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América Latina y el Caribe pierden liderazgo ante la ONU

ONU
Escrito por Debate Plural

(Sputnik, 27-9-20)

 

No hubo discursos subidos de tono, pues el formato de vídeo bajó los decibeles y el nivel de adrenalina. Varios presidentes aprovecharon la palestra para justificar sus problemas internos, otros se mostraron muy ecologistas, mientras alguno quiso hacer de historiador o filósofo. Dejan sabor a poco, salvo contadas excepciones. Así estamos.

Esta sesión de la 75 asamblea general de la ONU nos recordará al presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, quien nos sorprendió (ingratamente) con la alusión que hizo sobre Mussolini, cuando contó que el fascista italiano se llama Benito en honor al líder mexicano Benito Juárez. No había necesidad de tal mención, menos aún por el lugar y el auditorio, y poco favor le hace a México ese hecho, por muy cierto que sea.

López Obrador (AMLO) dejó a muchos con sabor a poco en su alocución. No hizo referencias al multilateralismo tan necesario ahora para conseguir una vacuna contra el COVID-19 de acceso universal y tampoco hizo referencias a los objetivos del milenio, que son el actual desafío de la humanidad.

Habló pausado, a ratos de forma aburrida, cuando hizo un recuento de la historia mexicana y sus cuatro etapas, la última liderada por él, pero, eso sí, AMLO no olvidó alabar el tratado de libre comercio firmado con EEUU y Canadá pues a su criterio traerá más inversiones y empleo.

A varios miles de kilómetros de distancia, el presidente argentino, Alberto Fernández, a diferencia de AMLO, habló de la crisis sanitaria global y la necesidad de recrear el multilateralismo, la solidaridad y encaminar esfuerzos parar lograr una vacuna accesible y equitativa para enfrentar la pandemia.

Otro tema que AMLO obvió hablar, pero que Fernández lo enfatizó, es el referido a la necesaria reforma del Consejo de Seguridad de la ONU y de las instituciones financieras globales.

Muy oportuna y necesaria fue la crítica del presidente argentino a los actuales métodos de medición para lograr el acceso a recursos para el desarrollo. No es adecuado que se siga utilizando como indicador el ingreso per cápita, por ser una cifra promedio que no da cuenta de las desigualdades, que invisibiliza el trabajo de millones de personas, entre ellas las mujeres, que realizan trabajo doméstico no remunerado.

Esta mención que hizo el presidente argentino es una advertencia importante estos días. Las instituciones y países deben hacer esfuerzos para lograr indicadores y métodos de medición que muestren con más claridad la verdadera situación socioeconómica en los países, en especial en lo que respecta a la desigualdad, pues si algo ha logrado la pandemia es exacerbar la pobreza y ampliar las brechas, que no puede ser visibilizadas con cifras e indicadores «promedio».

También hizo otra advertencia vital, pues todos nuestros países tendrán el mismo problema. Fernández habló del peligro del endeudamiento externo tóxico, irresponsable con fines especulativos y recordó la vigencia de la Resolución 69 de la ONU de 2015 sobre Principios Básicos de los Procesos de Reestructuración de la Deuda Soberana.

Pero mientras el presidente argentino habló de temas globales y solidaridad, Jeanine Áñez, presidenta transitoria de Bolivia, solo se miró el ombligo y culpó a otros de sus incapacidades.

Áñez, que ni por asomo hizo mención a la necesidad de una vacuna accesible para todos, tampoco habló del cambio climático y de la lucha contra la pobreza, pero dedicó valiosos minutos de su alocución ante el mundo, para hacer gala de su irrespeto a la constitución política del Estado Plurinacional, intentando convencer al mundo que Bolivia es una república y muy cristiana, ignorando la plurinacionalidad y el laicismo de la carta magna boliviana.

La excandidata presidencial que arrastra menos del 10% del electorado boliviano, hecho que la obligó a declinar su candidatura en las próximas elecciones del 18 de octubre, fue delatada por su lenguaje corporal y tono de voz que transparentaron su frustración electoralista y rechazo a la plurinacionalidad que tanto detesta.

Sebastián Piñera, presidente de Chile, se quiso mostrar como el paladín de la lucha contra el cambio climático y pionero de la energía renovable, aunque, evitó mencionar su rechazo a firmar el acuerdo de Escazú sobre el Acceso a la Información, la Participación Pública y a la Justicia en Asuntos Ambientales en América Latina y el Caribe.

El presidente empresario hizo mucho esfuerzo en su alocución para renovar esa visión que había de Chile como país exitoso, primermundista, pero que ya no convence, más aún cuando se sabe que millones de chilenos viven atrapados en deudas impagables por sostener un iluso nivel de vida.

Piñera no habló de los graves problemas de acceso al agua potable que sufren miles de familias chilenas y que el líquido vital para la vida está privatizado al amparo de la constitución política pinochetista.

Justificó que los estallidos sociales fueron parte de la ola mundial de protestas, y que «escuchó con sensibilidad las demandas» y que su Gobierno tomó todas las medidas posibles para garantizar los derechos y que se aplicaron normas estrictas para regular el uso de la fuerza, por parte de las policías «en plena concordancia con las normas internacionales en el marco de los derechos humanos».

Piñera olvida que el mundo sabe de las más de 400 personas con heridas oculares, 34 con pérdida o estallido ocular y los miles de heridos y presos.

Por su parte el presidente brasilero Jair Bolsonaro se victimizó por una supuesta campaña de difamación sobre los incendios y deforestación que sufre la Amazonía.

Aprovechó la plataforma mundial para expresar su apoyo al Plan de Paz y Prosperidad del presidente norteamericano Donald Trump, pues considera que «presenta una visión prometedora para reanudar la tan deseada solución al conflicto palestino-israelí».

Qué lejos queda aquel día en que Dilma Rousseff rechazó la candidatura de un embajador israelí ante Brasil, por el hecho de ser un colono que vivía en territorios palestinos ocupados.

El apoyo de Bolsonaro a la política de Trump muestra lo distante que está Brasil del pueblo palestino, porque el llamado Acuerdo del siglo liderado por Trump daría como resultado una desaparición fáctica de Palestina pues les privaría del derecho a poseer unos territorios reconocidos como suyos por la ONU, con sus fronteras de 1967 con capital en Jerusalén del Este.

Cuba fue el único país que no obvió temas históricos que, otrora, los líderes de la región latinoamericana mencionaban en la palestra de la ONU: el legítimo reclamo de soberanía de Argentina sobre las islas Malvinas, Sándwich del Sur y Georgias del Sur; el compromiso con la paz en Colombia; las justas reparaciones que exigen naciones del Caribe por los horrores de la esclavitud y la trata de esclavos; solidaridad con el pueblo Saharaui; solidaridad con el pueblo palestino y el apoyo a la libre determinación y la independencia de Puerto Rico, entre otros temas.

Ha sido incluso triste constatar estos días en la ONU que no solo la urgencia de la pandemia y la crisis multidimensional desatada, pero ante todo el sometimiento a los mandatos del Gobierno de EEUU, hizo que muchos presidentes dejaran de expresar su rechazo al bloqueo que sufre Cuba desde hace décadas y que ahora ha tomado ribetes dramáticos, debido a que Trump desea ganarse al electorado anticubano en Florida.

No se puede ser indiferente a la denuncia hecha por Cuba de que «La agresividad del bloqueo ha escalado a un nivel cualitativamente nuevo, que refuerza su condición de impedimento real y determinante para el manejo de la economía y el desarrollo de nuestro país».

No obstante, Cuba es el único país latinoamericano que ha enviado a 39 países de distintas regiones del mundo, incluso Europa, 46 brigadas médicas para ayudarles a enfrentar el COVID-19.

Difícilmente se diferirá con lo dicho por Díaz-Canel: «No hay modo de sostener por más tiempo, como algo natural e inamovible, un orden internacional desigual, injusto y antidemocrático, que antepone el egoísmo a la solidaridad y los intereses mezquinos de una minoría poderosa a las legítimas aspiraciones de millones de personas».

Las advertencias que hizo el presidente de Cuba Díaz-Canel no son menores, incluso para quienes ideológicamente no simpaticen con la revolución cubana: no podemos enfrentar el COVID-19, el hambre, el desempleo y la creciente desigualdad económica y social entre individuos y entre países como si estos fuesen fenómenos independientes. El mundo actual necesita tanto de la ONU como aquel en el cual nació, pero urge reformarla.

La tarea y necesidad de reformar la ONU sigue inconclusa, tal vez ni ha empezado realmente.

En tanto sigamos eligiendo presidentes que buscan solo sus intereses empresariales, o de grupo, que ganan el voto a costa del miedo y la mentira, ajenos a la necesidad de construir mecanismos de integración para hacer fuerte a Latinoamérica y el Caribe, seguiremos empobreciéndonos, aislados y muy lejos de ser una luz en el mundo que irradie esperanza y alegría.

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