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Haciendo memoria sobre la pobreza República Dominicana

Written by Debate Plural

Annet Cárdenas (D. Libre, 21-8-12)

La pobreza se ha escapado sin ningún esfuerzo del quehacer de los gobiernos y los políticos de la República Dominicana. Les ha dejado, si acaso, una ligera esencia con la cual perfumar sus discursos y reportes para que puedan mostrar un leve olor a pueblo necesitado, que viene muy bien, sobre todo durante los períodos electorales.

Entretanto, la pobreza, con todo su maldito esplendor, repta, se arrastra, explota y no se esconde, en los mismos lugares donde siempre estado, y algunos nuevos, asfixiando, nada más y nada menos que al 40 por ciento de la población de esta media isla. Casi la mitad de los dominicanos y las dominicanas, cuya población total, si se hace caso del informe final del XI Censo Nacional de Población y Vivienda 2010, asciende a 9,445,281 personas.

Al menos ese 40 por ciento es la cifra sobre la pobreza que ha dado a conocer el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo al publicar la nueva metodología oficial de medición de la pobreza en República Dominicana. Según esos cálculos, 4,037,980 (40.2 por ciento) ciudadanos y ciudadanas de este país viven en condiciones de pobreza, y de ellos, 1,024,881 (10.4 por ciento) sobreviven en la pobreza extrema.

Gráfico 1

Pero ahora, hasta el vocablo se ha tornado elusivo, y los que hasta hace muy poco eran simplemente pobres, en la actualidad pueden ser necesitados, personas de escasos recursos, sectores menos privilegiados, segmentos de la población más vulnerables, creando un eufemismo sociológico que ha alcanzado y de algún modo lastra los esfuerzos asistencialistas que despliegan las autoridades para intentar mitigar el mal y sus consecuencias. Con no muy buenos resultados, la verdad sea dicha.

Porque, ya no es cuestión solamente de tratar de ahuyentar un poco la pobreza, sino de enfrentar de una vez la abismal desigualdad que se impone cada día más en la sociedad dominicana y que no deja muchos resquicios para una efectiva lucha contra el ya casi epidémico empobrecimiento de la población.

La ruta de la pobreza

Esta no es una problemática nueva, ni tampoco exclusiva de la nación dominicana. Los pobres hablan en casi todos los idiomas y necesitan recursos en la mayoría de las monedas que tienen curso legal en los mercados del mundo.

En este país, en lo que concierne a la lucha contra la pobreza, ha habido muchos años malos y otros peores. Si la sima más profunda fue en el año 2004, con más de un 49 por ciento de la población sumida en la pobreza, los años siguientes han sido períodos de ascensos a cuentagotas, que de ninguna manera guardan correspondencia con los publicitados índices de crecimiento económico que reflejan los informes del Banco Central de la República Dominicana (BCRD).

Y la pobreza campea por las ciudades, pero se adueña de los campos. Poco importa si es en el Este turístico, en el Norte cibaeño, en la zona fronteriza o en el llamado «Sur Profundo», como la provincia San Juan de la Maguana, donde vive la joven Helen Mateo Mora, de 16 años. Allí, por doquier imperan la falta de oportunidades y el desempleo, que se decanta en una migración sin freno que despuebla el interior de la República, para propiciar el hacinamiento y la arrabalización en los barrios de la periferia de las principales urbes del país.

Esta adolescente que ha decidido no quedarse al margen de la labor social que despliegan varias organizaciones no gubernamentales en su comunidad, dice conocer en qué consiste el Programa Solidaridad que desarrolla el gobierno, aunque considera que no es de gran ayuda para que una familia pobre pueda subsistir, pero «de algo sirve».

La joven Helen no es precisamente una partidaria de la construcción del Metro de Santo Domingo. «Aquí en la República Dominicana, el principal problema es que hay mucha pobreza y el gobierno gasta dinero en cosas innecesarias, por ejemplo el Metro. Eso fue un dinero que no debió gastarse habiendo tantas necesidades en el país».

Una situación similar vive César Jonas Báez, de 25 años, uno de los pocos jóvenes estudiantes universitarios con los que quizás pueda contar el futuro de su natal Cañafistol, también en San Juan. Y sólo es quizás, porque César estudia idiomas en el Centro Universitario Regional del Oeste de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (CUROUASD). Él sabe que en su comunidad no hay trabajo para nadie, ni habrá, a menos que haya una inversión significativa del gobierno en la agricultura de la zona, y entonces, sólo entonces, tal vez los niños, los «echaeldía» -como llaman por allá a los menores jornaleros- del campo sanjuanero podrán ir tranquilamente a la escuela a aprender, sin tener que sudar sobre la tierra para ayudar a su familia a sobrevivir, a pesar de Solidaridad y la bienintencionada donación de RD$500 cada mes.

Muchos jóvenes, como Helen o como César, de los que aún defienden con dientes y uñas sus esperanzas y sueños desde el ámbito rural, reconocen la importancia y el impacto del Programa Solidaridad, pero algunos ni siquiera lo identifican como parte de una política sostenida y sostenible para luchar contra la pobreza.

Los pobres, más allá de los números

Por toda esa caracterización sociológica es que expertos como la antropóloga social Tahira Vargas insisten en analizar la pobreza más allá del elemento cuantitativo: «Si se analiza la pobreza, solamente mirando cuántos son los pobres, cuánto tienen, cuánto ganan, en términos cuantitativos, se pierde la óptica en términos de la vida cotidiana de la gente, porque la pobreza hay que mirarla principalmente desde la cotidianidad, desde la perspectiva de las relaciones sociales y de las oportunidades que tiene la gente».

La pobreza se ha convertido en un imbricado tejido social, cuyos hilos se entrelazan y extienden, como un círculo vicioso, entre causas y consecuencias con áreas tan sensibles para la población, como la salud, la educación, el acceso a agua potable y los servicios básicos, sin olvidar la brecha digital.

Al respecto, el economista Pavel Isa Contreras considera que «en la economía dominicana existe una muy alta incidencia de morbilidad, prevaleciendo una baja productividad de la población por las condiciones de salud, que sufrieron cuando eran niños y niñas y que también sufren en la actualidad», al tiempo que advierte que «una población enferma no puede ser productiva, ni puede generar sus propios recursos, como para salir de la pobreza».

El crecimiento por su lado

Durante los últimos años, en República Dominicana ha habido crecimiento económico y estabilidad macroeconómica también. Ahí están las cifras, y para que nadie las olvide, nos la recuerdan alrededor de un centenar de veces cada día los portavoces oficialistas.

Según los números que aporta el Banco Central, cuyos datos acerca de la pobreza, dicho sea de paso, difieren de los publicados por el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo, el movimiento, casi siempre ascendente, del crecimiento económico, comenzó a partir del año 2004.

En ese año, cuando el ya ex presidente Leonel Fernández asumió el poder por segunda vez, se reportó un crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) de un 2.5 por ciento, entre los meses de julio y diciembre. En 2005, la República Dominicana se ubicó entre las naciones de mayor crecimiento económico con un 9.3 por ciento, que un año después alcanzó un 10.7 por ciento, el más elevado, según aclara el Banco Central, registrado por la economía criolla en los últimos 19 años.

Para el 2007, el crecimiento del PIB fue de 8.5 por ciento, que descendió, doce meses después, a un 5.3 por ciento, y que en el 2009 fue de 3.5 por ciento. Durante el año 2010, la economía de República Dominicana creció un 7.8 por ciento, en tanto que el año pasado volvió a descender, esta vez a 4.5 por ciento, cuando el PIB totalizó RD$2,119,301.8 millones y en dólares, US$55,666.0 millones.

En general, el Banco Central informó que el crecimiento promedio entre los años 2005 y 2011 fue de un 7.1 por ciento.

Mientras, los números del índice de pobreza en el país reportados por el BCRD sitúan en el 2004 el punto más crítico, con un 43.4 por ciento, que a octubre del 2011, había descendido, de acuerdo con los datos del Banco Central, a un 34.3 por ciento.

En este sentido, Isa Contreras llama la atención sobre el hecho de que no se trata sólo de implementar una política que se limite a mantener la muy ponderada estabilidad macroeconómica, como ha sucedido hasta el momento. «Es cierto que la estabilidad macroeconómica es un requisito necesario, pero no es suficiente para hacer que las economía y el aparato productivo generen suficiente empleo. Tiene que haber una política inducida, de estímulo directo a los sectores productivos, para que éstos generen los empleos que se necesitan, y no sencillamente garantizar estabilidad macroeconómica y dejar que la economía se comporte como ella quiera».

Distorsión de un progreso a galope

Un mero recorrido por la geografía nacional muestra que el horizonte más urbano de República Dominicana comienza a reventar de tantas torres con aspiraciones de rascacielos, mientras en provincias alejadas de la capital, como San Juan de la Maguana, los jóvenes se lamentan por la falta de empleos en la agricultura y denuncian la falta de oportunidades de que son víctimas.

Sobre este tema, la antropóloga social Tahira Vargas opina que «si se invierte todo el dinero en las principales ciudades y se descuida y se abandona, como ha pasado en la pasada gestión de gobierno, el resto del país, se fortalece la migración hacia las zonas urbanas, se incrementa el hacinamiento, la violencia social y la desigualdad».

Otra evidente distorsión en este galopante progreso que se ha intentado implementar en el país es el de basar ese acelerado crecimiento económico, como también señala la experta, en el sector de la construcción, donde, ciertamente, más rápido se pueden crear de fuentes de empleo, pero que por lo general se centran en la contratación de mano de obra poco o no calificada, y si se focaliza en las principales ciudades, genera más migración de la población rural.

Vargas señala otra arista de este problema, y es que «gran parte de los empleos en construcción, están ocupados por migrantes haitianos ilegales, con sueldos muy bajos», y que, por supuesto no forman parte del Sistema Dominicano de Seguridad Social (SDSS).

La pregunta de siempre: ¿asistencia o asistencialismo?

Los números del Sistema Único de Beneficiarios (SIUBEN), que maneja el Gabinete Social de la Presidencia bajo el sosegado liderazgo del hasta hace unos días vicepresidente de la República, Rafael Alburquerque, también van un tanto por su lado. De acuerdo con las estadísticas publicadas en la página web de la institución, el total de pobres en el país, al 2011 ascendía a 3,155,134, distribuidos en 840,960 hogares.

La creación del Programa Solidaridad, en el año 2005, garantizó cierta asistencia a corto plazo a cientos de miles de familias de las más pobres del país. Actualmente, este programa beneficia a 800 mil hogares con el subsidio Bono-Gas Hogar en todo el país; de las cuales 622,537 mil familias reciben la transferencia Comer es Primero y 454,587 con Bono-luz hogar. Asimismo, el Incentivo a la Asistencia Escolar (ILAE) llega a 240 mil familias.

En Solidaridad, el gobierno invirtió el pasado año RD$ 7, 799, 091,654.

El problema con este tipo de programas es que están pensados de forma inmediata, proporcionándole a los hogares elegibles para recibir la asistencia, una transferencia monetaria para ayudarlos a solventar, de alguna manera las necesidades más acuciantes en términos de seguridad alimentaria y otros apremios, pero no les garantiza ni sostenibilidad, ni permanencia. «Ninguno de ellos resuelve lo que origina esa pobreza. Para erradicar la pobreza, es preciso atacar las causas, entonces lo que tenemos aquí es asistencialismo», precisa Tahira Vargas.

Pavel Isa Contreras es partidario de estos programas de asistencias condicionadas, que transfieren dinero a un segmento específico de la población, previamente determinado, a cambio de que esos beneficiarios cumplan con algunas condicionalidades, que, por lo general tienen que ver con garantizar la asistencia escolar de los menores y el acceso a ciertos servicios de salud, como la vacunación.

Tras las huellas de Lula

Los éxitos comprobados de la política de reducción de la pobreza logrados por el gobierno del ex presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula Da Silva y ahora por la mandataria Dilma Rousseff , le deben haber quitado el sueño a más de uno de los líderes que nos gastamos por estos lares, y sin embargo, citar esos mismos logros continúa sonando bien en los discursos de algunos políticos, como una incipiente pista de que también República Dominicana podría transitar por ese camino y llegar, quizás, a resultados similares.

Sin ir más lejos, no podría ignorarse que el programa «Quisqueya sin miseria», que recién anunció el flamante presidente Danilo Medina en su discurso de toma de posesión, está inspirado en «Brasil Sem Miséria», o «Brasil Sin Miseria», el plan nacional de lucha puesto en marcha recientemente por la presidenta Dilma Rousseff en el gigante sudamericano, para sacar 16,2 millones (8.5 por ciento de la población de 190 millones de habitantes) de brasileños de la pobreza a través de iniciativas de transferencia de dinero en efectivo, de inclusión productiva y de mayor acceso a la educación, la salud, el saneamiento y la electricidad.

Además, de acuerdo con el Ministerio de Desarrollo Social y Combate al Hambre de Brasil, creado en el año 2004 por Lula Da Silva, el programa hace hincapié en la inclusión productiva, a nivel nacional y regional, con el aumento de las habilidades y capacidades de los ciudadanos para desempeñar un papel activo en la economía nacional.

Cualquier semejanza con la experiencia dominicana, debe ser muy a propósito, aunque habría que salvar las distancias en lo que a los recursos para la implementación de tales planes se refiere, pues Brasil constituye ya una potencia mundial emergente, con un PIB en el año 2011 que alcanzó los US$2.282 billones, mientras República Dominicana apenas da brazadas para mantenerse a flote en un mar proceloso de crisis, deudas y otras tantas rémoras, como la corrupción, flagelo este último que tan diligentemente está combatiendo el gobierno brasileño.

La palabra del nuevo Presidente

Danilo Medina Sánchez es el nuevo Presidente de República Dominicana, pero no había dicho muchas cosas con respecto a nada, a no ser lo que se mencionaba en su bien elaborado programa de gobierno y su muy esperado discurso de toma de posesión, pronunciado el pasado 16 de agosto.

En cuanto al programa de gobierno para el período 2012-2016, llama la atención que su punto de acción inicial sea justamente el de proporcionar «Vida digna y saludable para toda la población», declarando como su primera prioridad el combate a la pobreza y la defensa de la clase media.

«La pobreza no es únicamente la falta de ingresos, sino también la falta de capacidades y oportunidades, exclusión y carencia de reconocimiento social, así como insatisfacción de las necesidades básicas y debilitamiento de las relaciones interfamiliares y comunitarias». Así describe el problema el documento que debe ser la base de las políticas a desarrollar por el nuevo gobierno dominicano.

La meta planteada es reducir la pobreza extrema, «sacando de ella a 400 mil personas», o sea a cerca de la mitad de los 1,024,881 dominicanos y dominicanas que resisten en esas condiciones. Con los planes de reducir la pobreza, el presidente Medina, en su programa de gobierno también pretende llevar a un millón quinientas mil personas desde la pobreza a la clase media.

Asimismo, asegura que el «esfuerzo por la reducción de la indigencia y la pobreza y la ampliación y defensa de a clase media, es un esfuerzo nacional que requiere un abordaje de todo el Gobierno y toda la sociedad, mediante una adecuada articulación entre las políticas económicas sociales e institucionales (…)».

Otra idea -cuidado con las semejanzas brasileñas- es la de la creación del Ministerio de Desarrollo Social y Familia.

En su primera gran intervención pública como Presidente dominicano, Medina explicó cómo articulará el Programa Solidaridad, de transferencias condicionadas y focalizadas, que será fortalecido y al que se le adicionarán al menos 200,000 nuevas familias, con la estrategia Progresando, desarrollada bajo el liderazgo de la entonces Primera Dama, ahora Vicepresidenta de la República, Margarita Cedeño de Fernández, y el ya mencionado programa Quisqueya Sin Miseria.

Además, hizo referencia al inicio de otro programa: el de Banca Solidaria, que deberá echar a andar con un capital de RD$1,000 millones, y se prevé que en su primer año de operación beneficie a 75 mil personas pobres, especialmente a las mujeres jefas de hogar, con bajas tasas de interés.

«Este programa persigue afianzar la inclusión financiera y al sistema productivo, que provocará una democratización del derecho al crédito, y la creación de capital social utilizando la metodología de grupos solidarios», explicó Medina en su discurso.

¿Prioridades imposibles?

No obstante, la pobreza continúa reproduciéndose, mientras los gobiernos y los gobernantes dominicanos se suceden unos a otros en intentos casi concéntricos de regresos infructuosos o triunfantes, según el caso, y la lucha contra la pobreza nunca ha dejado de limitarse a sencillas escaramuzas, en las que los proyectiles han demostrado ser de corto alcance y de impacto superficial.

Algunas de las iniciativas que en este sentido propugnó el discurso de investidura del mandatario Danilo Medina coinciden también con muchos de los criterios expresados por Tahira Vargas, quien considera que «las inversiones deben ir dirigidas a la educación, al sector agropecuario, al desarrollo de programas de empleo que se enfoquen en las poblaciones vulnerables desde el territorio, que generen producción, y que multiplique las alternativas para la población joven y las mujeres».

Estas políticas de inversión en el desarrollo productivo no pueden dejar de manifestarse como un estímulo al aprendizaje y a la innovación que sirvan de base, sin elusión posible, a la generación de empleos de calidad.

No estaría de más advertir ahora, que la anunciada pretensión del presidente recién instalado presidente de la República, Danilo Medina, de llevar un millón y medio de personas de la pobreza a la clase media, supera con mucho el número de personas que dejaron de engrosar las cifras de la pobreza durante los ocho años de los gobiernos sucesivos del expresidente Leonel Fernández: 351,474.

Pero este pueblo no puede permitirse perder la esperanza, y si el presidente Medina decide enfrentar este reto de siempre ante la República Dominicana, el machete de inversiones y esfuerzos políticos que puede cortar el círculo vicioso de las imbricaciones de la pobreza con la falta de educación, la ausencia de oportunidades, el desempleo y el poco acceso a los servicios de salud y la seguridad social, ahora está en sus manos. ¿Lo blandirá de una vez por todas o seguirá guiando un gobierno más que se estrella sin rumbo y sin brújula contra el arrecife social de la pobreza?

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