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Omicunlé, el manto que cubre el mar

Written by Debate Plural

José Rafael Lantigua, ex ministro de cultura República Dominicana (D. Libre 22-4-17)

“Pero lo que le pasaba ahora era distinto: no había perseguido un pensamiento, no se inventaba cosas, no tenía control alguno sobre lo que veía con la claridad de un recuerdo: se veía de nuevo en el bohío de su sueño”.

Tiempos hubo en que la salida al ruedo de una obra literaria renovadora, o que se pretendiese tal, concitaba un movimiento de atención inusitado en los cenáculos intelectuales, peñas literarias o políticas, columnas de prensa, escenarios universitarios y convites provincianos. Casi se obligaba a adquirir o buscar en préstamo el libro del momento. Hablo de autores dominicanos, desde luego, al margen de todo lo que produjo el boom en esos años ardorosos y distantes que el tiempo desalojó de la memoria.

Digamos, a modo de ejemplo: la publicación de Los ángeles de hueso de Marcio Veloz Maggiolo (que, por cierto, en octubre cumplirá cincuenta años aquel suceso de nuestro mundo literario), produjo debates, evaluaciones, comentarios, sobre el ejercicio de estilo y técnica que nuestro gran novelista ofertaba como experimentación. La obra provocó revuelo y salvo los ignaros, que nunca entrarán en la Historia, versados, diletantes y novicios salieron tras la lectura y examen de la que fue la segunda novela del maestro.

Otras alegres agitaciones produjeron en su tiempo textos poéticos, narrativos o ensayísticos como La guerra y los cantos de Miguel Alfonseca; El viento frío y específicamente el relato Ahora que vuelvo, Tom de René del Risco; Hotel Cosmos de Antonio Lockward Artiles; el Mutanville de Arturo Rodríguez Fernández; Sólo cenizas hallarás (bolero) de Pedro Vergés; y piezas o libros, hoy de valor clásico en nuestra literatura, de Norberto James, Bruno Rosario Candelier, Diógenes Céspedes, Armando Almánzar Rodríguez, José Alcántara Almánzar y Efraím Castillo. Y solo presento muestras. Una plaquette de época creó turbulencias para entonces: los Poemas decididamente fuñones de Apolinar Núñez, y un poemario que obligó a cortadas de ojo y papel, bravuras infinitas y clandestinaje de folios que perduran hasta hoy: Con el tambor de las islas de Manuel Rueda y su Canon ex única. Hubo otras paradas de atención porque la literatura por unos tres decenios –entre los sesenta y los ochenta– creaba interés y promovía el instinto del conocimiento en una minoría que movía a gusto la coctelera de difusión de nuestros creadores literarios e intelectuales.

Esa onda obligó incluso a volver hacia los orígenes, y entonces se buscaron y leyeron y analizaron en coloquios y tertulias las obras de los que estuvieron antes, poco antes de que el hecho literario novedoso tomara un cariz de asombro y delectación. Luego, se tornó todo gris de nuevo. Comenzaron las benditas utopías –políticas y literarias– a tomar su pócima de desaliento y disolvencia, y ¡a correr fanáticos! Aunque ocurrieron, dispersos, algunos levantamientos gloriosos (Hamlet Hermann y Juan Manuel García, desde otros temas no propiamente literarios pero de especial valor histórico, forjaron llamas y humaredas) no fue sino hasta los noventa con Viriato Sención que volvió a calentarse el ambiente con una novela sobre la que todavía se polemiza. Y, desde luego, la llamada diáspora literaria criolla, muy criolla aunque tenga ciudadanía del Norte, aportó a Julia Álvarez y a Junot Díaz, y uno tras otro levantaron palmas. No era para menos. Llegaba con ellos lo que faltaba por llegar. Y desde la otra vereda que conforma la dominicanidad bien entendida, ellos patentizaron la tierra escrita que los de adentro no supieron colorear. Con Pulitzer incluido.

Y volvió el gris del silencio, de la opacidad, del dejar pasar sin deliberar, sin mostacho, sin charneta, sin bochinche. Eso. Sin bulla. La literatura nuestra va y viene, en ciclos consabidos, en vaivén. A fines de los sesenta, Ramón Francisco sentenciaba que “nuestra literatura actual es condenadamente móvil”. El creía entonces que aquello era natural porque entendía que los jóvenes de la época estaban cavando “los cimientos de los cambios estructurales a que está obligada cierta zona del mundo”. Un decir que se quedó en promesa. Donde acertaba el inolvidable ensayista y poeta era en que “nuestra literatura espejea y centellea con una intermitencia arrítmica”. No ha cambiado este panorama en medio siglo, desde que don Ramón hizo su aseveración en 1969. Seguimos bailando en la cuerda floja de nuestra arrastrada literariedad. Con un padecimiento agravado: ya ni las obras renovadoras ni las letras que se salen de la gruta y debieran crear avisperos, inducen el interés y el alboroto que en aquellas décadas –y subrayo, en especial, la de los sesenta– apremiaron lecturas y alentaron polémicas.

Digo todo esto por Rita Indiana. Y lo vengo diciendo en salas y pasillos. Ella es lo mejor que nos ha podido pasar en estos años posmodernos que han creado la posverdad como un nuevo mito –líquido o sólido–, después de los derrumbes, las alternancias y los desapegos. La mucama de Omicunlé debió borrar el gris arrítmico de una literatura que se la come viva la cotidianidad, la medianía mediática, la gresca política, las superficialidades, la gleba triunfante en todos los estamentos. Es la novela que plantea la renovación más acusada y formal de nuestras informales creaciones literarias. El acoplamiento de conocimientos, experiencias, juicios, remates, extravíos y pendencias, más sigilosa y alevosamente fraguado en la literatura dominicana. Una narración que crepita sobre las olas de un mar de bravuras y encajes que desangra el alma y arropa con un manto de desechos y hechizos el mar embrujado de una dama santera, instalada en las alturas del poder, que se ofreció a Yemayá y que con ayuda del vecino transformó la vida de su mucama para que pariera una historia que nos deja boquiabiertos o boquicerrados, con todo el frenesí de punta y la procacidad 24-7 que, hasta ahora, solo Rita Indiana exhibe, edificando desde el abordaje de su nave de misterios y acechanzas, todos los despegues, arribos y turbulencias de este viaje sin fin.

En otra época, que no ahora, esta novela hubiese causado un revuelo que indujera a la apoteosis desde la discusión, los encaprichamientos, los estrépitos, la celebración, los desafectos y hasta el poner-distancia, si vale decirlo así y de esta forma. He dicho renovadora, y me quedo en el lenguaje de aquellos tiempos. Quisiera decir más: es la novela que marca una nueva ruta al destino de nuestra narrativa, si ésta tiene destino. La narración afrenta la realidad y la consume en su propia salsa con su lenguaje y con su sombra. Sin afeites pero pulcramente cuidada sus formas. Sin agacharse ni encogerse pero sin violentar la sensible melodía de su trama. Traducción: es una obra maestra construida sobre una historia que estruja, que te hace mirar hacia los lados en busca de otras miradas, que te sonroja (sí, sonroja), que genera éxtasis sin pastillas, que, en definitiva, clasifica la inclasificable –dicen algunos- narrativa de Rita Indiana, el gran suceso literario de nuestros días. El único que trasciende nuestra provinciana materia literaria, tan buena en muchos de sus trechos pero sin trascendencia. Ella trasciende al Caribe que la ha premiado antes que nosotros y al mundo hispánico que la ve desde hace rato como una realidad literaria irrebatible. Y no la celebramos. Y no generamos revuelo y debates. Y no la cobijamos de lecturas que es lo único que ella debe aspirar y necesita. Cambiemos la grisura de este paisaje literario nuestro.

(Advertencia: no apta para espíritus domeñados por el puritanismo y que se deprimen cuando las “malas artes” del lenguaje que todos, alguna vez o siempre, consumimos, se colocan en blancas y negras contra todas las convenciones sociales. Tampoco es lectura para los que cierto sentido del humor podría afectarles el hígado).

La mucama de Omicunlé
La mucama de Omicunlé

Rita Indiana. (Editorial Periférica, España, 2015. 181 págs.)

Formidable resumé de la historia del merengue desde sus orígenes y evolución, pasando por la era de las grandes orquestas y el merengue en el exterior, hasta la fase de los combos, el sonido de Wilfrido, el carisma del Mayimbe, el aporte de la migración musical con Milly y Los Vecinos y el nuevo merengue de 4:40.

Nombres y animales
Nombres y animales

Rita Indiana (Editorial Periférica, España, 2013. 207 págs.)

Valioso compendio pentagramático de la música popular dominicana, abarcando diversos géneros: criollas, canciones, merengues, salves, pambiches, bolemengues, jaleos, guarachas y son, carabinés, mangulinas, mediatunas, guarapos y sarambos. Incluye además canciones antiguas, escolares, infantiles, navideñas, himnos, valses, danzonetes, serenatas y danzas. Un libro único.

Papi
Papi

Rita Indiana (Editorial Periférica. España, 2011. 220 págs.)

Cuando ya llevaba dos o tres ediciones, inclusive una en Puerto Rico, con su segunda novela Rita Indiana entra en el campo editorial español. Encontramos un día esta edición a la entrada, en el lugar de las novedades, de la mítica Casa del Libro, de Madrid. Comenzaba a hacer camino esta novela que fue lectura de logias en los mentideros de Santo Domingo.

La estrategia de Chochueca
La estrategia de Chochueca

Rita Indiana Hernández (Sin fecha ni pie de imprenta. 78 págs.)

Fue la primera novela de Rita que, entonces, incluía su apellido. Novela underground que circuló de mano en mano a inicios del siglo actual, mientras sus “pormenores” comenzaban a vaticinar estruendos, en el hangueo de una historia que hizo salir del closet suertes y desventuras, hasta entonces ocultas.

Literatura dominicana 60
Literatura dominicana 60

Ramón Francisco (UCMM, 1969. 256 págs.)

No estaría mal releer –o los más jóvenes, conocer- este texto tal vez olvidado, que muestra cómo se movía la coctelera de la atención lectorial en aquellos inolvidables sesentas, cuando todo comenzó. Las obras y los autores que hicieron nuestro propio estruendo cuando el boom ya era noticia y aspaviento en los andenes literarios del mundo

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