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Crónicas del tiempo: General Gregorio Luperón (2)

Written by Debate Plural

Rafael Núñez (D. Libre, 1-9-15)  

 

Para quienes pugnaban desde los primeros años porque la nacionalidad dominicana surgiera fortalecida, su propósito chocó con fuertes obstáculos, algunos propios de las condiciones del medio y otros, resultante de las gestiones de fuerzas adversas que impulsaban la anexión del país pura y simple o colocarlo bajo el protectorado de cualquiera de las potencias beligerantes con influencia en la región.

Las primeras décadas de lucha por la creación de un Estado y Nación fuertes, fueron tiempos de guerras e inestabilidad, debido a la actitud entreguista de sectores conservadores, por las constantes pugnacidad entre los bandos políticos y, además, debido a que la parte española de la isla careció de una clase social que sustentase e impulsase semejantes ideales.

Gregorio, un mulato de cualidades humanísticas escasas, que se forjó desde muy joven en el trabajo y luego en las luchas políticas, fue el resultado de las condiciones sociales y materiales de la época. Su vida y su accionar estuvieron regidos por la visión liberal de “Los Trinitarios”, identificados con el pensamiento preconizado por Juan Pablo Duarte, que tiene su origen en los movimientos revolucionarios de finales del siglo XVlll, que se escenificaron en Estados Unidos y Francia.

Su carisma y arraigo, su personalidad y carácter, lo construiría con el paso del tiempo, pues para la fecha de la anexión en 1861, Gregorio no era una figura preponderante entre aquellos que enarbolaban la guerra contra España. No fue un hombre culto, hecho que reconoce su propio compañero de batalla Manuel Rodríguez Objío cuando señaló: “Bastáronle algunas ligerísimas indicaciones para aprender a leer, escribir y contar, tan imperfectamente como debe presumirse.

“…Su inteligencia se desarrollaba con los años, y aunque comprimida por un escenario rústico y limitado, Luperón a los diez años gozaba ya, en aquellos pasajes, de una consideración que podríamos llamar prematura”.

No se le puede atribuir a Luperón, y mucho menos a Rodríguez Objío, el querer pasar por debajo de la mesa el criterio de que la “Espada de la Restauración” fue un hombre de gran formación académica porque no lo fue.

Tres días después de arriada la bandera dominicana de los sitios públicos, en 1861, la “Gaceta de Santo Domingo”, órgano oficial del gobierno español, publicó el siguiente editorial laudatorio del que es pertinente extraer algunos párrafos para tener una idea de los criterios que prevalecían entre los representantes de la monarquía española: “La gloriosa bandera de España, ese símbolo de civilización que durante más de tres siglos ondeó sobre nuestras torres y fortalezas, ha sido izada de nuevo sobre esta isla antillana, la favorita de Isabel Primera, la predilecta de Colón, y de ahora en adelante bajo la protegida Isabel Segunda, la Magnánima, hoy una vez más nuestra Augusta Soberana.

“Como resultado de este acontecimiento el pueblo dominicano ha visto la realización de sus esperanzas más fervientes y de sus aspiraciones más reales y nobles y en verdad, el acto en que fue proclamada nuestra transferencia política no habría podido ser más espontáneo ni habría podido haber satisfecho más plenamente los deseos sinceros de este pueblo.

“Desde el alba del lunes, 18 de marzo, día señalado para efectuarse este cambio, grandes muchedumbres circulaban por las calles de la capital, evidenciando la proximidad de algún gran suceso; a las siete de la mañana la Plaza de Armas estaba invadida, puede decirse en verdad, por toda la clase de individuos, y un poco más tarde empezaron a llegar las tropas que guarnecen la Capital, todas sus armas, acompañadas por sus generales y oficiales respectivos.

“….La gran importancia de la alocución de don Pedro Santana, los nobles sentimientos que se reflejan en ella y el tremendo entusiasmo con que las muchedumbres reunidas en la Plaza de Armas la escucharon y la acogieron, probaron más allá de toda duda cuán espontáneo ha sido el movimiento, y cuán bien merecida ha sido la confianza que el ilustre defensor de la libertad nos inspira a todos”.

¿Y qué dijo, pues, Pedro Santana, ante aquel momento infausto para la Patria? Un párrafo de su intervención es elocuente: “Sí, dominicanos, desde hoy podéis descansar de las fatigas de la guerra, podéis dedicaros con infatigable energía a labrar el porvenir de vuestros hijos. España nos protege, su bandera, nos cobija, sus armas repelerán a nuestros enemigos; ella no descuida nuestras labores, y juntos las defenderemos; volvemos a forma una sola familia, un solo pueblo, como en realidad siempre hemos sido”.

Aquellos planes anexionistas, sin embargo, fueron advertidos en las filas de los liberales. Desde el púlpito, en una solemne misa a propósito del 17 aniversario de la separación de Haití, celebrada en la Catedral el 27 de febrero de 1861, don Fernando Arturo de Meriño, que se desempeñaba como vicario general y gobernador eclesiástico de la Arquidiócesis de Santo Domingo, lo denunció. Meriño, en esa eucaristía tildó esos esfuerzos de egoístas y fanáticos, cito: “…Si, señores, y por eso hay tantos males que deplorar y tantas decepciones vergonzosas que afligen. El egoísta es un monstruo que viola sin respeto hasta los mismos sentimientos que la naturaleza inscribió en el corazón de la humanidad y huella todos los santos deberes que la sociedad y la moral le imponen. No es ni buen padre de familia, ni buen hijo, ni buen hermano, y traiciona la amistad con descaro y ve perder a su patria con impasibilidad estoica. Extraño a todo sentimiento noble, no es capaz de experimentar nunca el amor que debe a su patria mucho menos sacrificarse por ella. Qué! ¿el bien público podrá interesar a aquél que todo lo ve en sí y todo lo quiere para sí? Su reposo, su fortuna, sus días ¿va él a perderlos por sus conciudadanos? No: los héroes que han muerto en los campos de batalla y que la historia ha inmortalizado, no son para él sino estúpidos hincados con el necio fanatismo”. (“Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos”, General Gregorio Luperón, tomo l, pág. 70).

Obviamente, la jugada de Pedro Santana de anexar el país no estaba desconectada de un plan geopolítico macro regional: coincidía con las estrategias de las potencias europeas en procura de preservar o conquistar territorios en el hemisferio americano. España, Inglaterra y Francia, por un lado, incursionaban con frecuencia en aventureros proyectos para apropiarse de extensos territorios en América Latina. Claro está, la crisis de las papeletas inorgánicas era otro factor interno, pues Santana y sus funcionarios entendían que España les ayudaría a solucionarla.

Estados Unidos, por su parte, en la fecha cuando se produjo la anexión a los españoles, esto es el 18 de marzo de 1861, hacía 14 días que había investido como presidente a Abraham Lincoln; posteriormente, ese país se debatiría en una guerra civil, iniciada en Carolina del sur y posteriormente imitada por diez estados sureños, para lo cual retiraron a sus representantes del Congreso y se separaron de la Unión.

Con aquellas acciones se dio pie para que el 12 de abril se iniciara la Guerra Civil estadounidense, que culminaría en 1865, el mismo año que se produjo la retirada de nuestro territorio de las tropas españolas.

Desde 1861, año de la anexión, hasta 1865, el de la retirada de los españoles, se produjeron acontecimientos en el país en los que el joven Gregorio se involucró con pasión.

Cuando llegó a Puerto Plata después de tres días de camino desde Jamao, encontró el hecho consumado y se negó a firmar el Acta de Anexión. Pasó a Montecristi en la goleta “La Esperanza”, pero de regreso a su provincia natal, naufraga y se refugia en Esterobalsa, donde residía el prócer José Antonio Salcedo (Pepillo).

Los ideales patrióticos de los años precedentes a la declaración de la Independencia y en las décadas posteriores, contaron con escasos recursos económicos. La economía no mostraba signos de avances, mientras el país fue llevado al peor desastre en el ámbito institucional durante la ocupación haitiana, que hasta la Iglesia Católica fue perseguida sin piedad.

Los pobladores de la parte este se informaban por el rumor público, la primera y más fuerte red de información, mediante cartas que pasaban días y hasta semanas para llegar a su destinatario, en tanto que los desplazamientos se hacían a lomo de animal que se prolongaban por días para llegar de un punto a otro.

Recuérdese que fue en el año 1885 que se instaló en República Dominicana la primera línea de telegrafía eléctrica, aunque desde 1870 ya se hacían esfuerzos para adquirir ese sistema, de primera generación para ese tiempo, inventada por el norteamericano Samuel F. B. Morse; quiere decir que 41 años después de emitirse en el mundo el primer telegrama público (1844), es cuando el país adquiere esa tecnología.

El 15 de mayo de 1884, cuarenta años después que se declara la Independencia Nacional, el Poder Ejecutivo, encabezado entonces por Ulises Heureaux (Lilís), emite la resolución 2228 mediante la cual autoriza al señor Preston C. Nason explotar el “Sistema Perfeccionado de Centrales Telefónicas”. Esta concesión telefónica estaría destinada a sustituir la vieja forma de comunicación por telégrafo, que había cubierto las principales provincias del país.

En relación con los medios masivos de comunicación, desde la invasión de Haití, pasando por la Independencia Nacional (1844), la anexión a España (1861), hasta finales del siglo XlX, períodos comprendidos entre la Primera y buena parte de la Segunda República, la nación contaba con escasísimos mecanismos, que sirviesen para que sus pobladores se informasen de los acontecimientos nacionales e internaciones.

Una elite intelectual muy reducida y ciertos empresarios y comerciantes tenían acceso a la prensa escrita, que no se marginaba de los debates políticos, económicos, culturales y sociales de la época.

Esa pobreza material es la que explica que el joven Gregorio Luperón se enterara de la consumación del proyecto anexionista de Santana por una carta que sus amigos de Puerto Plata le enviaron y que le llegó a Jamao pasados los diez días.

El Archivo General de la Nación guarda con el celo de quienes tienen conciencia de la Historia, originales de más de una veintena de periódicos que se publicaban en los años de la independencia hasta final de siglo XlX. Solo cito algunos: “El Correo del Cibao”, “El Monitor”, “El Orden”, “El Porvenir”, “El Progreso”, “El Pueblo”, “El Popular”, El Propagandista”, “El Día”, “El Lápiz”, “El Maestro”, “El Propagador”, medios de difusión de aparición periódica, editados en Santo Domingo, Santiago, Puerto Plata y otras ciudades. No todos vieron la luz pública al mismo tiempo.

“El Duende”, por ejemplo, lo publicaba en 1821 José Núñez de Cáceres. “El Telégrafo Constitucional de Santo Domingo”, bajo la dirección de Antonio María Pineda, circulaba ya para la misma fecha, un año antes de la invasión de Toussaint Louverture. Circulaba también “El Dominicano”; “El Monitor”, periódico oficial del gobierno dominicano que se imprimía para 1865; “El Orden”, de 1875, que se editaba en Santiago; “El Porvenir”, que en su primer número del 8 de octubre de 1854, llevaba un epígrafe que decía: “Órgano Imparcial de los Intereses Generales de la República”. Este era editado por la “Sociedad Amigos del País” y su administrador fue Juan Isidro Jiménes, quien sería después presidente de la República.

“El Progreso”, en tanto, que se publicó desde 1853 hasta 1883 bajo la dirección de Federico Llinás, sostenía que era un periódico “político, literario y mercantil”, editado por el Colegio “El Salvador”. “El Periódico”, otro medio impreso de Puerto Plata, tomó como slogan “Justicia en el Palacio y Paz en la Plaza”.

“El Monitor”, que llevó inscrito bajo su nombre otro título: “Periódico Oficial del Gobierno Dominicano”; en fecha 5 de diciembre de 1865, edición número 5, refiere en su editorial de portada, las incoherencias que se reflejaban en el propio gobierno acerca de las negociaciones con los españoles para poner fin a la guerra: “Muchas y variadas son las cuestiones que de sí ha brotado el convenio celebrado en 6 de junio entre el Sr. General don José de la Gándara y la comisión nombrada al efecto por el Gobierno provisional de la República Dominicana. Las condiciones á cuyo cumplimiento ha querido sujetarnos el Agente Español, se alejan tanto de toda equidad, que el ánimo asombra, y la fría razón apenas puede analizarlas.”

“El Boletín Oficial y en particular el número 20, así como otros impresos, han hablado bastante alto sobre esas condiciones; y aunque los conceptos emitidos en ellos nada dejan que desear al honor dominicano tan rudamente vejado, creemos que es un deber no cesar de protestar, como oportunamente lo hizo el Gobierno, contra un convenio en que tan completamente se han olvidado los intereses, la soberanía y el decoro de la Nación Dominicana”.

La psiquis autocrática, sin embargo, no solo se anidaba en las mentalidades coloniales, sino que era propia de los líderes criollos.

La cultura política prevaleciente ha sido definida por Frank Moya Pons como de mentalidad autoritaria en su libro “La otra historia dominicana”, que de acuerdo con el prestigioso historiador, se distinguía por “el autoritarismo, caudillismo, centralismo, racismo, elitismo, anticonstitucionalismo, personalismo, providencialismo, reeleccionismo, pesimismo y regresionismo”.

Obviamente, en el momento en que surge en el país un movimiento político denominado “Los Trinitarios”, da argumento para que Moya Pons sostenga que existía otra mentalidad con valores como “el civismo, el populismo, el constitucionalismo, el desarrollismo y el institucionalismo, que chocó con el caudillismo.

Otro elemento concreto que lleva a un puñado de jóvenes a enarbolar un proyecto nacional, tiene que ver con la historia de incursiones haitianas al territorio oriental, hechos que ocurrían desde el siglo XVll y se acentuaron en el siglo XVlll, es decir durante los años 1801, 1805, 1822 hasta el 1844. Luego, en 1848, 1849, 1853 y 1855. Tres años después, en 1858, se produjo otro intento de invasión por parte del esclavo, coronado emperador haitiano de casta mandinga, llamado Faustino Soulouque.

Estudiar la personalidad de Gregorio Luperón, su pensamiento, su visión, su inteligencia natural, su habilidad, su valor sin igual, su integridad moral y su determinación con los proyectos de país, tiene que llevar a escudriñar cada detalle de la Guerra de la Restauración, que no fue el resultado de la anexión impulsada por Pedro Santana, sino que por sí misma fue una gesta cuyas raíces se justifican en el pensamiento liberal de “Los Trinitarios” del 27 de febrero de 1844, ideas sustentadas por fuerzas sociales y económicas emergentes.

Aunque España trató, en 1861, de acentuar la percepción de que la anexión fue el resultado de la voluntad espontánea del pueblo dominicano, Santana, nombrado Capitán General como resultado de ella, actuaba conforme a su personalidad autoritaria y cualquier asomo de resistencia, lo reprimía de manera implacable.

El joven Gregorio, en tanto, continuó con sus actividades revolucionarias en Sosúa y Puerto Plata, mientras el 2 de mayo de 1861, esto es tres semanas después de proclamada la adhesión a la Corona con bombos y platillos, el coronel José Contreras encabezó un alzamiento en Moca apoderándose del puesto militar.

Las tropas de Santana de El Seybo acudieron para aplastar la insurrección e hizo fusilar a los complotados. El “Marqués de Las Carreras” actuó con la severidad y el juicio implacable de los caudillos de la época, que hicieron de los fusilamientos una rutina nacional.

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