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La ciencia vista desde las Humanidades

La ciencia y la tecnología han sido objeto de estudio para las ciencias sociales, y estas últimas han contribuido a mejorar la comprensión del lugar de aquellas en la sociedad moderna. Además estos estudios han servido, según Jesús Vega Encabo, para “desenmascarar pretensiones ilegítimas de interés y poder ocultas tras los viejos ideales e imágenes anquilosadas de la ciencia” (Vega Encabo 2012).

Los estudios sociales de la ciencia constituyen un programa epistémico, pero a la vez, un proyecto político que trata de desmitificar la ciencia heredada del empirismo lógico y que intenta mostrar el carácter social de la práctica científica.

En la filosofía de la ciencia tradicional se intentó dar respuesta a los problemas epistemológicos de la ciencia desde una perspectiva básicamente inductivista, que buscaba de cierto modo una confluencia entre la observación empírica y las racionales (juicios lógicos) para dar cuenta de un progreso científico limpio, libre de prejuicios.

Estas pretensiones se vieron enfrentadas radicalmente por los primeros defensores de la sociología del conocimiento, quienes enrostraron algunos principios fundamentales extraídos de la práctica científica misma que no se correspondían con la explicación inductivista. Entre estas tesis están el problema de la inducción como método insuficiente para explicar la aceptabilidad de las teorías empíricas partiendo de relaciones lógicas entre enunciados; el problema de la interpretación, la infradeterminación de la teoría por la evidencia, pero sobre todo, la carga teórica de las observaciones, que da cuenta de la imposibilidad de acercarse al objeto de estudio sin ninguna consideración teórica previa.

El problema grave surge cuando, tomando los presupuestos de éstas revelaciones, se pretende radicalizar un relativismo epistemológico que reduce casi a la nulidad la validez del conocimiento científico. Partiendo de la tesis de Bloor en su presentación del Programa Fuerte de la Sociología del Conocimiento Científico, puede colegirse que los conocimientos derivados de la actividad científica no tienen ningún privilegio frente a cualquier otra creencia institucionalizada, pues “conocimiento es cualquier cosa que la gente tome como conocimiento. Son aquellas creencias que la gente sostiene confiadamente y mediante las cuales vive” dice Bloor, citado por Vega Encabo. De ahí no necesariamente se ha de llegar a la conclusión de que la ciencia es una creencia más que no tiene por qué ser más verdadera o útil o valida que cualquier otra, sino solamente que la ciencia no puede pretender fundamentar su racionalidad en criterios universales, “sino únicamente en cánones convencionalmente establecidos” (Vega Encabo 2012, 50).

En lo que respecta al lenguaje científico erróneamente se concluye que el lenguaje de la ciencia no es más que otro juego del lenguaje –como diría Wittgenstein- en el que se imponen ciertas reglas implícitas y cuyos conceptos no son para nada mas especiales que los conceptos de la vida cotidiana, pues de lo que se trata es que su comprensión se circunscribe a los parecidos de familia que guardan aquellos conceptos entre sí. En consecuencia, el lenguaje científico también halla su explicación en cuanto actividad social, y como tal, puede ser explicado por la sociología del conocimiento y sus categorías.

Sin embargo, si bien es cierto que la ciencia no debe fundamentarse, como lo han explicado ya los estudios sociales de la ciencia, sobre principios metafísicos fuertes, no menos cierto es que la ciencia, en tanto actividad que se desarrolla en el marco de una tradición y que implica un conocimiento tácito que se va transmitiendo principalmente del mismo modo, conforma un corpus de conocimientos que ha resultado de vital importancia para la explicación, sobrevivencia y utilidad de la vida humana en la naturaleza. Entonces el problema no debe ser el estatus epistemológico de la ciencia ni su estatura frente a otras creencias o ideologías, sino ver cómo ese saber que es trasmisible tácitamente, puede de alguna forma “democratizarse” y convertirse, más que en un saber de elites, en el saber público, manejable y entendible por todo aquel que se interese por ello. Obviamente esto requiere de una “ciudadanía científica”, que es otro problema con muchas otras aristas que tratar.

Acerca del autor

Edwin Santana Soriano

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