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La confesión del golpista Michel Temer

Michel Temer
Escrito por Debate Plural

Eric Nepomuceno (Página 12, 5-11-20)

 

Michel Temer, el vicepresidente de Dilma Rousseff que la reemplazó tras de un golpe institucional ejecutado en el Congreso en mayo de 2016, preparó un libro de memorias.

En realidad, una serie de entrevistas llevadas a cabo por Denis Rosenfield a lo largo de su presidencia (2016-2018). Derechista convicto, el entrevistador es persona de confianza de Temer, y fue elegido para ocupar el ministerio de Defensa. Terminó reducido a confidente presidencial.

Es, como previsible, un libro de autoelogios. Temer hace un balance de su gestión tratando de desvincularse de los escándalos que casi lo expulsan del puesto, y vende la imagen de moderado y sensato. Realza la importancia de las reformas que implantó, olvidándose de que la legislación laboral sufrió amputaciones drásticas. Rechaza enfáticamente la acusación de ser lo que fue, o sea, un golpista.

Lo más importante, sin embargo, del libro de título inmenso – “La opción: cómo un presidente logró superar grave crisis y presentar una agenda para Brasil”  es la revelación de un punto que explica el vuelco de las Fuerzas Armadas y su inmersión en el gobierno de Jair Bolsonaro.

Cuenta Temer que ya en 2015, cuando se puso en marcha el golpe contra Dilma Rousseff, mantuvo encuentros sigilosos con al menos dos altos mandos militares, los generales Eduardo Villas Boas, entonces comandante máximo del Ejército, y Sergio Etchegoyen, jefe del Estado-Mayor y luego ministro del nuevo gobierno.

Villas Boas fue quien amenazó el Supremo Tribunal Federal, ya bajo el gobierno golpista, caso Lula da Silva obtuviese un habeas corpus que lo librase de la prisión a la que fue condenado en un juicio claramente manipulado. Etchegoyen, por su vez, es considerado uno de los líderes de la línea más dura de las Fuerzas Armadas.

Los dos respaldaron los pasos golpistas a raíz del irremediable malestar provocado por Dilma, ella misma una ex militante en tiempos de la dictadura (1964-1985), al implantar la Comisión de la Verdad.

Aunque sin riesgo de puniciones –Brasil es el único país latinoamericano que no castigó a ningún torturador, a raíz de una ley de amnistía heredada de los militares–, el malestar entre los uniformados por las denuncias y revelaciones de actos de barbarie que se hicieron públicas fue inmenso. Y creyeron que era hora de terminar con la izquierda en el poder.

Todos están, hoy, respaldando a Bolsonaro, un heraldo en la defensa de la dictadura, autor de una frase histórica: “El régimen que existió entre 1964 y 1985 cometió errores, como la tortura. Lo más lógico sería en lugar de torturar haber matado a unos 30 mil”.

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