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Lezama Lima: cien años que son días

Written by Debate Plural

Plinio Chahín (Hoy, 8-1-11)

La poesía es un acto imaginario, multiplicador y diverso. La poesía cuyo terreno no es la realidad,  sino, lo imaginario—la realidad de lo imaginario–, busca en el mundo de la imaginación, las regiones que están entre la fantasía cruda,  mecánica (el “fantaseo”), y las que desaparecen más allá  de las últimas terrazas visibles. Busca una imaginación que, no obstante ser espontánea por el mecanismo mismo que la produce, puede tener un sentido cuyas claves no sean exclusivamente individuales, una imaginación que remita continuamente al mundo. Entre las noches profundas del racionalismo y la imaginación, la poesía pretende encontrar un fragmento de lo simbólico, tan nítidamente rescatado y brillando con una luz tan propia, que induzca a lo real a parecérsele, que induzca a la vida en situación  de transformar el arte, a crear,  una nueva visión, tanto del poema como de  la vida misma.

Tal es la preocupación del poeta cubano José Lezama Lima (1910-1976). Su objetivo no es esclarecer un misterio, para que este se vea reducido, empobrecido, a una verdad clara y distinta. Lo que preocupa a José Lezama Lima es el “eterno reverso enigmático” del mundo. En su libro La fijeza (1949), hay varios poemas en prosa que tratan de este tema, el cual, por cierto, se inscribe  dentro de una concepción católica del mundo.

Desde el momento—dice en uno de ellos—en que Dios (“el principio”) pareció separarse de lo Otro, los hombres se han dividido en dos grupos: “los  que creen que la generosidad del Uno engendra el par, y los que creen que lo lleva a lo Oscuro, a lo Otro”. Lezama, por supuesto, comparte más la segunda creencia. El advenimiento del Cristo—que vino a traer la guerra y no la paz, nos recuerda, casi como Unamuno—trastocó las perspectivas habituales. Con él “se ponían claridades oscuras. Hasta entonces la oscuridad había sido pereza diabólica y la densidad insuficiencia contenta de la criatura”.

La poesía, según Lezama trastrueca también esa simetría de opuestos. La poesía nace de la resistencia que encuentra el “súbito” (la imagen) al querer penetrar en lo “intensivo” (lo real). Pero, advierte Lezama, en el mundo de la poiesis, la diferencia física, “la resistencia tiene que proceder por  rápidas inundaciones, por pruebas totales que no desean ajustar, limpiar o definir el cristal, sino rodear, romper una brecha por donde caiga el agua tangenciando la rueda giradora” o como lo dice en otro poema, de manera más elíptica pero quizás más eficaz y sorprendente: “el dado mientras gira cobra el círculo,/pero el bandazo es el que le saca la lengua al espejo”.

Parece, pues, evidente: la poesía no es tanto esclarecimiento como revelación, ese instante en que la imagen nos pone ante una totalidad, en que  ese “bandazo” rompe con la “embriaguez viciosa del conocimiento” y nos hace vivir, ver el esplendor. Aun podría añadirse: la revelación, pero del misterio mismo. No hay claridad separada del misterio: revelar es también velar para que lo irreversible encarne, sea inteligible en el cuerpo mismo de su oscuridad.

En la base de la poética de Lezama están los conceptos de lo maravilloso, de la contemplación asombrosa, de lo sobrenatural, mágico, religioso. Sustituye el concepto griego de metamorfosis (aun cuando los modos estéticos griegos y especialmente homéricos pesen tanto en su obra) por el concepto católico de transfiguración. Así, para Lezama, el alma, el espíritu, y su forma más aprenhensible, imagen, se vuelven sinónimos de poesía. La poesía, en él, es la forma de la espiritualidad y de la religiosidad, porque la poesía es lo maravilloso, lo sobrenatural, lo mágico. De ahí que se relacionen estrechamente, en su sistema misterio y poesía. Lo que provoca esta fórmula “la poesía como misterio clarísimo o, si usted quiere como claridad misteriosa”.

La visión de Lezama no es la agustiniana del hombre buscando a Dios en su interior, sino, según Cintio Vitier, utilizando el sello de la semejanza, la capacidad creadora que en él es la potencia imaginativa, “para llenar ese retiramiento, ese vacío que se abre entre el ascendere (uno primordial, diada de participación, ternario que gana el testimonio) el redondear en la tetractis de los pitagóricos el venerable bostezo de lo extenso (reposo del séptimodia), y el descendere órfico del septenario”, aparición del ritmo y de la imagen, interpretada  en relación con el descenso del Ser a los infiernos, que es,  en definitiva, el espacio de la caída. Ahora bien, esto supone un desgarrón, una ruptura, una hostilidad, mientras que la intuición clásica del catolicismo, de Dante a Claudel, consistía en sentir esa región dolorosa como un espacio, a pesar de la caída y como a través de ella, comunicativo y resonante.

Luz y aliento que permiten la transformación incesante. Una vez más lo que define la poesía de Lezama es su sincretismo donde orfismo, alquimia, taoísmo, catolicismo o gnosticismo parecen enlazar en su intento de ilustrar  una visión del mundo y una poética. Así encontramos en su libro Fragmentos a su imán  (1977) la noche órfica en su capacidad generatriz. Hesíodo la llamaba la madre de los dioses por su creencia, griega, de que precedía   la creación de todas las cosas. En Lezama se asocian el mito órfico y su realidad de asmático, que le impide conciliar el sueño, para hacer de la noche el momento “propicio y mágico” para la creación: “noche monosilábica/con sílabas que avanzan hacia una fruta”. Noche germinadora que trae la calma y multiplica el sueño.

Desde el gnoscitismo de Muerte de Narciso (1937) hasta la visión órfica de Dador (1960), la poesía de Lezama sitúa al hombre en lo que Cintio Vitier ha llamado “los dos confines”: lo estelar y lo oscuro; lo puro y lo siniestro. El bien y la ausencia que hacen que “los demonios y los ángeles se escondan sonriendo”. Es el mismo hálito que se disuelve en el espíritu y que el taoísta transforma, dentro de sí mismo, en el elíxir de la vida.

Todo el universo literario de Lezama—se comprende entonces—parte y regresa continuamente desde y hacia la poesía: es su intimidad con ese territorio donde las palabras mueren incesantemente para resucitar la que apuntala el resto de su producción en prosa; la que hace que hasta el más banal de sus comentarios se someta a la sabiduría analógica, establezca secretos pactos con el desordenado orden de la creación.

Como los grandes místicos, como los anónimos poetas sufíes o los creadores de las Upanishads, Lezama sabe que el fin último del lenguaje es el escamoteo de las esencias, la magnificación de lo innombrable por ese perfecto ejercicio de la agonía que está implícito en toda aventura sustantiva: nombrar a la Divinidad es una tarea sin destino posible, ya que el nombre es el velo que la cubre antes que la acción que la desnuda.

Y sin embargo, no debe creerse que la base ideológica católica, la versión órfica de la poesía, la visión de cierto visionarismo onírico, la convicción sustantivista del acto poético; no debe creerse que esta diversa familia que Lezama convoca desde su barroca biblioteca lo condena simplemente a una forma derivada del idealismo o del trascendentalismo; tampoco,  a una práctica sustitutiva de la realidad y sus repertorios, y, mucho menos a la especulación abstracta filosofante. Aquí radica la complejidad real de su obra: en ella ocurre, al mismo tiempo que aquellas resonancias de su linaje poético, una proliferante presencia material; y, por ello, el ejercicio de los sentidos y las expansiones de la sensorialidad. Lezama no nos propone otro mundo: “es este mundo lo que su obra se propone reinterpretar, celebrar, significar.

Poema a Lezama Lima
De Plinio Chahín

Limpios sus labios en los míos
su cáliz de bestia introdujo
El que hubo de morir en el instante
de su definición mejor

¿En éste por qué ha de morir?
Instante donde la imaginación percibe
el tacto  ambiguo del deseo
moviendo sus abstracciones apolíneas
más profundas que bellas
como Epicuro tasó el placer en mil litros de fuego
y Constantino se escondió en un vahído erótico y sensual
que luego fragmentó en odios sueños
y tantísimos crepúsculos y espejos
Hoy que todavía es mañana y todavía hoy
Yo José Lezama Lima
he gozado tu miembro de búho entorpecido

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