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El gallo y los tejados de vidrio

Written by Debate Plural

El Claro (Cubadebate, 22-4-21)

 

Cada vez que Estados Unidos acusa a otros países de espiarlo, oculta o justifica su extensa red en todo el mundo dedicada a conocer movimientos, situaciones de orden militar y operativos desestabilizantes focalizados en países y áreas completas.

En referencia a esa realidad, el equipo de Wikileaks publicó en el 2017 un enjundioso trabajo referido a los cachivaches digitales para tal fisgoneo, empleados por la CIA.  Como es notorio, Eduard Snowden se hizo cargo después de ampliar el rosario de recursos dispuestos por Washington para esos fines dentro y fuera –sobre todo fuera- de su espacio nacional.

El arsenal de armas cibernéticas desarrollado tiene evidencias inocultables en las grandes y más extendidas empresas que conforman las redes sociales tan en boga y los sitios o canales de comunicación  desde donde se  apropia o mal usa la información de los usuarios. Fue objeto de análisis hace poco y, aparentemente, puso contra las cuerdas a Facebook, pero a través de un sumario con más cáscaras que frutos.

Ese, admitámoslo, fue asunto ventilado de forma pública, pero no así ocurre  con el control del ciberespacio y los dispositivos creados por el principal organismo de inteligencia norteamericano o sus clones, para tener chequeados a cuantos les parece.  Si desarrollaron sofisticadísimos instrumentos para hacerse de secretos impropios, no resulta creíble que sean incapaces de proteger los suyos.

Difícil a todo trapo suponer que con tan desarrollada tecnología sus instituciones de control sean tan débiles como para permitir que hackers rusos intervengan en sus elecciones y cambien el criterio de una ciudadanía diversa, con abrumadoras parcelas humanas que ante un llamado de Donald Trump, fueron capaces de asaltar la sede del legislativo estadounidense.

¿Eso también fue planeado por Vladimir Putin o Xi Jinping?

Parece que es a la inversa. En la amplia estructura mundial del Pentágono, con bases militares en todos los continentes, una parte de la actividad desplegada en ellas se remite a la obtención de datos sin discriminar a sus socios a la hora de hurgar a instituciones, figuras y jefes de estado. ¿Recuerdan la intervención del teléfono de Ángela Merkel, realizado por esos amigos del otro lado el Atlántico? Desde luego, no fue un caso único.

Entre los artilugios concebidos con el propósito de estar enterados de cuanto hacen lo mismo moros que cristianos, se encuentra el sistema Echelon, capaz de controlar los correos electrónicos, teléfonos y cualquier dispositivo para el intercambio de anales civiles o tácticos.

Cuenta con centros y ramales estratégicamente ubicados en Europa y en distintos puntos del orbe. Tales instalaciones de fisgoneo tienen antecedentes notables  y entre ellas, la instalada  en el Irán del sha Palevi, desde donde espiaban a la URSS, con profusos recursos y activos especializados.

Desde tiempos antiguos siempre hubo rastreo de acciones, movimientos de tropas y similares. La práctica se mantiene por todos los estados. Solo que tanto antes como ahora, no siempre en defensa propia. Hay una multitud de hechos probatorios de que algunas “revoluciones” ni son autóctonas ni legítimas.

Fueron insertadas por fuerzas externas valiéndose, a veces,  de segmentos marginales o propiamente adversarios, quienes por mercenarismo o debido a intereses clasistas, se prestan a esas maniobras sin reparar en el daño provocado a su país y congéneres.

Ya se sabe que ver –o inventar- polvos en la mirada del adversario aunque estén enceguecidos los propugnadores, es una de esas mañas que no clasifican como admisibles en lo decoroso. Pero se insiste en ejercitarlo. Y aparece en ese esquema de “haces lo que digo y déjame libre de hacer cuanto me plazca”, en  el transcurso de la más reciente campaña anti rusa.

A mediados de marzo comenzaron ejercicios militares para, dicen, exponer “la capacidad de EE.UU. de ser un socio estratégico en los Balcanes y en el Mar Negro, en el Cáucaso, en Ucrania y en África”. Particionado en varias operaciones bajo la nomenclatura  Defender-Europe 2021, se extenderá hasta finales de junio, con tropas vehementes del centro y este del Viejo Continente y una participación algo menos entusiasta de otros efectivos de la Alianza Atlántica

Los más incentivados no ocultan que el grueso de las operaciones son ensayo de ataque contra Rusia y que el bocado de anzuelo es Ucrania. Desde una base polaca actúa Ruslan Khomchak, jefe del estado mayor ucraniano, quien al iniciarse abril admitió que las tropas de su país “se preparan para la ofensiva en el este de Ucrania”. No explicó por qué debe hacerse desde un emplazamiento fuera de su territorio ni el papel que juegan dentro del esquema, los efectivos de la OTAN ni las tropas irregulares de neofascistas autoimpuestos o permitidos  por una absurda apreciación de lo conveniente.

Cálculos conservadores establecen que Estados Unidos tiene 600 bases militares en el extranjero, en tanto otros investigadores consideran que son unas mil. En cualquier cantidad, desde ellas se hacen –como decía- operaciones de inteligencia y, al mismo tiempo, han servido para efectuar distintas invasiones y actos de agresión norteamericanos en variados escenarios, o se mantienen en ellos como fuerza “disuasoria”.

Se supone, -es solo un ejemplo-, que de los 150 mil efectivos que tienen diseminados en el mundo, al menos 70 mil radican de forma casi permanente en Japón y Corea del Sur, pero no son pocos en Europa Occidental, el Golfo Pérsico y Medio Oriente.

Aparte de los antiguos miembros del Pacto de Varsovia, reconvertidos en atlantistas vehementes, y descontando los posiciones en la zona occidental de Europa, (desde donde partieron las naves  que bombardearon Yugoslavia en el 1990), cuentan con los bases aéreas y navales en España usados para ataques contra Siria y las que desde Turquía, OTAN mediante, incursionaron en ese país árabe o en Afganistán.

En términos de lógica común es contraproducente que estén acusando  a Rusia de movilizar sus efectivos en el Ártico o cerca de las fronteras ucranianas, porque en ambos casos se mueven dentro de su propio territorio. Es bastante cínico,  esperar que mientras tienen en marcha un operativo de gran envergadura específicamente dirigido contra Rusia, la acusen de asumir su propia protección y, de ser necesario, la de quienes habitan en Donetsk y  Crimea,  rusos por imponente mayoría.

¿Quién es el transgresor en esta grosera estratagema?  El incremento de incursiones aéreas de la OTAN junto a las fronteras rusas y la cercanía de naves estadounidenses en el Mar Negro, se incrementaron de forma ostensible y, desde febrero, crecieron también los incidentes armados en la región este de Ucrania.  Promovido por Moscú hubo intercambios con Francia y Alemania para rescatar los Acuerdos de Minsk que, de respetarse, habrían saldado ya el dilema de Ucrania.

En su lugar “no cesan los actos inamistosos contra Rusia. Los intentos por cualquier motivo o incluso sin motivo de acusar a Rusia se han convertido entre algunos países en una especie de deporte”, como dijera Vladimir Putin en su reciente informe al parlamento federal, cuando dejó establecido que “No queremos quemar puentes, pero si alguien percibe nuestras buenas intenciones como indiferencia o debilidad y tiene la intención de hacer explotar estos puentes, debe saber que la respuesta de Rusia será asimétrica, rápida y dura”.

¿Exagera el jefe de estado ruso en sus apreciaciones? No lo parece, pues aparte de las rémoras  contra un  entendimiento normal impuestos por Occidente, desde allí se provoca una situación descabellada: el enfrentamiento simultaneo contra China y Rusia. De ese modo lo consideró el jefe del Comando Estratégico estadounidense, Charles Richard, al comparecer ante el Comité de Servicios Armados del Senado el martes 21 de abril.

Poco antes, el canciller, Serguéi Lavrov, aseguró: “No buscamos ningún enfrentamiento”, pero del otro lado no actúan igual y se patentiza en el fracaso de Putin en su empeño por trabajar con EE.UU. “en aras de los pueblos de ambos países y de la seguridad internacional”.

Las acciones hostiles contra el país “no cesan”, alegó Putin, refiriéndose a al empeño de culpar a Rusia “por cualquier motivo y, más a menudo, sin ningún motivo en absoluto” y hasta de forma grosera y temeraria.

No son buenas noticias para un trimestre y un instante mundial recargado e incierto, porque cuando hay tormenta (la pandemia lo es) y el capitán de un barco insiste en hostigar ballenas, puede resultar tragado por algunas de ellas o con una nave imposible de ser reparada.

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