Nacionales Sociedad

La Guerra de la Restauración: triunfo del pueblo dominicano en armas (2)

Written by Juan de la Cruz

1.1 Carácter de la guerra restauradora y actores sociales

La guerra restauradora fue una revolución popular porque integró a los diferentes sectores sociales de la vida nacional dominicana de las más variadas formas, logrando que los campesinos, los obreros o peones agrícolas, los obreros urbanos, los artesanos, la pequeña burguesía urbana, los sectores productivos nacionalistas, los militares de orientación nacionalista, las mujeres con sentimientos patrióticos y los jóvenes con ideas revolucionarias se comprometieran con el restablecimiento de la independencia nacional absoluta.

Lo que escribió el patriota e intelectual liberal Ulises Francisco Espaillat con motivo de la guerra civil de 1857 efectuada contra la política de rapiña desarrollada por el presidente Báez contra los productores y comerciantes de tabaco del Cibao, también sirve para definir el carácter popular de la guerra de la Restauración, de la que fue también un actor de primera fila, cuando expresó: “En la revolución actual fueron las masas que se levantaron, arrastrando consigo a los demás”.

Sin lugar a dudas, las grandes masas campesinas, la pequeña burguesía urbana, los obreros, los intelectuales progresistas, los militares nacionalistas provenientes de los sectores más humildes del pueblo, así como algunos burgueses, comerciantes y hacendados de ideas nacionalistas, fueron quienes asumieron con más ardor y entrega la causa de la guerra restauradora, convirtiéndose en el sostén principal del Ejército Libertador del Pueblo Dominicano. Así lo confirma el general Gregorio Luperón cuando escribe sobre la guerra de la Restauración:

En aquella grandiosa batalla de la Independencia, que será eternamente la mayor gloria y honra de la Nación Dominicana, cada pueblo y cada lugar era un inmenso campo de combate, y cada dominicano se convirtió en un soldado de la libertad. Y mientras quede en el corazón de los pueblos el amor a la libertad y a la independencia de la patria; mientras presten culto a la religión del patriotismo, del sacrificio y del martirio; los héroes de la Restauración serán bendecidos y respetada su memoria por todas las generaciones” (Rodríguez Demorizi, 1941: 230-231).

Gregorio Luperón, un oficial de procedencia humilde, al igual que otros connotados líderes de la guerra restauradora, hace una descripción inigualable de la composición del Ejército Libertador del Pueblo Dominicano a través de los diferentes tipos de armas que utilizaron los patriotas dominicanos en el combate contra las tropas realistas españolas, cuando sostiene:

Era por demás curioso contemplar aquellas columnas de patriotas, unos con lanzas, algunos con fusiles antiguos, varios con trabucos de todas clases, los más con sus machetes y no pocos con garrotes; pero los revolucionarios habían adquirido el audaz vigor que dan las continuas victorias, y con la bravura que inspiran las guerras de independencia, se lanzaban a la lucha con las desventajas de las armas, pero con la indómita intrepidez e inmensa alegría de dar la vida por la patria” (Luperón, 1992, tomo I: 133-134).

Una muestra de que la mayor parte de los integrantes del Ejercito Restaurador eran campesinos la da en 1864 el ministro de Guerra del Gobierno restaurador, Pedro Francisco Bonó, cuando en la descripción de su visita al cantón de Arroyo Bermejo en Guanuma, Yamasá, y pase de revista a las tropas presentes, afirma:

Se pasaba revista. No había casi nadie vestido. Harapos eran los vestidos; el tambor de la Comandancia estaba con una camisa de mujer por toda vestimenta; daba risa verlo redoblar con su túnica; el corneta estaba desnudo de la cintura para arriba. Todos estaban descalzos y a pierna desnuda. Se pasó revista y se contaron doscientos ochenta hombres: de Macorís como cien, de Cotuí unos cuarenta, de Cevicos diez y seis; de La Vega como cincuenta; los de Monte Plata contaban setenta hombres, todos aunque medios desnudos con buenos fusiles, pues con armas y bagajes se habían pasado de las filas españolas a las nuestras. Su rancho espacioso los contenía a todos y estaba plantado al bajar el arroyo” (Emilio Rodríguez Demorizi, 1980: 121).

Es evidente que los campesinos y los obreros agrícolas ocupaban alrededor del 80% de los puestos del Ejército Libertador del Pueblo Dominicano, mientras que el otro 20% lo ocupaban sectores de la pequeña burguesía, pequeños, medianos y grandes propietarios e intelectuales progresistas. Esta revolución fue, sin duda alguna, una guerra popular de liberación nacional donde los sectores humildes de la población se convirtieron en abanderados incondicionales de la lucha por la restauración de la independencia perdida.

De la participación activa del pueblo en esta contienda bélica, por un lado, y de la lucha a muerte librada por los dominicanos contra la presencia de los colonialistas españoles y sus lacayos locales, por otra, deviene el carácter nacional popular de esta gesta patriótica, conocida por el país y el mundo como la guerra de la Restauración de la República Dominicana.

La victoria obtenida por los restauradores en la ciudad de Santiago con la rendición de las tropas realistas y los golpes recibidos por los españoles en el trayecto Santiago-Puerto Plata tuvieron un efecto multiplicador en todo el país. Los patriotas de las regiones ocupadas por España entendieron que era posible vencer a la metrópolis, independientemente de su poderío militar, lo cual estimuló la integración de nuevos contingentes a la causa nacional y así actuar en pos de esos nobles ideales.

La guerra restauradora, hasta ese momento en estado potencial en la mayor parte de la colonia, comenzó a inquietar a todos los dominicanos no comprometidos con los sectores dominantes y a traducirse en acciones concretas en favor de la causa de la República, tanto en la Región Este como en la Región Sur del país.

El Gobierno Provisorio Restaurador, instalado en la casa de Madame García, daba muestra de una gran actividad y acierto en su propaganda. Se instalaron comisiones para dirigir más adecuadamente los diferentes ministerios. El General Gaspar Polanco fue designado como Jefe de Operaciones de Puerto Plata, con su cantón general instalado en la entrada de dicha ciudad, en la zona conocida como Las Javillas, para hostilizar día y noche a las tropas enclavadas en el fuerte de San Felipe.

De igual modo, fue nombrado con igual carácter el general Benito Moción en la Línea Noroeste, con asiento en Montecristi. Se repartieron armas y municiones para las diferentes jurisdicciones del país, sobre todo en aquellas en que eran solicitadas para levantarse, y se enviaron agentes de la revolución por todas partes, al tiempo que se adoptaron múltiples acuerdos y acciones prácticas para garantizar el triunfo de la revolución.

El mismo día en que se instaló el gobierno, el 14 de septiembre de 1863, llegó el general Juan Álvarez Cartagena, enviado por el general Manuel Mejía, a la sazón gobernador  de La Vega, con el encargo de informar que el general Pedro Santana saldría de la Capital con destino a Santiago, con una expedición de 6,000 hombres. También llegaba la noticia desde Puerto Plata que el general José de la Gándara había salido para la ciudad atlántica desde Santiago de Cuba con grandes contingentes dispuestos a aniquilar la revolución.

Esas informaciones eran de temer, pero el espíritu de entrega de los restauradores hizo que aparecieran inmediatamente los oficiales y los soldados dispuestos a dar la cara en esos frentes. Es así como se designó a Santiago Rodríguez, iniciador de la Restauración, como responsable de propagar las ideas independentistas en la línea del Sur y al general Gregorio Luperón -que había sido designado ese mismo día como Gobernador de Santiago, a cuya posición había renunciado-, como Jefe de Operaciones de la línea del Este para contener la llegada del general Pedro Santana al Cibao e impedir que el desaliento se apoderara de las fuerzas restauradoras que se habían levantado próximo a la ciudad de Santo Domingo.

El general Luperón aceptó la encomienda puesta sobre sus hombros, con la condición de que el Gobierno Provisorio Restaurador emitiera una disposición en la que ponía fuera de la ley al general Pedro Santana por delito de alta traición. Aunque dentro del Gobierno había algunos opuestos a la pena de muerte y pidieron a Luperón flexibilizar su posición, éste se mantuvo incólume en su pedimento, ya que tenía la certeza de que exigía una ley con la que se buscaba el bienestar de la Patria. Fue así como, al fin, el Gobierno se decidió a emitir el decreto y junto con él el nombramiento del general Luperón de Comandante en Jefe de todas las Fuerzas del Sur y del Este. Veamos:

DECRETO DEL GOBIERNO PROVISIONAL DECLARANDO FUERA DE LA LEY AL GENERAL SANTANA COMO CULPABLE DE ALTA TRAICIÓN.

 DIOS, PATRIA Y LIBERTAD

REPÚBLICA DOMINICANA

 El Gobierno Provisional.

Considerando: que el General Pedro Santana se ha hecho culpable del crimen de alta traición, enajenando a favor de la Corona de Castilla, la República Dominicana, sin la libre y legal voluntad de sus pueblos, y contra el texto expreso de la ley fundamental:

  Ha venido en decretar y decreta:

 ART. 1°.- El dicho general Pedro Santana queda puesto fuera de ley; y por consiguiente, todo jefe                     de tropa que le apresare le hará pasar por las armas, reconocida sea la identidad de su persona.

Dado en Santiago de los Caballeros, en la Sala del Gobierno, a los 14 días del mes de Septiembre de 1863.- El Vice-presidente Benigno F. de Rojas. Refrendado; la Comisión de Guerra: R. MELLA, P. PUJOL.- La Comisión de Hacienda: J. M. GLAS, Ricardo CURIEL.- La Comisión de Relaciones Exteriores: Ulises F. ESPAILLAT. La Comisión de Interior, Justicia y Policía: Máximo GRULLÓN, G. PERPIÑAN.

El general Pedro Santana salió de Santo Domingo el 15 de Septiembre de 1863, con un ejército de 2,100 hombres debidamente equipados, integrados por tropas españolas y criollas. El ejército estaba formado por el Batallón de Cazadores de Bailén, el Batallón de San Marcial, una parte del Batallón de Victoria, una compañía de ingenieros, dos piezas de artillería de montaña, 60 caballos del Escuadrón de Cazadores de Santo Domingo y 400 voluntarios de infantería y caballería de las reservas de San Cristóbal. El general Santana, que llevaba como lugarteniente al general dominicano José María Pérez Contreras, hizo alto en Monte Plata, donde estableció su campamento general.

El 12 de septiembre había sido despachado por el capitán general Felipe Rivero un contingente de tropas criollas de Monte Plata y Bayaguana, al mando del general Juan Contreras, quién se pondría bajo las órdenes del general Santana, jefe general de la operación, con quién debió reunirse en San Pedro.

El general Luperón despachó hacia Monte Plata al coronel Dionisio Troncoso. También al coronel José Durán, quien, atravesando la Cordillera Central por los caminos de Jarabacoa y Constanza, caería sobre el Valle de San Juan de la Maguana con trescientos hombres y numerosas comunicaciones para las autoridades del Suroeste. Todas estas medidas fueron tomadas y oficiadas al Gobierno Provisorio Restaurador antes del 21 de septiembre de 1863.

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Juan de la Cruz

Profesor-Investigador de la Universidad Autónoma de Santo Domingo

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