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Filosofando como un pendejo…dominicano

Written by Debate Plural

Andrés L. Mateo (Hoy, 20-2-13)

La elección de Amable Aristy Castro a la Liga Municipal Dominicana, electo a unanimidad (y recibido con aplausos) por los tres grandes partidos del sistema, me ocasionó un súbito despliegue de mi imaginación filosófica, y me puse a discurrir sobre los pendejos.

Los pendejos son, históricamente, quienes nunca se han aprovechado de la riqueza pública. Son seres de buena fe descendidos de otro universo que alimentaron la manía sacrosanta de recordar el catecismo, cuando las briznas de las tentaciones les nublaron el pensamiento.

Los pendejos tienen desplegadas la curvatura de la ingenuidad, y el brillo de las pompas de los políticos de turno les hace creer que ellos tienen la esbeltez resistente ante los privilegiados, que se enriquecen mágicamente desde los cargos públicos, y siguen siendo honorables.

Los pendejos son el plural masivo, el predicado de los corruptos, la burla que se zambulle en la risita del oportunista trajeado a la última moda, con buenos carros y residencias suntuosas, encopetados en la tribuna pública por que se saben pertenecientes a un arribismo que no se inquieta por el honor, que se repite su tipo una y otra vez en la historia, como si fuera una fatalidad particular del mundo americano, diluida en una duración que arrancó con el inicio mismo de nuestras naciones.

Es sobre el abatimiento de los pendejos, su marginalidad e instrumentación, que las castas políticas corruptas se han enseñoreado en nuestro país, al igual que en casi todos los países americanos. Es, sin embargo, sobre el mal inminente de los defectos recuperados, que los pendejos un día conocerán el rostro de su rebelión. Hace ya unos años, el fallecido intelectual venezolano Arturo Uslar Pietri, llamó a una marcha nacional de todos los pendejos, y el pedido prendió como llama saltando en un pajonal, puesto que Venezuela estaba estremecida por la corrupción. Todos sabemos lo que le ocurrió a esa casta política venezolana.

Ciento sesenta y tres años de vida republicana, ciento veintidós de autoritarismo, un cúmulo incontable de decepciones históricas, obligan a que los pendejos dominicanos, aunque sólo sea simbólicamente, tomen la palabra. Son los pendejos los que levantan la lenta concreción de las virtudes, que crece en el silencio de observar callados a tantos turpenes que se roban el patrimonio social, sin que la justicia centelleante de los hombres les alcance la solapa del saco malhabido.

La corrupción se vincula con un orden histórico particular, con un manejo del poder, con una concepción patrimonial del Estado, y no con las grandes formas neutras de la naturaleza humana. La corrupción no es una naturaleza, una esencia de la dominicanidad, como nos quieren hacer creer. Son los corruptos quienes creen que el pendejo es un pendejo por naturaleza. Aunque, no se puede negar, hay un estallido inocultable en la población dominicana, que genera un sentimiento de frustración colectiva cabalgando en la historia, encerrado como un estigma en la palabra pendejo.

Los pendejos son el plural masivo, el predicado de los corruptos, la burla que se zambulle en la risita del oportunista trajeado a la última moda, con buenos carros y residencias suntuosas, encopetados en la tribuna pública por que se saben pertenecientes a un arribismo que no se inquieta por el honor, que se repite su tipo una y otra vez en la historia, como si fuera una fatalidad particular del mundo americano, diluida en una duración que arrancó con el inicio mismo de nuestras naciones.

Es sobre el abatimiento de los pendejos, su marginalidad e instrumentación, que las castas políticas corruptas se han enseñoreado en nuestro país, al igual que en casi todos los países americanos. Es, sin embargo, sobre el mal inminente de los defectos recuperados, que los pendejos un día conocerán el rostro de su rebelión.

Hace ya unos años, el fallecido intelectual venezolano Arturo Uslar Pietri, llamó a una marcha nacional de todos los pendejos, y el pedido prendió como llama saltando en un pajonal, puesto que Venezuela estaba estremecida por la corrupción. Todos sabemos lo que le ocurrió a esa casta política venezolana.

Ciento sesenta y tres años de vida republicana, ciento veintidós de autoritarismo, un cúmulo incontable de decepciones históricas, obligan a que los pendejos dominicanos, aunque sólo sea simbólicamente, tomen la palabra.

Son los pendejos los que levantan la lenta concreción de las virtudes, que crece en el silencio de observar callados a tantos turpenes que se roban el patrimonio social, sin que la justicia centelleante de los hombres les alcance la solapa del saco malhabido.

La corrupción se vincula con un orden histórico particular, con un manejo del poder, con una concepción patrimonial del Estado, y no con las grandes formas neutras de la naturaleza humana.

La corrupción no es una naturaleza, una esencia de la dominicanidad, como nos quieren hacer creer. Son los corruptos quienes creen que el pendejo es un pendejo por naturaleza. Aunque, no se puede negar, hay un estallido inocultable en la población dominicana, que genera un sentimiento de frustración colectiva cabalgando en la historia, encerrado como un estigma en la palabra pendejo.

Quizás la tanta burla de los políticos dominicanos haga pasar a los pendejos de objeto a conciencia, como el aldabonazo que «La marcha de los pendejos», convocada por Arturo Uslar Pietri, desencadenó en los venezolanos.

Quizás algún día no me llegue la indignación frente al televisor, mirando a los tres grandes partidos del sistema (PLD,PRD,PR) proponerme un paradigma triunfador como «don» Amable, estrujárselo a los jóvenes en la cara como modelo de realización; y arrojarme sobre el computador a redactar estas notas, en la que filosofo como un pendejo.

II

La transacción sobre los terrenos del Parque Jaragua y Bahía de las Águilas me ha empujado de nuevo a filosofar como un pendejo. En la sociedad dominicana el pendejo es una categoría histórica, y hay que tomárselo bien en serio. ¿Quiénes son los pendejos? ¿Cuál es su morfología fundacional, la inflación moral que los hace surgir?

Los pendejos son seres de buena fe descendidos de otro universo en el que alimentaron la manía sacrosanta de recordar el catecismo cuando las briznas de las tentaciones les nubla el pensamiento. Nunca se han aprovechado de la riqueza pública, porque tienen desplegadas la curvatura de la ingenuidad, y el brillo de las pompas de los políticos de turno les hace creer que ellos tienen la esbeltez resistente ante los privilegiados, que se enriquecen mágicamente desde los cargos públicos, y siguen siendo honorables. Los pendejos son el plural masivo, el predicado de los corruptos, la burla que se zambulle en la risita del oportunista trajeado a la última moda, con buenos carros y residencias suntuosas, cuentas bancarias, y  encopetados en la tribuna pública porque se saben pertenecientes a un arribismo que no se inquieta por el honor, que se repite su tipo una y otra vez en la vida del país, como si fuera una fatalidad particular de nuestra historia, diluida en una duración que arrancó con el inicio mismo de la República.

Mientras los tres ministros hablaban (bien peinaditos, trajeados a la moda,    ricos personajes de la fauna criolla, frunciendo la cara para explicar una decisión arbitraria y contraria al interés público como si fuera un acto de progreso y libertad) yo pensé que es sobre el abatimiento de los pendejos, su marginalidad e instrumentación, que las castas políticas corruptas se han enseñoreado en nuestro país. Y que quizás la tanta burla de los políticos dominicanos haga pasar a los pendejos de objeto a conciencia, y los lleve a ver el rostro de su rebelión. Porque,  ¿cómo es posible explicar que tres ministros del gobierno se paren frente al país y proclamen su impotencia de no hacer cumplir las leyes? ¿A quién hablaban sino era a nosotros, los de entonces, que seguimos siendo los mismos pendejos? ¿No es esa transacción  la anomia del Estado desplegándose en la más enclenque decisión de gobierno de los últimos cuarenta años?

Y no es tan solo el Estado dominicano el que vive en la anomia, es la nación entera. Después de esa decisión este es un país en el que cualquier aventurero puede llegar y colgar su sombrero. El frío cinismo de instrumentalizar la pobreza de Pedernales para justificar la transacción,  es un  miserable ejercicio de irresponsabilidad (aunque, por otra parte ¿hay alguien en este país que pueda creer en la sensibilidad social de Bauta Rojas o de Francisco Javier?). Vivimos en un país sin normas, sin leyes; en el cual el poder lo falsifica todo. Pero yo les digo a Bauta Rojas, a Francisco Javier y a César Pina; y también a Danilo Medina, que ciento sesenta y nueve años de vida republicana, más de ciento veinticinco de autoritarismo pleno, y  un cúmulo incontable de decepciones históricas, obligan a que los pendejos  dominicanos tomen la palabra, así solo sea simbólicamente. Aunque, no se puede negar, hay un estallido inocultable en la población dominicana, que genera un sentimiento de frustración colectiva cabalgando en la historia, encerrado como un estigma en la palabra pendejo.

Envuelto en esa atmósfera he regresado a mis viejos afanes filosóficos, seguro de que son los corruptos quienes creen que el pendejo es un pendejo por naturaleza. Pero, son los pendejos los que levantan la lenta concreción  de las virtudes, que crece en el silencio de observar callados a tantos turpenes que se roban el patrimonio público sin que la justicia centelleante de los hombres y las mujeres les alcance la solapa del saco mal habido.

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