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Obsesión por la estatalidad y negación de derechos en Palestina

Escrito por Debate Plural

Alaa Tartir (Arab-Reform, 11-3-21)

 

La obsesión de los dirigentes políticos palestinos con la idea de la estatalidad como medio para alcanzar la autodeterminación y la libertad ha demostrado ser perjudicial para la lucha por la descolonización de Palestina. Al priorizar “la estatalidad bajo el colonialismo” en lugar de centrarse primero en descolonizar Palestina y comprometerse después en la formación de un Estado, los dirigentes palestinos –bajo la presión de actores regionales e internacionales– han desempoderado al pueblo y han empoderado a las estructuras de seguridad que, en última instancia, sirven a la naturaleza colonial [de Israel].

La obsesión de los dirigentes políticos palestinos con la idea de estatalidad como medio para lograr la autodeterminación y la libertad ha demostrado ser perjudicial para la lucha por la descolonización de Palestina. Estos dirigentes, bajo presión de actores regionales e internacionales, han cometido un error estratégico al priorizar el paradigma de “estatalidad bajo el colonialismo” en lugar de liderar procesos para, primero, descolonizar Palestina y comprometerse, después, en los procesos de formación de un Estado. El de la estatalidad bajo el colonialismo es un paradigma fallido en su esencia y una distracción más del impedimento medular para la paz y la justicia.

La adopción de esta “prioridad mal calculada” podría ilustrarse a través de cuatro “momentos cruciales” a lo largo de la historia y hasta la actualidad. Incluyen: la Declaración de Independencia de Palestina de 1988, la firma de los Acuerdos de Oslo de 1993 –en esencia, un acuerdo de seguridad– para establecer con el tiempo un Estado, el proyecto de construcción del Estado bajo el mandato de Salam Fayyad, que declaró que los palestinos se estaban “acercando a su cita con la libertad” ya que el Estado existe en todo menos en el nombre y, finalmente, la candidatura de la Autoridad Palestina a la condición de Estado en la ONU, dirigida por el presidente Mahmud Abbas, que ha seguido desarrollándose hasta la actualidad. La “estatalidad” se convierte en la única y estrecha lente a través de la cual los dirigentes políticos examinan el proyecto de liberación nacional y con la que se evalúan sus estrategias. También ha pasado a ser la lente analítica y operativa que los actores internacionales utilizan para justificar sus intervenciones políticas, sus paquetes de ayuda y su evaluación política. Sin embargo, esta alineación del objetivo y el enfoque ha fortalecido  el estancamiento.

Lo relevante de esto es que lo que tienen en común estos cuatro “momentos cruciales” no es sólo la centralidad de la “idea de Estado” en el pensamiento político palestino, sino también el resultado y su consecuencia. Al final de cada momento, los palestinos hemos salido debilitados, más fragmentados y más alejados de la estatalidad. No se trata de una mera coincidencia ni de una consecuencia involuntaria; este resultado está directamente relacionado con el fracaso de la estrategia política adoptada, ya que el “mantra de la estatalidad” no sólo ha mantenido el statu quo y  la asimetría de poder a favor del colonizador, sino que además ha detraído poder al pueblo/nación como elemento central de cualquier Estado, y ha empoderado en su lugar a “instituciones nacionales inapropiadas” subyugadas al marco colonial. Ha dado poder a estructuras e instituciones de seguridad para consolidar las bases de control existentes en lugar de ampliar el de por sí estrecho margen de libertad o de expandir el potencial y las capacidades para hacer realidad la libertad.

Bandera de Palestina

Más concretamente, la obsesión por la estatalidad ha creado deficiencias estructurales en los sistemas políticos y de gobernanza palestinos que han alterado fundamentalmente el papel de los gobernados, la gente. Con cada reiteración de la estatalidad se ha alejado al pueblo palestino aún más del núcleo del sistema político y de las estructuras de gobierno. Esto no sólo ha provocado la erosión de la legitimidad de esos órganos de gobierno y de sus estrategias, sino que, lo que es más importante, ha despojado al pueblo palestino de su capacidad de transformación y ha debilitado su capacidad de resistir eficazmente a las estructuras opresivas coloniales.

El hecho de descartar este componente fundamental –la gente– en la “argamasa de la estatalidad” no constituye sólo un fracaso interno; se trata asimismo de un proyecto impulsado de arriba a abajo desde el exterior cuyo objetivo es invertir en la construcción de “instituciones estatales modernas” independientemente de que sean o no inclusivas, de que tengan o no capacidad de respuesta o de que rindan cuentas o no ante la gente, por no mencionar su funcionalidad y eficacia. Un residente del campo de refugiados de Yenín, en Cisjordania ocupada, decía: “La frase Dawlat al Moasassat [Estado de las instituciones] me desconcierta. En primer lugar, ¿dónde está el Estado?, y en segundo lugar, ¿cómo es que Al Dawla (el Estado) tiene un espacio para todas estas instituciones (al Moasassat) pero no para el pueblo?, ¿qué es un Estado sin el pueblo?”. Otro refugiado del campo de refugiados de Balata, también en Cisjordania ocupada, contaba: “Estaba viendo la candidatura a Estado de la ONU en la televisión como cualquiera que ve los discursos en cualquier parte del mundo. Sí, se me cayó una lágrima cuando la gente aplaudió, pero las emociones no hacen un Estado y las declaraciones no cambian la realidad. Busqué al Estado al día siguiente pero no lo encontré, y ahora, años después, sólo puedo ver al sarab al dawla [el espejismo del Estado]”.

Por lo tanto, la tangibilidad y la materialización de facto del Estado es esencial para que se perciba como vehículo de la realización de derechos. Pero cuando el Estado es un mero espejismo y una alucinación (aunque las élites políticas lo presenten como la máxima aspiración nacional) es necesario que todos los actores implicados revalúen la relevancia de esta piedra angular para la construcción de la paz (la estatalidad) y conciban otros paradigmas. También es necesario que se comprometan con procesos que, ante todo, den lugar a un entorno propicio para que florezca la idea de la estatalidad de forma relevante y significativa.

Sin embargo, en lugar de emprender un proceso de revisión, los actores locales e internacionales al mando no sólo han desestimado y desempoderado al pueblo como componente principal del proyecto de creación de un Estado sino que también han invertido en y empoderado a “instituciones nacionales incorrectas” bajo el marco colonial. En otras palabras, el proyecto de construcción del Estado de la Autoridad Palestina, patrocinado internacionalmente, se ha basado en su capacidad para gobernar mediante la creación de un sólido sistema de seguridad. De ahí que la aplicación de una reforma/reinvención fundamental del sector de la seguridad se convirtiera en la característica definitoria del futuro Estado.

Desde el punto de vista operativo ello ha significado que el sector de la seguridad palestina emplee a cerca del 44% de todos los funcionarios, que represente casi mil millones de dólares del presupuesto de la Autoridad Palestina y que absorba cerca del 30% del total de la ayuda internacional desembolsada a los palestinos. La proporción de personal de seguridad con respecto a la población llega a ser de 1:48, una de las más altas del mundo.

El dominio de los cuerpos de seguridad se extiende al ámbito político a través de jefes de seguridad claves que controlan los puestos del más alto nivel político y de las gobernaciones nacionales. Con el pretexto del proyecto de Estado se ha implantado una sincronización total entre los dirigentes políticos y los jefes de seguridad por la que los primeros justifican las acciones de las agencias de seguridad mientras éstas protegen a los dirigentes políticos. Este dominio ha superpuesto, a su vez, otro nivel de control policial sobre el pueblo palestino.

Los dirigentes políticos y de seguridad han percibido la actuación policial como una manifestación de su doctrina de seguridad, que pretende garantizar el monopolio del “Estado” sobre el uso de la violencia en la sociedad palestina. Actuando como si fueran organismos soberanos y presentando su comportamiento como “profesional”, los actores gobernantes y sus patrocinadores han fortalecido y profesionalizado eficazmente el autoritarismo palestino, todo ello bajo la dominación colonial israelí.

El auge de las estructuras de gobierno autoritarias, la ausencia de procesos políticos democráticos participativos y la celebración del oropel de la estatalidad no sólo hicieron que la mera idea del Estado –como vehículo para convertir derechos en realidad– fuera simplemente inviable e inalcanzable, sino que también contribuyeron a la negación de los derechos palestinos, incluido el derecho a la condición de Estado soberano.

Hace casi una década, en abril de 2010, el entonces primer ministro de la Autoridad Palestina, Salam Fayyad, declaró que los palestinos quieren un Estado independiente y soberano, y “no buscan un Estado de migajas, un Estado de Mickey Mouse”. Sin embargo, el “Estado de migajas” es una descripción exacta de la realidad del “proyecto de Estado” a día de hoy. Y ésta es una de las razones por las que el pueblo palestino es escéptico respecto a la capacidad de este proyecto para obtener resultados significativos (soberanía y libertad), a pesar de las ilusiones de sus dirigentes políticos y de sus patrocinadores internacionales y regionales.

Por lo tanto, es imperativo que los y las palestinas imaginen un futuro diferente que vaya mucho más allá de la idea de estatalidad tal y como se les ha expuesto en las últimas décadas, para iniciar un proceso de cambio de las realidades actuales.

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