Nacionales Sociedad

El humanismo guerrillero de Caamaño

Francisco Alberto Caamaño
Written by Debate Plural

Manuel Matos Moquete (D. Libre, 14-12-12)

Se pudiera entender que a un gran hombre no se le conozcan sentimientos comunes; que las pequeñas cosas estén fuera de su condición, atendiendo solo a los altos y nobles ideales y a la grandes tareas. No sería propio de un héroe interesarse por las pequeñas cosas de los demás. Las cosas humanas estarían fuera de sus asuntos. Se tratarían a distancia.

Sin embargo, para Francisco Alberto Caamaño, un gran hombre y un héroe, los hombres y las cosas de los hombres fueron su principal preocupación. No se hable del pueblo, a cuya defensa él consagró su vida desde la guerra de abril de 1965 hasta su muerte en Nizaíto, sino de los hombres bajo su mando y responsabilidad en la guerrilla de Ocoa y antes.

Los testimonios acerca de la hora final de la vida de ese héroe revelan que su preocupación por la suerte de los hombres era tan constante y decisiva que hasta descuidó su labor de conductor de la guerrilla y le costó su propia vida.

Hamlet Hermann refiere, en su obra El Fiero, el interés de Caamaño de salvar a sus compañeros en los momentos más dramáticos de la guerrilla: «caímos en una emboscada y Juan está herido. Freddy, ve a rescatarlo, dijo Caamaño.»; «Freddy, vete para arriba y reúnete con la gente.»; «Cuando la tropa enemiga llegó hasta él, reclamó al oficial del Pelotón de reconocimiento del Batallón de Cazadores que comandaba las fuerzas atacantes que atendiera a Eugenio y a Armando que estaban heridos. Agregó diciéndoles que Eugenio era el mejor hombre de la guerrilla que todavía podía dar buenos servicios a la patria.»

Esos fragmentos subrayan la gran sensibilidad humana de Caamaño. Fue más sensible al cuidado de sus hombres que al cuidado de la guerra.

Pero además, son indicios de su visión acerca del ejército revolucionario. Él ponía en primer plano al combatiente, que en situación de peligro en la guerra, nunca debía ser abandonado en combate, y en situaciones menos urgentes merecía la mayor atención, los mejores cuidados.

En general, todos aquellos que Caamaño conoció y enroló en sus planes en Cuba durante cinco años, llenaban su iluminado pensamiento y sus vivos recuerdos, como hurgando en el elemento humano la clave de la derrota y de la situación a en que se encontraba, antes de que lo asesinaran y le dieran el tiro de gracia en Ocoa.

Si a algo se dedicó Caamaño en los años anteriores a este momento fatal, más que a las armas, que fue su profesión. Si algo le ocupó y le trastornó la existencia desde que llegó a Cuba fue el tratar con personas buscando que se le acercaran y que fueran suyas, pero para la lucha que se proponía librar para liberar al pueblo. Eso, como ha de suponerse, no fue fácil, desde el comienzo hasta el último tramo de la guerrilla en Ocoa.

Luego de tantos esfuerzos, en gran medida en vano, de un total de algo más de treinta guerrilleros que reunió en Cuba y un número indeterminado de «palmeros» que reunió Amaury en Santo Domingo, solo pudo conseguir que le acompañaran, ocho de sus hombres en Cuba. Ninguno de los de Amaury le acompañó.

La suerte de cada uno de esos hombres merece una página aparte, que aquí no escribiremos. Uno y su principal apoyo yacía herido a su lado, Eugenio, otro, Felipe, se extravió o desertó, todavía no se sabe, en el mismo momento y lugar del desembarco. Mientras que otros fueron aniquilados o murieron de inanición, Armando, Braulio, Juan, Ismael. Dos de ellos, Freddy y Sergio, pudieron escapar del cerco enemigo y son hoy los únicos sobrevivientes de esa gesta.

En el plano militar las cosas no resultaron como Caamaño las había planeado desde 1967, cuando quiso que sus hombres fueran no simples guerrilleros sino cuadros ejemplares de una indestructible organización político-militar, pero su heroísmo y el de los combatientes en las montañas de Ocoa son legados que debemos honrar, pues son la manifestación de un humanismo guerrillero jamás visto antes.

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