Nacionales Politica

In Memoriam de Lipe Collado (9)

Written by Debate Plural

La mala vecina: la muerte

 

Lipe Collado (26-6-13)

 

Nos hacemos los desentendidos, pero es una verdad inocultable: la muerte está demasiado cerca de la vida. La bordea mientras danza contra ella. Tal vez sea una refracción predictiva a un sobreviviente entre millones de espermatozoides eliminados.

Ya lo dijo el poeta René del Risco Bermúdez años atrás: “Así tan fácilmente se muere la gente”. Y así tan fácilmente murió ese poeta el 20 de diciembre  de 1972, a los 35 años de edad, al chocar su automóvil en el malecón de Santo Domingo.

Franklin Franco Pichardo murió fácilmente, de súbito, abatido por el formidable rayo del destino el sábado 15 temprano. “Mi amigo”, solía decirme, y, en verdad,  éramos  amigos. Durante años fue mi mentor intelectual y por eso presentador de mi libro “Radio Caribe en La Era de Trujillo” y prologuista de la segunda edición, que verá la luz a final de este año;  y se había comprometido a presentar mi próximo libro sobre la vida del comandante Manuel Ramón Montes Arache.

Ese día nos veríamos, como otros días de la semana, en la librería La  Trinitaria, a eso de las 5 de la tarde. “Tengo que consultarte algo, no deje  de ir mañana”, me dijo el viernes. “Como usted ordene, Comandante académico”, le dije.

Nuestra casa era una especie de comité barrial del movimiento revolucionario 14 de junio y del PRD a la vez. Sus puertas siempre estaban abiertas para “Raymundo y todo el mundo” de la política “revolucionaria”

Desde años atrás, cada día, desde las 5 de la tarde, asistíamos a una tertulia de escritores profesionales y aficionados y de no escritores, pero gente ducha en lo suyo: medicina, siquiatría, cocina, libros, matemáticas; un grupo de entiéndelotodo, capaces de resolver los problemas del país y de toda la humanidad en menos de una hora.

Allí le bebíamos el Café a “Virtudes” (Uribe), con el adhesivo sabor a gratis, a veces hablábamos todos a la vez (dominicanos de pura cepa), pero  sabíamos callar y escuchar cuando alguien imponía la autoridad de su saber, e intercambiábamos información sobre las novedades del mundillo intelectual, y poco después de las 6, Virtudes, con la cortesía que la  caracteriza  en esos casos, comenzaba a recoger cosas y a cerrar puertas sin demandar que nos fuéramos, y de repente alguien decía:

-Como que nos están botando, vámonos .

Franklin  y yo  salíamos hacia El Conde y lo caminábamos de cabo a rabo  mientras conversábamos o de nuestros proyectos o de política o de asuntos históricos, y de vez en vez teníamos que pagar “el impuesto invisible” a uno que otro que se nos acercaba y que nos graduaba de “ingeniero” o de “doctor” o de “comando” –con su respectivo saludo militar -y después nos pedía “algo”.

El final de la caminata era La Cafetera. Allí él volvía a beber café, a encender un cigarrillo y a solicitar “otro café para llevar”. Y después…

-Mi amigo, nos vemos mañana.

Ahora  que ha muerto este grande investigador sociopolítico, historiador y prolífico escritor rememoro que lo conocí el 25 de septiembre de 1963 en circunstancias difíciles y que fue un reflejo de los avatares de su vida: 5 años de exilio político,  entrenamiento militar en Cuba para venir en una expedición armada, persecuciones en los 12 años del “Padre de la Demoniocracia”, Joaquín Balaguer, y etcéteras.

Desde la tarde del jueves 23 de septiembre de ese año mi papá y yo vacacionábamos en la playa de Palenque. A eso de las 6 de la mañana del sábado 25 de septiembre fuimos despertados por los anfitriones para informarnos que “acaban de tumbar al Presidente Bosch”. Después de mal desayunar a la carrera, salimos a pie a procurar algún transporte público. Mi papá se detuvo en un Colmado en procura de un hermano del dueño “que viaja a la capital”, según nos informaran, y allí pudimos escuchar el comunicado militar que anunciaba el Golpe de Estado.

Poco después entramos a la capital de pura suerte. En dos retenes policiales y militares nos habían registrados “hasta el alma”, y habían  buscados nuestros nombres en una lista escrita “a maquinilla”, y el chofer, sabedor ya, por nuestros comentarios críticos, de que éramos “cabezas calientes” contrarios “al  Golpe”, nos había dicho que si alcanzaba a ver a  la distancia otro retén se devolvería.

La cosa fue que llegamos a la capital. Mi papá me dijo al oído:

-La policía debe estar en la casa, vamos a darle la vuelta a  la manzana.

Nuestra casa era una especie de comité barrial del movimiento revolucionario 14 de junio y del PRD a la vez. Sus puertas siempre estaban abiertas para “Raymundo y todo el mundo” de la política “revolucionaria”.

Y al llegar a la  calle Delmonte y Tejada instruyó  al chofer para  que pasara frente a la casa, doblara por la Abreu, luego por la Peña y Reynoso y la Eugenio Perdomo para recalar de nuevo en la Delmonte y Tejada. Nos detuvimos  en el Colmado Paramount, de Amado Pared, y allá supimos que la policía no había allanado ninguna casa en el barrio, y entonces fuimos a la No.80  de la Delmonte y Tejada, donde vivíamos desde 1955.

Mi papá se sorprendió al encontrar allí a Franklin Franco Pichardo, “un reconocido comunista”, y a Luis Parrish1, catorcista, amistado con mi hermana catorcista Libertad Collado, quien nos explicó que ambos se habían refugiado allí desde hacía una hora o más y se irían al mediodía. Siempre he tenido a flor de memoria las palabras de mi papá:

-¿Y es que ustedes están locos? ¡Váyanse! La policía no tarda en venir.

Mi hermana convenció a un espantado catorcista del barrio para que los transportara en su vehículo, y a eso de las 8 y 30 de la mañana salieron hacia otro escondite. Franklin Franco Pichardo era de los que “estaba en la lista”, y si lo atrapaban no iban a darle consejos…

Y a eso de las 9 llegó la policía a la casa, y a papá, mamá, dos hermanas, Belkys y Libertad, y a mí nos llevaron ante el temido jefe policial Belisario Peguero.  Nos llenó de improperios que fueron respondidos con vigor por Libertad… Pero esa es otra historia digna de contarse otro día.

¡Paz a los restos del amigo Franklin  Franco Pichardo! Amén.

 

 

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