Nacionales Politica

Españolas en el Exilio

Written by Debate Plural

Jose del Castillo (D. Libre, 19-12-15)

En la obra Nuevas raíces. Testimonios de mujeres españolas en el exilio, editada en 1993 por Joaquín Mortiz en México con portada y viñetas de Vela Zanetti, se recogen episodios biográficos de exiliadas republicanas que cruzaron el Atlántico a partir de 1939 en busca de nuevos horizontes en las hospitalarias tierras americanas. No sólo se trataba de una emigración masiva motivada por el saldo desfavorable de la Guerra Civil española. También los vientos ominosos del fascismo hacían estragos en el centro de Europa atizando la persecución a los judíos, a liberales, socialistas y comunistas. Y América se perfilaba como continente de refugio seguro. El fantasma de una nueva conflagración bélica global que asolaría Europa, se irradiaría hacia el Norte de África y abarcaría el Pacífico, asomaba ya sus fauces feroces.

“La guerra civil ha terminado” es uno de los testimonios que forman ese libro de memorias contra el olvido y lo aporta la valenciana Amparo Segarra (1915-2007), quien arribó a Puerto Plata junto a otros refugiados, entre españoles y judíos, acompañada de su esposo Miguel Anglada Romeu, oficial de estado mayor del Ejército, quien devendría profesor de matemáticas en la Facultad de Ciencias de la UASD. De esmerada formación en Paris, la Segarra casaría de nuevo en Ciudad Trujillo con el pintor surrealista Eugenio Fernández Granell (1912-2001) procreando a Natalia, acompañándolo luego a Guatemala, Puerto Rico, EEUU y de retorno a España en 1985. Artista plástica y actriz, su texto narra las peripecias durante la guerra en Barcelona y Huesca, cargada de un recién nacido, mientras el marido batalla en el frente.

A seis meses de la entrada de los franquistas –“durante dos días fue Barcelona un constante desfile de tropas fascistas que llegaban por todas partes: centenares de tanquetas italianas, tropas alemanas, moras y las fuerzas españolas”-, tras pasar las de Caín en la España nacional, logra cruzar a Francia. “Mi marido, en esa época, era un militar profesional, destinado en Barbastro. Fue leal a la República y luchó durante los tres años en diferentes frentes del lado republicano. En ese año, 1939, él ya me había llamado por teléfono para decirme que estaba camino de Francia con sus tropas.”

Al llegar a un campo de concentración francés, quedó “horrorizada de ver a tantas mujeres y niños detrás de aquella alambrada, agarradas a ella y mirándonos con un aspecto a no poder más angustioso”. De regreso a las oficinas del Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE) le mandaron “a Vernet les Bains, en los Pirineos Orientales, donde el Gobierno Republicano tenía alquilados tres grandes y hermosos hoteles llenos de españoles refugiados, la mayoría mutilados de guerra, ex combatientes y militares profesionales. Me dio el SERE el billete para el autobús y allí me fui con el niño. A las primeras personas que vi al bajar del autobús fue a Alfredo Matilla y a Jesús Galíndez, que más tarde estuvieron también en Santo Domingo.”

Alojada en una confortable habitación, se encargó de atender a un muchacho, ciego de guerra. “Los hoteles estaban administrados por otros refugiados y los cocineros se turnaban en la cocina. Para la limpieza del hotel, las mujeres teníamos asignadas partes del mismo: pasillos, escaleras y servicios comunes, que también variaban de un día a otro para no hacer siempre la misma zona, alternando lo más pesado con lo menos.” Allí encontró amigos militares como Vicente Alonso, oficial del ejército, y Luisa su mujer -“Me preguntaron por mi marido. Les dije que estaba en un campo de concentración”. Otros, “D. Aurelio Matilla con su mujer y sus dos hijos: Aurelio, coronel de estado mayor y Alfredo, abogado, también con su mujer, con un niño de la misma edad del mío. Tanto a Vicente Alonso y Luisa como a la familia de Matilla, los volvimos a ver tiempo más tarde en la República Dominicana, donde murió D. Aurelio. A su funeral asistió toda la colonia de refugiados españoles, numeroso público, y muchas autoridades de la vida cultural y social de la isla.”

Reunida en Vernet les Bains con su marido Anglada, estuvieron “haciendo una vida más o menos normal, hasta que los alemanes declararon la guerra, y se inició una verdadera actitud agresiva contra nosotros por parte de algunos franceses del pueblo. Yo tenía que ir a lavar la ropa al lavadero público. Otras refugiadas también lo hacían. Las francesas, que se encontraban lavando, no cesaban de hablar haciendo siempre comentarios ofensivos y humillantes a costa nuestra. Uno de los comentarios más frecuentes era que les estábamos quitando su pan. Siempre nos designaban con la palabra cochons. Nunca me di por enterada, ni tampoco las demás españolas. Nos limitábamos a lavar la ropa sin comentar nada, para poder marcharnos lo antes posible. También en las tiendas, cuando íbamos a comprar, notábamos la misma agresividad.”

“Recuerdo que un oficial, ya mayor, murió de un ataque al corazón. Su viuda fue a decirle al cura del pueblo que su marido necesitaba la extremaunción, pero se negó a administrársela porque era un rojo, que es lo mismo que hacían los curas en España. Con el inicio de la guerra en Francia, y en vista de nuestra desagradable situación, aumentada por el conflicto bélico europeo, empezamos a pensar en irnos a América. Dejamos la colonia de Vernet les Bains y nos fuimos a París. Mi marido hizo todas las gestiones para poder embarcar hacia nuestro destierro, que duró más de cuarenta años.”

“Conseguimos pasaje en el barco De Lasalle, de la compañía trasatlántica francesa. Fue el penúltimo barco que salió de Francia cargado de refugiados. Éramos 800 españoles y 800 judíos centroeuropeos. Fuimos en tren hasta Burdeos. Allí nos esperaba el barco. Íbamos en la bodega que habían llenado de literas. Pensé usar la de arriba, y la de abajo para el niño. En ella había dejado mi abrigo y mis guantes para indicar que ya estaban ocupadas. Subí a cubierta y al volver me habían desaparecido ambas prendas. Tampoco las iba a necesitar en el trópico.”

“Salimos del puerto francés, con escolta hasta Casablanca, debido a los submarinos alemanes. En Casablanca estuvo el barco atracado dos días porque el mar había sido minado. En Guatemala nos enteramos, años más tarde, por el embajador republicano D. Salvador Echevarría, muy bella persona, de que nuestro barco, cuyo destino era Chile, tuvo que cambiar de rumbo porque las autoridades chilenas se negaron a recibir más refugiados por el momento. También ésa fue una razón para que hubiésemos estado esos dos días en Casablanca. Por fin salimos, ya sin escolta, rumbo a la República Dominicana, pues el dictador Trujillo había aceptado recibirnos, bajo previo pago de no sé cuántos dólares por cada refugiado. Me imagino que a los refugiados judíos les ocurrió lo mismo.”

“Tardamos un mes en llegar a Santo Domingo. El barco se desviaba de un lado para otro, esquivando los submarinos alemanes. Hubo momentos en que creímos que nos regresaban a Francia. Si algún submarino hubiese torpedeado el barco, lo más seguro es que la mayoría de los pasajeros hubiese perecido. No siendo suficientes los botes salvavidas para la cantidad de pasajeros que llevaba la embarcación, en ese viaje lo habían provisto de unas balsas, pero los niños les habían quitado los tapones redondos, que iban enroscados, para entretenerse jugando con ellos. El barco fue hundido a su regreso a Francia.”

“Un buen día llegamos a St. Thomas y el barco atracó allí un par de días. Nos entretuvimos todo el santo día mirando por la borda a los jóvenes negros que desde sus canoas se tiraban a bucear cuando se les lanzaban monedas. Al día siguiente, seguimos hacia Santo Domingo. Llegamos a la ciudad dominicana de Puerto Plata. Nos estaba esperando una multitud de gente y muchas señoras que al desembarcar nos daban ropa y comida. Allí mismo, en Puerto Plata, nos llevaron a todos los españoles a unos grandes galpones y pasamos allí, las mujeres y los niños, nuestra primera noche. “

“A la mañana siguiente a 400 de nosotros nos destinaron a Dajabón, un pueblo casi vacío fronterizo con Haití. A los otros 400 los llevaron a San Francisco de Macoris y formaron otra colonia. Se suponía que éramos campesinos y que íbamos a trabajar la tierra. Los pocos que lo intentaron no sacaron nada. Al parecer, el clima tropical no se ajustaba a los cálculos de los pocos supuestos agricultores. A los dos o tres meses dejamos Dajabón con siete pesos que pedimos a un amigo para el pasaje del autobús y nos fuimos a la capital.”

“La aventura de mi vida en Ciudad Trujillo, como se llamaba entonces la capital de la República Dominicana, es muy variada y llena de vivencias inolvidables. Allí me divorcié y volví a casarme. En 1941 nació nuestra hija Natalia. A pesar de todas las estrecheces guardo muy buen recuerdo de ese país y les tengo cariño a sus gentes, que son muy generosas y buenas.”

En 1995 la pareja Granell-Segarra creó la Fundación Eugenio Granell que actualmente opera un Museo en Santiago de Compostela. Destinado a perpetuar la obra de este gran artista surrealista surgido en el Caribe durante su exilio, cuando arrancó su quehacer pictórico en nuestra tierra, donde conoció y amistó al gurú de ese movimiento, el célebre poeta francés André Breton -entonces acogido por los entusiastas poetas sorprendidos, a la cabeza el entrañable Franklin Mieses Burgos. Complementada la obra plástica de Granell con los collages de su amada Amparo y la formidable biblioteca de quien fuera también músico sinfónico, sociólogo destacado y lúcido docente.

Dos de la España Peregrina que nos rozó con su ingenio y espíritu libertario.

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