Cultura Internacionales

España: Tras las Raíces Sefarditas

Written by Debate Plural

Jose del Castillo (D. Libre, 22-3-14)

Un anteproyecto de ley, recién sancionado por el Consejo de Ministros de España y pendiente del pase parlamentario, concedería el derecho a optar por la ciudadanía española a los descendientes de judíos sefarditas que se encuentran esparcidos por el mundo y que demuestren un vínculo con organizaciones comunitarias de esa etnia, así como lazos culturales con ese país, identificado como Sefarad en lengua hebrea. Hasta ahora, los sefarditas -que han recibido trato de excepción en la legislación española, incluyendo los gobiernos de Primo de Rivera y de Franco, y más recientemente en 1982- podían naturalizarse luego de 2 años de residencia en España, al igual como se aplica a los ciudadanos iberoamericanos. Cuando se apruebe la normativa, que enmendaría el código civil, podrán hacerlo desde cualquier lugar, sin necesidad de renunciar a su ciudadanía de origen, gozando de esta forma de doble nacionalidad. Y claro, de pasaporte comunitario de la UE.

Según el ministro de justicia Ruíz Gallardón, el interesado deberá presentar certificado otorgado por la Federación de Comunidades Judías en España que avalen su condición y nexos demostrables «ya sea por los apellidos, por idioma familiar, descendencia directa o parentesco colateral». Los diarios madrileños resaltan que con esta iniciativa el estado procura una justa reparación histórica, bajo el prisma de «recobrar la memoria de la España silenciada durante mucho tiempo», conforme la define el ministro de exteriores García-Margallo. Para quien, se busca con ello mejorar la imagen de la marca España en el mundo, una función que concierne a su departamento.

Los judíos -a los que se les dio la opción de conversión al catolicismo- fueron expulsados de los reinos de Castilla y Aragón en 1492, hace ya más de 520 años, el mismo año en que Colón emprendía su aventura descubridora de América con el financiamiento de judíos conversos vinculados a la casa real. La dura medida fue adoptada mediante edicto de los reyes católicos Isabel y Fernando, tras la decisiva toma del reino de Granada, un dominio musulmán por más de dos siglos y medio, pese a que los judíos asentados en la península jugaron un papel clave en la sustentación económica de las campañas de reconquista de los territorios en manos de los moros.

Era época en que el poder político se confundía con el eclesiástico y la intolerancia religiosa alcanzaba su clímax con la instauración de la Inquisición (el funesto Tribunal del Santo Oficio) en el último cuarto del s. XV. Una institución que apelaba a la delación, persecución e interrogatorio bajo tortura, como método para doblegar la voluntad de los procesados, extraer confesiones y lograr sumisión. Los judeoconversos conocieron así el suplicio de la garrucha (colgamiento con los brazos invertidos hacia atrás usando una polea), la toca o tortura de agua y el potro, bajo sospecha de ser considerados marranos -observantes clandestino de su antigua fe o criptojudíos.

Los judíos se habían establecido en las principales ciudades de la península ibérica como una comunidad próspera, aprovechándose de las ventajas derivadas de su habilidad para el comercio y las finanzas. En Sevilla, reputada como una de las de mayor concentración judía antes de la expulsión, eran económicamente fuertes y políticamente influyentes. Conforme al historiador hispanista británico John Lynch, de unos 80 mil judíos existentes entonces en España, entre 40 y 50 mil abandonaron la península, optando el resto por la conversión al catolicismo, pese a lo cual el ojo inquisitorial se fijó en husmear en su comportamiento y penalizar a los llamados judaizantes. Tras generaciones, el estigma que pesaba sobre esta comunidad conversa vetó su acceso a cargos políticos y a un mayor reconocimiento social.

Los que emigraron forzados -cuya estimación varía hablándose en este caso de las «cifras de la discordia»: 400 mil da Paul Johnson; Caro Baroja, 270 mil, Bernard Vicent, de 100 a 150 mil, Julio Valdeón entre 70 y 100 mil- se dirigieron hacia Marruecos, Turquía, Grecia, Bulgaria, Hungría, Holanda, Inglaterra, Francia e Italia, y Portugal, desde donde serían obligados a salir en 1496 bajo presión de la corona española. En los siglos posteriores, con el proceso de colonización, una corriente se establecería en América, formada principalmente por marranos, radicándose en Pernambuco, Curazao, Saint Thomas, Venezuela, y Nueva York. Los Países Bajos abrieron sus puertas a esta inmigración en los inicios del s. XVII, convirtiéndose Amsterdam -aplicando una política de tolerancia que acogió también protestantes de Amberes y hugonotes de Francia- en una base importante de los sefarditas oriundos de España y Portugal, contribuyendo éstos a formar las lonjas de productos (bolsas de commodities las llamaríamos hoy), como el café, el cacao, el tabaco y el azúcar, procedentes de las colonias europeas de América y otras latitudes.

Aparte de su presencia individual en episodios de nuestra historia colonial, como grupo, los sefarditas llegarían por trasvase a Santo Domingo en el siglo XIX, desde Curazao y St. Thomas, entonces activos centros comerciales que traficaban entre América y Europa, y desempeñaban un importante rol en el intercambio subregional. Actuando, además, como canal en la obtención de empréstitos para el joven estado dominicano. De este modo, estuvieron vinculados a las actividades comerciales y financieras del país desde el primer cuarto del siglo XIX y durante la Ocupación Haitiana (1822-44), aunque su inmigración se aceleró a partir de la década del 40.

Se conocen las estrechas relaciones que nuestra economía guardaba en esa época con los puertos de Charlotte Amalie (St. Thomas) y Willemstad (Curazao), así como los nexos de nuestros políticos con los comerciantes establecidos allí. Muchos gastos de guerra ocasionados por las luchas contra Haití y las propias «revoluciones» domésticas, fueron financiados por estos inmigrantes o por sus pares establecidos en dichas ciudades. Como fuera el caso de la relación establecida entre Jacob Abraham Jesurun (de la razón social J.A. Jesurun & Sons de Curazao) y el presidente Buenaventura Báez en 1868, al asumir su cuarto mandato.

De esta forma, los comerciantes judíos devinieron en factores claves de la política financiera dominicana. En 1866 el presidente José María Cabral autorizó a Jacobo Pereira a gestionar un préstamo en Europa por 400,000 libras esterlinas, una operación que fracasó por negativa del Congreso. Dos años más tarde, Buenaventura Báez encomendaba a Jesurun gestionar un préstamo, concluyendo las diligencias en el conocido empréstito Hartmont de 1869. Posteriormente, Eugenio Generoso de Marchena firmó en 1888 en Amsterdam, el empréstito de 770,000 libras con los banqueros holandeses Westendorp.

Fuera de las actividades financieras, los judíos sefarditas integraron el elenco de las principales casas comerciales de importación y exportación de Santo Domingo y en menor escala en otros centros urbanos. A finales del siglo XIX, las casas de Samuel Curiel & Co., E. López-Penha, Eugenio de Marchena, y J. de Lemos, figuraban entre las principales del directorio comercial capitaleño. Entre otros apellidos sefarditas que activaban en el ramo comercial, figuraban Leyba, Pardo, Naar, Cohen o Coen, Senior, de Castro, León. Una lista que ampliaremos.

Los judíos sefarditas en Santo Domingo no se mantuvieron como un grupo cerrado, caracterizado por la endogamia y la adscripción a sus patrones religiosos y procesos de educación tradicionales, como mecanismos claves para mantener la cohesión grupal y darle continuidad a su cultura. Su reducido número conspiró contra la posibilidad de dar vigencia a tal comportamiento. Harry Hoetink, en su formidable obra El Pueblo Dominicano 1850-1900, señala, citando a Enrique Ucko («La fusión de los sefardíes con los dominicanos»), que sus necesidades espirituales fueron satisfechas mediante la incorporación a la francmasonería, institución en boga en aquella época, así como a través de la aceptación convencional de los ritos católicos, especialmente el matrimonio.

Aun así, en el viejo camposanto municipal de la capital, sito en la Ave Independencia, existió como una demarcación separada el cementerio judío, arropado luego por la expansión de la población general de difuntos. El fenecido sociólogo y querido lasallista Teófilo Barreiro realizó una investigación exhaustiva de las tumbas de ese camposanto, enfatizando sus estilos arquitectónicos y analizando el contenido de las lápidas, llevada a show de diapositivas para su divulgación didáctica. Allí figuraba el registro de Jacob Pardo, «nacido en Amsterdam y muerto el 6 de diciembre de 1826 con 46 años», tenido como el primero de esa etnia enterrado en dicho recinto funerario. Otra noticia apunta al funcionamiento de una sinagoga, denominada Congregación Israelita, en la que oficiaba como rabino Rafael Curiel.

Entre una generación de inmigrantes y la otra, se fue produciendo un cambio en sus actividades, en consonancia con el desarrollo del país. Si en la primera generación predominaban el comercio y las finanzas, ya en la segunda se introdujeron nuevas vocaciones como la educación, el periodismo y la política. Culminando en la tercera generación con el predominio neto de las profesiones liberales y la política. En este sentido, la familia Henríquez -iniciada por Noel, quien ancló aquí su prodigiosa arca- puede servir de ejemplo fecundo de este proceso de cambio de orientación inter generacional. Al proveer a la sociedad dominicana, partiendo de los negocios, de una nutrida pléyade de educadores, literatos, periodistas, diplomáticos, profesionales liberales y políticos, que han ejercido un liderazgo intelectual indiscutido en varias generaciones.

De la progenie sefardita, se destaca Haim Lopez-Penha Marchena, munícipe ejemplar de la capital, supremo gran comendador y autor de una historia de la masonería dominicana. Entre muchos buenos hijos de David.

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