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Tres momentos con Fidel

Written by Debate Plural

Jose del Castillo (D. Libre, 3-12-16)

Mi primer encuentro con Fidel fue una tarde en 1976, en el lobby del Hotel Habana Libre, en ocasión de la visita de Estado a Cuba del primer ministro canadiense Pierre Elliott Trudeau. Me hallaba conversando con el historiador Salvador Morales tras regresar de Casa de las Américas y del Instituto de Historia del Movimiento Obrero y Socialista, cuando de repente se produjo un despliegue de seguridad en el salón. Abriéndose paso entró el imponente Comandante con su proverbial traje verde olivo junto a un sonriente Trudeau. Hizo un saludo colectivo y se dirigió raudo al Bar Las Cañitas, una construcción cilíndrica en bambú sita a un costado del lobby. Nadie osó molestar a los estadistas.

Corría febrero de 1976 y una delegación de la UASD encabezada por el rector Hugo Tolentino, acompañado de su esposa Ligia Bonetti, se encontraba en Cuba invitada por la Universidad de La Habana, reciprocando una reciente visita a Santo Domingo del rector de esa academia. Los demás integrantes eran Abelardo Vicioso, Manuel Salvador Gautier y Rafael Martínez Richiez, decanos de las facultades de Humanidades, Ingeniería y Arquitectura, y Agronomía, así como Máximo Avilés Blonda, relacionador público, Bosco Guerrero, director de Bienestar Estudiantil, José del Castillo, director de Investigaciones Científicas, y Freddy Barnitcha, delegado estudiantil ante el Consejo Universitario.

Alojados en el Habana Libre, con una vista espléndida sobre la bahía desde La Rampa de El Vedado, nuestros anfitriones prepararon un programa muy completo. Recorridos por las instalaciones de la U. de La Habana, la Ciudad Universitaria José Antonio Echavarría que concentra las ingenierías y arquitectura, el Centro Nacional de Investigaciones Científicas –una formidable ciudadela de las ciencias–, la Escuela Lenin para superdotados. Los museos de la Ciudad y de la Revolución, el Cementerio Colón, el Valle Picadura y su Plan Especial Genético de ganadería dirigido por Ramón “Mongo” Castro, hermano mayor de Fidel. La Estación Experimental de la ULH, los proyectos citrícolas de la provincia de Matanzas, una Secundaria Básica Rural, un “Pueblo Nuevo”, Playa Girón.

Hubo viaje a Santiago de Cuba, con recorrido por su Museo de la Sierra, el hermoso Cementerio Santa Ifigenia donde reposan los restos de Martí, noche bohemia en La Vieja Trova –hogar del son– y un encuentro nostálgico con Ursinio Rojas, responsable de la provincia de Oriente y viejo dirigente sindical que vino al país en 1946 como representante de la CTC para organizar el célebre Congreso Obrero del Teatro Julia, en el que destacó Mauricio Báez.

Como debía ser, disfrutamos de la buena gastronomía en el Restaurante 1830 en el Malecón, en Las Ruinas del Parque Lenin, La Bodeguita del Medio, el Sierra Maestra del Habana Libre. De la belleza espléndida de las mulatas soberbias del Cabaret Tropicana y de los manjares de la Heladería Coppelia. Soledad Álvarez y Félix Calvo, estudiantes en ULH, nos auxiliaron. Hamlet Hermann y Delio Gómez Ochoa nos acompañaron una noche hasta la madrugada, relatando éste la experiencia de junio del 59. Y el ministro de Educación Superior, general José “Gallego” Fernández, hizo lo propio, contándonos lo de Girón.

La visita fue coronada con un convenio de colaboración entre la UASD y la Universidad de La Habana, rubricado por sus rectores en el palacete del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP). Motivo de rayos y centellas del presidente Balaguer durante su comparecencia ante la Asamblea Nacional el 27 de febrero. Y de la incautación de nuestros pasaportes por casi dos años al regresar a Las Américas.

Dos décadas después, en agosto de 1998, se celebró en Santo Domingo la Cumbre Extraordinaria del Foro de Estados ACP del Caribe (Cariforum), que reunió a jefes de Estado de la región para discutir las relaciones con la Unión Europea, el ALCA y la OMC. Por vez primera arribó Fidel Castro al país, objetivo ambicionado desde que se enroló en el proyecto abortado de Cayo Confites en 1947 y participara en la Universidad en el Comité Pro Democracia Dominicana. Pasando por el auspicio de las expediciones de junio del 59. Pronunció discursos en el Foro, en la UASD, visitó Baní –cuna de Máximo Gómez–, a su viejo amigo Bosch, a Balaguer. Leonel lo condecoró en el Palacio.

Su segunda visita se produjo en abril de 1999 con motivo de la II Cumbre de la Asociación de Estados del Caribe. Un evento que sesionó el 16 y 17 en el Auditorio del Banco Central y en la Torre de la institución, con la presencia de un nutrido grupo de jefes de Estado, entre ellos Hugo Chávez, Ernesto Zedillo, Raúl Preval. En esa ocasión me correspondió coordinar –por deferencia del gobernador Héctor Valdez, de quien era asesor– el eficiente equipo de trabajo del BC que laboró en los preparativos para servir como sede de dicho evento, en línea con el rol rector de la Cancillería.

Un mes antes se presentó un equipo de protocolo y seguridad cubano encabezado por Ángel Reigosa para repasar el programa y toda la logística del evento, determinando rutas alternas a ser utilizadas eventualmente por el Comandante. Todo muy profesional. Inspeccionaron las áreas de trabajo en el edificio del Auditorio, la explanada frontal para la fotografía oficial, las vías de acceso a la Torre, los ascensores y el piso 11, en cuyo salón ejecutivo –con un impresionante mural de fondo del maestro Oviedo y vista panorámica de la ciudad– se realizaría un almuerzo de gala ofrecido por el presidente Fernández a los jefes de Estado.

Aprovechando la perspectiva privilegiada de la ciudad que brinda el piso 11, rodeado por un balcón o peristilo que la domina, sugerimos un paseo de los estadistas que lo desearan, tras levantarse el almuerzo. De todos los presentes, sólo Fidel –quien ya se encontraba con Leonel departiendo en el balcón y me fue presentado por éste con su característica cortesía–compró el boleto. Mientras los demás abandonaban el piso, iniciamos el tour en la grata compañía de Euclides Gutiérrez, su edecán y amigo tricontinental, seguidos por su seguridad.

Ubicados en el costado Sur, con el mar Caribe y un Gascue arborizado de frente, iniciamos el recorrido por el Este, mirando hacia el Palacio Nacional, la Zona Colonial con sus vetustas estructuras eclesiásticas y militares, avizorando lejano el aeropuerto Las Américas. Nos detuvimos ante el núcleo burocrático singularizado por el Huacal. Enfocamos hacia el Polígono Central con sus torres compitiendo en diseños y altura. Fidel estaba deslumbrado. Nos decía que no se imaginaba Santo Domingo tan arborizado y moderno. Al llegar al ángulo suroeste, le dije que debíamos hacer una escala técnica. Le señalé hacia abajo, observándole: “ahí están sus amigos, la embajada americana”. Sonrió de buena gana. Remaché: “ahora, sólo ahora, estamos en ventaja, desde esta posición”.

Al ingresar al edificio, un grupo de secretarias esperaba conocer al Comandante. Las presenté y Fidel lanzó piropos sobre la belleza de la mujer dominicana. Entró una llamada de Raúl: “Raúl, para la fumigación que todavía no he hablado con Chávez”. Y así cerramos la jornada.

En la noche, Leonel ofrecía una recepción en Palacio. Mi amigo Arnáiz, con su traje de obispo, trataba de acercarse a Fidel. Un mar de gente se lo impedía. Desesperado, optó por gritar: “Fidel, aquí Arnáiz, de Belén”. El Comandante no caía. El prelado insistió: “Arnáiz, a quien expulsasteis de Cuba”. Y vino la riposta: “Oye chico, te hice un favor, en Cuba nunca ibas a llegar a obispo”. l

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