Politica

De Instituciones, Humanidades y Discursos Académicos en la Sociedad Dominicana Actual

Written by Debate Plural
Academia Dominicana de la Lengua

Academia Dominicana de la Lengua

Por: Odalís G. Pérez (Investigador de la Universidad Autónoma de Santo Domingo). 

Academia Dominicana de la Lengua

Una concepción “provinciana” de la práctica literaria y cultural dominicana se apodera cada día de las instituciones llamadas formadoras, humanísticas y educativas del país. La visión gestora, contralora y procuradora de bienes y funciones ideológicas tendentes a demarcar, clasificar y a empoderar personalidades y figuras literarias públicas, así como también a personalidades políticas convertidas en “literarias”, cobra cada vez más fuerza en las instituciones académicas y culturales de la República Dominicana, debido al patrimonialismo exacerbado que se practica desde el reduccionismo estatal, configurado como programa  y acción dictatorial.

La tendencia  de cierta “inteligentsia” política gestora de un culturalismo neocolonial despótico, se hace visible no solo  en el espacio insular, sino más bien a nivel continental. La herencia patrimonial proveniente de fuerzas decadentes y políticas, tanto del hispanismo dieciochesco, así como del neohispanismo peninsularista, coincide con cierta mentalidad “provinciana” y localista de un determinado liderazgo cultural en la gran  “provincia” dominicana del Caribe. El término “provincia” describe una propiedad geopolítica organizada como dominio de  políticos neocolonialistas que se han agrupado en corporaciones dominantes y cuya finalidad es el reparto de poderes y derechos falsamente consensuados por sus respectivas tribus políticas y hegemónicas.

La nueva historia política, literaria, religiosa, económica, cultural, institucional y educativa, ha cobrado ribetes y poderes de incidencia en una ciudadanía descohesionada, fragmentada, descaracterizada y cada vez más manipulada por sus “líderes” culturales, sociales e institucionales que reproducen en sus diversas visiones y programas personales o políticos, la invención de un país, una nación cónsona con sus intereses de bienestar, dominación y construcción de poder.

En efecto, el concepto de ciudadanía cultural ha sido reducido a una “fábrica” política y a un ejercicio de dominación que se deja leer en las decisiones de conciliábulos políticos y económicos, complicidades de grupos empresariales, educativos, financieros, administrativos, religiosos, académicos y extra-académicos legalizados por consensos surgentes de dichas complicidades, conciliábulos y hegemonías.

El aparato mediante el cual se sustenta dicha tendencia política y culturalmente predominante se patentiza en el concepto de ley, valor, justicia, institucionalidad, moral pública, figura del momento, presidente, representante y otros roles e instancias propias de una malla ideológica y grupal asegurada por un empoderamiento jurídico y políticamente artificioso.

Es por eso que, en esta cadena de conceptos dominantes, se hacen visibles sus estrategias de poder en grados, escalas y niveles que se crean e imponen en diversos vocabularios o léxicos especializados así como en  toda una arquitectura política, económica y cultural apoyada por instituciones académicas, financieras, políticas y ejecutivas que han “sacramentalizado” ese reino, esa industria de poder que conforme pasa el tiempo en esta “ínsula” nuestra, sugiere un negocio de la interpretación legal donde el “Estado de excepción”, según Giorgio Agamben, es el que organiza la exclusión o la inclusión en el relato de poder proclive siempre a la autoridad del archivo, la memoria del testigo y del agente, y con ellos a la práctica justificadora y procuradora del consenso político e institucional.

Sin embargo, la “alegoría” de ese poder que tiene sus antecedentes en los llamados derechos humanos y en el concepto de iuris y crisis, alimenta en la ciudadanía el espacio-tiempo del patrimonio, la patria, la nación, nacionalidad, sujeto, individuo social, institución, derecho, bienestar, prosperidad y toda una conceptografía cuya historia debemos conocer como parte de una edad de la razón dominante.

La geografía del poder político dominicano se encuentra en una aguda crisis “intestina”, pero sobre todo deontológica y decisional. El cuerpo roto de la sociedad dominicana tiene también sus actores, gestores y responsables de dicha crisis, y es justamente el discurso de la razón dominante el que emblematiza otro fundamento que es utilizado por el actual empoderamiento estatal: el juramento duartiano que funda el Estado nacional dominicano; nacimiento que aglutinó a patriotas, traidores, mercenarios, comerciantes, emisarios coloniales y estrategas de la división y la descohesión social.

El resultado de aquel nacimiento, de ese cuerpo casi-muerto, es lo que se hace legible y visible en nuestro presente histórico, cultural, político y económico. Pero en el actual momento lo que se “emblematiza” es otro aparato de dominación vinculado a corporaciones que deciden el futuro y el mismo presente del país, mediante mallas diversas de representación de poder.

Dicha inscripción se acentúa en los desplazamientos intelectuales, políticos, económicos y jurídicos encaminados a construir y reconstruir fuerzas utilizables como ejércitos de reserva del poder dominante. Las complicidades y las decisiones políticas que marcan y determinan el llamado destino nacional, nacen, crecen y se reproducen en el estado actual de crisis y descomposición de todos los órdenes y poderes ejecutivos, legislativos, judiciales, deontológicos, institucionales, educativos, culturales, económicos y administrativos creados, generados y propiciados por los grupos de dominación y reparto del país.  Se trata de una biopolítica y un  biopoder dominantes.

Así pues, las funciones y estructuras institucionales de la sociedad dominicana actual, se “desplazan” y reducen al ámbito de su movimiento, a favor de una anomia social y de los discursos hegemónicos de un Estado sin forma estable de moral social, pero sobre todo sin ritmo de ley ni archivo, sin horizonte de transformación ni estilo propio de gobernabilidad; un Estado que se apoya en el nivel más bajo del “provincianismo” decadente, neocolonial, basado en la repetición y en el nacionalismo estático de la razón política dominante.

¿Cómo ha evolucionado en nuestro tiempo-espacio la idea de cultura nacional, identidad nacional, archivo político nacional, discurso político nacional, historia educativa nacional, historia institucional nacional, crítica del sujeto nacional, soberanía nacional y otros conceptos y categorías sociales concurrentes?

Luego del descalabro, el quiebre y la práctica política de la llamada post- dictadura trujillista, se generó en la República Dominicana otra dictadura peor: la del populismo, el clientelismo, la delincuencia, la corrupción y el “estadualismo”, cuyo cáncer político ha derrotado en el momento actual a todas las esferas públicas e institucionales del país, pero donde el reduccionismo sociopolítico y biopolítico  activa fuerzas incontrolables que se han apoderado de la cosa estatal, institucional y moral del país, aplicando herramientas “desfundadoras” y “contraloras” al interior mismo de los núcleos y fuerzas decisionales en un marco de conflicto social e institucional.

Toda una tropología constituida por técnicas y figuras de lenguajes de opresión se programan desde una perspectiva de poder y dominación de la actual ciudadanía y de los sujetos de derecho desarticulados como “posibles cuerpos” de decisión, alianza e imposición, apropiadores, desapropiadores, incidentes en la sintaxis política dominante y sus extensiones de realidad, necesidad y “vidas desperdiciadas” tal y como lo describe el sociólogo y filósofo social  Zygmunt Bauman en su obra prima.

¿Cómo pensar en este régimen de cosas las Humanidades modernas, tardomodernas o postmodernas? ¿Cuáles son los discursos que desde la instrucción de poder ajustan o desajustan las identidades y memorias culturales alternativas y legitimadas por sus propias disidencias o insurgencias urbanas, suburbanas o de márgenes?

Al observar que la actual directiva de la Academia Dominicana de la Lengua solo construye su poder desde los apoyos de una ideología rota y un Estado roto en el cuerpo roto de la sociedad dominicana. advertimos que cierto liderazgo intelectual del país aspira a prolongar la actual visión del Estado dominicano, sumándose a “nóminas”, “agrupaciones de oportunidad”, corporaciones financieras y administradoras de poder, así como a estructuras normalizadoras de la dominación y el actual neoesclavismo de la productividad  intelectual y económica vigente.

El marco electoral y propagandístico de las políticas dominantes de la interpretación, ha creado el cinismo y el neoconservadurismo pseudoilustrados como salida única del individualismo irresponsable, clientelista y por lo mismo neoconservador. Una sociología de la intelectualidad neoliberal dominicana fija sus principales ejes en la actual cartografía “nacionalista” y sobre todo “nacionista”  ideologizada en un rutario de la perversidad interpretativa de las instituciones dominicanas.

De ahí que política y cultura, intelectualidad y neodictadura, poder y humanidades, filosofía y exclusión, sujeto liberal y sujeto postliberal, Estado dictatorial y sujeto de la insurgencia, institución crítica e institución de poder, crean y reproducen el sentido de la dominación en la historia social, política y cultural dominicana.  Surge entonces un vocabulario de fracturas, suturas y premuras ideológicas.

Las oposiciones y correspondencias críticas crean el mapa de la cultura-monumento y la cultura-movimiento, de la Historia-monumento y la Historia- movimiento en el acontecer cultural, político e institucional dominicano. De ahí que toda ética propuesta como discurso político, institucional y cultural en la República Dominicana actual, convalida su función propiciadora e incidente en base al concepto de ley, reclusión, archivo, hegemonía y sujeto de la memoria.

La escena política y sociocultural de un debate en torno a la hegemonía del discurso de dominación, tiende a favorecer un contra-archivo y una memoria intelectual donde las historias contadas, la literatura, el arte, la institución que se nos cuentan y presentan, las actuaciones erráticas de lo político, junto a las fallidas y “falladoras” humanidades liberales y postliberales, han creado un contratiempo político de la interpretación que ha encarcelado la democracia junto a las utopías liberadoras y críticas actuales.

 

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