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El largo camino del feminismo: dogmas y disensos (1)

Written by Debate Plural
Paloma Uría Ríos (Rebelion, 25-7-18)
El feminismo en España, tanto en su vertiente organizativa como en sus manifestaciones teóricas e ideológicas, reaparece y se manifiesta con fuerza a la muerte del dictador, y sus avances van paralelos con los avances de la democracia y, a veces, en vanguardia. Sus acciones unitarias son variadas y ocurren sobre todo en los primeros diez o quince años. Su efecto en la opinión pública es notorio aunque contradictorio: suscita por igual simpatías y apoyos o rechazos y desconfianzas. Sus logros son impactantes, tanto en lo que se refiere a la acción legislativa como a la penetración en el ámbito cultural y a la fuerza y confianza en sí mismas que confiere a las mujeres.

Si nos atenemos a los avances legislativos, en los primeros diez o quince años se alcanzan las reivindicaciones más sentidas, enriqueciendo de esta forma la naciente e imperfecta democracia: derechos civiles, derechos sexuales, igualdad formal…. Los avances sociales son también importantes y se manifiestan en el crecimiento del empleo, la irrupción imparable de las mujeres en los estudios superiores, su cada vez mayor presencia en la política y en bastantes ámbitos de la cultura. Pasados, sin embargo, estos primeros años de logros, llega la percepción de lo que se dio en llamar el techo de cristal en lo que se refiere a los avances económicos y sociales, y se ponen de manifiesto con crudeza algunas de las lacras que afectan a la vida de muchas mujeres: los malos tratos, las agresiones sexuales, la intolerancia ante lo que vulnere la norma heterosexual, la persistencia de la cultura machista, el paro y la precariedad laboral.

Por lo que se refiere a la influencia del feminismo sobre la opinión pública, los efectos han ido variando. Después de aquella primera época de impacto y, quizá, de sobresalto, vino una etapa de relativa aceptación que se manifestaba en las encuestas y en una cierta tranquilidad en la vida social, contrastada con la constante presencia en los medios de comunicación del goteo incesante de crímenes machistas que suscitaban una condena generalizada y una cierta sensación de impotencia ante la dificultad de ponerles fin.

La vertiente teórica del feminismo se ha caracterizado más por sus por sus diferencias y polémicas que por sus acuerdos¹. En estos últimos quince años, el Instituto de la Mujer y las organizaciones afines han llevado la iniciativa en el discurso feminista, sin que por ello hayan dejado de oírse voces diferentes procedentes de sectores feministas con menor influencia en la opinión pública. La movilización social feminista disminuyó, casi limitada a las protestas ante los asesinatos machistas. Pero hubo al menos tres hitos que manifestaban que algo se movía en la retaguardia. Uno de ellos fue la masiva asistencia a las Jornadas que organizó la Coordinadora de Organizaciones Feministas en Granada en diciembre del 2009 y en la que aparecieron nutridos grupos de chicas jóvenes con novedosos planteamientos. Otro fue la importante movilización contra el intento del gobierno del PP de cercenar la ley de interrupción voluntaria del embarazo, protagonizada por el Tren de la Libertad en enero del 2014, impulsada principalmente por organizaciones afines a PSOE pero con una nutrida asistencia femenina de todo tipo. El tercer hito se está produciendo ahora y parece que tiene un carácter internacional. Comienza con las manifestaciones contra las agresiones sexuales, con el movimiento #MeToo y tiene su eclosión con la impresionante movilización del 8 de marzo de 2018 y la huelga feminista. Todavía es pronto para valorar esta movilización y en qué medida puede modificar o rejuvenecer el discurso feminista.

El feminismo como objetivo y como ideología

En líneas generales podemos afirmar que los objetivos concretos más difundidos del feminismo hoy no suscitan grandes discrepancias; los lemas que se han aireado en la huelga feminista están básicamente asumidos por todas: igualdad salarial, reparto de los cuidados, erradicación del maltrato y de las agresiones y de los abusos sexuales. A estas se pueden unir otras reivindicaciones más minoritarias y polémicas: contra la norma heterosexual, por los derechos de los colectivos LGTBI y por los derechos de las trabajadoras del sexo. Sin embargo, el discurso que subyace o que se expresa abiertamente como discurso feminista mayoritario presenta determinados rasgos que suscitan algunas discrepancias, como las manifestadas ya en los orígenes del movimiento, y que hoy se unen a ciertos posicionamientos propios de una democracia en retroceso. No obstante, el reparo ante algunos de estos rasgos no invalida, en absoluto, lo positivo y liberador tiene el feminismo en la actualidad.

Los principales problemas se derivan de dos postulados característicos de algunas corrientes feministas: la confusión del plano estructural con el individual y la conversión del feminismo en un movimiento identitario, muy en la corriente de la actual deriva de los movimientos sociopolíticos.

Por lo que se refiere a la primera cuestión, hay una tendencia a desplazar las responsabilidades derivadas de una sociedad todavía marcadamente patriarcal hacia los individuos del género masculino. No es que no existan culpas, privilegios y complicidades individuales entre los hombres, pero ello no puede hacernos olvidar que tanto hombres como mujeres nos hemos educado, formado y hemos vivido en una sociedad en la que las mujeres hemos ocupado un papel determinado, habitualmente subordinado al género masculino. Precisamente por eso, el movimiento feminista, ya desde el siglo XIX, dirigió sus demandas principalmente a los gobiernos y a las instituciones para exigir cambios radicales en las leyes, normas y costumbres. Al mismo tiempo, el feminismo pretendía dirigirse a toda la sociedad para lograr cambios en la conciencia y en el comportamiento social, mediante la educación, la sensibilización y la difusión de sus justas demandas, de suerte que entre todos se pudiera alcanzar una sociedad más igualitaria, justa y libre. La lucha contra los individuos quedaba reducida a las denuncias de graves abusos perpetrados por personas concretas para las que se pedía la acción de la justicia.

En la medida en que se fueron aprobando leyes más justas e igualitarias para las mujeres, las instituciones y algunos grupos feministas a ellas vinculados tal vez creyeron haber hecho lo suficiente y desplazaron en parte su acción a culpabilizar a los individuos, pero no solo a los individuos concretos que incumplían las leyes o presentaban un comportamiento gravemente machista, sino al género masculino en su conjunto. No se trata ya solo de prevenir una agresión o reeducar a un probable machista, sino de dirigirse a todo el género masculino como posible y, quizá probable agresor, dominador o abusador de sus privilegios masculinos. El género masculino es culpable de machismo hasta que no demuestre su inocencia y buen comportamiento.

Paralelamente, el género femenino (“la mujer”) es, también por definición, la eterna víctima, siempre dominada, subyugada, maltratada y agredida, independientemente de su condición social, su estatus, profesión, etnia. Porque resulta que si una mujer es agredida o maltratada, lo somos todas las mujeres. Sin embargo, no hay razón para que las mujeres se sientan más horrorizadas cuando un hombre mata a su pareja que cuando un ultra, por ejemplo, mata a un mendigo, ni han de sentir más rechazo que el que sienta un varón que muestre su empatía y su repudio de la violencia. ¿Cómo se puede entrar en estas subjetividades, no ya personales, sino sociales?

A este victimismo contribuye la predisposición de ciertos sectores del feminismo a afirmar que toda discriminación es violencia. En un principio, en el feminismo se reservaba el término violencia para el dominio o el abuso ejercido mediante el uso de la fuerza física o psicológica, especialmente la ejercida en el acoso sexual, la violación o en el maltrato doméstico, porque si a todo llamamos violencia, ¿qué nombre reservamos para el maltrato físico o psicológico y la violencia sexual, dos de las lacras más graves que sufren todavía muchas mujeres en nuestra sociedad?

Proteccionismo que limita la autonomía personal

Para la mujer-víctima se reclaman constantemente leyes y disposiciones que la protejan y la defiendan, y aunque estas medidas sean necesarias, sin embargo se desconsidera la capacidad de autodeterminación de las mujeres, y no se tiene en cuenta la importancia de fortalecer la autonomía personal, como ocurre con la exigencia de denuncia y las órdenes automáticas de protección y alejamiento en los casos de maltrato, sin tener en cuenta las opiniones y deseos de las mujeres. La misma desconsideración de la capacidad de decidir se manifiesta cuando se considera que las prostitutas están siempre obligadas o forzadas, confundiendo deliberadamente la trata con la libre decisión, o cuando se decide que ninguna mujer en su sano “juicio femenino” se prestaría a una gestación subrogada.

Un movimiento identitario

Otro problema emana de tratar de construir un movimiento fuertemente identitario. El feminismo contemporáneo nace y se desarrolla en la que podríamos llamar etapa de transición entre la modernidad y la postmodernidad. Por una parte, las grandes luchas sociales interclasistas: del proletariado contra la burguesía; de los pobres contra los ricos, de los colonizados contra los colonizadores, y las grandes luchas ideológicas: del comunismo contra el capitalismo, de la democracia contra el nazismo y el fascismo, en las que los contendientes se veían atravesados por distintas identidades étnicas, nacionales, ideológicas y sexuales (o de género). Y por otra parte, las luchas identitarias: étnicas (black power), religiosas (islamismo), nacionales (los Balcanes)… En este contexto renace la lucha feminista.

En un primer momento, las mujeres que inician este movimiento probablemente no tenían un proyecto identitario claro; de hecho, la mayoría procedían de las luchas sociales y del campo de la izquierda. Pasado el tiempo, sin embargo, por la evolución de los contextos nacionales e internacionales o por la propia evolución interna del movimiento, al final se encontraron afirmando una identidad fuerte—la femenina—, frente a otra igualmente blindada—la identidad masculina—. Bien es cierto que a partir de los noventa el propio movimiento pone sobre la mesa las diferencias entre las mujeres (étnicas y de preferencia sexual, principalmente) y posteriormente se cuestiona el concepto de género y, por tanto, la identidad fuerte, pero estos cuestionamientos preocupan a sectores minoritarios, o quizá amplios pero menos visibles en el movimiento feminista organizado, el cual, en su perfil más conocido, sigue apareciendo como un movimiento de mujeres, de todas las mujeres, con una identidad de género claramente diferenciada, si no opuesta, al género masculino. Así, las explotaciones, los objetivos y los intereses son comunes a todas las mujeres. Por ejemplo, en las últimas movilizaciones se exigía poner fin a la brecha salarial y se ponían ejemplos de diferencias salariales entre directores de cine, presentadores de televisión, catedráticos de Universidad de ambos sexos…, desigualdades ciertas e injustificables, pero… ¿cómo relacionarlas con los 2,5 euros por hora que cobran las camareras de piso de los hoteles? ¿No tienen estas más que ver con los contratos precarios y abusivos de camareros, repartidores, peones de la construcción, a pesar de la innegable diferencia salarial por razón de género? Sobre todo si tenemos en cuenta el creciente proceso de acentuación de las desigualdades económicas y sociales en la actual coyuntura².

Por otra parte, al establecer un estricto binarismo de género, clasificando el sexo y género en dos formas opuestas que se identifican rígidamente con lo masculino y lo femenino, al construir una identidad femenina rígida, queda poco campo para las ambigüedades. Así en amplios sectores del feminismo se ve con sospecha y desconfianza al movimiento LGTBI y en concreto al transgénero y no se comprende que se adopte una identidad débil o mutable, ni se entiende el deseo de tránsito de género.

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