Economia Nacionales

Para modernizar nuestra administración pública

Written by Debate Plural

Siempre existe un modo más fácil y eficiente de hacer un trabajo. La mejor manera de organizar la vida la inventan personas amantes del ocio.

Todo se administra, desde una iglesia y un hogar, hasta los grandes ejércitos.

El éxito empresarial depende en gran medida de la buena administración. Y para administrar bien hay que saber elegir las personas que van a realizar la tarea. Al fin y al cabo, lo que se administra son las personas, no las cosas.

En tiempos inmemoriales, los grandes conquistadores buscaban organizadores natos, talentos administrativos, con el fin de que se ocuparan de establecer trámites expeditos en el flujo de armas y en el suministro de vituallas. Era la logística. Y era también el nacimiento de la rutina o administración empírica.

Quienes primero consideraron a la administración como ciencia fueron Henry Fayol y Federico W. Taylor. Entonces se hablaba de la administración científica.

En las últimas tres décadas es acuñado el término administración para el desarrollo. Ahí estamos: modernizar y reformar la Administración Pública significa desarrollar el país.

La clave es racionalizar. Tecnificar. Ahorrar tiempo y espacio. Con eficacia y eficiencia se aumenta el rendimiento y viene la calidad. Un empleado eficiente, con los instrumentos necesarios, realiza la labor de dos o más. Así se obtienen grandes economías salariales, achicando la Administración Pública. Surge la pregunta, ¿se desea achicar al Estado o agrandarlo? Hasta ahora todos los gobiernos, incluyendo el actual, han agrandado el Estado. Los compromisos políticos presionan demasiado, exigiendo empleos.

Es dudosa la idea, por ejemplo, de que el Banco Central o la Junta Central Electoral acepten una intervención extraña para alterar su estructura institucional.

La Constitución de la República, en precepto cardinal, establece categóricamente que “El Presidente de la República es el jefe de la Administración Pública…” Nadie regatea que en esa calidad, el Primer Magistrado de la Nación puede disponer reorganizaciones y modificaciones a la administración de la cual es jefe por expreso mandato de la Carta Fundamental. Pero, en la jerga del aparato estatal, las palabras “administración pública” se interpreta stricto senso, es decir circunscrita al Gobierno Central.

La primera modificación que se precisa en la administración pública es de carácter educativo y cultural. Al empleado público hay que desprenderle la creencia de que su posición lo hace superior al ciudadano común y corriente.

La cultura burocrática, resumida en la frase “yo soy gobierno”, tiene que ser sustituida por una relación de servicio público en la que predominen la cortesía y la amabilidad. Son necesarios cursos de relaciones humanas para que el personal oficial esté a tono con los métodos democráticos.

Un defecto común en la administración subdesarrollada es el desprecio al tiempo y a la distancia del contribuyente. No es raro que una persona que se traslada a Santo Domingo desde Montecristi, Higüey o Barahona, se le diga, después de hacerla esperar unas horas, “venga mañana”, en vez de atenderla de inmediato y resolverle con buena voluntad, la necesidad que le ha traído de tan lejos.

El individuo que sigue la carrera administrativa, en el servicio civil, sabe que ha hecho un voto de pobreza. Nadie está llamado a enriquecerse en un cargo público.

Se impone emprender una campaña de relaciones públicas para vencer la resistencia al cambio que proviene de la burocracia tradicional.

Al hablar del ámbito de control, hay que remontarse al régimen monárquico de Luis XIV en Francia al que pertenecía como ministro, el astuto político Juan Bautista Colbert, creador de la moderna burocracia. Colbert trazó la estrategia de contrarrestar el poder y la influencia de la nobleza y la clerecía aumentando la cantidad de puestos públicos que ocupaban los miembros del tercer Estado. Con pocas funciones, el clero y los nobles tenían menos contacto con el rey, y este despachaba sólo con cuatro o cinco ministros, uno de los cuales era el inefable Colbert.

Un ámbito de control excelente, prototipo de sabiduría, se inició con nuestro Señor Jesucristo y sus doce apóstoles. Las predicas y las instrucciones eran impartidas por el Maestro a cada uno de sus discípulos, individual y colectivamente.

De ese ejemplo se deduce que el gabinete ideal es el que está formado por doce ministros o secretarios de Estado. Si son más se arriesga el control y si es menos pueden quedar fuera importantes asuntos de Estado.

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