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Gabb: la Poesía del Suelo

Written by Debate Plural

José del Castillo (D. Libre, 2-7-16)

 

William M. Gabb fue un destacado paleontólogo, geólogo y etnólogo de fecunda labor nacido en Filadelfia en 1839 y fallecido a los 39 años, dejando una estela de 91 trabajos científicos de relevante utilidad práctica. Entre ellos, la sección paleontológica de los volúmenes I y II del Geological Survey of California. Estudios claves sobre la topografía y la etnología de Costa Rica, auspiciados por un pionero de la industria bananera y cofundador de la United Fruit. Y un texto fundamental para el reconocimiento de los recursos naturales de nuestro país con énfasis en potencial minero, perfil geomorfológico y catálogo de moluscos fósiles: On the Topography and Geology of Santo Domingo (1873). Para cuya realización dirigió un equipo de investigación que recorrió nuestro territorio entre 1869-72, contratado por la Santo Domingo Land and Mining Company de New York bajo acuerdo con el gobierno dominicano. Una pieza en el tablero de intereses que fraguaban entonces nuestra anexión a EEUU.

La Sociedad Dominicana de Bibliófilos, fundada por Enrique Apolinar Henríquez y Gustavo Tavares, presidida hoy por el buen amigo Dennis Simó, tradujo y publicó esta obra, Sobre la Topografía y Geología de Santo Domingo, que lleva varias ediciones, la última en 2015. Con nota biográfica del erudito encantador Octavio Amiama Castro –mi querido Tavito- y presentación técnica conjunta de los entrañables profesionales Romeo Llinás e Iván Tavárez, un camarada que ya no está con quien chanceaba por su parecido físico con el genial actor británico Peter Sellers, el Inspector Clouseau de La Pantera Rosa.

Asociado a prestigiosas instituciones académicas, sus biógrafos refieren que Gabb intentó participar en un aprovechamiento minero en República Dominicana en 1878. Pero la malaria adquirida en Centroamérica se lo impidió, llevándolo a la tumba. Al repasar las páginas de su obra –escrita con rigor científico- resalta la pasión casi poética que rezuman sus descripciones de nuestra geografía. Pasión que incita a cabalgar a lomo por las enfangadas estribaciones cordilleranas, aspirar los olores que exuda la rica vegetación de pinos, helechos y acacias, comulgar extasiado con la esplendidez del paisaje, refrescar la piel quemada en las aguas correntinas de arroyos cristalinos.

Tras “trabajo agotador expuesto por semanas a lluvias continuas, cruzando ríos crecidos bajo riesgo…, de fiebres”, tal como registrara. Con trazos magistrales, desbrozando caminos, remontando laderas, va Gabb palpando y nombrando, inventariando materiales, clasificando siluetas en la libreta de campo, dibujando hábitats, auscultando las voces del bosque. Dejándose llevar por las huellas de la Naturaleza, a la vez que toma nota y computa.

Así, al tratar la topografía de la Cordillera Central, nos habla del Pico del Yaque o “Rucillo”, según Schomburgk 2,955 M altura, medición que Gabb no pudo verificar -“aunque una vez pasé veinticuatro horas en su ladera, intentando llegar a la cima. Al llegar a la altura de 5,500 pies, fui detenido por matorrales de helechos y la ausencia de agua”. Apunta el nacimiento en ese macizo de dos de los ríos más largos de la isla. Detalla montañas y consigna que “entre estas lomas hay muchos pequeños valles lindos, que dan abrigo a una población dispersa, como la de Junumucú, alrededor de 2,500 pies por encima del nivel del mar; Manabao, que quizás tenga 500 pies más de altura y la Ciénaga, casi al pie del Rucillo”.

Habla de las estribaciones entre los ríos Bao y Ámina. “Sus cañones son muy profundos, estrechos y raras veces son penetrados excepto por osados cazadores de cerdos”. Alude la aldea de S. J. de las Matas, al suroeste El Rubio, “cuya vista se pierde cuando se ve en conexión con la gran masa del pico Gallo y sus vecinos”. En el verano del 71 emprendió Gabb excursión por estas montañas que halló cubiertas “de un bosque continuo de pinos, tapizados con una vegetación escasa de hierba”. Según viejos montañeses nacidos al pie del Gallo “nadie ha llegado a su cima” dado lo tupido de los matorrales de helechos.

Gabb ofrece un cuadro de parte de la Línea Noroeste. “Una característica peculiar de esa parte de la cadena montañosa incluida en la línea divisoria de las aguas del río Yaque y sus afluentes es la extrema tortuosidad de las lomas y la consecuente longitud de la corriente. Así, el río Mao despliega brazos lejanamente en dirección hacia el suroeste, liderando, por así decirlo, todas las corrientes fluviales de las cercanías del río Sabaneta. Estas lomas son generalmente altas, estrechas, muy apiñadas, sus cumbres muy estrechas, y por eso tienen el sobrenombre de ‘cuchillo’.

Las estribaciones de esta porción de la sierra son diferentes a las que se registran en cualquier otra parte de la isla. Estas son tierras altas y anchas, cubiertas de pinos y hierba, casi siempre con un suelo rojizo gravoso y cortadas completamente por profundos barrancos. Como resultado del suelo gravoso suelto y de la escasez de lluvia, es la región más desolada de la República. Muy poco se cultiva en las colinas a no ser el alimento necesario para el sustento de la escasa población; aunque en los pequeños valles montañosos y en los frecuentes fondos de ríos se cultivan buenas cosechas de tabaco para la venta.

Las personas son una raza independiente y fuerte de montañeses, de un color muy claro, regularmente casi blancos, mostrando una gran mezcla de rasgos indígenas y muy pocos rastros, generalmente, de sangre africana. De hecho muchos de ellos serían confundidos en los Estados Unidos con personas ‘mitad’ indias o indios con un abuelo de raza blanca. Los hombres se dedican principalmente a la cría de caballos, cabras y cerdos, al cultivo de sus pequeños frentes y a excursiones de caza ocasionales en las montañas en busca de ganado y cerdos salvajes. Las mujeres, además de sus tareas domésticas, encuentran empleo abundante trenzando la hoja de la palma de ‘guano’ para enrollar el tabaco, con venta segura en Santiago.”

A punto con el debate sobre la conexión vial Cibao-Suroeste, Gabb traza las coordenadas. “Al este de esta región está el primer camino que se usa habitualmente para cruzar la sierra. Existe una ruta desde las inmediaciones de Sabaneta hacia el Artibonito, y desde ahí hacia Bánica, que sin embargo, actualmente nunca es usada. Una segunda ruta, raramente usada, se encuentra a lo largo del cañón del Bao, y desde ahí hacia San Juan. La ruta actual es a través de Jarabacoa, atravesando la cabecera del río Jimenoa hacia el Valle de Constanza, y desde ahí bajando hacia el río del Medio hacia el valle sobre Azua. La ruta es terriblemente difícil, cruzando constantemente altas sierras y profundos barrancos.

Desde Santiago, el camino inicialmente serpentea sobre colinas onduladas, rodeando el río Yaque, a veces al borde de las aguas, a veces subiendo un ascenso empinado o descendiendo rápidamente en una pendiente hacia la aldea, más bien un vecindario llamado Taveras. Aquí, diseminado sobre unos pocos miles de acres de terreno casi plano, hay un pequeño mundo escondido, rodeado por las altas montañas detrás y la muralla de colinas enfrente. Desde Taveras, el camino se eleva hasta la cima de una loma cubierta por pinos y serpentea, aparentemente, por todas las direcciones del compás hasta que el viajero se encuentra de repente al final de una alta colina que da la vista a un bello valle de varias millas de ancho, apoyado por una continua cadena de montañas.

En este valle se encuentra la pequeña bella aldea de Jarabacoa, el centro de una población de quizás mil almas, la mitad de la cual vive en la misma aldea. Está directamente sobre la ribera del río Yaque –aquí un torrente alborotado de veinte yardas de ancho- con su fondo salpicado con cantos rodados de granito, cuyo peso alcanza a menudo varias toneladas, que son testigos de su bravura durante las lluvias. El río Jimenoa, el cual se yergue a no más de diez millas al suroeste de Jarabacoa, delinea un curso de treinta y cinco o cuarenta millas de largo, casi en círculo y culmina en el río Yaque pero a una media docena de millas del pueblo. A una milla de Jarabacoa, el camino cruza un arroyo de cierto tamaño, un brazo del Jimenoa y entonces casi inmediatamente comienza a ascender la loma. Un ascenso de tres millas lleva al viajero a donde puede ver en un día claro, no sólo la aldea y el valle a sus pies, sino un interminable mar de montañas, el Valle del Cibao, y más allá, la Cordillera Septentrional, borrosa en la confusa distancia.

Al oeste, casi al alcance, ya que aparenta estar tan cerca, aparece el noble pico del Rucillo, con su cima casi siempre cubierta por nubes…Después de casi un día de recorrido, el camino desciende gradualmente hacia el Jimenoa, donde se reduce a un riachuelo de apenas tres yardas de ancho. El agua es bellamente clara y muy fría. Una zambullida en la sabrosa cuenca, seguida por un almuerzo nos preparó para el resto de nuestra ruta y, después de unos pocos momentos de descanso, nos dirigimos de nuevo a Constanza, donde llegamos justo al anochecer.”

Allí nuestro viajero encontró “una llanura o valle plano, densamente forestado, a través del cual montamos por unas cuantas millas, emergiendo finalmente a una planicie herbosa retocada por pequeños espacios de árboles de pino y vivificada por grupos de caballos y ganado. El pueblecito, si se le puede llamar así, consta de alrededor de una docena de chozas, y está casi en la extremidad de la planicie, en el límite del bosque y a orillas de Arroyo Limón. A juzgar por los remanentes que todavía existen, es evidente que nos encontramos en el lugar de una antigua aldea aborigen de cierta importancia. Terraplenes de varios cientos de pies de extensión, similares a los encontrados en el Valle Mississippi, son todavía visibles, en buen estado de preservación, cubiertos en algunos lugares por árboles de dos pies de diámetro.”

Así continúa nuestro explorador desentrañando los perfiles de la ínsula. La poesía que brota espontánea del suelo.

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