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Por siempre vivirás fundido en nosotros

Escrito por Debate Plural

El Cayapo (5-3-21)

 

Hugo / en adelante tendrás el nombre del movimiento / de lo que no está quieto / de lo que canta y pinta / de lo que suena y calla / de lo que moja y seca / tendrás el nombre del misterio del asombro, lo distinto / de lo que mencione la vida en todos los idiomas, dialectos y lenguajes de este planeta / serás celebrado cada vez que viaje el agua y el viento / en cada trueno y luz del relámpago / en los sonidos acompasados del mar / en las explosiones de los volcanes / en el calor reverberante de la sabana / en la placidez del remanso y las lagunas / serás designado en el sabor de las frutas y en el abrazo del encuentro / escogido cada vez que se gima, se gruña o se grite en llanto o alegría / tu nombre como la vida siempre estará cambiando / tu ejemplo nos llamó a pensar en este territorio / a tratar de tú a tú el afuera, con la fortaleza y convicción del adentro / por siempre vivirás fundido en nosotros en la creación de la voz diferente para nombrar y nombrarnos en lo junto


La importancia de estas conversas que debemos tener siempre, no importando el dolor o la complacencia, el desgarre o los afectos, tiene que ver con potenciar las capacidades que somos como fuerza telúrica en el pensamiento y los hechos en conjunción.

Hay gente que dice que Chávez era un monstruo político, el vergatario, un ser de otro mundo, que Chávez era un tipo que pasaba en el carro y hacía llorar, era tan arrecho que ponía a mentar madre sin quererlo y lo mejor es que eso era verdad, era una histeria colectiva por donde pasaba, y eso nos cansamos de verlo, de sentir esa fuerza a la que podíamos gustosamente entregarle la vida; llegamos a ver a cientos de personas desmayarse unas tras otras.

Ahora, ¿realmente era Chávez el que generaba eso? Preguntémonos si era que él como individuo tenía esa fuerza de verdad; si hubiera sido así, ¿cómo no lo generó cuando era un niño vendedor de arañas, o un joven jugador de pelota o declamador? En esa época, Chávez pudo haber pasado al lado entre nosotros, y seguro era alguien más, posiblemente en una parranda pudimos habernos encontrado con Chávez y no saber quién era, hasta pudo decirnos que iba a cambiar el mundo y seguramente nos hubiéramos reído del loco, incluso en 1992 pudieron haberlo asesinado en ese combate y nunca se hubiese sabido su existencia sino como un codicioso dirigente de una asonada militar que el aparato de propaganda de los dueños lo hubiera convertido en un sátrapa más del Caribe. No había nada extraordinario en su contextura física, no tenía una luz ni unas mariposas amarillas que lo siguieran, no tenía ese relámpago del Catatumbo cada vez que hablaba. El día que nació no hubo terremoto ni huracán en Sabaneta o separación de las aguas del Boconó, ni el cielo llanero se partió en pedazos.

No era verdad que traía consigo una fuerza sobrenatural. Si hubiera sido un superdotado, un iluminado, como mínimo cuando nació debía haberse prendido un mariquerón en el mundo, pero nada de eso ocurrió, por el simple hecho de que Hugo Rafael Chávez Frías sólo era un hombre de carne y hueso, un hombre con sueños y obstinación para llevarlos adelante, y si no, ¿dónde estuvo en esos 30 años antes de aparecer en el «por ahora» que lo catapulta a la escena política? ¿En el desierto? No, ¿verdad? Era uno más de nosotros, con sus virtudes y talentos, con sus errores y aciertos; como todo el mundo… Y la verdad es que a Chávez lo vinimos a conocer el 4 de febrero. Antes sólo lo conocían familiares y amigos.

Segundos antes de la partida definitiva de Chávez hacia el nosotros, para todo el mundo, la conseja era que si se moría se acababa todo. Incluso el mismo Maduro, el mismo Diosdado echan ese cuento: ellos dicen que se asustaron, pensaron en la guerra civil.

Entonces, el Comandante se nos une y por la pérdida inmediata nos sumimos en el gran duelo, nos dejó esa deflagración de la soledad en nosotros; el tipo más impresionante de este siglo se consagra en nosotros y con ello también desaparece la lógica de esa idea del personaje mítico, histórico, del personaje fuerza, del personaje ilumina masas, el mesías.

El Chávez somos todos sucedió sin un testamento, sin un libro mágico, no dejó los diez mandamientos ni los códices, no dejó el cofre contentivo del futuro ni la vara de los hechizos que resuelve problemas de inmediato ¡Ay!, de nuevo volvimos a la orfandad, pero para los que se sobaron las manos a la espera de la tragedia que los colocara en el mando del Estado se quedaron con los crespos hechos, porque de una vez adelantó la tarea con: «Mi opinión firme, clara como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República…», y aquí estamos. Nos quedamos con Maduro, con Diosdado, con el directorio. Íngrimos, sorteando todas las vicisitudes, y eso debe llamarnos a reflexión.

¿Realmente radica la fuerza en el individuo? Este proceso demuestra que no, como lo demostró el proceso soviético y otros tantos ocurridos en el siglo XX. No, radica donde siempre ha radicado: en nosotros el pueblo. Honestamente los grandes líderes lo han dicho, Chávez no se cansó de decirlo, Maduro y Diosdado lo han repetido hasta ya basta, pero los medios del poder ocultan permanentemente la realidad.

Para 1989 el Chávez que conocemos aún no existía para todos, las circunstancias hubiesen agarrado cualquier otro rumbo sin problema, porque eso no iba a parar. Lo más seguro es que continuaría con un baño de sangre, para esa época se creía que aquí venía una guerra civil, por la manera tradicional de hacer la política y por las necesidades de los dueños.

Desde el 4 de febrero de 1992, ya maduras las condiciones políticas, comienzan a ocurrir y a dinamizarse una serie de circunstancias que en su contradicción van apareciendo y desapareciendo en una interrelación dinámica de planos infinitos, hechos transformadores que cambian las visiones de la existencia y, a nuestra manera de ver, este hombre, salido de lo más telúrico de nuestro ser colectivo, entiende esas circunstancias y logra capear el temporal y nos conduce a la posibilidad de otros derroteros, nos señala otro destino, otra posibilidad de concebir y constituir el futuro distinto al lodazal doloroso de la guerra civil.

Pero, ¿cómo este ser logra comprender, cómo se empapa de esta realidad, cómo se organiza, cómo organiza este movimiento político militar que lo lleva a concebir planes y a cumplirlos en función de sus sueños, referidos a ser otra cultura en este territorio?

De lo poco que sabemos, Chávez es un hombre criado en el seno de una familia pobre, con las aspiraciones de salir de abajo al igual que todo el mundo, su formación ética en un principio está teñida por valores fundamentalmente afectivos, inculcados por la abuela, que entiende al trabajo como forjador de carácter, al respeto de los otros, al no coger y disponer de lo que no es suyo, al respeto a la vida como un todo. Así más o menos transcurre su infancia. En la contradicción entendemos, de la solidaridad afectiva expresada por la abuela, en contraposición a la competencia de la calle, la escuela y todas las demás relaciones, que implica vivir en una sociedad signada por el robo expresado en terratenientes, comerciantes y empresarios avalados por profesionales e intelectuales pagados y por nosotros imbuidos de la ideología ilusoria de que también podemos ser ricos con el esfuerzo del trabajo.

Chávez vive desde niño escuchando los cuentos de un bisabuelo guerrero que no sabe si era malo o bueno; los cuentos de la guerrilla más tarde derrotada y ya cuando llega al cuartel está palpando el deterioro de una manera de hacer política expresado en lo que se dio en llamar la Cuarta República o Pacto de Nueva York o de Punto Fijo.

Otra circunstancia que ayuda a construirlo como el ser político que pasea en sus circunstancias es que, para esa época, los años setenta, ya derrotada la izquierda, los servicios armados comienzan a sufrir cambios y transformaciones, ya las fuerzas armadas requerían algo más que un simple matagente o torturador como los habían diseñado las Escuelas de las Américas en todo el continente.

Ya esos ejércitos diseñados como ejércitos de mercenarios en sus propios territorios comenzaron a diseñarse desde otro punto de vista para otras exigencias, se requerían profesionales en los diversos campos del conocimiento y se inicia una emigración hacia las universidades de oficiales y de profesionales universitarios hacia los cuarteles, lo que abre el entendimiento político de muchos oficiales jóvenes, aunque los viejos vendepatria continuaban sus viejas costumbre de salir ricos de la fuerza militar y transmitiendo esos valores a los jóvenes oficiales, pero también viejos oficiales estudiosos y amantes de este territorio influenciaron en las mentes de jóvenes como Hugo Chávez, que de nuevo se zambulle en esas contradicciones de la realidad.

Otra circunstancia es que en el seno de las fuerzas armadas se crean hermandades, como en toda institución, tanto para el crimen como para lo sublime, y en el caso de Chávez se crea la solidaridad entre gente que proviene de una misma clase social, los pobres, también sumidos en las mismas contracciones antes mencionadas.

Es en esa conmoción, en ese fermento, que se forja lo que después conoceremos como el 4 de febrero y sus protagonistas.

¿Qué es lo que ocurre? A partir de 1989 este pueblo se convierte en una fuerza, una fuerza que no tiene conciencia de que es una fuerza, pero está ahí, está al asecho esa fuerza. Produce esa fuerza misma, la acción de Chávez, él lo dice, 1989 lo marcó, y entendió que estaba en un tiempo preciso, por lo tanto él era un ser que toma esa tarea como suya, y asume responsablemente su papel. Aún no sabe la trascendencia sustancial de esas decisiones, es la ventolera de los hechos que lo arrastran a lo sublime, como sabemos hoy, pero también lo pudo haber arrastrado a la tragedia.

Eso lo coloca en la cresta de la ola. Esto es lo que hay que hacer, la gente está diciendo lo que hay que hacer y lo voy a hacer. Asume, pero comporta riesgos. Para hacer, hay que arriesgar. Lanzarse al medio de la calle. Chávez en ese hacer se va separando, se va quedando solo en su acontecimiento, se ve compelido al abandono de carrera, familia, supuestos amigos, pero todo ese desierto lo prepara para el encuentro de los juntos, para transmutarse en el nosotros.

Pero en la continuidad de esos hechos es que nos percatamos, cuando el 4 de febrero de 1992 al hombre lo muestran en televisión. La gente tiene un bajón, está pendiente de lo que va a decir el tipo: me rindo, me equivoqué, pido perdón, todo eso pudo haber dicho. Si el soldado no dice lo que dijo, hubiera pasado completamente por la orillita de los hechos, su nombrar hoy no sería más que una trágica anécdota, pero no, el hombre se empina desde su tragedia para legarnos el «POR AHORA». Pero de inmediato suelta «VENDRÁN NUEVAS SITUACIONES»: cuando habla deja entrever que esto tiene una continuidad.

Y la fuerza que somos está allí, contenida, de pronto un aplauso estruendoso surgió de los corazones y retumbó en este territorio llenándose de cacerolazos. No se recuerda mejor frase de Chávez que esa. Porque es la frase que esa fuerza espera que se diga. Y es la frase que termina amalgamándonos, fusionándonos. Cuando él sale de la cárcel, la gente está esperando para decirle «Usted es el tipo». No se rindió, no se asustó. No se entregó a la buena vida. No se lanzó a gobernador. Él no quiso ser general.

Entonces la fuerza dijo: con este nos la jugamos, es lo que necesitamos. Y le entrega, le endilga esa fuerza, al carajo. Y lo convierte entonces en el ser que terminó siendo. Ese hombre no podía ser otra cosa que lo que hizo. No podía. Pudo haber decidido ser lo que sea, pero no podía, le era imposible traicionar esa fuerza, porque ya se había hecho comunión con él.

Cuando se llega a esos grados de compresión de lo que es el compromiso, se trasciende sustancialmente. Ya el miedo no está en nosotros. Por eso el tipo repetía: ya no tengo miedo. Estaba tan protegido, era tan él en los millones que somos, que había perdido el miedo, había trascendido el concepto de lo humano, era de nuevo gente, volvía a ser millones, el tumulto, la horda, la especie.

Y ¿quién hizo posible estos hechos? La fuerza de nosotros como pueblo. Produjo la trascendencia sustancial en un individuo. Lo que nosotros estamos planteando es que como fuerza nos demos cuenta de que existimos como tal, que nosotros debemos producir la organización y los liderazgos que correspondan a cada circunstancia. Para eso tenemos que pensarnos como especie. Eso es lo importante de valorarnos, de sentirnos parte de unos sucesos, que controlamos y hacemos nosotros, ya no las deidades ni la burguesía.

No podemos seguir esperando líderes. Nosotros entramos a borbotones, incontenible, en la posibilidad de abandonar la miseria en la que hemos vivido; irrumpimos desafiantes para superar miles de años de no ser nosotros, para intentar volver a nuestro eje vital que nos armonice con los ojos despiertos, sin la locura que nos arrastra permanentemente a sostener la guerra como un modo de vivir, cuando podemos diseñar otra cultura.

Se trata de entender que como especie podemos formar parte de un plan, nuestro plan, para construir el destino, el futuro que decidamos desde el conocimiento. El plan es trabajar en función de comprendernos, de aceptarnos, de valorarnos, de diseñar política como especie. Ya no diseñar como individualidades como élites poderosas. Todo está confluyendo en un mismo momento. Pero esas condiciones pueden desaparecer, eso es mutable, no va a estar ahí hasta que a los pobres nos dé la gana de entender que hay un papel que jugar.

No, esas condiciones pueden perfectamente desaparecer. Y podemos, si no entendemos, seguir siendo esclavos. Porque no pudimos entender el tiempo en donde trabajamos para desaparecer como especie esclava y ser gente como gente en otra cultura, la que diseñemos, la que construyamos, con un modo de producción que la haga permanente. Que sean afínes el modo y la cultura, que no sean exógenos el uno al otro.

De esa contradicción hemos emergido como una fuerza que no radica en el individuo, sino en el resultado de la acción colectiva; es esa fuerza que los juristas llaman el constituyente originario, y que en la República Bolivariana de Venezuela llamamos chavismo, participación protagónica.

Ahora, el problema se nos presenta cuando debemos saber que somos huérfanos de líderes, mesías, predestinados, dioses. Que como especie debemos crear absolutamente todo o, más bien, comprender qué es lo que somos.

Quienes siempre hemos creado absolutamente todo, que no necesitamos guías, ni jefes, ni dueños, ni dioses a quien seguir. Que no necesitamos mantener a nadie para que calme el hambre, los miedos y las ignorancias; razones por las que se nos ha dominado en todos los tiempos.

Que debemos valorarnos, querernos, mirarnos sin intermediarios, sentir orgullo, sabernos la fuerza que mueve lo que existe y que podemos hacer la tragedia del capitalismo o construir otra cultura. Que nada hay fuera de nosotros, que no necesitamos ni esperanzas, ni utopías, que si lo decidimos somos el horizonte que no necesita marchar a buscar nada en el afuera.

Necesitamos constituirnos como político, como intelectual, como organizador, como filósofo colectivo: esto es lo que los sucesos nos están pidiendo a gritos, que abandonemos las viejas formas y contenidos de la política, que sólo ha servido para satisfacer las necesidades de un pequeño grupo de individuos en todo el transcurrir de esta especie, y que pasemos a crear y diseñar la política, el concepto de lo colectivo.

Debemos crear el modelo, el método, no creer en la guía individual, estamos en el tiempo exacto para el nacer, pero eso no ocurre mágicamente, por obra y gracia de ningún ente, sino por el esfuerzo, la voluntad, el empeño que como especie pongamos. El ejemplo del Comandante Chávez, y ahora con el directorio, con Maduro a la cabeza, nos debe servir de sustento para diseñar y experimentar los espacios y territorios de lo colectivo.

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