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El rosario de Francisco

Written by Debate Plural

José Rafael Lantigua, ex ministro de cultura República Dominicana (D. Libre 16-6-18)

 

FRANCISCO ENVÍA UN ROSARIO a Lula. Raúl Castro recibe un rosario como obsequio de Francisco. Santos agradece en Colombia el regalo de uno de los rosarios de Francisco. Hay quienes afirman que a Maduro le hizo llegar otro por vía de un diplomático. Parece que Trump aún no ha recibido el suyo. En la tienda del Vaticano los hay de pétalos de rosas, de nácar, de madera de cedro, nopal y olivo, y los hay también de cuentas de vidrio. No se conoce de cuál tipo fueron los que recibieron los favorecidos.

Los papas siempre regalan rosarios. Es un objeto de devoción católica porque en su sarta de cuentas se resumen los principales misterios de la vida de Jesús y de su madre, María, rematados por la oración central que enseñara el fundador de la cristiandad, la oración mariana constantemente repetida y la exaltación del monoteísmo desde la fórmula trinitaria que es la esencia de la fe cristiana. Cuando obsequia un rosario, el papa entrega un mensaje sin perífrasis: esta es la historia de mi fe que ha sobrepasado los siglos, si lo desea aférrese a ella en su trajinar o en su desconsuelo.

Francisco vive con el rosario a cuestas. Asido a él como un salvamento. No es hombre de miedos. Pero, duda. No de su fe, sino de una iglesia que cada vez se parece más a una olla de presión. Ha llegado al papado bajo el signo de una abdicación. Ratzinger dirigió un pontificado dramático. Por un lado, los “signos de los tiempos” que fue frase habitual de Juan XXIII, atacaron la identidad católica: laicismo, agnosticismo, relativismo, sincretismo, consumismo, materialismo, secularismo. El mundo se contrae y una rebelión contra el dogma y la fe está en marcha. Por el otro lado, los sucesos negativos se multiplican y crean un ambiente de incertidumbre en la cumbre romana. Se producen alteraciones peligrosas en las relaciones con musulmanes y judíos, comienzan a surgir las primeras revelaciones de escándalos sexuales, algunos de sus principales colaboradores no realizan sus funciones con la debida piedad y convierten sus mandos en papados paralelos, los Vatileaks, la ausencia de transparencia encontrada en el manejo del banco vaticano, la corrupción en diversas esferas eclesiales, las luchas de poder entre obispos y cardenales por el control de universidades y obras pías, provocan un desgarro definitivo en aquel papa frágil que lleva un marcapasos para combatir una fibrilación atrial crónica, cuyo ojo izquierdo ya no le funciona, que sufre de fatiga y que tiene problemas de movilidad. Ha sufrido una caída en su propia habitación y una más, nunca revelada, en la ciudad de León, México, donde se lastima la cabeza. Sabe que no puede seguir al mando de la grey y prepara un dossier de más de trescientas páginas que entregará a su sucesor para que conozca la realidad de la Iglesia que no logró enfrentar con éxito.

Francisco sabe bien lo que tiene por delante cuando con soberana sencillez se presentó en la galería vaticana para saludar al popolo una vez fue electo. “Oren por mí”. La frase todavía resuena. Francisco sabía que los lobos que aullaban a diario contra Ratzinger, estaban activos y pronto comenzarían a bramar contra él. Francisco –muchos parecen olvidarlo- es jesuita. Los jesuitas son los políticos de la aldea eclesial. Se internan en el razonamiento social con todas sus consecuencias. Y establecen objetivos que cumplen como si fuesen dogmas. De alguna manera, lo son. Ninguno de los carismas jesuíticos se cocina fuera de la fe y de la palabra evangélica. Son agentes de cambio. Y Francisco es parte de esa franja. La defensa de los inmigrantes, la condena de los nacionalismos y la batalla contra el populismo en sus diversas formas y desde sus diferentes esquemas –que los hay de derecha y también de izquierda–, son los nuevos “signos de los tiempos” católicos. Ya no hay “Papa negro” (así han llamado siempre al superior mundial de los jesuitas) porque un jesuita llegó al gobierno de los 2,200 millones de católicos que se reparten por el planeta, no importa el afán de muchos de bajar la cuenta. Las estadísticas nunca han preocupado mucho a la jerarquía. Y tal vez tampoco a la feligresía.

El papado de Francisco tiene límites. Es un pontificado de no más diez años. Tiene 82 de edad. Y lleva cinco en la jefatura de la Iglesia. Se sabe con tiempo fijado y apura el paso, aunque nadie –salvo los de adentro- se den cuenta plena de lo que sucede. Está decidido a reorientar el rumbo de una Iglesia que, a veces, parece mirar hacia otro lado cuando se da cuenta que ciertas acciones rompen los designios vitales de su apostolado. Ha concebido un programa revolucionario y como era de esperarse ha encontrado resistencia. Alguien que lo conoce desde que Bergoglio ejercía su sacerdocio en Argentina ha dicho de él que es un “político puro, con una capacidad de trabajo extraordinaria, tendencialmente centralizador, una cabeza excelente que tiene bien claro el sentido del poder”. Un jesuita. Eso. Pero, a su vez es un pastor de almas, cercano, abierto, comprensivo, que pregona que su gente es pobre y que él es uno de ellos. Sus encíclicas y exhortaciones apostólicas han tenido objetivos claros: la defensa del medioambiente –lo que él llama “el cuidado de la casa común”–, la trascendencia del hombre desde su fe y la fe como escuela para la santidad en una Iglesia donde tantos curas y prelados han tomado otro camino. Y una que no ha gustado entre los espíritus conservadores que siempre han fastidiado todos los pontificados renovadores: Amoris Laetitia, dedicado al amor en la familia, una belleza de documento, doctrinal y evaluadora con firmeza de los “signos de los tiempos”. Abierto a todas las formas de la difícil realidad humana, algunos cardenales no admiten que Francisco permita que la Iglesia se abra a los católicos divorciados y desean que se les niegue la eucaristía. Francisco ni recibe ni conversa con los que combaten sus ideas y su ejercicio. Sabe que los lobos de Ratzinger siguen vivos y que desde sus madrigueras intentan sabotear su papado. Francisco quiere una iglesia misionera, que los pastores abandonen su comodidad, que los sacerdotes dejen de ser burócratas, que se restauren conductas, que superen prejuicios, que las parroquias no se gestionen autoritariamente, que no se ideologice el mensaje evangélico, que se descontinúe el clericalismo, que las mujeres tomen parte activa en la liturgia y en el suministro de los sacramentos, que la Iglesia sea más abierta para que los laicos tengan mayor libertad de colaboración y entrega. Una revolución. No hay otra palabra que defina su trabajo y su misión. “A veces no es fácil escuchar la verdad. Los profetas siempre han tenido que lidiar con ser perseguidos por hablar la verdad. Un verdadero profeta se arriesga”. Así piensa.

Los enemigos de Francisco andan sublevados. Dentro y fuera. Hay descontento en la curia romana y en episcopados europeos y norteamericanos, porque le desagrada el formidable discurso filosófico y cultural de Bergoglio. Hay una abierta indisposición en un mundo donde el populismo se arraiga y se abre camino en muchos territorios. La geopolítica conlleva ahora otros matices y el jesuita Francisco sabe cómo lidiar con esas cuentas. Los conservadores católicos no parecen entrever que la Iglesia está llamada a cambiar radicalmente en el curso de los próximos dos o tres lustros, o mucho antes. Quizás, ya. Francisco lo tiene claro y tiene cabeza dura. Conoce las cuentas de su rosario. Y las esparce. Lo mismo a un ex presidente presidiario, como a cualquier otro que, a lo mejor, él entienda que hace rato necesita un ave maría o un gloriapatri. Extrañamente, Trump no está incluido.

 

Libros
Francisco entre lobos. El secreto de una revolución
Francisco entre lobos. El secreto de una revolución

Marco Politi (Fondo de Cultura Económica, 2015. 340 págs.)

Francisco puso en marcha un proyecto que supera el término de su pontificado, pero la cuestión no le inquieta. Es totalmente consciente de estar encaminándose a un cambio radical. Aunque reformar la Iglesia católica sea difícil. El pontífice del “fin del mundo” está decidido a avanzar con su revolución.

Dios es joven
Dios es joven

Francisco (Planeta, 2018. 151 págs.)

Una conversación del papa Francisco con el escritor y periodista Thomas Leoncini, el mismo que publicó un libro de conversaciones con el célebre sociólogo Zygmunt Bauman. Unas páginas que huelen a futuro y esperanza, porque Francisco quiere acoger a los jóvenes y valorarlos en lo más hondo.

La viña devastada. De Benedicto XVI al papa Francisco
La viña devastada. De Benedicto XVI al papa Francisco

Juan Rubio (RBA Libros, 2013. 215 págs.)

Una aproximación a la herencia dejada por Benedicto XVI, cuyo ministerio estuvo estrechamente unido al de Juan Pablo II, y el abordaje del panorama que se abría ante Francisco al iniciar su papado. Las claves del nombramiento de Francisco y el debate de una Iglesia acosada hoy por graves problemas internos y ataques del exterior.

Amores Laetitia
Amores Laetitia

Francisco (Ediciones Paulinas, 2016. 267 págs.)

Exhortación apostólica del papa Francisco sobre el amor en la familia, donde el pontífice romano explica la realidad, desafíos y vocación de la familia, el amor en el matrimonio, la dimensión erótica del amor, las crisis, angustias y dificultades, el sí a la educación sexual y el acompañamiento de la Iglesia en las rupturas y divorcios.

Laudato Si’
Laudato Si’

Francisco (Amigo del Hogar, 2015. 191 págs.)

Primera edición dominicana de esta famosa encíclica sobre el cuidado de la casa común. La contaminación, la cultura del descarte, la pérdida de biodiversidad, la inequidad planetaria, la raíz humana de la crisis ecológica, la alianza necesaria entre la humanidad y el medioambiente. Nada natural y humano es ajeno al papa Francisco.

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