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¡El día que Fidel se me quejó!

Fidel Castro, Sierra Maestra
Written by Debate Plural

Tony Raful (Listin, 29-11-16) 

 

Dos veces conversé ampliamente con Fidel Castro. Lo había saludado en eventos internacionales, pero en dos ocasiones, me dispensó un tiempo amplio para discutir temas que yo, ansioso y emocionado le bosquejé. La mediación de un entrañable amigo, Armado Hart Dávalos, quien había sido Ministro de Educación y luego de Cultura, me facilitó el abordaje. Guardé las memorias de esos encuentros y quizás me anime a publicarlas.

En una ocasión en que asistí a un Congreso Cultural en La Habana, Fidel ofreció un agasajo a los participantes en el Palacio del Consejo de Estado de la Revolución. Había alrededor de un centenar de invitados. Grande fue mi sorpresa, cuando haciendo filas para entrar al auditorio, alcancé a ver a Fidel recibiendo a los invitados, faltando cuatro personas antes de mí, para ser recibidos por Fidel, éste me reconoció vivamente, y señalándome con el dedo, me dijo, “Raful, te quiero ver con urgencia después del almuerzo”. Confieso que todavía hoy no he salido de la impresión que me causaron sus palabras. Nunca pensé que Castro pudiera recordar mi nombre. Nunca imaginé que podría llamarme en una fila de invitados para decirme, que no me fuera cuando terminara el evento. Los delegados que estuvieron en la filas, pensaron que yo era amigo íntimo de Fidel.

Durante las horas que duró la ceremonia y la comida, estuve intranquilo, muchas cosas revoloteaban en mi cabeza, no me concentraba en el acto. ¿Qué será tan importante para que Fidel me llame en plena sala, en una fila, y pronuncie mi apellido, y me diga que me quiere ver con urgencia? Mi querido amigo, el Ministro de Cultura de Cuba, Abel Prieto, me preguntó, “¿qué te pasa, te noto preocupado, como ausente?”. Le expliqué, y me dijo, que esperáramos, a ver de qué se trataba. Cuando las horas transcurrieron, y empezó a salir todo el grueso de invitados, hacia los autobuses, yo me iba quedando solo en el ancho salón, y Fidel no me llamaba. Fidel hablaba animadamente con dos personas, y aquel diálogo no parecía concluir. En varios momentos, se me acercaron compañeros, para decirme que apurara, me estaban aguardando. Les dije, que se fueran, que yo me iría después al hotel. Mientras pasaban los minutos, y el salón quedaba prácticamente vacío, yo miraba hacia donde Fidel estaba, tratando de que me viera, pero eso no ocurría. No sabía si era una imprudencia interrumpirlo.

No sabía si violentaba las normas de protocolo, abordándolo bruscamente. Cuántas cosas me pasaron por la mente. ¿Hablar Fidel conmigo algo urgente? ¿Pero seré yo la persona indicada – me decía a mi mismo- para que esta figura legendaria me convoque delante de todos, con premura? En un momento volví a ver a Abel Prieto, que entraba de nuevo al Salón, casi vacío. No pude más. Lo llamé y le expliqué la situación. ¿Qué hago, Abel?, le dije. Entonces me dijo, que esperara un momento más, que el comandante me llamaría. Le respondí, que allí no quedaba nadie, prácticamente, Fidel y yo. Por favor -le recalqué- infórmale que lo espero. Abel me dijo, que nos acercáramos a él. Le repetí, Abel, háblale tú, no quiero cometer un error. Vamos- me dijo Abel. Cuando nos aproximamos, Fidel seguía explicando con locuacidad un tema. Estuve esperando que Abel le hablara.

Fidel seguía exponiendo ante dos amigos. Abel avanzó, me quedé un poco detrás de Abel, no quería aparecer metiéndome donde no me han autorizado a hacerlo. Para mi sorpresa, Abel no dijo nada, estaba esperando que Fidel le preguntara, pero es norma común, integrarse a los coloquios o diálogos del comandante, pero no yo. Debe ser algo grande, pensé. Me puse a indagar sobre mi comportamiento, ¿habré hecho algo indebido? ¿Por qué no habló con Hart, de quien yo, sí soy amigo personal y tengo cercanía? De todas maneras, Abel no decía nada, y yo, al punto de estallar, le doy un amable codazo, Abel me miró, y yo abrí mis ojos como nunca en mi vida, sin palabras. Fidel siguió hablando. Entonces tomé una decisión de esas, que llaman de “patria o muerte”. Lo interrumpo. ¡Oh Dios!, como diría Andrés L, Mateo. Le digo: “Comandante, usted me dijoÖ” No me deja terminar y me responde, “sí, sí, excúsame, de inmediato hablamos”. Respiré hondo. Fidel me echó el brazo y me condujo a un rincón de la sala, como buscando mayor intimidad para lo que me iba a decir. No creo haber vivido un momento de mayor expectación. Entonces me dijo, que estaba indignado, que no usaría los canales diplomáticos para quejarse, pero que él quería, que fuera yo, quien le llevara al presidente Hipólito Mejía, un recado importante.

El mensaje era de alta confidencialidad y además, implicaba una queja del gobierno cubano. Fidel me preguntó, por una persona aludida en la información que me daba. Le respondí que le haría llegar al presidente Mejía su mensaje, pero creo, haberle aclarado en parte, lo que parecía tener todas las características de una desinformación, llamada a crear un cisma en las cordiales relaciones entre nuestra dos naciones. Todavía hoy no debo revelar el mensaje de Fidel, por razones de Estado, pero al llegar al país me dirigí directamente al despacho del presidente Mejía, quien de inmediato, tomó las medidas de lugar para aclarar y corregir cualquier mal entendido. En mi presencia el presidente le escribió una carta a Fidel. Me sentí por algunos momentos, como diplomático de carrera, “un poco a la carrera”.

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