Internacionales Politica

Militarización y hegemonía en Oriente Medio (2)

Written by Debate Plural
Ricardo Orozco (La Jornada, 13-7-18)
Estados Unidos bajo la administración Trump, por supuesto —y muy a pesar de que sus críticos y detractores no dejan de acusar que sus decisiones en la materia son contrasentido, contrarías a las doctrinas, los valores y las directrices más sagradas de la política exterior y la política militar estadounidense de los últimos cuarenta años— no son una excepción a esta regla. Y lo cierto es, antes bien, que de hecho las acciones que en el plano militar se están llevando a cabo van desde un endurecimiento, fortalecimiento y profundización de las implementadas bajo la presidencia de Barack Obama, hasta una amplia corrección de aquellas que en los dos cuatrienios pasados sí implicaban un debilitamiento de la posición estadounidense en el mundo.

En particular, aquí no debe dejar de observarse que el teatro de operaciones es, hoy más que nunca, Oriente Medio. Y la realidad es que no es para menos: es aquí en donde China se encuentra apostando sus más grandes proyectos de crecimiento en el mediano y en el largo plazo; en particular, en lo que respecta a la obtención de recursos energéticos y minerales estratégicos tanto de Oriente Medio como de África y el Asia Central, por un lado; y su acceso y colonización de los mercados europeos, por el otro. Además, no debe perderse de vista que algunos de los aliados más importantes para el sostenimiento de esta dinámica los encuentra China en Estados como Rusia e Irán, dos actores que, desde la década de los años setenta, el Consejero de Seguridad Nacional del presidente estadounidense James Carter, Zbigniew Kazimierz Brzezinski, ya consideraba la mayor amenaza global —en alianza con China e India— a la hegemonía de Estados Unidos en el siglo XXI.

​Irak, Afganistán, Yemen y Siria son, por supuesto, los principales escenarios de la confrontación —más el último que los otros tres. Sin embargo, no son los únicos, y el ejemplo más claro de ello lo ofrecen, desde poco antes de 2010, el Sahara Occidental, Túnez, Egipto, Libia, Argelia, Omán, Barhéin y Jordania. Cada conflicto en cada una de estas sociedades, por supuesto, responde a causas específicas y tiene determinaciones propias. No obstante, algunas constantes compartidas son los recursos naturales, energéticos y minerales estratégicos con los que cuentan —necesarios para el dominio de las industrias científicas-tecnológicas que guiarán el desarrollo del capitalismo en los años venideros—; el posicionamiento de China en sus economías (junto con el acaparamiento de esos recursos), el impacto que los conflictos en ambas regiones (Norte de África y Oriente Medio) tienen en el desarrollo de la Unión Europea, y, la correlación de fuerzas que cada actor sostiene en el establecimiento de un determinado equilibrio de poder contencioso de los principales enemigos de Estados Unidos en la zona.
Sobre este último aspecto, por ejemplo, es un dato revelador la poca cobertura que se le ha brindado a las acciones de la administración Trump en la región. Es decir, es evidente que durante algún tiempo los reflectores fueron acaparados por la estrategia de su presidencia concerniente a Afganistán y Asia del Sur. Sin embargo, más allá de eso, la atención ha sido mínima. Sobre dicha estrategia, presentada en agosto de 2017, algunos aspectos por subrayar son:
a)  El hecho de que se tenga un número mayor de tropas estadounidenses, del que se reconocía públicamente con Barack Obama, desplegadas en suelo afgano; incluyendo una desproporcionada cantidad de contratistas militares (23,525, sólo en Afganistán; 4,485, sólo en Irak; 14, 412, en otras operaciones militares a cargo del Comando Central) activos en la región. Ello, sumado a un mayor envío de tropas en dos tandas.
b)  El supuesto cambio de enfoque respecto de la permanencia de las tropas estadounidenses en el país, en donde dejaría de responderse a plazos determinados para terminar la ocupación y priorizar, por lo contrario, el destacamento de tropas con base en las condiciones materiales en el campo de batalla, reales, del desarrollo del conflicto —o lo que es lo mismo pero en lenguaje menos políticamente correcto: el fortalecimiento de la ocupación militar sin la necesidad de anteponer un plazo que se deba cumplir para la salida de las tropas.
c)  El reconocimiento de una mayor penetración de los capitales estadounidenses, so pretexto de reconstruir lo que la guerra destruyó.
d)  La integración de Pakistán (aliado estratégico de China en su confrontación con la India) en la ecuación.
e)  El fortalecimiento de la dependencia india respecto del armamento al que es capaz de acceder, conteniendo, así, el que sus adquisiciones militares les sean provistas por Rusia (mercado desde el cual, de hecho, proviene su principal sistema de defensa aérea).
uera de estos cinco puntos, que en alguna medida refuerzan lo que ya se venía haciendo desde los primeros años de gobierno de Barack Obama, en lo concerniente a esta zona de la región pocas son las directrices que representen algún cambio mayúsculo y que supongan la necesidad de un análisis aparte, con otro enfoque.
En donde sí hay aspectos notables que destacar porque representan algún grado de novedad o cambio respecto de lo que fue la línea dura de Obama durante su mandato, no obstante, es en la política de contención de Irán. No sólo está la cuestión de retirarse del Plan de Acción Integral Conjunto con el país persa, algo que se veía venir desde el comienzo de su campaña presidencial debido al grupo de asesores del que se rodeó para tratar la materia. Sino, más bien, el empuje de la administración actual por militarizar a la Organización para la Cooperación Islámica (OCI), la Liga de Estados Árabes (LEA) y la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP) por medio de la Alianza Militar Islámica para el Combate al Terrorismo (AMICT).
Dicha alianza, que en realidad data de la administración Obama, fundándose en 2015 bajo el liderazgo de Estados Unidos y Arabia Saudí, cuenta con cuarenta y un miembros del total de cincuenta y siete que pertenecen a la OCI: diecinueve de ellos son miembros de la LEA y seis pertenecen a la región de Asía. Irán, Irak y Siria, por supuesto, no forman parte de la misma.
Un dato representativo de la magnitud de la alianza es que el gasto militar que ejercen en conjunto es de alrededor de 222 mil millones de dólares, cerca de veinte mil millones de dólares más que el gasto militar de los países miembros de la Unión Europea (sin el Reino Unido); y gran parte del cual se destina a la adquisición de los principales avances tecnológicos desarrollados por Occidente en materia armamentística. Y la cuestión aquí es que aunque en el discurso oficial la alianza fue construida para hacer frente a la profusión de violencia por parte de grupos terroristas y guerrillas locales de carácter sectario (muchas de las cuales son financiadas y armadas por Occidente para balcanizar a la región, y otras tantas formadas, entrenadas y apoyadas por los propios miembros de la alianza para contrarrestar la influencia de otros miembros de la misma), lo cierto es que su naturaleza ha ido avanzando cada vez más hacia la adopción de un modelo bastante parecido al de la Organización del Tratado del Atlántico Norte.

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