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El dinero que lubrica

Dolares norteamericanos
Written by Debate Plural

José Rafael Lantigua, ex ministro de cultura República Dominicana (D. Libre 4-2-17) 

LA CORRUPCIÓN VINO CON el hombre. Y se irá con él. Toda la historia humana, desde su génesis, está signada por este flagelo que muchas veces se sostiene sobre algunos mitos: que empobrece, que es exclusiva de países subdesarrollados y que solo abarca a las capas políticas. Es el bacilo de una peste que viene de lejos, como nos recuerda Baltasar Garzón. Los especuladores, los políticos inescrupulosos, los sobornadores y sobornados, los administradores fraudulentos, los funcionarios venales, las aves de rapiña que vuelan en todos los cenáculos sociales, financieros, económicos, intelectuales y políticos son materia de todos los tiempos y de todas las naciones.

Octavio Paz afirmaba que “una nación empieza a corromperse cuando se corrompe su sintaxis”. Quería decir, cuando se corrompe su ordenamiento social, sus normas. La falta de honradez ha caminado por todas las épocas y se ha instalado en todos los estamentos. Desde los tiempos bíblicos hasta hoy esta realidad ha cambiado de matices, pero la ponzoña sigue siendo la misma. Ha permeado comunidades religiosas, presidencias imperiales, sindicatos, partidos, gobiernos, empresas, milicias, pensadores, sociedad civil, medios de comunicación. Y ha encontrado apologistas de talla que la tienen, incluso, como fuente de desarrollo o como una desviación humana que resulta salvada por las contribuciones históricas de sus detentadores. Margaret Thatcher, con sarcasmo evidente, decía: “Nadie se acordará del Buen Samaritano si sólo hubiera tenido buenas intenciones. También tenía dinero”. Charles de Gaulle esgrimía la convicción de que “la perfección invocada en los Evangelios nunca ha construido un imperio”, porque el egoísmo, la dureza y la astucia de los hombres de acción “les serán perdonadas, y hasta consideradas altas cualidades, si consiguiera utilizarlas para obtener grandes resultados”. A Napoleón se le recuerda por sus hazañas y su implicación en los ideales de la Revolución Francesa, más no por su predilección por el dinero ilícito. Francois Miterrand recordaba a este tenor que era siempre necesario relativizar. Y afirmaba: “Richelieu, Mazarino y Talleyrand se apoderaron del botín. ¿Pero quién se acuerda de ello?”.

La oferta ilícita y la tentación de los subordinados son “proezas corruptivas”, insertadas en los espacios históricos de todos los tiempos. Las Cartas de Pablo están llenas de quejas y recriminaciones a los primeros cristianos por apartarse del camino para servirse del dinero y las apetencias. “Raíz de todos los males es la avidez de dinero” dice el apóstol en una de sus misivas. No es otro que Samuel Huntington, tan citado desde hace años, el que señala en uno de sus libros que en determinadas condiciones históricas y sociales la corrupción puede ser considerada también como un factor de modernización y de progreso económico, permitiendo, por ejemplo, un recambio social a favor de clases emergentes dispuestas a desbancar el obstruccionismo de las viejas élites.

¿Por qué creer y difundir que solo los países pobres o en proceso de desarrollo son cantera de corruptelas? Italia ocupa puestos cimeros en este orden. Igual, España donde los escándalos son casi permanentes. Estados Unidos, en su momento de mayor expansión económica, patrocinó formas de corrupción empresarial y política. Para los ingleses, Francis Drake es un héroe. Para nosotros, el saqueador de nuestras magras riquezas coloniales, un corsario, un bandido. La Corona británica festejaba sus pillajes.

Los intermediarios para pagar comisiones por negocios de alto monto se remontan al siglo XVI. La “propina dirigida a lubricar las ruedas de una máquina de funcionamiento farragoso”, como explica Carlos Alberto Brioschi, tiene nombres propios en todas las lenguas: los egipcios le llaman feqa, la Biblia la denomina shohadt, los árabes arrachua, los griegos doron, los franceses pots de vin, los ingleses bribe o sleaze, los alemanes bestechen –que quiere decir pinchar, clavar- y también le llaman Schmieren que significa “grasa”, “aceite”, y esta acepción se trasladó al dominicano, sin saber que el término proviene de Alemania.

Hay textos en sánscrito que revelan la existencia de la corrupción en Babilonia. Los textos sagrados mencionan numerosos casos de corruptelas. Dalila corrompe a Sansón pagada por los filisteos. Y Dios le dicta a Moisés –ver el libro del Éxodo- la regla de que no se acepten regalos “porque el regalo ciega a los que ven y pervierte las causas justas”. Simón el Mago ofrecía dinero para que se le otorgaran los poderes del Espíritu Santo, y de ahí viene la simonía que es la versión eclesiástica de la corrupción que provocó la ira razonable de Lutero cuando los pecados podían lavarse con una buena paga por indulgencias. La Grecia antigua está llena de escándalos de corrupción y la gran literatura universal está poblada de textos clásicos donde se describe la deshonestidad en sus múltiples variantes. Hesiodo, Demóstenes, Menandro, Luciano de Samosata, Alexis de Tocqueville, Émile Zola, Ambrose Bierce, Shakespeare, son ejemplos. Roma es un acróstico que significa Radix Omnium Malorum Avaritia, porque la codicia alcanzaba allí “dimensiones gigantescas”. Julio César introdujo la costumbre de corromper al pueblo. Un alto funcionario, Salustio, extorsionó y robó tanto que tuvo que ser procesado, pero César intervino ante la justicia y consiguió que fuera absuelto. A cambio, Salustio le construyó una villa a César junto al Tivoli con espléndidos jardines.

Hoy se mencionan mucho los vocablos erario y fisco. Pues, erario era en Roma el tesoro del Estado que tenía su sede en el templo de Saturno. Catón el Censor administraba el erario, pero fue enjuiciado cuarenta veces por procesos de corrupción. Y siempre salía libre. César creó entonces su caja privada, que llamó fiscus, y ahí iban a parar todas las recaudaciones y tributos del imperio. Los cobradores de impuestos y los banqueros nacieron en Roma. Los primeros –los publicanos- disponían de las contratas estatales, y los banqueros iniciaron la especulación y la usura. Catón y Séneca fueron banqueros venales. Séneca fue considerado “moralmente repugnante… el prototipo del intelectual al servicio del poder”. En Roma nació el cohecho, la compra de votos y la campaña electoral con gastos cuantiosos de propaganda. Toda la historia de Roma es la historia de la corrupción como figura normal y corriente de aquellos tiempos. Y así podríamos continuar con el corrupto Medievo, con la conquista y colonización (saqueo y rapiña para nosotros, gloria para España), la Francia del siglo XVI cuando la corrupción alcanzó cotas supremas, donde todo se compraba, incluso el destino, al decir de uno de sus historiadores; los británicos donde el soborno se recibía públicamente, la Rusia zarista y la Rusia comunista, todas las dictaduras de derecha o izquierda, hasta arribar a la Rusia de Putin y a los Estados Unidos de Theodore Roosevelt que admitía intercambiar nombramientos por votos en el Congreso o de los Bush padre e hijo que apadrinaron conflictos de intereses que condujeron a la quiebra de importantes compañías. Y detenerme, finalmente, en uno de sus padres fundadores, Abraham Lincoln, quien empeñado en producir la liberación de los esclavos acudió al ofrecimiento de cargos y al chantaje a los congresistas que, en su mayoría, no deseaban el fin de la esclavitud para que favorecieran el propósito con su voto o con su abstención. La 13ª enmienda se obtuvo con sobornos y con intermediarios que repartieron dinero. Aquella práctica ilícita se sostenía en una máxima de alta moralidad. Lincoln decía: “Hay que conseguir esos malditos votos como sea… Yo soy el poder. Salgan pues a buscarlos. De ello depende no solo el destino de cuatro millones de negros esclavos, sino de millones más que están por nacer”. Cuando las campanas sonaron anunciando el fin de la esclavitud, el representante republicano Tadeu Stevens dijo a su amante negra una frase que ha quedado grabada en la historia: “Esta es la medida más grande del siglo XIX, impulsada por la corrupción y apoyada por el hombre más puro de Estados Unidos”. ¿Qué intento mostrar? Nada que no haya mostrado antes la historia de la humanidad.

Breve historia de la corrupción. De la antigüedad a nuestros días
Breve historia de la corrupción. De la antigüedad a nuestros días

Carlos Alberto Brioschi.

[Prólogo: Baltasar Garzón. Taurus, 2010. 295 págs.]

Una lectura deliciosa, purificante e imprescindible para todo aquel que quiera levantar la cabeza y contemplar la poza de m… en la que chapotean muchos nombres egregios de ayer y hoy.

ONU Historia de la corrupción
ONU Historia de la corrupción

Eric Frattini

[Espasa, 2005. 340 págs.]

Fraude, corrupción, amiguismo, derroche, estafas, despilfarros, violaciones, tortura, sobornos…eso y más suele ocurrir en la administración de la ONU y sus agencias especializadas.

El fango
El fango

Cuarenta años de corrupción en España

Baltasar Garzón

[Círculo de lectores, 2015. 607 págs.]

Una radiografía del célebre juez español que certifica la certeza fatalista de que la corrupción se extiende en España como un agujero negro que pone en riesgo su democracia.

La mano invisible. El gobierno del mundo
La mano invisible. El gobierno del mundo

Joaquín Estefanía

[Aguilar, 2006. 192 págs.]

Una esclarecedora aproximación a la genealogía del poder en la era de la globalización. ¿La economía financiera ha sustituido al poder político? ¿El mercado global ha suplantado al poder tradicional?

Lincoln. Los años de la guerra
Lincoln. Los años de la guerra

Carl Sandburg

[Hachette, 1972. 585 págs.]

El hombre de la Casa Blanca original. El político de sombras profundas. El estadista en el centro de la tempestad. La decimotercera enmienda. El humo denso y el humo oscuro. Una biografía fundamental del gran Abraham Lincoln.

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