Soto Araujo, Juan Gómez Báez, Rufino Martínez, Máximo Gómez Báez, Santiago Pérez Tejeda, Toribio Yépez Mendoza y Manuel María Frómeta Arias, tal como detalla Acosta Matos (2016:35).

De todos ellos, el que más se destacó fue el banilejo Máximo Gómez Báez, quien, en las luchas libertarias de Cuba, adquirió el rango de generalísimo. Este, al observar el rigor del sistema esclavista opresor y discriminatorio prevaleciente en Cuba, se decidió por combatir a sus antiguos aliados y logró, de la mano de los gigantes Carlos Manuel de Céspedes, Félix Varela, José Martí,  Antonio Maceo, Fausto Maceo y otros destacados patriotas cubanos, devolverle la libertad a ese valeroso pueblo caribeño, a golpe de heroísmo, inteligencia y sacrificio, a través de la implementación del exitoso método de guerra de guerrillas, que tan excelentes resultados le había proporcionado a los patriotas restauradores en la República Dominicana.

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Juan de la Cruz

Profesor-Investigador de la Universidad Autónoma de Santo Domingo

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