Cultura Nacionales

Impronta plástica de los refugiados

Written by Debate Plural

Jose del Castillo (D. Libre, 21-11-15)

La impronta de los refugiados españoles del 39/40 en el campo de las artes plásticas fue de extraordinaria significación. No sólo se trató de la labor pedagógica realizada en la Escuela Nacional de Bellas Artes, inaugurada en 1942 y dirigida por el escultor bilbaíno Manolo Pascual hasta 1951, en cuyo profesorado figuraron el pintor catalán Josep Gausachs y el burgalés José Vela Zanetti, forjadores de un discipulado de artistas innovadores. O de la estupenda obra de Vela multiplicada en paredes públicas o en lienzos de gran formato, cuya narrativa traza episodios claves de nuestra historia y rasgos señeros de las tradiciones en el campo del trabajo, la música y el baile. O el contacto refrescante con las vanguardias, ya el surrealismo representado por el gallego Fernández Granell. Fue también el deslumbramiento provocado por la luz tropical, la vegetación exuberante, la belleza redonda de la negra y la mulata, el talle musculoso del moreno, la sensualidad canela de la carne. La candidez de “negritos” jugando en las esquinas.

De Vela Zanetti -quien captó con expresividad volumétrica, al mejor estilo del realismo socialista entonces en boga, los rasgos multiétnicos de la dominicanidad- refiere María Ugarte que fue quien introdujo el muralismo en el país. “No era conocido para entonces, pero tenía que comer y empezó a hacer murales. Los ingenieros de aquí estaban encantados cuando pudieron ver que quedaba todo mucho más bonito con los muros pintados. Porque Trujillo fomentó mucho la arquitectura de grandes edificios. Vela decía que había pintado ochenta y tantos murales por no sé cuántos kilómetros cuadrados.” Residiendo en Ciudad Trujillo y fichado como dominicano, Vela Zanetti obtuvo una beca Gugenheim que le franqueó el acceso a un concurso que ganó para la realización de un mural emblemático en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, alusivo a la lucha de la humanidad por conquistar la paz.

Otro artista plástico de notable presencia que integró la camada republicana que arribó a nuestra tierra fue el surrealista gallego Eugenio Fernández Granell, oriundo de La Coruña. De un perfil multifacético, el dinámico Granell se movió como pez en el agua en el medio dominicano que lo acogió con entusiasmo, como me lo reiterara su amigo el poeta Franklin Mieses Burgos. Egresado de la Escuela Superior de Música de Madrid, engrosó como violinista la matrícula de la Orquesta Sinfónica Nacional organizada en 1941 y dirigida por el compositor madrileño Enrique Casal Chapí. Quien permaneció hasta mediados de los 40 en el país, donde compuso Cinco canciones de Lope de Vega para soprano y orquesta, Suite para una ceremonia solemne ejecutada en la Catedral en 1943 y la música para El ricachón en la Corte de Moliere, representada en la Universidad de Puerto Rico. Casal Chapí se trasladó a Uruguay y Argentina, continuando allí su labor autoral, de dirección y docente.

Fernández Granell militó en España en el Partido Obrero Unido Marxista (POUM), de orientación trotskista, dirigiendo su periódico El Combatiente Rojo e integrándose a las milicias en la defensa de Madrid durante la Guerra Civil. Como tantos otros, pasó por los campos de concentración franceses y se embarcó en El Havre rumbo a América junto a sus camaradas, el pintor cubano Wilfredo Lam y el poeta francés Benjamín Péret, ambos íconos del surrealismo, así como con la catalana Amparo Segarra, quien se convertiría en su compañera.

Cultor afortunado de varios géneros literarios como la poesía, el relato y el ensayo, Fernández Granell publicó en el país en 1944 el libro de relatos El Hombre Verde y en 1950 en Puerto Rico la obra de inspiración poética Isla Cofre Mítico. Entre 1941-46 trabajó en La Nación a cargo de las páginas de cultura, crítica de música, arte y novedades editoriales. En 1941, en ocasión de la celebrada visita de André Breton, Granell entrevistó al gurú del movimiento surrealista francés para La Nación, generándose una sólida amistad que perduraría. Junto a sus contribuciones en la prensa, practicando “una especie de articulismo literario en donde la inventiva y el humor eran sus principales ingredientes”, Granell fue ilustrador de la importante revista La Poesía Sorprendida que nucleó a la vanguardia intelectual dominicana, con la presencia del chileno Alberto Baeza Flores, Franklin Mieses Burgos, Mariano Lebrón Saviñón y Freddy Gatón Arce, entre otros.

En La Nación –en cuya etapa fundacional destacó el periodista canario Elfidio Alonso, ex director en Madrid del intervenido por la República diario ABC, junto a los veteranos dominicanos Rafael Vidal Torres y Manuel “Cundo” Amiama- colaboraron otros exiliados republicanos como Manuel Valdeperes, Alfredo Matilla, Vicente Llorens, Segundo Serrano Poncela. Según nos relata Llorens en sus memorias, Toni Bernard Gonzálvez, un excelente caricaturista y dibujante, hizo el retrato de Granell que presidía sus columnas. Este también colaboró en las publicaciones republicanas Ágora y Democracia. Esta última, dirigida por Rafael Supervía Zahonero, acogía la opinión de republicanos de diversas ideologías excepto la de los comunistas.

Granell emigró a Guatemala en 1946, al rehusar firmar una carta de adhesión a Trujillo, según se alega, ejerciendo la docencia en la Escuela de Artes Plásticas. Desde allí, sintiéndose perseguido en 1950 por los comunistas estalinistas, se movió a Puerto Rico, integrándose a la Facultad de Humanidades de su universidad, donde impartió Historia del Arte y entabló estrecha relación con Juan Ramón Jiménez. Más adelante se estableció en New York, donde enseñó Literatura Española en Brooklyn College, obtuvo doctorado en Sociología y trabó amistad con Marcel Duchamp, repuntando su labor pictórica. Allí publicó Sociological Perspectives of Guernica, Federica no era tonta y otros cuentos y La leyenda de Lorca y otros escritos. En el 85 regresó a España, donde muere en 2001, reconocido como hijo adoptivo de Santiago de Compostela, dejando en pie una fundación que difunde su obra.

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