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¿Son “históricos”los acuerdos de Washington?

Escrito por Debate Plural

Dominique Vidal (Rebelion, 2-10-20)

 

El periodista comenta la noticia inmediata. El historiador lo inscribe en la larga historia. De ahí la dificultad, entre estos dos enfoques parcialmente contradictorios, de evaluar los acuerdos anunciados con los Emiratos Árabes Unidos (EAU) el 13 de agosto y con Bahréin el 11 de septiembre, ambos firmados solemnemente el 15 de septiembre por Benjamin Netanyahu con los ministros de Relaciones Exteriores de los EAU y Bahréin (en ausencia de sus jefes de Estado), todo ello bajo la égida de Donald Trump. Si la palabra “paz” sigue siendo engañosa, sólo los ciegos se habrán sorprendido: la diplomacia israelí y, en particular, los servicios (de información) han estado negociando esta normalización durante mucho tiempo, en un contexto de movilización contra Teherán. Manama (la capital de Bahréin) mostró aún más interés ya que la mayoría de la población de Bahréin es chií.

Estos acuerdos de “paz”, pomposamente llamados “Abraham”, concertados por Israel con Estados que nunca le han hecho la guerra, ¿son, como han afirmado la mayoría de los medios, “históricos”? Para responder a esta pregunta, primero debemos situarlos en las largas décadas de política de Estados Unidos en el Medio Oriente, luego examinar su contenido en sí mismo, luego medir sus vínculos con los intereses electorales de Donald Trump y Benyamin Netanyahu antes de pensar en los medios de devolver todo su lugar, central, a la cuestión de Palestina.

En busca de un “consenso estratégico”

Porque hay que decirlo desde el principio: ningún acuerdo de paz en Oriente Medio, independientemente de los signatarios, tendrá alguna posibilidad de éxito duradero si no incluye una solución al conflicto israelí-palestino de acuerdo con el derecho internacional. A fin de cuentas, ¿habríamos logrado construir la Europa de la posguerra sin la reconciliación franco-alemana deseada por De Gaulle y Adenauer?

La idea de lograr – según la expresión de Zbigniew Brzezinski – un “consenso estratégico” entre Estados Unidos, Israel y los Estados árabes no es nada nuevo. Después de un breve período de convergencia entre Washington y Moscú en apoyo del plan de partición de Palestina, luego con las fuerzas judías implicadas en los combates de 1947 a 1948, con el objetivo común de desestabilizar la hegemonía británica, la región entró, como el mundo en general, en la guerra fría. A partir de entonces, Estados Unidos buscó asegurar su dominio sobre todos los países de Oriente Medio para mejor hacer frente al bloque comunista. Desde la Declaración Tripartita (1950) hasta el Pacto de Bagdad (1955), hicieron todo lo posible para amarrar a sus aliados.

Esta estrategia explica, por ejemplo, el freno dado por el presidente Eisenhower a la expedición anglo-franco-israelí a Suez en 1956, para no arruinar la imagen de Estados Unidos en el mundo árabe. La siguiente guerra, en 1967, sin embargo, Estados Unidos eligió a Israel: se convirtió en su aliado estratégico en lugar de Francia, que decretó un embargo sobre la venta de armas en la región para castigar a Tel Aviv por su guerra preventiva.

Bandera de Palestina

Pero esta reorientación no impedía que Washington siguiera buscando un compromiso árabe-israelí, lo que se expresa claramente, en su ambigüedad, en la resolución 242 del Consejo de Seguridad del 22 de noviembre de 1967. Vano intento: como el órgano supremo del ONU, los esfuerzos estadounidenses tropiezan con la cuestión palestina, que pretenden ignorar. Lo mismo ocurrirá después de la guerra de 1973, luego con la invasión del Líbano en 1982. Con respecto a la invasión del Líbano, vale la pena señalar que ocurre tres años después de la paz separada concluida por Egipto con Israel (1979). Porque este último, a cambio del Sinaí, obtuvo la garantía de que nunca más tendría que hacer una guerra en todos los frentes.

¿Con Palestina o sin ella?

Mientras tanto, las y los palestinos lograron importantes éxitos diplomáticos. El otoño de 1974 les trajo especialmente buenas noticias: en octubre, la Cumbre Árabe de Ammán reconoció a la Organización de Liberación de Palestina (OLP) como “el único representante legítimo del pueblo palestino”; en noviembre, la Asamblea General de las Naciones Unidas invitó a Yasser Arafat a hablar y, unos días después, otorgó la condición de observador a la OLP.

Trece años después, la Primera Intifada coronó este lugar ahora central en el juego diplomático. Punto de inflexión del conflicto, el Consejo Nacional Palestino de Argel, el 15 de noviembre de 1988, proclama el Estado de Palestina, reconoce tanto las resoluciones 181 (la partición de Palestina) como 242 y renuncia al terrorismo. Paradójicamente, este reconocimiento de facto de Israel transforma el establecimiento del Estado de Palestina en una condición sine qua non de cualquier “consenso estratégico”.

Tanto es así que los estadounidenses abren un diálogo con la OLP, y luego, tras la Guerra del Golfo, convocan la Conferencia de Madrid donde imponen a Itzhak Shamir la presencia palestina y finalmente dan luz verde a las negociaciones que conducirán a los acuerdos de Oslo, lo que agregará un nuevo Estado árabe en la bolsa de la normalización con Israel: Jordania (1994).

Dos años después, el 4 de noviembre de 1995, el asesinato de Itzhak Rabin acaba de raíz con las esperanzas de paz. A mi colega René Backmann, que por casualidad estaba presente con él en el Mucata, Yasser Arafat, después de haber llorado, declaró: “¡It´s over! ” (Se acabó). El raïs tenía razón: desde aquella trágica noche, la derecha israelí no ha dejado de enterrar con Oslo cualquier perspectiva de una solución de dos Estados al conflicto. Y, desde Shimon Peres hasta Ehud Barak, la izquierda israelí la dejará hacer. Así, el “consenso estratégico” siempre buscado por Estados Unidos, evacuó gradualmente cualquier Estado palestino, incluso bastardo.

Si hay un factor que debería hacernos dudar en calificar de “históricos” los acuerdos con los Emiratos y Bahréin, es éste: ningún acuerdo que ignore la cuestión palestina tiene la más mínima posibilidad de restaurar la paz deseada en la región. Aunque sólo sea porque al hacerlo violaría el derecho internacional y, en particular, el corpus de las resoluciones de las Naciones Unidas desde 1947. Además, los Estados del Golfo signatarios contradicen la “iniciativa de paz” por la cual todos los jefes de estado árabes, reunidos el 27 de marzo de 2002 en Beirut, propusieron normalizar sus relaciones con Israel con la condición de que este último se retirara de los territorios ocupados en 1967, aceptara la creación de un Estado palestino independiente con Jerusalén Este por capital y admitiera el regreso de las y los refugiados palestinos que así lo desearan. Además, la Organización de la Conferencia Islámica y sus 57 miembros aprobaron la iniciativa.

Texto y subtexto

De los acuerdos firmados con Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, solo se conocen los textos publicados en Washington el 15 de septiembre de 2020. Pero se desconoce su subtexto.

Primero, su dimensión militar respecto a Irán. Nadie sabe por el momento qué uso podrá hacer Israel de las bases establecidas en Bahréin y en los Emiratos. Una de las motivaciones esenciales de estos últimos fue la adquisición de cazas estadounidenses F-35: ¿Washington realmente asumió este compromiso? Netanyahu nos asegura que éste no es el caso, en nombre de la “ventaja militar cualitativa” que Washington ha prometido en Tel Aviv, una promesa consagrada en la ley estadounidense. Trump le responde que este si es el caso.

Después, su efecto dominó. Según Washington y Tel Aviv, otros Estados, principalmente del Golfo, seguirán su ejemplo. Es posible, aunque varios han anunciado lo contrario. Pero el verdadero paso definitivo vendrá, o no, de Arabia Saudita. Para el guardián de los dos principales lugares sagrados del Islam, La Meca y Medina, aceptar la soberanía israelí sobre el lugar del tercero, Jerusalén, representaría un gran problema.

En varias ocasiones, el rey Salman ha expresado públicamente un desacuerdo con su hijo Mohamed Ben Salman. “Traicionar” la causa palestina es menos vergonzoso para un emirato con apenas una población “nativa” que en un Estado en el que la opinión pública autóctona pesa mucho. Y dado que los movimientos revolucionarios han sacudido a muchos países árabes, sus líderes, por corruptos que sean, dudan en alimentar estos fenómenos que son peligrosos para su poder. Si Riad ha dado luz verde al reconocimiento de Israel por parte de los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, no ha dado este paso él mismo, no habrá normalización sin la creación de un Estado palestino con su capital en Jerusalén Este, ha repetido el ministro saudí de Asuntos Exteriores, Faisal Ben Fahran.

También resulta muy sensible la cuestión de la anexión del Valle del Jordán y las colonias judías de Cisjordania. Este objetivo constituye, como sabemos, el fin último de la derecha israelí y de la extrema derecha desde su acceso al poder en 1977: realizar el Eretz Israel (Gran Israel). Esta histeria marcó las tres elecciones legislativas israelíes de 2019 y 2020. Lógicamente está en el corazón del programa de la coalición de gobierno establecida el 17 de mayo de 2020. Se suponía incluso que la nueva Knesset votaría a partir del 1 de julio una ley que permitiera iniciar el proceso. No lo hizo, a falta de un acuerdo estadounidense-israelí sobre el mapa de la extensión de la soberanía de Israel sobre la orilla occidental del Jordán.

Y la confusión permanece. Según el Primer Ministro israelí, a pesar de los acuerdos firmados, la anexión prevista por el “acuerdo del siglo” permanece en la agenda. En absoluto, responde el presidente estadounidense: está congelada hasta al menos 2024. Para el Likud, la influencia electoral de la disputa es enorme: corre el riesgo de perder más votos de colonos enfadados que de ganar votos de israelíes contentos con ambos acuerdos. Excepto que, si la Lista Unida logró un avance notable, el Partido Laborista casi ha desaparecido, solo Meretz sobrevivió – apenas – a la debacle de la izquierda sionista.

¿Una operación electoral?

La operación del 15 de septiembre es sin duda de interés electoral para sus diseñadores. Tanto Donald Trump como Benjamin Netanyahu están en una mala posición ante sus respectivas opiniones públicas. En Estados Unidos, la catastrófica gestión de la pandemia Covid con más de 200.000 muertos y no menos catastróficas consecuencias económicas, a la que se sumó el poderoso movimiento antirracista desencadenado por el asesinato de George Floyd, sin duda ha reducido las posibilidades de reelección del presidente saliente. Por su parte, el líder del Likud no ha logrado ganar las tres elecciones legislativas sucesivas que ha provocado: solo la amenaza de la pandemia le ha permitido que se le uniera su contrincante Benny Gantz. Pero el gobierno llamado de “emergencia nacional” demostró ser incapaz de controlar la enfermedad, hasta el punto de que Israel ha tenido que reconfinarse por completo durante tres semanas. Sin duda, los dos líderes cuentan con su “éxito” diplomático para mejorar su imagen y, por lo tanto, sus posibilidades; sin embargo, se puede dudar de que el electorado, en particular el estadounidense, esté determinado por la política exterior.

Por consiguiente surge una pregunta esencial: ¿sobrevivirían los “acuerdos de Abraham” al fracaso electoral de sus dos patrocinadores y, en primer lugar, a una victoria de Joe Biden?

Evidentemente, todas estas observaciones no deben llevar a subestimar la importancia de los acuerdos firmados. Aceleran el proceso de normalización entre Israel y los países árabes: después de Egipto y Jordania, aquí están los Emiratos Árabes Unidos y Baréin. Y nada excluye, como hemos visto, que este nuevo avance incite a otros países a seguir su ejemplo. Al mismo tiempo, este desarrollo acentúa el aislamiento de la diplomacia de Ramala, que había logrado incorporar de pleno derecho al Estado de Palestina en la Unesco (2011), luego como observador en la ONU (2012) y finalmente como miembro de pleno derecho en el Tribunal Penal Internacional (2015). Y la última votación de la Asamblea General sobre la resolución “por el derecho a la autodeterminación y un Estado del pueblo palestino”, en diciembre de 2019, había permitido confirmar una correlación de fuerzas en la ONU muy favorable a Palestina: 167 Estados a favor, 11 abstenciones y solo 5 en contra (Estados Unidos, Israel, Islas Marshall, Micronesia y Nauru).

Marginación de la cuestión palestina

Está claro que la cuestión de Palestina, durante mucho tiempo en el corazón de los conflictos del Oriente Medio, ha experimentado una relativa marginación durante varios años. Para entenderlo, debemos partir de la retirada paulatina de Estados Unidos de la región, tras sus estrepitosos fracasos en Afganistán e Irak. Como por efecto de vasos comunicantes, potencias medianas han llenado el vacío así creado. Rusia, por supuesto, con sus aliados en Damasco y Teherán, pero también Irán, Turquía y, en menor medida, Arabia Saudita: todos luchan por conquistar o fortalecer su hegemonía regional. Al mismo tiempo, países que durante mucho tiempo utilizaron la causa palestina como coartada o para tapar sus vergüenzas están experimentando una verdadera debacle, desde Siria hasta Irak.

En el Golfo, tercera componente y especialmente frágil de un mundo árabe fraccionado, ha crecido un doble miedo: al enemigo tradicional persa y a las revoluciones que se vienen desarrollando desde 2011. De ahí la búsqueda de un protector eficaz, militar y diplomático, contra estas dos amenazas: Israel y, a través de él, Estados Unidos, esperan, servirán para ello. El camino a Washington pasa por Jerusalén y viceversa. El príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohamed ben Salman, apuesta por estos temores para intentar unir a todo el mundo sunita bajo su liderazgo contra la “amenaza” del gran estado chií; esta dimensión religiosa es en realidad mucho menos importante que la rivalidad de larga data entre Riad y Teherán por el dominio de la región.

Este tema, que forma el telón de fondo de los acuerdos del 15 de septiembre, ha reemplazado al de Palestina, al que el entierro de los acuerdos de Oslo le ha quitado su sustancia. Más aún cuando se ha ampliado la brecha entre Fatah y Hamas, así como entre Cisjordania y la Franja de Gaza, paralizando el movimiento nacional palestino y permitiendo así que Tel Aviv utilice permanentemente esta división.

Esto ha reforzado la tendencia de larga data de los estados árabes a abandonar Palestina a su suerte. La historia no carece, lamentablemente, de episodios que revelen esta traición. Si el poder mandatario británico consiguió aplastar la Gran Revuelta de los años 1936-1939, fue en particular porque los vecinos de Palestina terminaron pactando con los británicos. La Nakba de 1947-1949 también se puede explicar por el acuerdo celebrado entre el Emir Abdallah de Transjordania y Golda Meïr doce días antes del plan de partición de la ONU, y luego por la ausencia de una ofensiva militar árabe coordinada. Durante los diecisiete años que Jordania se anexionó Jerusalén Este y Cisjordania mientras Egipto ocupaba Gaza, ninguno consideró la creación de un estado palestino. ¿Y qué decir de las masacres perpetradas contra las y los palestinos? Desde Septiembre Negro (1970), con la firma del rey Hussein, hasta Tall Al-Zaatar (1976), con la de Hafez Al-Assad, los “hermanos árabes” indudablemente ha matado a tantos palestinos como Israel …

¿Hacia una nueva estrategia?

Salir de este callejón sin salida no será fácil. Sólo una transformación radical del equilibrio de poder puede devolver la cuestión de Palestina a su lugar. Mucho, obviamente, depende de las y los propios palestinos. La indispensable reunificación de su movimiento nacional pasa también por una reevaluación de su estrategia. Evidentemente, no nos corresponde decidir: la pretensión de explicar a todo el mundo cómo lograr los cambios que no podemos lograr en Francia es un defecto muy francés que tiene el don de irritar al mundo entero.

Lo que llama la atención, en cualquier caso, es la convicción de una clara mayoría de gente palestina, especialmente entre la juventud, de que la perspectiva de dos Estados es cosa del pasado. Pero incluso las y los partidarios del estado binacional reconocen que en el contexto actual solo podría ser un estado de apartheid. El desarrollo de una nueva estrategia, sin duda, implicará plantear el objetivo de la igualdad de derechos –entre las personas, los dos pueblos y las tres religiones–, cualquiera que sea su traducción institucional.

Movilización internacional

El relanzamiento de una perspectiva real de paz obviamente no depende únicamente de las y los palestinos: también supone que la comunidad internacional, que votó abrumadoramente a favor de las resoluciones de las Naciones Unidas, se movilice para defenderlas. Esto es particularmente cierto en el caso de la Unión Europea, que, hasta ahora, prefiere las palabras a los actos, incluso cuando Israel viola abiertamente el derecho internacional y los derechos humanos y, en consecuencia el artículo 2 del Acuerdo de Asociación que, por tanto, debe suspenderse. En cuanto a Francia, que, sin embargo, pretende desempeñar, con Alemania, un papel impulsor de la movilización europea, apenas la escuchamos. Peor aún: no solo Emmanuel Macron acogió positivamente los últimos acuerdos como el “plan Trump”, sino que aún no ha condenado el proyecto de anexión que este último prevé, ni el anuncio repetido por Benjamín Netanyahu de que lo pondría en marcha…

Esto significa que, más que nunca, la clave del futuro es la expresión de la opinión que, en Francia, como en la mayoría de los países del mundo, tiene una visión predominantemente negativa de la política de la derecha y la extrema derecha israelíes. La urgencia es menos para convencer a nuestros conciudadanos – lo están – que permitirles expresarse. Desde este punto de vista, el dictamen del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) calificando el boicot como un derecho ciudadano, dictamen que acaba de confirmar definitivamente, representa un hecho trascendental. Evidentemente, se puede o no ser partidario del boicot a los productos de las colonias, incluso a los productos israelíes. Pero ya no se puede pretender que sería ilegal: el TEDH es, a nivel del continente, la jurisdicción suprema.

Concluyamos con esta hermosa frase de Denis Sieffert en “ Politis ” esta semana: “¡Palestinian lives matter! (Las vidas de los palestinos importan!) “.

Acerca del autor

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