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Europa, esa bella dama con bigotes

Written by Debate Plural
Una refugiada en un campo para migrantes en Chipre

Una refugiada en un campo para migrantes en Chipre

A continuación Debateplural.com, comparte con sus lectores el artículo publicado por Nicolás Ayala, titulado «Europa, esa bella dama con bigotes»,  publicado en el portal Sputniknews.com, en fecha 11 de noviembre de 2015.

¿Qué prefieres, que tu vecino sea alcohólico o musulmán? La pregunta es tan absurda como ofensiva. Pero aún más insidiosas son las respuestas que cosechó.

La consulta forma parte del sondeo de opinión Nimbyism, «Not In My Back Yard», que una encuestadora publicó en agosto en Finlandia, un país en el que un 1,09% de la población profesa el islam. De los mil consultados, un 43% respondió que no tendría inconvenientes en compartir su vecindario con una clínica de rehabilitación para alcohólicos, frente a un 34% que aseguró que no le importaría compartir el suyo con una mezquita.

«Que las personas se presten a responder estas preguntas es una señal manifiesta del clima anti-inmigración y anti-musulmán que existe actualmente en muchos países de Europa, aunque no únicamente allí», dice vía Skype Ruth Wodak, profesora de Estudios del Discurso en la Universidad de Lancaster.

El reciente influjo de solicitantes de asilo y migrantes, provenientes en su gran mayoría de Medio Oriente y África, sirvió de combustible para alimentar la radicalización de las derechas europeas que están capitalizando la «invasión extranjera» en respaldo político. «Lo que está sucediendo es el resultado de la gran cantidad de campañas islamofóbicas realizadas por movimientos populistas de derecha. Pero también es el producto de muchos de los discursos sobre seguridad y terrorismo que comenzaron a gestarse a partir del 9/11», agrega Wodak, que en su último libro «The Politics of Fear: What Right-Wing Populist Discourses Mean», analiza el ascenso de los movimientos de derecha en Europa.

La apatía inicial —y en algunos casos permanente- de la mayor parte de los 28 Estados de la Unión frente a la crisis humanitaria, provocó que el júbilo del presidente de la Comisión Europea (CE), Jean-Claude Juncker, tras alcanzar el acuerdo con Grecia, se transformara en frustración: «Falta Europa en esta Unión, y falta unión en esta Europa», sentenció el 9 de septiembre ante el Parlamento Europeo cuando presentó su propuesta para asignar refugiados a cada país en función de su tamaño y riqueza.

Si la reciente crisis del Euro avivó la escisión entre Norte y Sur, la actual «crisis de refugiados está provocando tensiones entre los ejes Este y Oeste. Pero también está revolviendo otras tensiones entre Estados con diferentes intereses y capacidades de absorber a los que llegan. Si esta crisis se profundiza más allá del manejo de los refugiados, será porque tocó todo ese tejido de nervios», analiza durante una entrevista con este medio Rahsaan Maxwell, profesor en el Departamento de Ciencia Política en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill.

En aquella oportunidad, Juncker calificó como «impresionante» la cantidad de desplazados que alcanzaron Europa en el transcurso del año. Esa cifra, algo más de medio millón de personas, representa el 0,1% de la población europea. Durante esa sesión, la CE estableció cuotas para la reubicación de 160.000 inmigrantes en los próximos dos años. Para Holanda, Suecia y Finlandia, países en los que la derecha con fuertes componentes anti-inmigración crece a ritmo sostenido, esa cuota representa un 0,04% de su población.

«A pesar de que las cuotas son mínimas en relación con la población, la propaganda las construye como tsunamis ante los que los europeos son víctimas. Existe una campaña de miedo en la que se crea un chivo expiatorio: los refugiados», dice Wodak.

Para comprender el armado discursivo de la campaña anti-inmigración es importante distinguir la diferencia entre refugiado y migrante: el primero es alguien que se ve obligado a abandonar su país porque su vida corre peligro; el segundo lo hace por motivos económicos. Esta diferencia implica un marco legal específico. Según el Estatuto de los Refugiados, es obligatorio proteger a las personas que ingresan a un país temiendo por sus vidas. «Pero estas categorías muchas veces son manipuladas para que la gente piense que son ‘refugiados ilegales’ o ‘refugiados económicos’ o cualquier otra categoría ridícula que sugiera que esas personas no vienen de zonas en conflicto. Eso es parte de la retórica de la derecha. Luego se refuerza la idea de que éstas personas son un peligro para la cultura local», explica la investigadora.

En muchas partes del Viejo Continente la estrategia parece estar dando resultado. «La combinación de dificultades económicas y la insatisfacción social crea oportunidades para que partidos que antes orbitaban por afuera del sistema puedan generar un mayor caudal de votos. Esto es lo que sucedió tanto con la izquierda como con la derecha. La reciente afluencia de refugiados agita aún más las cosas y genera un terreno fértil para que extrema derecha se movilice y genere mayor apoyo», asegura Maxwell.

Un estudio realizado en Holanda muestra que casi tres de cada 10 personas se oponen a cualquier forma de inmigración, incluso de otros países de la UE. Además, según encuestas de agosto, los Demócratas de Suecia, un partido con raíces neo-nazis, se convirtió en el partido más popular del país con un 25,2% de apoyo. Y en las últimas elecciones de Finlandia, el partido nacionalista Verdaderos Finlandeses se ubicó como el segundo más grande del Parlamento, con el 17,7% de los votos.

«En Dinamarca, Suecia, Finlandia o Suiza, el populismo de derecha no surgió de los índices de desempleo o de la crisis financiera. Quizás esto sea así al Sur [de Europa, pero al Norte] existen formas de nacionalismo con preocupaciones como la conservación de un Estado-nación homogéneo y la protección del Estado de bienestar», explica Wodak.

Entre los actuales movimientos de derecha europea «existe una tendencia compartida a ser cada vez más insulares, nacionalistas, recelosos de la inmigración y escépticos hacia la UE», agrega Maxwell y puntualiza que «todavía hay en todos los países europeos un sólido bloque progresista pro humanitario. Pero una minoría movilizada es capaz de generar mucho ruido».

Pero el despertar de las derechas encierra otro peligro: la abdicación de los moderados. A esto apuntó el ex Primer Ministro griego Antonis Samarás, cuando, tras el atentado terrorista contra el semanario francés Charlie Hebdo, dijo: «Uno observa lo que está ocurriendo en Europa [y puede ver que] todo está cambiando dramáticamente. En Francia, el presidente socialista [François] Hollande sacó el ejército a las calles». Según Wodak este proceso se denomina «normalización», e implica la adopción por parte de partidos tradicionales de eslóganes y políticas de la extrema derecha por miedo a perder electorado. Aclara que este fenómeno puede observarse en países donde la agenda de los euroescépticos se instala cada vez con más fuerza.

Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), en Europa el número de desplazados alcanzó los 6,7 millones en 2014. El año anterior la cifra era de 4,4 millones. Y, si como dijo Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, «la mayor ola de refugiados y migrantes aún está por venir», entonces es de esperar que, si la tendencia actual persiste, la resistencia de las derechas se intensifique.

Algunos países ya parecen tener activados dispositivos para contener este tipo de estímulos. En Suecia y Alemania, donde la violencia extremista es una realidad tangible, existen clínicas de rehabilitación para skinheads y neo-nazis. Lo que resulta curioso es que no haya habido todavía una encuestadora a la que se le haya dado por preguntar: ¿Qué preferís, que tu vecino sea alcohólico o fascista?

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