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Sin límites para el asombro

Escrito por Debate Plural

Isabel de Sebastián (El Cohete a la Luna, 7-10-20)

 

El primer debate presidencial y la enfermedad de Trump han creado una inimaginable crisis política

«La única diferencia entre la realidad y la ficción es que la ficción necesita ser creíble».
Mark Twain
«Lo llaman el sueño americano porque tenés que estar dormido para creértelo».
George Carlin 

Si el Presidente Donald Trump nos tenía acostumbrados a trastocar diariamente el equilibrio y la normalidad ya antes de la pandemia, la noticia de su contagio con el virus Covid-19, y su posterior hospitalización en el Hospital Walter Reed (“por una abundancia de precaución”, según la Casa Blanca, que debería haber existido antes), ponen en jaque un proceso electoral que está en crisis desde hace meses, ya que el Presidente se ha dedicado incesantemente a deslegitimarlo, poniendo en duda la solidez de los posibles resultados, vaticinando que habrá fraude y llamando a sus seguidores a “controlar” la votación. La impactante noticia llega apenas pasados los dos días del primer debate presidencial, durante el cual Trump se rio de su rival Biden por la utilización del barbijo: “Yo no lo uso como él. Cada vez que lo ves, tiene uno puesto. ¡Puede estar hablando a 200 pies y aparece con el barbijo más grande que jamás se haya visto!”, dijo socarronamente para después asegurar que él se lo pone “sólo cuando es necesario”. Cabe recordar que durante la pandemia el Presidente utilizó el tema del barbijo para azuzar la discordia entre los ciudadanos. Hoy el país vive una histórica crisis política que podría haber sido evitada con el simple uso de un pedazo de tela.

Biden / Trump.

Él y la Primera Dama se contagiaron, aparentemente, de una colaboradora cercana que interactuó permanentemente con ellos y otros empleados sin ninguna protección. La negación del riesgo por parte del gobierno ha sido una constante durante la pandemia. Durante el debate Trump rechazó la idea de que sus mitines, poblados de gente sin barbijo ni respeto por el distanciamiento social, hayan generado contagios, aún cuando su aliado Herman Cain haya muerto de Covid-19 dos semanas después de participar, sonriente y rodeado de acólitos, en uno de los encuentros proselitistas. El desempeño irresponsable e ineficiente de Trump frente al virus es uno de sus flancos débiles en esta elección. Podría decirse que el Covid se reservó el chiste final, dándole a probar a Trump un poco de su propia medicina, esa que ya bebieron Boris Johnson y Jair Bolsonaro, líderes que, como el Presidente, desestimaron la importancia y letalidad del virus. Estados Unidos, Inglaterra y Brasil son, coincidentemente, tres de los cinco países con más muertes por Covid. En la era de la post-verdad, la posibilidad de la muerte aparece como una de las pocas verdades inalienables.

Para fines de septiembre el pueblo estadounidense había llegado, finalmente, a un punto de hartazgo. La llamada “Fatiga Trump” es un síndrome que ya afecta a la mayoría de la población. La dominancia del Presidente en los titulares y en las redes sociales, cimentada con provocaciones, tuvo un pico eruptivo en el debate con su rival demócrata Joe Biden, un hecho histórico que causó una enorme vergüenza en propios y ajenos. “Pelea de bar” y “Show de excrementos” fueron algunos de los títulos. National Review, la publicación conservadora más tradicional del país, llamó al debate “crap crêpe”, algo así como un panqueque de caca. Tanta mierda nos hizo comer Trump esa noche, que terminó nombrada en todas partes. Entre otras cosas, volvió a negarse a afirmar que va a aceptar el resultado de las elecciones, quizás el punto más criticado de un evento que fue calificado como “el peor debate de la historia”.

Pero fue el incandescente tema del racismo el único que lo hizo recular: en una de esas rarísimas ocasiones, y con una enorme presión republicana, el Presidente se retractó de la vergonzante frase con la que se refirió al grupo extremista de derecha Proud Boys (el cual se dedica a la “contraprotesta” de los manifestantes antirracistas). “Stand back and stand by” (“Paren, y esperen”), les dijo. El jueves declaró: “No sé quienes son los Proud Boys, pero tienen que bajarse (stand down) y dejar que la policía se ocupe”. La mayoría de los ciudadanos norteamericanos comprende que con el racismo sólo hay mucho que perder, incluyendo la paz y por supuesto, la dignidad humana. El 56% desaprueba el estilo de Trump frente al racismo, un 6% más que antes de la pandemia. Pero claro, hay otros que “no saben” y un importante porcentaje de votantes que claramente no piensan de esa manera. A ellos se dirige habitualmente el Presidente.

Durante dicho debate Biden no brilló, y por momentos se tropezó con las palabras. Apareció como un hombre bastante mayor que Trump con respecto a la energía y al vigor, aunque le lleva sólo tres años. Como si le hubieran puesto un paño rojo adelante, Trump irrumpió contra Biden desde el primer momento como un toro enloquecido y ciego. No pudo discernir ideas ni elaborarlas, lo que no es sorprendente, pero quizás la población, tan acostumbrada a estos rituales políticos (que, por más manufacturados y vacíos de significado que sean, ayudan a blindar su seguridad en las instituciones), haya escuchado finalmente el crujido del sistema en la voz estentórea, imprudente e irrefrenable de un hombre borracho de poder y de soberbia.

El eco de este quiebre no deja de resonar. Los republicanos, abatidos, huelen una derrota histórica: en Carolina del Sur, donde Trump ganó por una diferencia de 14 puntos en 2016 y el partido Republicano gana desde hace cuatro décadas, la diferencia entre candidatos es de un punto a favor del Presidente. Los sondeos de CNBC News-Change Research muestra a Biden 14 puntos por encima de Trump, pero el 54 % contra el 29 % dice que Biden tuvo una mejor performance durante el debate. El tema es que, en el país del gran amor propio, el 77% de los encuestados declaró que “no los hizo sentirse orgullosos de su nación”. Como en muchas tragedias, hay un punto de quiebre donde el derrumbe del líder se precipita y el vacío a su alrededor se agiganta. Algo estaba oliendo mal en Dinamarca, diría Shakespeare, cuando las noticias sobre la salud del Presidente dejaron suspendida en el aire hasta su caída.

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