Cultura Nacionales

La tumba de los imperios (I)

Written by Debate Plural

P. Conde Sturla (El Caribe, 8-4-17)

Afganistán fue alguna vez, durante el imperio persa, entre los años 550 y 330 a .C., el imponente escenario de una refinada civilización en Asia central. La parte norte coincidía aproximadamente con la provincia o satrapía llamada Bactria o Bactriana, un territorio montañoso de clima severo e inestable, que en esa época poseía importantes recursos hídricos: generosos manantiales, oasis, tierra fecunda:

“…desde tiempos remotos la Bactriana fue una etapa importantísima y casi obligada para el tráfico comercial y la comunicación entre el Extremo Oriente, el subcontinente indio y la cuenca del Mediterráneo. Fue en la Bactriana donde se considera que el profeta Zoroastro predicó y ganó sus primeros adeptos”.

El sur y el norte están divididos por una cadena de montañas que los griegos llamaron Hindu Kush (Caucasus Indicus), creyendo al parecer que eran una prolongación del Cáucaso europeo:

“…es un macizo montañoso de aproximadamente 1,000 kilómetros, situado a caballo entre Afganistán y el noroeste de Pakistán, la prolongación más occidental de las cordilleras del Himalaya. Gran parte de este sistema orográfico supera los 5,000 mil metros de altitud sobre el nivel del mar y en su parte más elevada llega a unos 7,690”. Es uno de los más altos rascacielos naturales del mundo.

De hecho “Afganistán está dominado por el macizo del Hindu Kush con más de 100 picos de más de 6 000 metros , siendo el más alto el Naochak en el Pamir de casi 7 500 metros. El Hindu Kush es una especie de pared que divide el país en dos partes, perforada por unos cuantos puertos (pasos entre montañas) bloqueados en invierno, y por el túnel de Salang construido con ayuda soviética en 1960. El Hindu Kush está sometido a un máximo de 50 sismos por año, algunos de los cuales pueden causar la muerte de miles de personas, como ocurrió en febrero o mayo de 1998”.

El río Helmand, el mayor del país, baja desde el Hindu Kush hacia el sur, recorre unos 1,300 kilómetros y alimenta un conjunto de lagos de agua dulce que era uno de los graneros del antiguo imperio persa. Hoy día se produce el 42% del opio del mundo.
“Cuando la nieve comienza a fundirse en marzo, los ríos elevan su caudal con un pico en la primavera, excepto el Wakhan, que tiene el máximo en agosto. Un calentamiento demasiado rápido del aire puede causar inundaciones violentas e imprevisibles, arrastrando animales y seres humanos. De las cuatro cuencas acuíferas principales (los ríos Amu Darya, Hari Rud, Helmand y Kabul) sólo el río Kabul llega hasta el mar, los otros se evaporan en el desierto o en el mar de Aral.

“La nieve de las montañas es la principal, si no la única, fuente de agua en un país donde casi nunca llueve. Un proverbio afgano dice: ‘Mejor ver Kabul sin oro que Kabul sin nieve’”.

El sanguinario Alejandro (el Magno) conquistó el territorio con relativa facilidad, pero le resultó más difícil mantenerlo bajo su mando. Después de la victoria sobre los persas en la batalla de Gaugamela (año 331, a 27 kilómetros de la actual, asediada y martirizada Mosul), Darío III Rey de Reyes huye hacia la Bactriana despavorido y Alejandro lo persigue sin darle tregua para evitar que pudiera formar otro ejército. Un año más tarde sus propios fieles se lo entregan en bandeja de plata.

Hugo A Cañete, un experto en historia militar, describe así el episodio:

Muerte de Darío

Dos años antes, Beso era uno de los muchos nobles persas que habían luchado contra Alejandro en la batalla de Gaugamela (Arbela) cerca de la actual población de Irbil en Iraq. Era, también, el sátrapa de Bactriana, una de las satrapías orientales del Imperio Persa. Tras la espantosa derrota de 331 a .C., Darío necesitaba desesperadamente a la renombrada caballería bactriana para intentar detener el imparable avance macedonio. Su plan era retirarse a las satrapías orientales y alzar otro ejército con el que hacer frente a los invasores. Pero Alejandro les estaba pisando los talones. En el oasis de Tara (actual Lasjerd), el macedonio recibió noticias preocupantes del contingente persa. Beso y sus cómplices habían arrestado a Darío y lo transportaban en un carro, prisionero y cargado de cadenas de oro (…) Alejandro, sin dudarlo un momento, cruzó el desierto que separaba a perseguidores y perseguidos en línea recta con 6.000 jinetes, alcanzando a los persas rezagados al alba. Al primer indicio que tuvieron los sediciosos del avance macedonio, apuñalaron prestos a Darío, que quedó malherido al borde del camino. Según Arriano, los regicidas fueron Satibarzanes, sátrapa de Aria; y Barsaentes, sátrapa de Drangiana y Aracosia, aunque los auténticos instigadores fueron Beso y Nabarzanes.

Alejandro no encajó bien la noticia de la muerte de Darío, pues no era su intención que el desdichado Rey persa acabase sus días de aquella manera. (Hugo A Cañete, “Alejandro y Afganistán. Reflexiones nuevas para una guerra vieja”, disponible en formato digital:http://www.gehm.es/biblio/alejandro.pdf).

El imperio persa había dejado de existir y para los soldados que acompañaban a Alejandro la guerra había terminado y era el momento de empezar a disfrutar las mieles del botín. Pero para Alejandro la vida no tenía sentido sin la guerra. Licenció una parte de su ejército, los griegos no macedónicos, y continuó la marcha hacia Afganistán con el pretexto de atrapar y castigar al “regicida Beso y a su grupo de conspiradores”, que representaban “una amenaza para el nuevo imperio”. Cualquier pretexto era y sigue siendo bueno para la guerra.

“Tras la captura de Beso en el verano de 329 a .C., una extraña calma se extendió sobre la Bactriana y la Sogdiana. La amenaza de guerra había pasado. El usurpador había caído en desgracia, la caballería bactriana había sido desmovilizada, los granjeros habían vuelto a trabajar los campos. Tras traicionar y entregar a Beso, los rebeldes habían dejado las armas y vuelto a sus comunidades. No había ya más pretendientes que amenazaran la corona de Alejandro. Salvo por las inclemencias atmosféricas, la campaña había sido rápida y fácil. Probablemente importara poco a los bactrianos qué hombre retuviera la corona de un trono lejano allá en Mesopotamia, siempre que las cosas permanecieran igual en su propia tierra. Beso no había presentado batalla, ninguna ciudad, ni siquiera Bactra, había tenido que ser asediada, y la única política aplicada de tierra quemada había venido del lado del usurpador y no de Alejandro. Los únicos masacrados eran griegos descendientes de otros griegos. Ningún otro bactriano, aparte de Beso, había sido juzgado o ejecutado.

Parecía que todo acabaría bien. Es una sensación que, en su momento, ya sintieron los británicos, los soviéticos y, recientemente, los norteamericanos. (Hugo A Cañete, “Alejandro y Afganistán…”).

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