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Se me fue la lisa después de segura

Written by Debate Plural

José Rafael Lantigua, ex ministro de cultura República Dominicana (D. Libre 7-3-15)

Fue una vieja y destartalada Underwood la primera máquina de escribir donde se posaron mis manos infantiles para aprender a usar aquel artefacto mágico –lo era- donde el profesor Guzmán supervisaba con rigurosa disciplina y afectuosas maneras el aprendizaje de cada área del instrumento: el teclado, la palanca de carro libre, el tabulador, la tecla de retroceso, las teclas de cambios de mayúsculas, la palanca para rotar el rodillo, la cinta entintada que tantas veces se enredaba, y así todas y cada una de las piezas que terminaríamos manejando con destreza al cabo de seis meses de diario batallar en el único espacio en la ciudad nativa dedicado al conocimiento de este imprescindible oficio.

Había que utilizar todos los dedos de ambas manos en el uso del teclado, y el profesor vigilaba permanentemente que esta norma se cumpliese a la perfección, ocultándose a veces detrás de los portones o apareciendo de improviso, sin que lo advirtiéramos, para reclamar la estricta atención a la regla impuesta. Y, en efecto, cumplíamos con el procedimiento, que además era imprescindible para superar el examen final y graduarnos de mecanógrafos, en medio de una competencia para ver el que escribía la mayor cantidad de palabras por minuto.

Aquella Underwood de carro ancho, armatoste de buen uso, fue luego sustituida por la italiana Olivetti, más flexible y amigable. No la olvido porque fue mi primera máquina de escribir propia. Portátil, terminaba siempre en las manos de algunos de mis amigos que la reclamaban para escribir uno que otro trabajo encomendado por la profesora de literatura de la secundaria. Cuánto daría hoy por haberla conservado, porque aquella señorita de formas recogidas –sobre todo frente a la grandota, hombruna y polémica Underwood- era cordialísima con nuestros dedos y permitía que los mismos se deslizasen con mayor agilidad sobre el teclado, casi como una caricia frente al dinosaurio que utilizaba para enseñar el manejo del instrumento el profesor Guzmán en su instituto.

Hubo otra portátil, Smith-Corona, que sustituyó la Olivetti que hubo de ser retirada después de largo uso. Y luego, se conoció la Remington. Claro, cómo olvidarla. Remington es una marca ligada a las andadas guerreras del oeste norteamericano. Sello de armas tomar, junto a su competencia, la Colt, se repartieron la sangre y la violencia que se diseminó a raudales en aquellas refriegas constantes que el cine trasladó con todos sus destellos y bravuras salvajes en históricos filmes que nos convocarían años más luego a buscar en esos caminos, para entonces polvorientos y peligrosos del oeste USA, las huellas de los cowboys Gene Autry y Hopalong Cassidy, persiguiendo indios navajo o coyotes o simplemente hombres destinados a la muerte tras las puertas móviles de una cantina o entre los cactus que todavía florecen en las agrestes llanuras de Arizona.

Míster Remington y sus hijos se dieron cuenta a tiempo que esa fragua guerrera estaba llegando a su fin, y comenzaron a producir la máquina de escribir, un invento portentoso que permitía agilizar la escritura, forjar una letra legible y abandonar el lápiz y papel que también fue, en su momento, un gran invento frente a los pasos que la evolución hubo de enfrentar para que la humanidad produjera la escritura con mayor facilidad y se originase una mejorada comunicación entre nuestros congéneres. Pero, Remington no inventó la maquinilla. Fue creada con anterioridad y los hijos del productor de armas compraron la patente y convirtieron su nuevo producto estrella en un icono universal.

Pasando las páginas con rapidez, hemos de llegar a la adorada IBM, una verdadera sensación en su época, porque el artefacto mecánico pasó a ser eléctrico, y la agilidad adquirió un nivel insospechado, y de la cinta entintada que producía sinsabores a granel cuando entraba en crisis y se enredaba en su trajín, pasamos a la bola esférica -¿la recuerdan?- que otorgaba un cariz diferente al ejercicio mecanográfico. Al principio, solo era potestad de algunos –las secretarias de los jefes, por ejemplo- pero, con el tiempo, como siempre pasa, se democratizó la adquisición de esa IBM que levantó una marca industrial equivalente a la Microsoft de nuestros días actuales.

Pero, antes, y después, fue la Olympia que fue mecánica y eléctrica también. Había una grandota, en casa de mi tía, donde yo escribía en los espacios libres de mis estudios universitarios en la UNPHU en la tarde y mi trabajo como periodista radial en la mañana. En una de ésas escribí mi primer libro, la biografía de Domingo Moreno Jimenes, cuando al llegar de la universidad encontraba el sosiego necesario en las horas nocturnas para esta tarea. Mi última máquina de escribir, donde la época finalizó (las marcas ya mencionadas que aún existen hace rato que hicieron el crossover a la computadora), fue una Olympia mecánica donde pergeñé decenas de articulillos, cartas, todo lo que fuese necesario escribir en ese teclado duro que dejaba los dedos adoloridos y donde llegué a escribir uno o dos de mis libros más viejos. Ahora cuando escribo en esta laptop Sony, mientras dejo descansar la Samsung de pantalla gigante, la veo acurrucada en un rincón como una auténtica pieza de museo que guarda muchos recuerdos y que uno de mis nietos, el más asiduo en la casa, a pesar de mis advertencias continuas a no “dañar la máquina” (que hace años está inservible), la utiliza como su juguete preferido y mientras “escribe” (tarea imposible) o mueve su destartalado carruaje (solo en la imaginación, porque el nieto mismo se ocupó de paralizar su tránsito) le habla cosas que no puedo entender como a un amigo que él ignora que lo escucha porque en sus adentros, sobre su carro-teclado-timbre-palanca se esconde una historia inolvidable que el tiempo se llevó irremediablemente a sus arcanos para dar paso a otra realidad. (Por un anuncio que encontré en internet supe que en alguna parte de Europa este mismo modelo de Olympia que conservo se vende a quince euros, funcionando aún).

En esa otra realidad a la que dieron paso las viejas Underwood, Remington, Olivetti, Smith-Corona, IBM y Olympia, estamos inmersos todos desde hace ya largo tiempo. Así como me negué a recibir gratis, como fue al principio, la instalación del cable, porque iba a modificar mis gustos televisivos y a inyectarme la propaganda comercial “imperialista”, del mismo modo continué impertérrito con mi vieja máquina de escribir cuando los tiempos comenzaron a enseñarnos las nuevas formas de la escritura y todos sus atajos. Pero, eso es ya historia. Frente a ella estamos y contra ella nada podemos. Es invulnerable. Insustituible. Vital. Recia. De forzosa y necesaria utilidad. A nada teme. Nada le espanta. Solo ella manda.

Con la máquina de escribir, nada se archivaba, salvo la copia a carbón, que por cierto detestaba. A la PC, en cualquiera de sus manifestaciones, hay que indicarle lo que guarde y lo que no se pierde para siempre. Y ocurren deslices que alcanzan niveles muchas veces de tragedia. Le ha ocurrido a tantos. Un amigo escritor que reside en Bruselas me contaba en días pasados sobre la pérdida de dos de sus libros, pérdidas irreparables que ocurren cuando a uno de estos artefactos de guerra cotidiana –como las mortíferas Remington del oeste, la computadora es un instrumento para uno guerrear la vida desde sus distintas formas y especies- les “coge” con fraguar alguna maldad invencible.

Me ocurrió a mí la semana pasada mientras escribía mi artículo semanal para Diario Libre. Justo cuando entraba en los párrafos finales, una todavía inexplicable travesura que la tecnología atesora por montones, tachó –esfumó, desvaneció- todo lo escrito, sin que todavía haya sido posible encontrar lo perdido. Fue cosa de segundos. Escribo con rapidez, desde los años en que el profesor Guzmán me enseñó a laborar sobre aquella vieja Underwood, y no tanto por sus virtudes educacionales, sino por las trampas que yo, como otros, siempre pusimos sobre sus estrictas observaciones. Salvo en su presencia y para las pruebas finales de fin del entrenamiento, siempre escribimos utilizando dos o tres dedos. Un día observé a don Rafael Herrera hacer lo mismo (eran solo dos en su caso) y me sentí realizado en grado sumo. Al escribir rápido, se nos olvida a veces ir archivando lo que escribimos. Pero, esta vez, todo estaba “grabado” salvo ese párrafo casi último con el que pensábamos coronar un artículo sobre béisbol. Y de batacazo vil –no podría ser de otra manera- todo el esfuerzo se vino abajo. Sin saber cómo, aquel escrito dejó de existir. Uno de mis hijos, el más experto en el asunto, vino de su trabajo a auxiliarme ante mi grito desesperanzado y angustiante. Horas sobre la “máquina”, y nada. Algunas explicaciones no me convencieron. Pero, todo estaba consumado. Se me fue la lisa después de segura. La lisa es un pescado de río que casi siempre se hace difícil que se prenda al anzuelo. Un célebre merengue lo transformó en pesca amatoria, cuando se perdía la oportunidad de conquista justo en el instante en que parecía indubitable la presa.

Mi ánimo escritural se bloqueó por un par de días en que no desee volver a ver siquiera de lejos mi indispensable laptop. Hoy quise intentar recuperar mentalmente lo escrito la pasada semana, pero tomé la decisión de contar mi pequeña tragedia para formular el conjuro y hacer desaparecer el duende roñoso, pijotero y revoltoso que esfumó mis letras de sábado para siempre.

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