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Las novelas de la Guerra de Abril

Written by Debate Plural

Manuel Matos Moquete (D. Libre, 18-4-15)

 

Difícil situación la de un arte, si ha de convertirse en la epopeya de una gesta vencida. Sólo las grandes obras han logrado hacerlo: ir contra el sentido de la historia, contra la ideología y la razón de la historia, y glorificar a los héroes vencidos, como Don Quijote, o Los Miserables, o los comuneros de París en Jules Valles.

Es mucho más fácil cantarle a una gesta triunfante, como en las poesías que se escribieron en plena guerra, llena de esperanza y heroísmo, “Ciudad que ha sido armada para ganar la gloria” (“Canto a Santo Domingo Vertical”, Abelardo Vicioso). Pero entonces, como en el ciclo de novelas de la revolución mexicana o de la revolución rusa, la ideología del poder, de la revolución triunfante, puede jugarle una mala pasada a la literatura, hacerle trampa, subyugarla.

Pero con respeto a la guerra de abril el relato se hizo imposible. La novela de la guerra se quedó en estado de material desordenado, por falta de arte y estímulo. En ese sentido, es dado hablar de la ficción en la ficción; de conflictos entre el arte y la política, entre el orden histórico y el orden poético. Sin embargo, es preciso destacar un hecho: son novelas de post-guerra.

Hablo de novelas que se publicaron posteriormente a la guerra de abril de 1965 y que, en principio, narran historias que aluden a aquel acontecimiento histórico. Ubico en ese grupo a novelas como:

De abril en adelante, de Marcio Veloz Maggiolo (1975); Los acorralados, de Felipe Collado (1980); La otra Penélope, de Andrés L. Mateo (1982); Curriculum, de Efraín Castillo (1982) y De abril en adelante, Manuel Matos Moquete (2004).

De abril en adelante, Los Acorralados, La otra Penélope y Curriculum tratan el tema de la guerra, son textos que no hacen trampa a la Historia; la guerra de abril fue derrotada, y sin engaño ni ficción, esas novelas, aun cuando en algunas de ellas, como en Los acorralados, el tema central sea pretendidamente la guerra, esa guerra es ignorada, censurada, sugerida solamente, demasiado poetizada.

La novelística dominicana de guerra de abril no sabiendo construir grandes antihéroes derrotados ni pudiendo montarse en el carro de la narración victoriosa, parece haber optado por el pragmatismo, por la vida. No existen novelas de la guerra de abril, del presente dramatizado de la guerra, como una vasta realización poética y social.

Las novelas citadas, son novelas de otra cosa, de otro vivido, de otro aquí y otro ahora; y la guerra de abril es sólo un trasfondo exterior, causal a veces, metafórico otras veces, circunstancial, contextual; es la guerra evocada, la guerra narrada o referida por múltiples filtros discursivos, la guerra imposible de narrar.

De abril en adelante es el difícil aprendizaje del arte de escribir, de un intelectual excombatiente de la guerra de abril, según los gustos y las intrigas del mundillo de la tertulia literaria. El conflicto entre el arte, la literatura y la política es encarnado por el personaje Paco. Aun renunciando a su condición de “héroe” de la guerra, su “refugio” en la literatura no es aceptado por sus contertulianos, y él tiene que arrastrar su figura de antihéroe y de falso hombre de letras, junto al recuerdo de los ejemplos de cobardía durante la guerra.

En Los acorralados José Pedemonte es también un antihéroe de mala suerte, que entre los recuerdos de la cárcel y los recuerdos de la guerra, se pasea en la ciudad hablando consigo mismo, hasta que desaparece sin saberse cómo, víctima de la represión que se ejerce contra los excombatientes constitucionalistas.

Los acorralados es también un título que se apoya en ese sentido de la imagen cotidiana.

Sin embargo, el acorralamiento que ahí se narra no es el de la guerra, sino el de un hombre perseguido cotidianamente por su propia historia, su historia de excomandante de la guerra. Es la historia de esta frase de

La otra Penélope, “…porque desde el fin de la guerra ninguno de nosotros lograba inventarse un destino que no fuera escrupulosamente la apología de la derrota”. El personaje de Andrés L. Mateo, Álvaro Pascual, y el de Felipe Collado, José Pedemonte, son prototipos de los personajes de la novela sobre la guerra: encaman la derrota.

Pero la imagen de la derrota, que es la imagen más común en toda la novelística sobre la guerra, va cambiando de un texto a otro, rompiendo la herencia común del sentido de la derrota, de las anécdotas acerca de la violencia de los bombardeos, las muertes, las escenas de cobardía; y creando imágenes específicas a cada texto. En Los acorralados y en Curriculum hay una percepción climatológica de la guerra y sus atrocidades. La estación de lluvia da sentido trágico a la guerra. Y abril, mayo y junio se llenan en la evocación de la guerra, de su verdadera imagen primaveral.

En Curriculum, el ciclón David y la guerra son equivalentes: fuentes de catástrofes: “Pues en abril, en mayo, y en junio, qué terrible junio, Chabela, se sintió el huracán más terrible que el David ¿Recuerdas que todos perdimos algo con David?, todos perdimos en la guerra del 65 pero, ¿por qué no hablamos de otra cosa que de esa bendita guerra, Beto? Podríamos hablar de la lluvia”.

La lluvia en Los acorralados es el comienzo de la historia de José Pedemonte. El mito de la niñez feliz bajo la lluvia va produciendo por aproximación metafórica y metonímica un encuentro con la violencia. Violencia de la lluvia primero, “peleó al puño con los que le empujaban fuera de los chorros que caían de las azoteas”. Violencia de la guerra después, puesta en contraste con la alegre violencia de la niñez; “todavía nuestras caras… no estaban marcadas con las cuchilladas del luto”.

Diferente a Felipe Collado, Efraín Castillo evoca en Curriculum la imagen del niño en la guerra, de su sufrimiento y horror, valiéndose de la imagen edipiana del amor incestuoso y violento entre Beto y Chabela. La lluvia sirve de puente entre la violencia sexual y la violencia de la guerra que se concentra en Beto, tratado por Chabela como un hijo.

Todas las imágenes que se asocian a la imagen de la guerra, están teñidas en las novelas dominicanas de una coloración negativa; hasta la imagen de la mujer es construida sintácticamente de acuerdo al estereotipo de la derrota. Así, en la novela de Castillo, las fugaces escenas de amor que se evocan entre Beto y Romella, están presididas del sentimiento de la inutilidad de la mujer como de la guerra: “una diosa inútil en una guerra inútil”.

Es que para la novelística dominicana de la guerra de abril, la imagen que con más insistencia aparece ligada a ese nombre, es la que ya está cubierta por las páginas de la Historia: “aquella guerra que era un sueño y que se convirtió en pesadilla cuando cuarenta y dos mil soldados norteamericanos” (De abril en adelante).

Faltaría, para llenar las páginas de la literatura de una mayor esperanza, reeditar mediante la escritura la guerra derrotada gloriosa, como Andrés Malraux escribiendo L’espoir de la República española aniquilada por el franquismo.

En esas novelas el tema de la guerra es sólo un aspecto de toda la obra, y como tal no puede cortarse, como cuando uno corta un salchichón, de la red de conflictos que ella comporta. Hay que coger el tema de la guerra dentro del ritmo, la imagen, la sintaxis de esas novelas. Eso impediría que la imagen, la evocación, el recuerdo, los relatos de la guerra, se traten como reflejos, como estímulos de otra realidad.

Permítanme ahora que esta reflexión introduzca mi novela Los amantes de abril, obra que me permitió pasar de la acera del crítico a la acera de la creación literaria en torno a la temática de la guerra de abril. Busco es establecer los puntos de contraste entre esta obra y las anteriormente mencionadas.

Cuando en 2004 publiqué esa obra ya tenía en mi taller las ideas que acabo de exponer sobre la novela sobre la guerra de abril. Y tratando de cambiar en cierta manera la visión pesimista de esas obras, me arme de tres ideas en el proceso de escritura de mi obra.

Lo primero que me dije fue que no estaba no satisfecho con las novelas sobre la guerra a las que me he referido porque el escenario en el que se desarrollan no es la guerra sino un espacio posterior a la guerra. Entonces me propuse escribir una obra cuyo escenario fuera la misma guerra. Fue algo que, a mi parecer, se logró en Los amantes de abril.

La historia se desarrolla en plena guerra. Los personajes Efraím y Margot, sobre todo Margot, la protagonista principal transita por la ciudad incendiada y peligrosamente tomada por los dos bandos en conflicto, los constitucionalistas y el Cefa.Vemos la guerra a través de una mujer embarazada que busca a su marido perdido en la vorágine de la guerra, visitando comandos, y conviviendo con los combatientes en los comandos, en particular el denominado La culebra.

Mucho antes de escribir Los amantes de abril yo sentía otra insatisfacción, no de carácter literario, sino de carácter histórico e ideologico.Cada año que se conmemora el 24 de abril de 1965 asistimos a una profusión de testimonios de combatientes destacados que en no pocos casos relatan su participación en los combates. Son en general personas que se auto titulan comandantes en la guerra.

Ante esos testimonios me he preguntado, en cuales combates estuvieron esos comandantes, porque si solo se refieren a Ciudad Nueva, puedo decir que ahí solo se combatían durante dos días, el 15 y el 16 de junio. Ahora, en el puente Duarte, si estuvieron el asalto al Palacio, si estuvieron en el asalto a la fortaleza Ozama, si estuvieron en la parta alta de la capital desde el arco que va desde la Ortega y Gasset hasta el Padre Castellanos, hasta el puente de la 17, antes y durante la operación limpieza, si estuvieron en algunos pueblos del interior, como San Francisco de Macorís, entonces se puede decir que si, que combatieron en la guerra. Pero no combatieron si solo estuvieron en Ciudad Nueva.

Los amantes de abril trata de reconstruir la zona en donde en la guerra se dieron los más importantes combates, la parte norte de Santo Domingo, y en esa zona quiere destacar el protagonismo de las personas sencillas, de los combatientes del pueblo, hoy despreciados como soldados desconocidos, que fueron los verdaderos héroes de la guerra. También trata de reconstruir la cotidianidad de la guerra en la vida de la gente, una cotidianidad hecha no solo de momentos de heroísmos, sino del día a día doloroso y también alegre durante un tiempo en que ellos tuvieron que alimentar a sus hijos, hacer el amor, tomar cerveza, sufrir y divertirse, como es lo que acontece en la cotidianidad.

Otra propuesta que me acompañó en el proyecto de escribir Los amantes de abril era el de invertir la lógica de la derrota que ya había observado en las novelas sobre la guerra de abril. Me propuse escribir una obra en la que, aun en la derrota, se respirara el optimismo y el triunfo, un poco como sucedía en la guerra, en la que nos despertábamos con el llamado alimentador de “Un día más dominicanos… de Armando Báez Asunción por la radio constitucional, que invitaba a la resistencia.

Tras meses de resistencia al cerco de las tropas norteamericanas bajo el manto de Fuerzas Interamericanas de Paz, en la guerra se llegó a un punto en que la única salida honrosa para ambos bandos era una salida negociada. Y en ese sentido, la negociación emprendida generaba optimismo en Caamaño y los negociadores constitucionalistas, en el sentido que se iban a lograr las reivindicaciones básicas, a falta de la principal, el retorno a la constitución de 1963, tales como respecto de las libertadas y los derechos del pueblo, retirada de las ropas yanquis respeto y no persecución de los civiles constitucionalistas y reintegración a los cuarteles de los militares constitucionalistas.

Esos puntos sirvieron de base a la firma del acuerdo llamado acta institucional que puso fin a la guerra. Aunque con justificada sospecha de incumplimiento, esos puntos fueron presentados por Caamaño a los combatientes en sus frecuentes informes sobre el curso de las negociaciones, como un logro de los constitucionalistas.

En eso se creyó, aunque no lo creyó una parte de la izquierda, como una salida digna, y en cierta medida triunfante. Ese espíritu es el que expresa un personaje en Los amantes de abril.

“Ante ese panorama tan desastroso, Margot le preguntó.

–¿Cuál será la salida de la guerra?

El Veterano se apresuró a explicarle la posición de los combatientes sobre la salida negociada.

–Los del comando no creemos en lo que se dice por ahí: la guerra tendrá una salida negociada y nosotros nos iremos en constructiva paz para la casa. Los militares serán reintegrados a los cuarteles; los civiles tendrán empleos seguros en el nuevo gobierno.”

Ahí está la razón del pesimismo y el espíritu de derrota en las novelas sobre la guerra de abril. Las esperanzas generadas por la negociación en los combatientes durante la guerra, como en ese personaje llamado El Veterano, se desvanecieron tan pronto se instaló el gobierno de García Godoy, presidente provisional.

Las elecciones de 1966 ganadas por Balaguer en un ambiente de terror y las represiones masivas desatadas por este durante los 12 años, de 1966 a 1978, confirmaron la sospecha de que esas negociaciones fueron un engaño y una derrota para los constitucionalistas.

Con esa visión se escribieron las novelas de Marcio Veloz Maggiolo., de Lipe Collado, Andrés L.Mateo, 1982 y Efraím Castillo. Están escritas desde la postguerra desde las amargas experiencias de los gobiernos de García Godoy y Balaguer, cuando ya se había comprobado que el final de la guerra fue un doloroso fracaso para los constitucionalistas.

En Los amantes de abril, que acontece en el escenario de la guerra, la visión es distinta .Existe una amenaza de la desesperanza en los combatientes, pero las negociaciones, aun como engañifa, sembraban la creencia que no todo estaba perdido.

Muchos combatientes salieron de la guerra con el puño erguido como vencedores, en los barrios y en los pueblos fueron recibidos como héroes victoriosos. Incluso muchos excombatientes exigieron reconocimiento y trabajo al gobierno provisional como, al parecer, estaba consignado en el acta institucional. Pero, esa ilusión duro poco.

Pronto comenzó la cacería a los excontitucuionalistas.Que lo digan el ataque en el hotel Matun a Caamaño y sus acompañantes, en el cual murió el coronel Lora Fernández y el asesinato de Pichirilo Mejía.

Desde entonces el pesimismo y la frustración se apoderaron de los excontitucionalistas y ante esa situación hubo dos actitudes. La de quienes se propusieron responder golpe por golpe al terrorismo de Estado. La de quienes, como los personajes de las novelas mencionadas, tuvieron crisis existenciales y se volvieron nostálgicos del esplendor de la guerra y temerosos de la desastrosa situación heredada.

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