Internacionales Politica

De patria y cultura en tiempos de Revolución (IV parte y final)

Escrito por Debate Plural

Ernesto Limia Díaz (Cubadebate, 17-1-21)

 

El 26 de noviembre de 2020 la oposición contrarrevolucionaria adiestrada en base al manual de Gene Sharp, esa —al decir de Rolando Pérez Betancourt— más escolarizada, y no menos soberbia, lanzó una convocatoria para lanzarse a la calle sin importar las demandas de San Isidro o la liberación del marginal preso por desacato, cuya actitud ante la autoridad policial probablemente lo hubiese conducido a la muerte en el país de sus sueños. Un artista visual dentro de la Isla proclamó en su muro de Facebook que lidiaban con gente torpe del lado gubernamental, que cometían los errores básicos de quien no sabe cómo actuar y asustados porque podían perder la gallina de los huevos de oro en caso de portarse mal —en referencia a la promesa de campaña de Joe Biden de restablecer el curso bilateral de la Administración Obama—; sus “contrincantes” no querían desperdiciar un minuto más, pues la brecha abierta por Luis Manuel Otero Alcántara no iba a ser eterna. Desde un perfil falso, uno de sus vínculos en el exterior anunció la inminencia de una “sentada” de jóvenes con guitarras y canciones para neutralizar el uso de la fuerza, como se hizo —fue él quien lo subrayó— en la “revolución de colores” que derrocó al Gobierno de Eslovenia; tendría un “efecto dominó irrevocable”.

Pueden verificarse en ambos llamados algunas claves del apoyo a las acciones de San Isidro por un segmento sin escrúpulos que aboga por desligar la estética de la ética. Detrás de un supuesto posicionamiento artístico, se encubren intenciones de otro signo. No constituye un fenómeno autóctono: constituyen corrientes que prevalecen cuando la doctrina neoliberal se empeña en extender el “todo vale” como plataforma de la política y el deterioro global de la ética genera el debilitamiento de los valores espirituales y del sentido de la responsabilidad, en una marcha por derroteros esencialmente anticulturales, que nada tienen que ver con el carácter transformador del arte.

Las nuevas formas de colonización cultural están signadas por un deconstruccionismo que aboga por un sujeto vacío, a quien solo importe consumir. Poner al ser humano de rodillas ante el mercado exige vaciar de contenido la historia y los símbolos de cada nación. Han avanzado en ese camino por todo el orbe; mas para hacerlo en Cuba necesitan desmantelar una espiritualidad de hondas raíces patrióticas.

En una guerra de símbolos en la que el conocimiento y la razón sacan la peor parte y se legitima el divorcio entre la ética y el arte, y —lo que tiene una mayor connotación— entre la ética y el ejercicio de la política, son presentados como paradigmas quienes juegan dentro de las reglas del mercado y sus pautas de socialización, marcadas por el individualismo desenfrenado. En nombre de un modelo de democracia política que preconiza la ley de la jungla, se avasallan la democracia económica y la justicia social. La doble moral y el hedonismo se erigen en menoscabo de la conciencia social.  

Hasta el presente la vanguardia artística e intelectual cubana constituye un referente popular de gran significado, lo cual le permite a la Revolución enfrentar esas tendencias degradantes. Ello condiciona que la política de subversión ideológica de Estados Unidos apunte a abatir nuestra institucionalidad: “Desmantelarla equivaldría a liquidar la política cultural y a dejar en manos del mercado el establecimiento de jerarquías y modelos” (Prieto, 2017: 169), de ahí que la Usaid, la NED y Open Society marchen de la mano. “…los pueblos que enajenan su tradición, y por manía imitativa, violencia impositiva, imperdonable negligencia o apatía, toleran que se les arrebate el alma, pierden, junto con su fisonomía espiritual, su consistencia moral y, finalmente, su independencia ideológica, económica y política”, advierte el Papa Francisco:

Un modo eficaz de licuar la conciencia histórica, el pensamiento crítico, la lucha por la justicia y los caminos de integración es vaciar de sentido o manipular las grandes palabras. ¿Qué significan hoy algunas expresiones como democracia, libertad, justicia, unidad? Han sido manoseadas y desfiguradas para utilizarlas como instrumento de dominación como títulos vacíos de contenido que pueden servir para justificar cualquier acción (Papa Francisco, 2020: 5).

El grupito de San Isidro fue evacuado en la noche del 26 de noviembre a instituciones de salud, como medida de prevención por la COVID-19. ¿Dejaría la Administración Trump escapar la oportunidad?, ¿la operación articulada en Washington se desinflaba?, ¿lo dejarían todo así? Para conocer lo que determinó el gabinete de crisis tendríamos que leer un informe desclasificado por la CIA o quizás Elliot Abraham lo confiese en sus memorias, ¿quién sabe? Pero no deja de llamar la atención que a la mañana siguiente —o sea, el 27 de noviembre— apareciera en la sede del Ministerio de Cultura una docena de artistas para exigir una reunión inmediata con el ministro, sin agenda. ¿Quién los encabezaba? Ah, cosas del destino: el dramaturgo que asistió al taller de Sant Louis University.

Una vez instalados supieron qué teclas marcar. Poco a poco se nutrió el grupo hasta llegar a una concurrencia de trescientas personas: se sumaron el ya citado artista visual con su gente y los “disidentes empresariales ávidos de desembolso en efectivo”, como los califica Fulton Armstrong, excoordinador de Inteligencia Nacional para América Latina de Estados Unidos. También —los iniciadores sabían cuánta legitimidad brindarían a la maniobra—, jóvenes inconformes con la gestión de las instituciones culturales, que reclaman mayor intercambio acerca de temas controversiales no agotados, así como artistas y escritores —jóvenes y no tan jóvenes— interesados en dialogar sobre aspectos que Abel Prieto definió en un artículo publicado en Granma: “…cómo consolidar los vínculos entre creadores e instituciones, sobre manifestaciones experimentales del arte que aún no han sido suficientemente comprendidas, sobre la imprescindible función crítica de la creación artística, sobre el «todo vale» de la visión postmoderna, sobre la libertad de expresión y otros muchos temas” (Prieto, 2020: 8).

Ya en la tarde estos dos grupos —o sea, los jóvenes inconformes y los artistas y escritores interesados en un mayor diapasón del diálogo con las instituciones— eran la gran mayoría de los congregados. A ellos habrían de añadirse los curiosos por lo que acontecía y algún que otro de agenda socio-liberal a la caza de una oportunidad. A uno de estos últimos no le fue posible controlar el exceso de entusiasmo y escribió que esto apenas comenzaba; no había antiguas zonas de confort a las que agarrarse, mucho menos consignas. Poco le faltó para decir que el futuro anunciado en los 90 del siglo pasado por la contagiosa canción de Willi Chirino: “Ya viene llegando”, por fin aparecía, el día menos pensado: 27 de noviembre, una fecha que en la tradición juvenil revolucionaria se dedica a honrar a los ocho estudiantes de Medicina. Tradujo al inglés en su muro de Facebook lo observado y sus apreciaciones, en tiempo real. ¿A quién le reportaba? Él sabrá.

Durante varios meses se gestó un clima enrarecido en Internet, con una intensa carga emocional. Se trataba de quebrar la confianza que ha cohesionado a la sociedad cubana; poner a la defensiva a nuestra gente. Una narrativa desintegradora pretendía establecer en el imaginario popular la existencia de dos lados yuxtapuestos: “ustedes”, esbozado mediante una retórica corrosiva hacia los cuadros, funcionarios y directivos del Partido, el Gobierno, las instituciones gubernamentales y la sociedad civil que se ha dado la Revolución. Del otro: “nosotros”, circunscrito a la contrarrevolución externa e interna; un segmento de académicos e intelectuales decepcionados del socialismo, la mayoría asentada en el exterior; otro dentro de esos dos mismos sectores que reside en la Isla y se manifiesta agotado por el esfuerzo que implica nadar a contracorriente —algunos de ellos en su defensa acuden a la marchita tesis de la “revolución traicionada”—; lo más importante, todo el que quisiera sumarse a los legítimos —según la matriz tendenciosa— exponentes de la sociedad civil.

Facebook, Twitter, WhatsApp y Telegram maximizaron el eco de la campaña a un nivel sin precedentes. En la nube se pierden las fronteras y se torna difícil —no imposible— establecer de quiénes en verdad parten los reclamos y dónde se hallan. Nada novedoso. Esa ingeniería mediática como soporte de las acciones desestabilizadoras la ensayó Estados Unidos en las “revoluciones de colores” este-europeas en la década de 1990 y en los levantamientos de Asia y Medio Oriente tras la crisis global de 2008. “…todos los post que salían al abrir la aplicación de Facebook en mi celular mostraban indignación, rabia, desespero, impotencia. En menos de media hora ya se habían creado tres grupos de WhatsApp y dos de Telegram donde decenas de amigos y colegas se conectaban para canalizar voluntad e indignación y «hacer algo»; de eso se trataba, «hay que hacer algo», decían”, escribió para El Universal de México una periodista pagada por la NED, cofundadora de 14yMedio (Escobar, 2020). Exacerbar los ánimos hasta el extremo forma parte del guion. Un experto en este tipo de guerra, Manuel Castells, lo describe. Por su valor ilustrativo, cito en extenso:

Desde el punto de vista de los individuos, los movimientos sociales son movimientos emocionales. La insurgencia no empieza con un programa ni una estrategia política. Esto puede surgir después, cuando aparecen líderes dentro o fuera del movimiento para promover los programas políticos, ideológicos y personales que pueden o no relacionarse con el origen y las motivaciones de los participantes en el movimiento. Pero el big bang de un movimiento social empieza con la transformación de la emoción en acción. Según la teoría de la inteligencia afectiva, las emociones más importantes para la movilización social y el comportamiento político son el miedo (una emoción negativa) y el entusiasmo (una emoción positiva). […] para que surja el entusiasmo y la esperanza, los individuos tienen que superar la emoción negativa resultado del sistema de la evitación: la ansiedad. La ansiedad es una respuesta a una amenaza externa sobre la que la persona amenazada no tiene control. Por lo tanto, la ansiedad lleva al miedo y tiene un efecto paralizante. La superación de la ansiedad en un comportamiento sociopolítico a menudo es resultado de otra emoción negativa: la ira. La ira aumenta con la percepción de una acción injusta y con la identificación del agente responsable de ella. Las investigaciones neurocientíficas han demostrado que la ira está asociada a un comportamiento que asume riesgos. Cuando el individuo supera el miedo, las emociones positivas se imponen a medida que el entusiasmo activa la acción […].

No obstante, para que se forme un movimiento social la activación emocional de los individuos debe conectar con otros individuos. Para ello requiere un proceso de comunicación de una experiencia individual a los demás. Para que un proceso de comunicación funcione, hay dos requisitos: la consonancia cognitiva entre emisores y receptores del mensaje y un canal de comunicación eficaz. La empatía en el proceso de comunicación está determinada por experiencias similares a las que motivaron el estallido emocional original. En concreto: si muchos individuos se sienten humillados, explotados, ignorados o mal representados, estarán dispuestos a transformar su ira en acción en cuanto superen el miedo. Este miedo lo superan mediante la manifestación extrema de la ira en forma de indignación cuando tienen noticia de que alguien con quien se identifican ha sufrido algo insoportable (Castells, 2013: 30-32).

En 62 años los adversarios de Cuba no se han dado un día de vacaciones como difusores de la confusión y la mentira. Estados Unidos ha invertido fondos multimillonarios para articular una plataforma entre los medios tradicionales y las nuevas formas de comunicación en las redes sociales de Internet. Resulta poco coherente minimizar el efecto de sus campañas, es por eso difícil de explicar que hasta el 28 de noviembre no se produjera una respuesta adecuada en materia de comunicación a lo que ocurrió en San Isidro. Faltó oportunidad en la denuncia de los personajes de la piyamada: la vulgaridad que condiciona las actividades de muchos de ellos, su proyección anexionista y afiliación a la agenda neofascista de Trump, el vínculo del marginal procesado penalmente con individuos que organizan actos terroristas contra la Isla desde el territorio de Estados Unidos, el llamado de uno de sus integrantes a la intervención militar del ejército yanqui y la conducción desde el terreno por Timothy Zúñiga-Brown —en franca violación de los preceptos de la Convención de Viena para las relaciones diplomáticas.

Frente a la campaña desatada por el equipo anticubano del gabinete de Trump, la ausencia de una respuesta pronta y convincente en el orden de la comunicación política generó cierta confusión entre no pocos tanto al interior de la Isla como en el exterior. Al no disponer de todos los elementos, algunos artistas e intelectuales honestos llegaron a sensibilizarse con los mercenarios victimizados. Y —como ya se apuntó en este texto— algún que otro personajillo enajenado llegó a proclamar que el Gobierno Revolucionario se hallaba atolondrado.

A mi modesto juicio, ello pudo propiciar que Elliot Abraham y su gabinete de crisis tomaran como un gesto de debilidad la decisión de las máximas autoridades del Ministerio de Cultura —junto a directivos de la Uneac y la AHS— de conversar durante cuatro horas con una representación diversa de los congregados en las afueras del edificio; por el contrario, la institucionalidad revolucionaria brindó una muestra de fortaleza y sabiduría, lo que unido a la buena voluntad de prestigiosos creadores presentes en el lugar neutralizó la maniobra enemiga. Allí se acordó dar continuidad a un diálogo aportador en ambas direcciones.

De lo ocurrido en la sede del Ministerio de Cultura pueden sacarse varias enseñanzas. La primera —y a mi juicio la más importante—, es que existe una franja de artistas y escritores, jóvenes y no tan jóvenes, insatisfechos con la administración de la política cultural por parte de varias de las instituciones del sector. Desde hace tres o cuatro años, entre no pocos creadores se ha hecho recurrente la idea de un eventual retroceso al clima del “quinquenio gris”. Evitarlo constituye un imperativo y demandan para eso una mayor participación en el proceso de toma de decisiones en el campo de la cultura y una mayor democratización de la dimensión política del hecho cultural.

Entiendo legítimas sus preocupaciones. “Lo que no resulta legítimo es el irrespeto a la ley, la pretensión de emplear el chantaje contra las instituciones, ultrajar los símbolos de la patria, buscar notoriedad mediante la provocación, participar en acciones pagadas por los enemigos de la nación, colaborar con quienes trabajan para destruirla, mentir para sumarse al coro anticubano en las redes, atizar el odio”, apuntó Abel en su citado artículo (Prieto, 2020: 8).

Pronto reaccionaron los que pretendían capitalizar lo acontecido a su favor, a quienes solo les interesa oír su voz. El 3 de diciembre enviaron un correo de tono arrogante al Ministerio de Cultura para demandar la presencia en la próxima conversación del presidente de la República junto a agentes pagados por el gobierno de Estados Unidos y varios medios de la plataforma mediática financiada con los programas de cambio de régimen. Incluyeron en su lista a un representante legal, un abogado que lleva años capitalizando el cierre de su contrato en la Universidad de La Habana para velar el alcance de sus actos: se sumó conscientemente a la probeta de tinte neoplattista inducida u orientada —solo ellos pueden saberlo— mucho antes del anuncio por parte de Obama del cambio de política; ahora se une a un episodio en el que aparecen anexionistas y hasta partidarios de Trump. Y también esta vez se asoma el dramaturgo: ¿ingenuidad o aspiraciones de Václav Havel tropical?

El presidente de Cuba tiene como método de trabajo intercambiar con intelectuales cubanos sistemáticamente —investigadores científicos, médicos, académicos, artistas y escritores, historiadores, profesores de todos los niveles, periodistas y comunicadores, entre tantos—, incluso, en medio de la pandemia de COVID-19. Tiene una virtud digna de encomio en un país con tantas mujeres y hombres de ciencias, y alto nivel de instrucción: sabe escuchar. No tengo duda de que, más temprano que tarde, se reunirá con el presidente electo de Estados Unidos, pero jamás con sus agentes. No es una condición negociable. Resulta doloroso leer en esa lista el nombre de personalidades y jóvenes del mundo de la creación artística, que nada tienen que ver con el mercenarismo. Es obvio que albergan una preocupación atendible, legítima, sobre los problemas del sector y el país, y entre encuentros y desencuentros con funcionarios de las instituciones culturales, posiblemente los hayan traicionado sus emociones.

Se acude para legitimar esta mezcolanza al Apóstol y su muy citado discurso “¡Con todos y para el bien de todos!” —pareciera que la mayoría de quienes lo toman como referente nunca se han detenido a leerlo—, pronunciado en Tampa el 26 de noviembre de 1891, cuando se disponía a fundar el partido de la unidad. Aquel hombre en el que latía el corazón de su tiempo, proclamó “¡Con todos y para el bien de todos!” como una máxima frente a la élite dentro de la Isla, conformada por autonomistas y anexionistas, que intentaba erigirse en gurú de los destinos del país; frente a los oficiales de la Guerra Grande que desdeñaban la opinión de los jóvenes y los emigrados; frente a la discriminación de negros y mulatos en los clubes revolucionarios; frente a los que hablaban en nombre de la libertad para desviarla en beneficio propio.

Mal los conocía quien no se percatara de cómo brotaba “una concordia tan íntima, venida del dolor común, entre los cubanos de derecho natural, sin historia y sin libros, y los cubanos que han puesto en el estudio la pasión que no podían poner en la elaboración de la patria nueva”, nacida al calor de “este amor unánime y abrasante de justicia”, de “este ardor de humanidad”. Por esa patria en que se reunían “con iguales sueños, y con igual honradez” hombres que podía divorciar el diverso estado de su cultura, “…sujetará nuestra Cuba, libre en la armonía de la equidad, la mano de la colonia que no dejará a su hora de venírsenos encima, disfrazada con el guante de la república. ¡Y cuidado, cubanos, que hay guantes tan bien imitados que no se diferencian de la mano natural! A todo el que venga a pedir poder, cubanos, hay que decirle a la luz, donde se vea la mano bien: ¿mano o guante?”, advirtió para entonces y la posteridad (Martí, t. 4, 1975: 275).

Martí quería la igualdad bajo la ley y también la igualdad de todos los cubanos bajo el techo en que vivían. Por ello habló de revolución social y de justicia, y de la mejor manera que pudo, para no espantar a la fiera, del peligro que afrontaban en una nación codiciosa “que nos acecha y nos divide”. No hubo en su concepto unitario y descolonizado, como nuestros adversarios intentan hacer creer, espacio para anhelos anexionistas: “Y con letras de luz se ha de leer que no buscamos, en este nuevo sacrificio, meras formas, ni la perpetuación del alma colonial en nuestra vida, con novedades de uniforme yankee […]”, expresó, antes de acentuar:

¿Y temeremos a la nieve extranjera? Los que no saben bregar con sus manos en la vida, o miden el corazón de los demás por su corazón espantadizo, o creen que los pueblos son meros tableros de ajedrez, o están tan criados en la esclavitud que necesitan quien les sujete el estribo para salir de ella, esos buscarán en un pueblo de componentes extraños y hostiles la república que sólo asegura el bienestar cuando se le administra en acuerdo con el carácter propio, y de modo que se acendre y realce. A quien crea que falta a los cubanos coraje y capacidad para vivir por sí en la tierra creada por su valor, le decimos: “Mienten” (Martí, t. 4, 1975: 277).

Cuando envió como emisario a Cuba a Gerardo Castellanos para conectar a los revolucionarios de la Isla con el Partido, le indicó transmitir dos mensajes: el movimiento tenía un carácter nacional y debía comprender a todos los sectores sociales, incluidos los autonomistas que mostraran interés en incorporarse; aunque a ellos no les pedía compromiso, solo que al estallar la guerra el Partido Liberal estuviese disuelto o presto a disolverse. Dejó así abierto el portón a una franja ligada a ese ideal más por lazos emocionales que ideológicos, como probó la vida cuando Valeriano Weyler bestializó los métodos de enfrentamiento a la insurgencia y no pocos de ellos se incorporaron a la manigua. Con los anexionistas, en cambio, no había arreglo alguno. Solo sugirió no confrontarlos, para evitar que Estados Unidos se negara a reconocer la beligerancia. Debían conquistar la simpatía del gobierno estadounidense “…sin la cual la independencia sería muy difícil de lograr y muy difícil de mantener” (Castellanos, 2009: 110).

En vísperas de su muerte en Dos Ríos, le escribió a Manuel Mercado que sabía a España derrotada y no le preocupaban los autonomistas, a quienes solo importaba “…un amo, yanqui o español, que les mantenga o les cree, en premio de oficios de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante, —la masa mestiza, hábil y conmovedora del país,— la masa inteligente y creadora de blancos y de negros”. El gran desafío de la revolución estaba en “…impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. Y esa máxima se convirtió en el sentido de su vida, por ella lo afrontó todo: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”, confesó (Martí, t. 4, 1975: 167-168).

Para el Gobierno Revolucionario debe constituirse en una prioridad generar un clima de intercambio sistemático, que involucre —con su obra y palabra— a artistas, escritores e intelectuales en general. También es necesaria la participación de cuadros y funcionarios de las instituciones responsabilizadas con el proceso de toma de decisiones en asuntos que nos conciernen a todos y casi nunca concurren a los espacios de debate. La Revolución necesita crear cada día nuevas formas de participación a una intelectualidad “incómoda”, que se bañe de Sol y que también se fije en las manchas. “…el amor, la justicia y la solidaridad, no se alcanzan de una vez para siempre; han de ser conquistados cada día. No es posible conformarse con lo que ya se ha conseguido en el pasado e instalarse, y disfrutarlo como si esa situación nos llevara a desconocer que todavía muchos hermanos nuestros sufren situaciones de injusticia que nos reclaman a todos”, apuntó con sabiduría el papa Francisco (2020: 4).

La mutilación del análisis social crítico y el enajenarse de su compromiso ciudadano incapacitaron a la intelectualidad de la URSS y Europa del Este para derrotar en el plano teórico a la doctrina neoliberal. Esa es una lección para no olvidar, como tampoco puede ignorarse que la academia occidental ultrafragmentó el campo temático de las ciencias sociales para neutralizar su poder revolucionario. Cuba no está ajena al influjo de ambas corrientes. Se necesita de un clima que estimule el debate y el análisis social crítico, transformador, y también se necesita de mucha responsabilidad con nuestra historia y nuestras bases populares. “El pueblo es la meta principal. En el pueblo hay que pensar primero que en nosotros mismos. Y esa es la única actitud que puede definirse como una actitud verdaderamente revolucionaria”, definió hace 60 años Fidel en la reunión con los intelectuales en la Biblioteca Nacional (Castro, 2016: 19).

La subversión y el desarrollo de las comunicaciones alimentan y dan soporte a la más formidable batalla ideológica que ha debido librar el país. No se puede vencer con sectarismos ni consignas. Se requiere audacia y la articulación de todo el arsenal forjado por la Revolución en sus universidades y escuelas, sin importar en qué confín del planeta se halle. A ese propósito debemos sumar a todos nuestros aliados de izquierda que asumen a Cuba como un asunto personal.

No hay margen a la ingenuidad. La reacción socio-liberal se extiende entre un segmento no despreciable de profesionales graduados en universidades cubanas que hoy residen en el exterior y también cuenta con expresión en la Isla. Intenta envolvernos en un escepticismo inducido sobre nuestras posibilidades de salir adelante y vencer los colosales desafíos que afrontamos. Se nos trata de persuadir de que resulta quimérico pretender un camino propio; fue este el halo que cubrió el pensamiento colonial y neocolonial durante cinco siglos.

Los socio-liberales criollos rechazan el Partido de la unidad y abogan por un capitalismo al estilo de Suecia. Nos necesitan fragmentados para derruir la barrera histórica e ideológica, porque ¿de qué otra forma someter el espíritu de un pueblo fundido en su ideal independentista? Tampoco quieren un Estado ni la institucionalidad que se dio la nación, porque así lo exige un poder global para quien nada resulta suficiente; menos, una Revolución que cristalizó los sueños de justicia e igualdad social de muchas generaciones y se ha erigido símbolo universal por la entereza con que enfrenta demonios ajenos y propios.

A 90 millas de Estados Unidos no es posible un “nacionalismo de derecha”, como denominó Fernando Martínez Heredia a la fábula narrada por quienes nos creen tontos. La burguesía en la República mediatizada fue antinacional. Un retroceso expondría el país a la voracidad de su vecino y, al igual que en 1902, nuestras bases populares quedarían a merced de lobos y cerdos. Ellas lo saben. El problema no es la forma de pensar de la nueva hornada o su inclinación política: se han propuesto hacerse del poder y está en curso una operación de lavado de imagen de los programas de cambio de régimen financiados por la Usaid, la NED y Open Society, para encubrir su carácter antinacional.

Debo volver a la historia. En 1900 la Asamblea Constituyente se quebró ante las presiones de Estados Unidos y asumió la Enmienda Platt como apéndice constitucional; lo hizo a puertas cerradas, a espaldas del pueblo. Tras un debate liderado desde el campo independentista por Juan Gualberto Gómez y Salvador Cisneros Betancourt, la balanza se inclinó cuando cambió su voto Manuel Sanguily. No se sabía que su hermano, el general Julio —por quien Manuel sentía un cariño con lástima: era adicto al alcohol y al juego— había vendido el levantamiento del 24 de Febrero y andaba con una maleta de dólares del gobierno interventor para adquirir almas patrióticas. No compró a Manuel; pero no tengo duda de que influyó en él hasta hacerle creer que no existía otra opción para que las tropas yanquis abandonaran la Isla. Instaurada la República el 20 de mayo de 1902, asumió su presidencia Tomás Estrada Palma, el hombre que hizo del anexionismo el sentido de su vida, y no más asumir la dirección del Partido lo desconectó de sus bases. Muertos Martí y Maceo, la gente humilde del país no contaba con una vanguardia política e intelectual. Se necesitaron otros 60 años, y derramar mucha sangre sagrada, para levantar la nación. La Revolución forjó varias generaciones determinadas a correr su suerte con los pobres de la tierra; dispuestas a entregar su vida por esos ideales, lo mismo en la lucha ideológica que con un fusil. A estas alturas, eso debieran saberlo nuestros adversarios. No entregaremos de rodillas la patria que nos legaron de pie.

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